19. El fin del mundo en 35 mm #2
Kye había contenido el aliento durante toda la narración de Dean, y Foster había ido afianzando el abrazo sobre su pierna hasta que estuvieron tan pegados que uno parecía la prolongación del otro.
No sabía por qué actuaba así con él. No sabía por qué se ofrecía a ser su ancla con tanta naturalidad, por qué le salía solo.
Porque, dejando a un lado su teoría de que delinquir unía —y era diurético de cojones—, lo cierto era que el escritor de novelas de terror que se había construido su propio búnker quitamiedos —aunque fuera el epítome de los miedos de otros— era un total y absoluto desconocido.
Un desconocido guapo, interesante, enigmático y supersexi; pero un extraño, a fin de cuentas.
Y, sin embargo, hacía tiempo que había dejado de parecérselo.
Y era una sensación que le era tan ajena que parecía necesitar explorar esa conexión y descubrir cómo una misma persona podía albergar tal fuerza y tal fragilidad a la vez.
Quería empaparse de la primera; quería proteger la segunda a toda costa.
—Pero… ¿quién? ¿Por qué? —había logrado preguntar Kye con voz queda pero firme.
—El quién no lo sé. Nadie sabía que estaba en Black Pines salvo Jack y Jasper. El porqué os lo llevo diciendo un rato ya: a alguien no le gusta que esté tratando de descubrir la verdad.
—Alguien tuvo que verte, ¿qué ha dicho la policía? —Tras una pausa, Kye pareció darse cuenta de algo—. Dijiste que había un chico cuando llegaste a El Refugio…
—Sí, sí, y no era el único. No es a eso a lo que me refiero.
También hablé con una mujer, que fue la que llamó a tu madre, pero no me acuerdo de su nombre.
Y había un grupo de chicos y chicas de mi edad jugando al billar, pero no hablé con ellos.
Ninguna de esas personas sabía quién era yo en realidad ni de qué hablé con tu madre.
Y, además, todas se fueron antes de que me instalara en la oficina.
—Pero alguien tuvo que verte, escuchar algo, no sé. ¡Te encerraron en tu propio coche! ¿Cómo explicas eso?
Kye había verbalizado lo que Foster llevaba un rato pensando.
Bueno, lo del coche propio faltaba un poco a la verdad, pero era una minucia comparado con la inmensidad que era todo lo demás.
El «robo de automóvil a persona malvada» ya no era delito a los nuevos ojos de Foster.
Como mucho, era constitutivo de falta. Como muchísimo.
—Salí un par de veces al coche —había contestado el chico con el ceño fruncido, como si fuera la primera vez que pensaba en ello—.
Lo había dejado aparcado detrás del centro.
La primera vez lo hice porque…, la verdad, porque me iba a largar echando leches.
Me acojoné. Después de hablar con tu madre, ella se fue; habíamos quedado al día siguiente, pero tuve un momento de esos de «¿qué mierda estás haciendo?
». Cuando vives en la calle, aprendes a no confiar en nadie.
Por el peligro, sí, pero también por las decepciones, sin más.
La gente tiende a no creerte. Al final, volví y la llamé otra vez.
Luego me di una ducha mientras ella vigilaba, así de paranoico estaba, y a la vista está que no me equivocaba —había dicho, señalándose el yeso de la pierna y los moratones de la cara—.
Luego salí una segunda vez, superrápido, a sacar de la guantera los papeles y datos del seguro del coche.
Quería saber si lo tenía en regla. Por si acaso.
Lo que me faltaba ya era que el gilipollas denunciara el robo del coche y me pillaran.
Y, bueno, a partir de ahí y hasta que me desperté en el hospital con una poli que, contra todo pronóstico, parecía preocupadísima por mí y por conocer mi historia, es más o menos lo que os he contado.
Luego vinieron tu madre y tu hermana y aquí estamos.
Kye había tenido mil preguntas más, todos lo sabían.
Y hubo algún intento infructuoso de sacar más del chico, pero no logró más respuestas; o ninguna nueva, al menos.
Porque, en esos momentos y en el estado físico y mental de Dean, no parecía haber mucho que añadir.
De hecho, al chico se le habían estado cerrando los ojos a pesar de la situación de tensión en la que se encontraban, y eso lo decía todo.
Foster entendía bien la desesperación de Kye, el descontrol que suponía no saber y no poder averiguar.
Lo entendía más que de sobra. Así que lo había ayudado a respirar, le había susurrado palabras calmantes como que en un rato podría averiguar más, que él estaría a su lado.
Y, aunque notó su reticencia, el querer aparentar un sosiego que lejos estaba de hacer acto de presencia, terminó cediendo a su miedo y a la nueva realidad que se le acababa de presentar; una realidad que nunca contempló que pudiera existir, esa en la que había alguna posibilidad de que Malcolm Walker fuera inocente, que no fuera su atacante.
