Hotel Noir 20. El estrépito del silencio #2
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20. El estrépito del silencio #2

—Me gusta que creas eso, pero, por desgracia, te equivocas.

Que ese sea el «yo» que a ti te gusta… —Ante el alzamiento de ceja de Kye, rectificó—: Que ese sea el «yo» que más toleras , no quiere decir que la gente lo vea como tú.

Al final, todos ven lo que quieren ver y se creen que esa versión mía no es más que la faceta filantrópica de un millonario que vive del cuento y no tiene nada mejor que hacer.

—¿Y no es así?

Tras pensarlo unos instantes, aunque Kye dudaba que tuviera algo que pensar, Foster contestó:

—Puede ser. Puede que ayudar a los niños y aportar mi granito de arena a ciertas causas me haga sentir mejor y me haga olvidar en lo que me he convertido.

—¿Y en qué te has convertido?

Kye no podía evitar las preguntas que salían de su boca. Eran cortas, escuetas, destinadas a conseguir lo que quería, pero tratando de no desviar la atención de Foster y lograr que siguiera hablando.

Foster se quitó las deportivas que llevaba, se tumbó atravesado en la cama, bocarriba a los pies de Kye, y empezó a escupir intensidad y verdades como si lo único que hubiera necesitado para abrir las compuertas fuera que alguien le preguntara de forma directa.

—Soy… Soy una especie de caricatura de mí mismo, ¿sabes?

Tengo un alter ego distorsionado que es quien gobierna mi día a día.

Mi verdadera personalidad ha sido absorbida por ese ser que comprueba sus redes cada quince minutos en su afán de hacer más tangible su existencia, en su afán de sentirse reafirmado y, en cierto modo, querido.

Aunque sea una existencia a medias, aunque sea un amor irreal y aunque en esas fotos solo se vea reflejado mi yo disfrazado.

Joder.

—Lo siento.

Foster ladeó la cabeza y lo miró, pero solo unos instantes; cuando volvió a hablar lo hizo mirando al techo.

—No, no lo sientas. Porque mi vida real es más triste que la que vivo bajo ese disfraz.

Y no es necesario que te compadezcas de mí, porque, en realidad, mi vida prefabricada no está tan mal.

No la odio. Me gusta salir, me gustan las fiestas, bailar, comer en sitios riquísimos.

Me gusta brillar y me gusta gustar. Otra cosa es tener que hacerlo siendo otra persona y fingiendo ser alguien que no soy.

Me jode no tener la libertad de ser yo mismo, pero, como vida, no es tan digna de desprecio como tú crees.

Oírlo hablar de esa forma era… raro. Porque Kye no podía imaginarse que alguien encontrara algún tipo de satisfacción en una vida así, rodeado de gente a la que no le importabas una mierda, pero Foster lo decía como si construir una vida basada en una mentira fuera…

aceptable. Y le horrorizó. Y se reafirmó en el hecho de que no merecía la pena.

Y, a la vez, por extraño que pudiera parecer, le embargó la tristeza, la sensación de soledad que transmitían sus palabras.

—No me mires así. Es la primera vez que hablo de esto con alguien que no sea Celia.

Me he abierto porque… No sé por qué me he abierto, la verdad, por lo que llevo diciendo desde que llegué, que este pueblo, este hotel, está poseído y desata algo de mi personalidad dormida.

Yo qué sé. Pero no quiero que me mires así, como si fuera el ser más triste y solo del universo, porque puede que lo sea, pero…

no sé. He encontrado cariño en esa falacia, he encontrado calor.

—No sé quién es Celia, pero ¿de verdad nunca has sido tú mismo con nadie?

Kye no pudo evitar la pregunta; al parecer, era incapaz de no seguir indagando.

La cosa era que creía saber quién era la tal Celia, había visto fotos de la chica en cuestión; no recordaba el apellido, pero sí haber leído su nombre en alguna foto la noche que buscó a Foster en redes.

Le había llamado la atención porque las publicaciones en las que salía con ella eran mucho más…

serenas, más reales que el resto. Fotos de día, en tonos pastel, nada estridentes y con poses naturales.

Según parecía, habían sido la pareja de moda durante casi una década, pero se habían separado hacía un año.

Se suponía que había sido una ruptura amistosa, o eso decían.

Aunque Kye nunca se había creído una mierda de lo que se publicaba en redes y revistas, llevaba toda la vida sabiendo que todo estaba manipulado.

—Celia Jones, la única persona que entró en mi vida con intención de quedarse.

Normalmente, la gente pasa de puntillas, sin querer dejar huella.

Se van, cierran al salir y se acabó. Pero Celia no.

Celia me vio tal y como soy y se quedó. Bueno, se quedó una temporada, al menos.

Y supongo que eso contesta a tu pregunta.

Porque sí, sí que he sido yo mismo con alguien: con ella, con quien casualmente es la mayor de mis mentiras. Qué ironía todo, ¿eh?

Hizo una pausa, quizá para comprobar si tenía la atención de Kye, y, al ver que sí (toda, la tenía toda, al cien por cien), cambió de postura, se puso de lado y se alzó sobre el codo izquierdo.

Cómo no iba a tener su atención si escucharlo era hipnótico.

Y era curioso, porque no elegía sus palabras, pero todas sonaban perfectas donde estaban, tenían su sitio hecho a medida en cada frase.

Y Kye no tenía claro si era porque se tenía el discurso tan aprendido e interiorizado que le salía solo o porque tenía un don, sin más.

