Hotel Noir 20. El estrépito del silencio
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20. El estrépito del silencio

EL ESTRÉPITO DEL SILENCIO

KYE

Una interpretación magistral y sobrecogedora de Time , de Hans Zimmer , a la que Kye tenía especial cariño inundaba cada rincón de la casa sin dejar el más mínimo espacio al silencio.

Llevaba horas tirado en la cama, escribiendo con la música a tope.

No creía poder soportar la sensación de angustia que casi se lo come vivo al abrir la puerta esa mañana y sentir una especie de vacío mudo tragándoselo.

Recordaba haber abierto la puerta en un estado ausente, llevarse la mano al pecho, no poder respirar.

Todo se volvía brumoso a partir de ahí. Los recuerdos de lo que había dicho Dean Walker, la salida precipitada de Eli con él en el coche de su padre, Foster andando a su lado de camino a casa…

Pero los fotogramas se sucedían en su cabeza de forma tan atropellada que no podía centrarse en una sola imagen ni en un recuerdo en concreto.

Todos nublados, todos en blanco y negro.

Era una sensación agónica que odiaba y que le recordaba a los meses que siguieron al accidente, a esa realidad etílica y distorsionada por las pastillas de la que creyó que nunca saldría.

«La fase punk», la había llamado Oz de broma, haciéndolo sonreír aún a día de hoy al pensar en su agorafobia de esos días como en una obsesión por Bad Religion o Sex Pistols.

Miles también hacía bromas al respecto, diciendo que había que mirar el lado positivo de cada diagnóstico y que, gracias a esa crisis, él había descubierto a The Cramps, uno de sus grupos favoritos en la actualidad.

Vaya dos gilipollas. Y qué bien lo habían hecho ambos. Les iba a estar agradecido siempre.

Su primer ataque de pánico no fue nada más despertar en el hospital.

Cuando abrió los ojos y le dijeron lo que había ocurrido, estaba tan cansado y tan desconectado de la historia que le estaban contando que era como si le hubiera pasado a otro.

Fue un par de días después de que le dieran el alta cuando tuvo su primer ataque de ansiedad.

Entonces le diagnosticaron estrés postraumático y empezó a ver a la psiquiatra del hospital.

Lo medicaron, pero no podía escribir bien, lo abotargaba y le generó un bloqueo enorme que no hizo más que intensificar su frustración.

Las pesadillas eran malas, Oz lo sabía porque se despertaba gritando en mitad de la noche, pero Kye siempre le restaba importancia.

Hasta que un mes después del accidente tuvo su primera reviviscencia en un taxi.

Fue la peor sensación que había experimentado en la vida; exceptuando el accidente en sí mismo.

La impotencia, el miedo, el dolor físico.

Recordaba estar leyendo un mensaje en el móvil y levantar la vista al oír las gotas golpeando contra el cristal.

Había empezado a llover y las luces de la ciudad se veían borrosas; naranjas, amarillos y rojos cada vez menos nítidos, cada vez más distorsionados, generando una especie de vacío en el centro, como un túnel que, sin previo aviso y sin darle tiempo a reaccionar, lo había succionado a sus entrañas y arrojado al agua.

Y en un instante estuvo de nuevo ahí, cayendo al río Fraser, intentando quitarse el cinturón, forcejeando con la puerta, notando el olor del agua, su sabor, sintiendo que se ahogaba, que se moría…

No sabía de dónde había sacado la voz, pero había logrado gritarle al pobre taxista que se detuviera, se había bajado del coche casi en marcha y se había tirado en la acera.

Tampoco sabía cuánto tiempo había pasado hasta que había podido llamar a Miles.

Su mensaje abierto en la pantalla del móvil había hecho que su salvador lo fuera por una cuestión de inmediatez y practicidad, y porque, quizá, en su consciencia inconsciente sabía que no podía llamar ni a Oz ni a Dani, dado que el evento al que iba (y por el que había cogido un taxi sin pensarlo mucho y a toda prisa) era una exposición de motos personalizadas que ambos llevaban meses organizando y no quería estropeárselo.

Tras ese primer ataque de pánico vinieron más y muy grandes.

Fueron meses de oscuridad y miedo a todo.

Pero lo había superado o, al menos, había pasado lo peor.

No era tan idiota como para creer que estaba curado, en absoluto, sabía que no estaba bien, pero los síntomas de su TEPT ya no gritaban, se habían acallado hasta pasar desapercibidos, hasta no ser más que ruido blanco a su alrededor.

Los ataques, los temblores y las reviviscencias habían dado paso a la evitación y al olvido intencionado.

Las pesadillas seguían, pero habían disminuido hasta el punto de ser manejables.

Su terapeuta (a la que hacía meses que no veía), la medicación (que hacía meses que no tomaba) y escribir (su salvavidas siempre para todo) le habían ayudado a pasar lo peor.

Y el resultado había sido un libro superventas y un hotel en construcción.

Podría decirse que había salido victorioso del episodio más aterrador de su vida.

