Hotel Noir 17. No respires
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17. No respires

NO RESPIRES

FOSTER

—Foster, por Dios, cállate, que hemos venido de incógnito y vas a despertar a todo el vecindario.

—Es que una cosa que he descubierto en mi corta estancia en Black Pines es que cometer actos ilícitos me pone muy nervioso y me hace hablar más de la cuenta.

—No, si ya.

—Y me da ganas de hacer pis. Me meo.

La mirada de Kye, si la luz del porche no hubiera estado fundida, hubiera sido matadora. Menos mal que fue breve y el rubio volvió a centrarse en meter la llave en la cerradura de la puerta del garaje.

—¡Para ya!

—¡Pero si ahora no he hecho nada!

—Estás pegadísimo a mí y me estás respirando en la nuca. Así no puedo concentrarme.

—Anda que se necesita mucha concentración para abrir una puerta.

Lo que pasa es que estás borracho y no estás en tu mejor momento, si me permites que te lo diga.

—Foster arrastraba las palabras porque por mucho que acusara a Kye de ir pedo, que lo iba, él estaba en las mismas pésimas condiciones—.

Y yo no puedo dejar de respirar sin más, lo siento.

Que, aunque cuando me conociste me dijiste que era un digno hijo de los Cullen, no lo soy, soy humano, necesito aire y…

Kye se dio media vuelta y se puso frente a él, sus caras muy cerca la una de la otra, el vaho de sus respiraciones formando una nube blanca que parecía fluorescente en la todavía negra noche.

Foster se calló de inmediato al ver esa mirada de «te he dicho que ni respires» y no dijo ni mu mientras el escritor se separaba de él y subía los escalones hasta la puerta principal.

Foster lo siguió, pero al llegar al rellano patinó en una placa de hielo y se cayó hacia delante, contra la espalda de Kye, a quien se aferró como pudo, haciendo que ambos entraran en la casa en un estruendo; sus cuerpos contra la puerta, la puerta contra la pared, y el perchero de la entrada al suelo como consecuencia de todo lo anterior.

Vaya escandalera. Si no habían despertado a toda la casa —y a toda la calle— con su superentrada era de puro milagro.

Pero, tras unos segundos en los que permanecieron muy muy quietos y muy muy callados, no pasó nada.

La casa siguió en silencio y en penumbra, y Kye le hizo un gesto hacia las escaleras que llevaban a la parte de abajo.

Foster lo siguió, de puntillas, con un sigilo exagerado, como un dibujo animado, conteniendo la respiración hasta que —con mucho cuidado, todo hay que decirlo— Kye cerró la puerta del sótano tras ellos.

Foster ya estaba familiarizado con el saloncito que servía de vestíbulo en esa planta.

Había un sofá de pana enorme, un par de butacas, y guitarras y amplificadores por todas partes.

A la derecha, separado por un panel transparente, estaba el estudio de grabación, y a la izquierda, el cuarto donde se estaba escondiendo Dean.

Kye encendió la luz y se giró para fulminar a Foster con la mirada.

—No me mires así, me has traído hasta aquí con nocturnidad y alevosía después de haberme metido media botella de vodka entre pecho y espalda.

Disculpa si no soy un maestro del sigilo.

—Foster había empezado susurrando, pero había ido subiendo la voz y acercándose a Kye, que había dado ya dos pasos hacia atrás, quedándose junto al brazo del sofá.

No seguía retrocediendo porque no podía—.

Que entre tu madre y tú me obligáis a hacer cosas de dudosa moralidad y…

, qué cojones dudosa, de dudosa nada, secuestro y allanamiento de morada, ambos delitos tipificados y…

—Esta casa es de mis padres, no se considera allanam…

El susurro de Kye se vio interrumpido por una puerta abriéndose, la misma por la que acababan de entrar ellos, y Foster no tuvo tiempo de pensar qué hacer, solo reaccionó: se abalanzó sobre Kye y ambos aterrizaron en el sofá, sus cuerpos pegados de pies a cabeza, la cara del rubio hundida en el cuello de Foster, que, de forma inconsciente, le puso una mano en la nuca y lo atrajo más hacia él, pegándolo a su piel, respirándolo.

Y, entonces, el olor de su pelo lo inundó todo, emborrachándolo aún más.

Olía a frío, a otoño y a champú de algodón de azúcar.

Y era tan suave… Como seda contra su mejilla.

—¿Quién anda ahí?

Mierda. Eden.

—Abuela, soy yo —dijo Kye incorporándose.

Foster también se levantó, echando de menos su contacto y su olor al instante. Habían sido unos segundos, pero la intimidad y la calidez —dos sensaciones que le eran tan ajenas— habían sido tan enormes que podría haber pasado horas en esa misma posición.

—¿Kye? ¿Qué hacéis aquí?

Había que pensar en algo rápido, porque había un chico ocultándose en el cuarto de al lado y Eden no podía enterarse. «Rápido, Foster, rápido, di algo».

—Hemos venido a…

Nada, no tenía nada.

—Nos estábamos enrollando, abuela, sentimos haberte despertado.

—Pero Kye, cariño, que tienes una edad. