Hotel Noir 18. En el sótano
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18. En el sótano

EN EL SÓTANO

KYE

Kye no tuvo tiempo (y lo necesitaba) de pensar en lo que su madre acababa de decir, porque, instantes después, Eli abrió la puerta del dormitorio.

—Anda que la que estáis liando —dijo, asomando la cabeza por la rendija de la puerta entreabierta sin dejarles ver el interior de la habitación.

Quizá estuviera esperando confirmación de que Kye sabía que tenían al chico ahí dentro, quizá lo hubiera escuchado todo y no hiciera falta, pero, igualmente, Foster decidió sacarla de dudas y le dijo:

—Quiere ver a Dean.

Kye notó cómo un sudor frío le trepaba por la columna vertebral.

Olía a alcohol y a miedo intenso, pero había ido allí con un propósito y no iba a dejar que sensaciones del pasado (que tenían que seguir en el pasado) lo perturbaran.

Y lo que su madre había dicho sobre Foster, ese «no es ningún desconocido, y mucho menos un intruso, está aquí porque yo quiero que esté, porque esta también es su causa», seguía resonándole en la cabeza y devolviéndole al presente, como un bálsamo de realidad al que sabía que necesitaba prestarle más atención.

Y lo haría. Más tarde. Por el momento trataría de aferrarse al eco de esa frase como si de una boya se tratase.

Porque eso era Foster en esos momentos: una boya que lo anclaba al aquí y al ahora.

Eli abrió la puerta del todo, mirando a Kye con recelo (¿qué creería que iba a hacer?), y ahí estaba él, una cara desconocida que le decía tanto que Kye no quería escuchar. Pero iba a hacerlo.

—Hola —dijo Foster, lo que era de agradecer, ya que el chico parecía asustado. Más asustado que Kye.

—¿Os vais a comportar? La abuela no puede enterarse y nosotros no hemos dormido nada, nos gustaría descansar algo ahora si podemos.

—¿Llevas aquí toda la noche?

—¿Qué íbamos a hacer? Hemos puesto como excusa que yo necesitaba espacio, pero dejadme que os diga que esa butaca de cuadros no es espacio suficiente.

Foster y Eli hablaban mientras el chico y Kye se limitaban a mirarse; hasta que uno de los dos rompió el silencio. Y no fue Kye. Dean ni siquiera se dirigió a él.

—Ya sé de qué te conozco —dijo, mirando a Foster.

—Pero cómo no me vas a conocer si he pasado horas aquí contigo, ¿qué le pasa a este pueblo conmigo?

Esto es obra de tu hotel infernal —añadió mirando a Kye y siguió hablando de forma atropellada—: No, en serio, ¿tienes una conmoción?

Es habitual con los golpes en la cabeza, ¿no?

¿Qué recuerdas? Claro, como nos lo llevamos de forma ilegal, nadie habló con los médicos y…

—Eh, calma, no es eso. Ya sé que has estado conmigo, tú eras quien conducía cuando me sacasteis del hospital.

—Si la policía te pregunta y quieres omitir ese dato, no seré yo quien ponga pegas. Madre mía, en qué lío me he metido.

Foster palideció de golpe; la pérdida de color fue evidente incluso en la escasa luz de la habitación.

—Fue hace como un año, más o menos —continuó el chico con voz tímida echando un breve vistazo a Kye—. Nos paraste a mí y a dos colegas míos en Pender con Columbia, a la entrada de Chinatown. Buscabas ayuda para montar unas canastas en un campo de baloncesto.

«¿Perdona?».

Foster palideció aún más.

—Fue una pésima idea, lo supe después; por favor, dime que no os gastasteis el dinero en drogas.

O en algo peor. —El «algo peor» no estaba claro lo que podía ser, ni siquiera para Foster, a juzgar por la mueca que hizo.

Y Kye estaba debatiéndose entre la ansiedad por lo suyo y la curiosidad más absoluta, así que tampoco preguntó—.

Me habían hablado de una esquina en Chinatown donde críos sin hogar se ofrecían como mano de obra disponible para hacer trabajos puntuales de construcción y…

no pensé. Os vi ahí, yo tenía algo que hacer y vosotros necesitabais el dinero y quería ayudar y…

la cagué. Me di cuenta después de que había hecho una auténtica barbaridad subiéndoos al coche.

Las cosas no funcionan así, a veces no pienso y…

—Así que lo de subir a tu coche a jovencitos es un vicio que te viene de antaño… —Eli trató de quitarle hierro al asunto, pero falló estrepitosamente.

—No, no, no hiciste nada malo —se apresuró a decir el chico levantando ambas manos hacia Foster, como queriendo apaciguarlo, y dedicándole un rápido alzamiento de cejas a Eli—.

Tú no sabes qué tipo de gente nos para y lo que busca…

Bueno, supongo que sí lo sabes. O te lo imaginarás.

Que alguien nos ofreciera dinero por hacer algo normal, sin buscar nada más…

Y encima por una buena causa. Mi hermano siempre decía que hacer algo bueno por los demás te daba un subidón de endorfinas mayor que cualquier droga…

—Una mirada de recelo a Kye—. Siempre sospeché que me decía ese tipo de cosas para mantenerme lejos de problemas, pero la verdad es que así fue.

