Hotel Noir 18. En el sótano #2
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18. En el sótano #2

—¿Por qué iba a robar un coche? No lo necesitábamos.

¿Y uno tan llamativo como el tuyo? No íbamos a movernos por una temporada, buscábamos permanencia, en Vancouver, un lugar seguro hasta que Mal cumpliera los diecinueve y pudiera hacerse cargo de mí de forma legal.

La persona a la que fue a ver ese día iba a explicarle cómo solicitar mi custodia.

Aún faltaba tiempo, pero… —Dean alzó la vista y la fijó en Kye, mirándolo a los ojos por primera vez—.

Me arrebataron a mi hermano y no me dieron explicaciones.

No se habló del caso, los periódicos dijeron que alguien que respondía a las iniciales K.

C. había tenido un accidente en el que un sin hogar había resultado muerto.

¡Un sin hogar! Ni siquiera mencionaban su nombre, ni unas putas iniciales.

Todo estaba tan tapado, tan enterrado en burocracia que no lograba…

, no… Da igual, supongo que no te importa por lo que pasé o cómo averigüé quién eras.

El caso es que vine aquí culpándote, odiándote…

—¿Culpándome? ¿A mí? ¿Cómo va a ser mi culpa si yo soy la víctima?

El grito de Kye podía haber cohibido al chico, pero Dean alzó más la barbilla, plantándole cara, como si Kye fuera sospechoso de algo, como si no hubiera estado a punto de morir encerrado en un coche en el puto fondo del río Fraser.

—¿Y qué querías que hiciera si solo os tenía a ti y a tu ridículo coche para culpar?

La pregunta fue hecha en un tono bajo, pero tan cargado de impotencia y frustración que Kye estuvo a punto de darle unos minutos para recomponerse.

Sin embargo, no lo hizo. Cómo osaba. La víctima era él, no aquel chico salido de la nada que había llegado buscando respuestas cuando él mismo estaba lleno de preguntas.

Sin embargo, estar frente a frente con ese niño de mirada asustada estaba dándole fuerzas.

Por primera vez estaba hablando del accidente sin sentir que se ahogaba, sin sentirse atrapado dentro del coche.

Sabía dónde estaba: en el sótano de sus padres, con Foster King, guapo de profesión, una adolescente de alma vieja y un crío que era lo más parecido a la personificación de su miedo que podía existir.

Así que, tras casi dos años de un silencio total, explotó:

—Tu hermano me atacó con un cuchillo desde el asiento de atrás, poniéndomelo en el cuello y ordenándome que condujera. Nos caímos por un puente. Casi me muero. ¿Y tú me culpas a mí? ¡¿A mí?!

—Tú casi te mueres, pero él murió. ¡Murió! Un minuto estaba conmigo y al siguiente era una foto cutre en blanco y negro en las noticias de las ocho donde se anunciaba su muerte y se le culpaba de lo ocurrido.

Se hizo el silencio durante unos instantes mientras todos parecían sopesar la fuerza de las palabras de uno y otro. A Kye le temblaban las manos, pero respiraba con normalidad. Dean lloraba, y su llanto resultaba estridente en una habitación donde hasta el más mínimo suspiro podía escucharse.

—¿Por qué estás tan seguro de que era él? ¿Le viste la cara?

Kye creyó que contestar a esa pregunta sería el detonante que llevaba rato esperando, ese peso que lo hundiría alejándolo de esa falsa calma en la que estaba sumido; porque nunca hablaba de ello, porque no se permitía ni siquiera pensarlo, porque era la imagen que lo atormentaba cada noche.

Pero, contra todo pronóstico, contestó. A su manera, pero lo hizo.

—No, llevaba una máscara.

—Ya, tu madre me ha dicho que era una máscara egipcia…

—Inca.

—¿Estás de coña?

—Es que no es lo mismo.

