Hotel Noir 19. El fin del mundo en 35 mm
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19. El fin del mundo en 35 mm

FOSTER

Esa tarde, mientras preparaba las cámaras en el Nexus para grabar lo que quisiera que fuera a decir Julia, Foster no dejaba de darle vueltas a todo lo que había pasado.

Y no podía quitarse de la cabeza la imagen de Kye sentado a los pies de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, escondiendo la cara en sus manos; ocultándose, valiéndose de esa cascada de pelo rubio para aislarse de lo que lo rodeaba y perderse en su mundo, un mundo que Foster había comprobado que se llenaba de agua en cuestión de segundos.

Ni siquiera se había parado a pensar en el impacto mediático que podía tener lo que estaban a punto de grabar, y no solo por la bomba que sin duda pretendía soltar la voz cantante de Queer Project, sino porque no le había pasado desapercibido el comentario que la propia Julia había hecho —no en una, sino en varias ocasiones— sobre que les hubiera gustado hablar con Kye y Eli antes de hacer lo que iban a hacer.

Según parecía, los supervivientes del grupo de rock que más admiraba del mundo tenían algo que decir y él iba a ser testigo directo de ello.

Y, aun así, a pesar de la emoción y el subidón tanto personal como profesional que el mero hecho le reportaba, y de la dimensión surrealista de muertes, secuestros y habitaciones del terror en la que parecía haber entrado al llegar a Black Pines, él solo podía pensar en Kye, en sus ojos, en su mirada perdida, de incomprensión, de miedo, mientras escuchaba todo lo que se decía en ese sótano.

Y Dean habló; y lo hizo con más detalle y con más emoción de lo que lo había hecho la mañana anterior cuando lo habían sacado del hospital.

Quizá porque, a pesar de la medicación que lo tenía medio anestesiado, poco a poco iba sobreponiéndose al susto.

Quizá porque iba recordando más cosas una vez pasados los momentos de terror y máximo estrés, o quizá porque quería llegar a Kye, quería que lo creyera, que creyera en la inocencia de su hermano.

Explicó cómo sabía que era imposible que Malcolm hubiera tenido algo que ver, cómo tardó en descubrir quién había sido la otra víctima —e hizo mucho hincapié en lo de «otra», porque necesitaba dejar claro que su hermano también lo había sido—, cómo sus averiguaciones lo habían llevado a donde estaban en aquel instante y cómo, en esos momentos más que nunca, tenía clarísimo que algo no cuadraba y que alguien quería hacerlo callar.

Cuando pronunció esas palabras, Foster había mirado a Kye, porque, a esas alturas, sabía que semejante afirmación, la posibilidad real de que su accidente no hubiera ocurrido en las circunstancias que creían, podía ser el detonante de un ataque de pánico.

Se acercó más a él, pegando el brazo a su pierna.

El rubio ladeó la cabeza en su dirección, pero no dijo nada.

—Llegué a Black Pines el viernes —había empezado a contar el chico, secándose las lágrimas con el puño de la camiseta blanca de manga larga que llevaba puesta debajo de otra corta parduzca en la que aún podían verse el dibujo de una mano y las palabras « not penny’s boat» en el centro—.

Llevaba meses estudiando El Refugio de Vancouver, hablando con gente; yo…

necesitaba saber que podía fiarme de Queer Project, de tu madre; asegurarme de que todo lo bueno que me decían sobre ellos y su labor social era real.

He visto muchas mierdas desde que nos escapamos de casa y he aprendido por las malas que los que tenemos poco o nada que ofrecer no le importamos a nadie.

Tu madre pasaba por allí muy de vez en cuando, era imposible acceder a ella, pero averigüé que estaban montando un nuevo refugio aquí y vine.

Al principio temía entrar, estuve horas enfrente armándome de valor, no sabía cómo empezar a contar mi historia, y si una cosa tenía clara era que no quería mentir sobre mi…

sexualidad. ¿Y qué hice nada más poner un pie dentro?

Decir que era gay. No lo soy —añadió muy rápido mirando a Eli, que alzó una ceja y dejó escapar una pequeña sonrisa—.

Pero es que no se me ocurría nada, y un chico de sonrisa amable me miraba fijamente desde su escritorio y me quedé en blanco porque odio los silencios…

En fin, fueron momentos incómodos hasta que hablé con tu madre y le conté mi versión de los hechos.

—¿Y cuál es tu versión de los hechos? —había preguntado entonces Kye.

—Que mi hermano es inocente.

—Eso no es una versión.

—No, es una certeza. —Tras unos segundos de mirarse a los ojos en un reto silencioso, Dean había continuado—: Mi versión , esa en la que baso la puta imposibilidad de que mi hermano fuera el culpable de lo que te pasó, aparte de mi más absoluto convencimiento de que es inviable, es que llevo un año y medio investigando y, sí, puedes decirme que mis habilidades detectivescas son nulas, pero, cuando uno quiere saber la verdad a toda costa, se saca el ingenio de donde puede.