Ese y el par de días que siguieron fueron de los mejores de mi vida, y de la de Jack y Jasper también.

Con el dinero que nos diste nos fuimos a cenar a un restaurante de la calle Broadway por el que habíamos pasado más de una vez, pero que no nos podíamos permitir, y dormimos tres noches en un hotel de puta madre bebiendo y comiendo como cerdos.

No pongas esa cara, cuando duermes en la calle en invierno, beber para entrar en calor o para olvidar tu mierda de vida es lo más suave que puedes hacer.

Nos emborrachamos, saltamos en las camas y hablamos de Mal sin parar.

—Otra mirada a Kye, pero en esa ocasión había más odio en ella que desconfianza—. Gracias.

Foster se pasó la mano por el pelo y le dedicó al chico un breve asentimiento de cabeza. ¿Quién coño era realmente Foster King?

—Mi hermano… —continuó el chico, pero esa vez con los ojos fijos en Kye—. Mi hermano no pudo estar implicado en tu accidente, no tiene sentido.

—¿Por qué?

Eso fue lo único que acertó a decir Kye antes de que Foster se pegara un poco más a él (un leve roce de brazos y de los dorsos de sus manos) y de que Dean empezara a explicarse entre tartamudeos y miradas a Eli, cuya presencia parecía infundirle confianza.

—Él no sabía quién eras, no tenía ningún motivo para hacer lo que dicen que hizo. Ese día fuimos a Richmond porque mi hermano iba a verse con alguien, el responsable de una casa segura o algo así. Nos dijo que lo esperáramos en el puerto, que solo sería media hora, que…

El crío rompió a llorar y Eli se acercó a la cama, sentándose a su lado y ofreciéndole un consuelo incómodo que no sabía cómo dar, pero que se notaba que quería ofrecer.

—¿Con quién? ¿Con quién había quedado? —preguntó Kye sin darle tregua. Ese dato podía cambiarlo todo. Se esforzó en seguir respirando con normalidad.

Foster lo miró de reojo, sorprendido de que Kye se centrara en eso precisamente, pero, por suerte, no dijo nada.

—No me acuerdo —dijo el chico más sereno, pero aún pegado a su hermana—. Y no importa. Eso no tenía nada qué ver contigo.

—¿Cómo lo sabes? ¿Con quién iba a reunirse? Quizá nos hayamos estado planteando todo esto de forma incorrecta; bueno, yo no, yo no me he planteado nada, pero… —Kye estaba hablando para sí mismo aunque lo hiciera en voz alta—. ¡¿Con quién iba a reunirse?! —repitió casi gritando.

—¡No lo sé! No era un nombre de verdad, era un apodo, creo. ¡No me acuerdo! Mi hermano murió ese día en extrañas circunstancias, perdóname si me centro en eso —contestó Dean, también a voz en grito. Al final despertaban a la abuela y a todo el vecindario.

—Kye, ¿qué pasa? —preguntó Eli mirándolo con extrañeza—. ¿A qué te refieres con que lo hemos estado planteando mal?

Kye no sabía cómo contestar a eso, así que decidió ignorar a su hermana y se dirigió al chico.

—Necesito respuestas.

—No. Yo a ti no te debo nada. Soy yo el que tiene preguntas.

Soy yo quien ha venido aquí buscando la verdad —dijo Dean sorbiéndose la nariz y levantando la cabeza de donde la tenía apoyada en el hombro de Eli—.

Porque mi hermano es inocente. Porque nada tiene sentido y nadie se molestó en investigar.

Porque puede que Malcolm conociera a Queer Project, no lo sé, de oídas yo también, pero no era fan, no creo que pusiera cara a ninguno de ellos, y, además —dijo irguiéndose y secándose las lágrimas—, mi hermano era una buena persona.

Una buena persona de verdad. Si robaba era para sobrevivir; si forzaba alguna cerradura era para poder resguardarnos, y siempre en casas vacías.

Nunca haría daño a nadie así. Huíamos de mi padre porque era el puto demonio y en la última paliza me había roto un brazo.

Me protegía a mí, ¡a mí!; y, aunque solo fuera por no dejarme solo…

No… Él no… Él nunca hubiera hecho algo así.

—La policía creyó que podría haber intentado robar mi coche y que, cuando lo sorprendí, la cosa escaló hacia…

Pero se había abierto otra opción, la de la reunión que tuvo el chico antes del…

accidente, y no iba a poder obviarlo mucho más tiempo; y no sabía si podía seguir hablando como si nada, estaba a un segundo de romper a llorar como Dean.

O de ahogarse. Pero Foster estaba ahí como una presencia tranquilizadora, como una boya, haciéndole círculos en la espalda con una mano.

Qué curioso que fuera un extraño quien lo estuviera devolviendo al presente con acertada maestría, y qué curioso también que esa vez no hubiera caído tan en picado por el puente de los recuerdos.

Enfrentar al chico ante él, lo que suponía, poner cara a Malcolm, aunque fuera en el rostro de su hermano, le estaba otorgando una perspectiva más realista de lo que pasó.

Como si, de repente, el accidente hubiera dejado de pertenecer al terreno onírico y se hubiera convertido en algo tangible a lo que hacer frente.

¿Y si durante todo aquel tiempo lo único que había necesitado para empezar a sanar era que su monstruo se hiciera real?