Tres pares de ojos lo miraban como si ese comentario estuviera fuera de lugar. No lo estaba. Si ellos supieran lo mucho que tenía que engañar a su cerebro y a sus recuerdos cuando pensaba en esa máscara…

—Era una máscara inca de serpentina verde.

—¿Como la que describes en Mascarada ? ¿La reliquia de dos mil años de antigüedad que se encontró al pie de una pirámide y…?

—Foster… —le llamó la atención Eli.

—¿De dónde iba a sacar mi hermano una máscara así?

—No sé. La podría haber robado —contestó Kye.

—Claro, tiene todo el sentido. Me deja un rato en el puerto, roba una máscara en, no sé, ¿una tienda de antigüedades? ¿Un museo? Consigue un cuchillo, se mete en el coche de un desconocido y le ordena que conduzca no sabemos a dónde. ¿Dónde te dijo que tenías que ir?

—No me dijo nada más. Di un volantazo y aceleré sin saber bien lo que hacía. El puente estaba en obras, no había ninguna barrera protectora. Me llevé por delante un par de vallas y caímos en picado hacia el río.

Kye no sabía cómo había logrado vocalizarlo; resumirlo, incluso.

Como si fuera algo sencillo, cuando jamás había hablado de ello.

Salvo cuando había prestado declaración y en las primeras sesiones con Miles; una vez quedó claro que no era capaz de hacer frente a sus recuerdos ni al hecho de caer, caer, caer…

, dejó de hacerlo y permitió que las imágenes y las sensaciones lo visitaran silentes hasta ahogarlo.

Pero quizá haber personificado su miedo y haberle puesto la cara de Dean estaba siendo catártico de alguna forma, por raro que sonara.

Lo comentaría con Miles, por tener una opinión profesional que luego pasarse por el forro, como estaba acostumbrado a hacer.

Respiró hondo y miró al chico, que también lo estaba mirando a él; como si por fin viera a una víctima de carne y hueso y no al fantasma al que culpaba de la muerte de su hermano.

Y ahí estaban, dos lados opuestos de una misma tragedia exorcizando sus demonios y viendo por primera vez el blanco en una imagen que creían completamente negra.

—No tiene sentido —dijo Dean al fin, tras varios minutos de silencio.

Sonó perdido. Confuso. Y joven, muy joven—.

Nada de lo que se supone que ocurrió lo tiene.

Y no voy a parar hasta averiguar qué pasó.

Por eso estoy aquí. Después de todo este tiempo estoy aquí y podemos encontrar respuestas. ¿No buscas tú lo mismo?

—No, yo… no busco nada. Yo ya he cerrado ese episodio. Ya… Ya sé lo que pasó, la policía me dijo lo que pasó. Es un caso cerrado.

«Eso no es verdad», le dijo esa voz que había mantenido callada durante casi dos años.

Ese susurro que le decía que fuera valiente, que abriera los ojos y nadara hacia la superficie.

Que no siguiera sumido en la oscuridad. Kye había silenciado el murmullo hasta que dejó de molestarlo; hasta que se convirtió en un tenue runrún que desaparecía tan rápido como hacía acto de presencia.

Pero aquel chico se había plantado frente a él con un altavoz y no paraba de acercárselo a la boca y gritar y gritar y presionar y presionar…

tratando de que el susurro hasta aquel momento encerrado se deslizara sibilante por su mente y saliera de su prisión.

Y Kye no estaba preparado para darles voz a sus preguntas sin respuesta.

No estaba preparado para dejar su escondite y subir a la superficie.

No así, no tan de repente. No le había dado tiempo a coger aire. Y sin aire no podía bucear.

Se dejó caer sobre la cama, exhausto ante la mera idea de abrir los ojos y dar la primera brazada. Entonces notó los dedos de Foster en su pelo y alzó la vista, saliendo del estado de sobrealiento y volviendo a una nueva realidad que le aterrorizaba como pocas cosas en la vida.