No tengo dinero, no tengo familia, no tengo…

nada que perder. —Una pequeña pausa—. Logré hablar con todos los operarios que habían estado presentes en el momento del accidente, con todos .

—Dean trataba de probar su valía y resultaba de lo más enternecedor, pero también tremendamente triste—.

Intenté localizar a las más de veinte personas que se lanzaron al agua aquel día, averiguar qué vieron, averiguar si…

No sé qué esperaba encontrar. Todo me valía.

Fue imposible, claro, muchos de los que habían formado parte del improvisado equipo de rescate no llegaron a subirse a ninguna de las ambulancias que acudieron al lugar de los hechos, por lo que no había registro de su identidad en ninguna parte.

Y a la gente no se la llevaron a un solo hospital, sino a varios, y, aunque logré un contacto en el hospital de Richmond que me dio el nombre de un par de personas que estuvieron en observación tras ser sacadas del río ese día, fue inútil.

Ni siquiera sabían quién conducía ni qué había pasado.

Cuando descubrí quién eras, quiénes eran tus padres, fui a El Refugio; bueno, lo rondé durante meses.

Hasta que decidí venir y hablar con tu madre.

Y qué casualidad que, justo cuando lo hago, alguien me intenta matar.

Silencio. El silencio más absoluto se había extendido entonces por la habitación donde, durante unos instantes, solo se oyó el tictac de un reloj que Foster no lograba ubicar, un pasar de los segundos tan ensordecedor como el eco que ese «matar» había dejado rebotando contra las cuatro paredes que los rodeaban.

—Bueno, eso no lo sabemos, Dean. No sabemos cuáles eran las intenciones de quien…

El intento de Foster de quitar algo de plomo al increíble peso de lo que el chico acababa de afirmar se había visto interrumpido por la voz de Kye, un «¿a qué te refieres?

» tembloroso y lleno de curiosidad que hizo que Foster le rodeara la pierna con un brazo, sujetándolo al presente; no porque el presente fuera un lugar idílico en el que estar, sino porque anclándolo a él evitaría al menos que se hundiera en su espiral de agua y recuerdos.

—Alguien me atacó. Tras hablar con tu madre, decidimos que me quedara a dormir en un sofá en El Refugio.

Nadie lo sabía y el sábado no iban a abrir, así que me pidió que la esperara allí y que, si necesitaba algo, la llamara.

Dormí como hacía mucho que no dormía, cuando abrí el ojo era de día, cosa que no me pasaba desde hacía más de tres años, pero debí de despertarme al oír un ruido y, cuando intenté incorporarme, alguien me tenía agarrado por detrás, me dio un golpe y creo que me inyectó algo.

No me desperté hasta mucho después en… En un maletero.

Fue… Estaba acojonado, y… —Dean se secó las lágrimas con el antebrazo— si no llega a ser porque ese coche lo había robado yo, no lo cuento; no hubiera podido salir de ahí.

—Me he perdido —había dicho Kye.

—Vine a Black Pines en un coche robado. Venga, no me miréis así, el dueño es un gilipollas, si eso os sirve de algo.

Es un tío que tiene una tienducha en la calle Pender y no solo vende alcohol a menores, sino que tira comida a punto de caducar delante de nuestras narices, riéndose y echando lejía dentro del contenedor para que no podamos rescatar nada.

Es humillante. Y mezquino. Es un hijo de puta.

El caso es que le habíamos visto aparcar el coche en un callejón al lado de la tienda miles de veces y sabíamos que el maletero no cerraba bien y que siempre tenía una llave de repuesto en la visera del copiloto.

Si no llega a ser por eso, yo… Cuando me desperté, el coche estaba parado, no sé…

No sé cuánto tiempo pasó hasta que reaccioné y abrí el maletero desde dentro.

Estaba adormilado, me dolía todo y solo…

corrí. Corrí y corrí por un bosque de árboles gigantes, o a mí al menos me parecieron gigantes; me tropecé con rocas y raíces, me resbalé con placas de hielo…

En una de las caídas me quedé atascado debajo del hueco que había entre la tierra escarpada y la raíz de un árbol y no sé si fue eso o que la puta cobardía me hizo correr más deprisa que nunca, pero logré escapar.

Lo logré. De hecho, creo que hasta me dormí, porque lo siguiente que recuerdo es la luz del amanecer y a mí bajando otra pendiente hasta llegar a la carretera helada donde me caí.

—Ahí fue donde lo encontraron. Un senderista que pasaba por allí lo vio tirado en la cuneta y llamó al hospital —había explicado Eli dirigiendo su mirada exhausta a su hermano. Parecía estar pidiéndole algo, pero ¿qué? ¿Comprensión? ¿Calma?