Y, si aquello era así, si ese chico estaba en lo cierto, eso quería decir que Kye iba a tener que enfrentar un escenario aún más desolador: el hecho de que había otro culpable.
Y Foster no sabía si ese nuevo dato podía ocasionar que la presa que contenía su torrente de ansiedad se derrumbara y lo inundara todo y a todos o si, por el contrario, se inmolaría y se quemaría por dentro y en silencio, ardiendo con tanta facilidad como el nitrato de celulosa de esa película de 35 mm que había pedido a gritos inmortalizar tan dramática escena.
A esa reflexión tan metafórica —a Foster le asombraba su profundidad recién adquirida, debía de ser el influjo rococó del escritor— le habían seguido una llamada a Julia e instrucciones de sacar a Dean de esa casa cuando Eden se llevara a Westy al colegio — lo que conllevaba cogerle el coche a North sin permiso, porque en esa familia delinquir era el pan de cada día— y esconderlo en el Noir.
Ante la negativa de Kye de que Dean se quedara en su casa, Foster había ideado un plan sobre la marcha y a toda velocidad y sugerido que se quedara en la habitación 708, cosa que al rubio tampoco le había hecho ni puta gracia, pero no había objetado más que con un suspiro y un movimiento de cabeza.
Y en esas estaba, deleitándose en la genialidad de su improvisado ardid, cuando el sonido de su móvil lo trajo de vuelta al presente y al Nexus.
—Hombre, papá, ¿a qué debo el honor?
—Las chicas me han dicho que las has llamado para que hoy no fueran a rodar.
Si había albergado dudas sobre los motivos reales de Sandy y Sally para venir a Black Pines con él, acababan de disiparse. Sin decir «hola» ni nada, muy en su línea, papá King acababa de delatarlas como sus espías.
—Supongo que también te habrán dicho que es así por contrato. Es una de las cláusulas sine qua non de Queer Project: la necesidad de grabar algunos contenidos en privado.
—No sé por qué te incluyen a ti dentro de su ámbito privado, pero sí, me han informado debidamente. Por cierto, no creas que me ha pasado desapercibido el hecho de que nunca llegaras a mencionar el nombre del grupo.
—Fuiste tú quien, en tus prisas por echarme de allí, accedió sin preguntar.
—Creo que voy a permitir que sigas con ello, porque he oído que hacen bastante labor social y eso puede que nos haga ganar algo de popularidad entre quienes nos consideran poco tolerantes.
«Poco tolerantes» era un eufemismo para referirse a las ideas del partido conservador con el que su padre hacía campaña desde hacía un par de años.
Y toda esa charla, que en apariencia iba dirigida a Foster —pero nada más lejos de la realidad—, no era más que un divagar en voz alta sobre él, él y él, y sobre cómo usar esto y aquello para sus propios fines.
Que Foster estuviera al otro lado del teléfono le era indiferente en esos momentos.
Y lo más triste de todo era que Foster se conformaba con esa indiferencia, cualquier cosa antes que su desprecio, ese desdén con el que solía tratarlo y que tanto seguía doliendo.
Porque no quería que doliera, se negaba a que siguiera afectándole como le afectaba, y cada mañana se levantaba diciéndose a sí mismo que ese era el día en que no cedería ante su padre, que no mendigaría su respeto, que no buscaría la más mínima migaja de su cariño.
Pero siempre, en contra incluso de su propia voluntad, volvía a buscar su aprobación.
Una y otra vez, una y otra vez… Aprobación que nunca llegaba, por supuesto.
Lo que lo llevaba a buscar atención en otras partes, a refugiarse en su escaparate de luces de neón, ropa cara y champán; esa vida prefabricada donde quizá no fuera él del todo, donde quizá se le quisiera por la imagen falsificada y distorsionada de sí mismo que enseñaba a los demás, pero que lo hacía sentirse apreciado y arropado.
—Foster, ¿me estás escuchando?
—No sabía que fuera necesario que lo hiciera, perdona.
—Mira que eres cínico; pero no tengo tiempo ahora para tus beligerancias. Te decía que gracias por no publicar nada en tus redes, el silencio ayuda un poco a limpiar nuestra imagen. —Se oyó una voz de fondo llamando a su padre—. Bueno, ya hablaremos, estaré en contacto con las chicas.
Y, mientras se guardaba el móvil en el bolsillo y se dirigía a casa de Kye, donde lo había dejado dormido hacía unas horas, se dio cuenta de dos cosas: de que desde que había puesto un pie en ese pueblo no había gastado ni un segundo en odiarse a sí mismo ni a su padre; y de que, efectivamente, llevaba sin publicar nada en redes desde el vídeo rápido de despedida que había subido nada más llegar a aquel universo alternativo llamado Black Pines.
Y para alguien como él, un impostor que vivía la falacia que era su vida de cara a las redes, era un hecho sin precedentes que no se había dado en los últimos nueve o diez años. Fascinante. E inaudito.