Pero no, ahora le decían que lo que había superado no era real y que tenía nuevos hechos que enfrentar.

«Adiós, evitación».

«Hola, pánico, viejo amigo».

«Gracias, mamá, por tus secretos».

Aquel último pensamiento se le atragantó al oír la siguiente canción de la lista de reproducción, porque él también tenía secretos; porque, al parecer, los Colton estaban hasta el culo de ellos y sabían muy bien cómo guardarlos.

Entonces, la puerta principal de su casa (que, paradójicamente, era la del jardín trasero) se abrió para dar paso a Foster King.

Creyó olerlo desde donde estaba, tirado en la cama.

Olía más a bosque que el puto bosque de Black Pines, y sabía que eso era imposible, que se trataba de un aroma pacífico y arrullador que parecía haber empezado a asociar con él y la calma que le daba.

Las dos caminatas a su lado se le habían metido en las fosas nasales y ahora captaba ese aroma de forma sobrenatural a metros de distancia.

Lo que le faltaba ya. Que su boya oliera a pino y no a plástico mugriento, que era como debería oler una boya.

—De verdad que no entiendo por qué en este pueblo no cerráis con llave.

—Está claro que hay que empezar a hacerlo —contestó Kye destilando sarcasmo.

Foster se acercó a él, mirando de reojo las tres cervezas que tenía en el suelo junto a la cama.

Cuando habían llegado, Foster lo había ayudado a tumbarse, o eso creía en el borrón que era su cabeza.

Sabía que se había quedado traspuesto un par de horas y, cuando se había levantado, antes de coger el portátil y empezar a escribir sobre mundos espejo que colisionaban, había cogido una cerveza del frigorífico.

Y luego otra. La tercera no la había acabado y descansaba medio llena junto a las otras dos.

—No tengo un problema con el alcohol.

—No, ya veo que os lleváis muy bien.

Kye lo fulminó con la mirada, pero Foster, para nada intimidado, se sentó a los pies de la cama. Se pasó una mano por el pelo y lo miró con intensidad.

—Te mueves por aquí con demasiada soltura, ¿no?

—¿Soltura? Para nada. He tenido que rodear el hotel del miedo que me daba venir por dentro. —Foster se estremeció y, tras un silencio, preguntó—: ¿Cómo estás?

«No contestes, no contestes».

—Mejor. Llevo un rato escribiendo. Me ayuda a desconectar.

Foster siguió mirándolo. Había algo en sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Orgullo? No tenía que haberle contestado.

—Me parece acojonante la capacidad de sobreponerte que tienes. Acojonante, de verdad.

—Para mí, escribir es una vía de escape y, en cierto modo, un acto egoísta. Vuelco mis miedos en cada historia que escribo, creando monstruos a los que otros tendrán que enfrentarse.

—Eso es… No sé… Precioso, creo. Y muy honesto, viniendo de ti.

—¿Viniendo de mí? Siempre soy honesto.

—No conmigo. A mí me hablas como si quisieras retirar tus palabras antes casi de haberlas pronunciado. Tiene que ser agotador tener esa lucha con uno mismo.

—¿Te parece que yo tengo algún tipo de problema conmigo mismo?

¿Yo? Tengo muchos, pero ninguno es conmigo.

Pero oye, si quieres hablar de luchas internas, podemos hablar un ratito de ti.

De tu imagen, de lo que es real y de lo que no.

Porque te diré que me genera una disonancia cognitiva de la hostia.

Foster lo miró, dubitativo. Parecía avergonzado.

—Si te refieres a todo ese rollo que te conté esta madrugada, todo eso de las cajas y lo de no encontrarme, yo…

—Sí, a eso y a que he visto los vídeos de tu canal. No pareces la misma persona que posa en las fotos con modelos de Victoria’s Secret.

—Un momento, ¿me has estado stalkeando ? —preguntó como si se tratara de un honor.

Y ahí estaba, ese humor que no hacía sino sumar más misterio a la imagen que tenía de Foster King. ¿Quién era en realidad y qué era lo que había querido decir su madre en el sótano? ¿Quería saberlo?

—Tenía que saber a quién metía en mi casa y, dado que ya entras sin ni siquiera llamar, o arañar, en tu caso, pues…

Foster lo miró con una sonrisa en los labios. Era una mueca que danzaba entre la diversión, la incredulidad y la indecisión. De repente, Kye sintió una necesidad abrumadora de saber más, de conocerlo, de descubrir todos sus secretos. Así que insistió:

—¿Cuál es el Foster real? ¿Qué partes de ti escondiste en esas cajas de tu metáfora?

—Me alegro de que hayas visitado mi canal, es lo mejor que tengo. Es donde me permito un poco más de libertad para ser yo mismo sin que nadie me vea. Aunque ya no sé ni quién soy, la verdad.

—Qué intenso. Pero eso de que nadie te ve… Tienes millones de seguidores.

—En Instagram sí. En el canal tengo menos suscriptores, esa faceta mía no interesa tanto.

—Cómo que no interesa, al contrario.

Foster le dedicó una sonrisa triste.