El carisma de ese hombre era como una presencia física, casi tangible.

No se trataba solo de que fuera atractivo (que también), era el conjunto de todo: la forma de hablar, el tono áspero pero suave, la modulación de su voz, el humor que intercalaba de vez en cuando mientras desnudaba su alma.

—Celia y yo teníamos una asociación de beneficio mutuo, de reciprocidad.

Ella, que cuando nos conocimos aún seguía satisfaciendo los ideales de sus padres y estudiaba derecho, definió lo nuestro como un contrato do ut des , me hizo firmar un acuerdo improvisado en una servilleta y todo.

—Foster sonrió con añoranza ante el recuerdo, lo cual resultaba surrealista en sí mismo—.

La cosa es que Celia siempre se enamoraba del chico malo de turno y llevaba años protagonizando un escándalo tras otro.

Nuestros padres nos presentaron con la intención de que sentáramos cabeza, nos casáramos y tuviéramos mucha progenie a la que torturar, como ellos.

Así que aprovechamos la coyuntura y que de primeras nos caímos bastante bien y, al mes de conocernos, nos fuimos a vivir juntos.

Teníamos una casa enorme donde hacíamos lo que queríamos con quien queríamos y luego hacíamos apariciones públicas estratégicas acallando rumores y habladurías sobre nuestra sexualidad, nuestros posibles escarceos y malas decisiones en la vida.

Lo que al principio fue un acuerdo conveniente se convirtió en una amistad íntima, en confesiones a media luz, desayunos que duraban hasta la hora de comer y resacas compartidas con pizzas grasientas.

—¿Y qué sacabas tú de esa relación de conveniencia? Dado que es la segunda vez que mencionas tu sexualidad, me temo que sé la respuesta. Eres gay, ¿no?

Kye era consciente de que el filo cortante de sus palabras había pinchado la burbuja en la que habían estado inmersos ambos. Foster, contándole cómo se disfrazaba; él, olvidando por un momento que no le gustaban los disfraces.

—No —dijo Foster mientras estudiaba con detenimiento la expresión de Kye.

El ambiente se había cargado, el aire a su alrededor se había espesado; una vez rota la burbuja era difícil respirar, y Foster tenía que notarlo.

La pregunta de Kye no había sido hostil como tal, pero no había podido evitar el tono cortante.

Porque sus valores, los que le habían inculcado sus padres y él defendía a capa y espada desde la adolescencia, no casaban con este concepto de vida vacía y plastificada de mentiras, como una pared llena de fotos de momentos que en realidad nunca existieron.

La expresión de Foster era de cautela, de miedo, incluso; pero Kye no pensaba compadecerse de él ni ponérselo fácil. Si era eso lo que pretendía con esa mirada perdida, había pinchado en hueso.

—Soy bisexual —admitió mientras se incorporaba y se sentaba de piernas cruzadas, pero sin mirar a Kye, que fue testigo de cómo la cautela en la expresión de Foster mutaba a desconcierto, como si él mismo se hubiera sorprendido de la revelación.

Aunque no hubo tiempo de interiorizarlo mucho porque justo en esos momentos a Foster le sonó el teléfono y se lo sacó del bolsillo—.

Es tu hermana —dijo, mirando la pantalla—.

Dice que subamos, que Dean acaba de acordarse de algo que puede ser importante.

Sin entrar a valorar por qué Eli le escribía a Foster y no a él, Kye suspiró y buscó su móvil. Tendría que mandarle un mensaje a Daniela y tantear cuándo pensaba venir; cómo encajarla en esta partida que se estaba jugando y en la que él mismo no sabía ni cómo ni hacia dónde avanzar.

Kye:

¿A qué hora llegarás hoy?

Lo envió, se levantó de la cama y, mientras Foster se ponía las zapatillas, cogió las tres cervezas y las llevó a la cocina. Dejó dos de los botellines en la encimera y vació el contenido del tercero en el fregadero. Cuando se giró para tirarlos a la basura, Dani le contestó:

Dani:

A las mil. No me esperes despierto. Estoy a tope de curro.

Kye:

OK, te veo mañana.

Dani:

Si sobrevivo. Porque David está dejando de fumar y me está poniendo tan nerviosa que estoy a punto de empezar a fumar yo.

Kye:

Aguanta. Y recuerda que te lo trajiste a Black Pines porque creías que era mudo y eso te relajaba.

Dani:

Ya. Pues no es mudo, sigue sin hablar mucho, lo cual agradezco, pero ya no me relaja ni un poquito.

Kye:

Ja, ja, ja. Lo siento. Mañana hablamos y te cuento.

Porque, a pesar de la prohibición de su madre, Kye tenía claro que se lo iba a contar todo; primero, por un tema práctico imposible de ocultar: un niño se estaba quedando en la habitación 708 y era difícil que no se diera cuenta, dado que ella dormía en el cuarto de enfrente; y segundo, porque era su mejor amiga, una parte importantísima de su vida, y la quería a su lado.

Quería su apoyo en esa nueva partida que se había empezado a jugar y cuyas reglas Kye no tenía muy claras.

De hecho, temía que en esos momentos se estuviera dirigiendo a un jaque mate inesperado, a una muerte figurada e inevitable de todo lo que había dado por cierto o por suficientemente convincente como para no hacerse más preguntas.

Y, por si fuera poco, acababa de darse cuenta de que, si Dean estaba en la 708, ¿dónde iba a meter a Foster King?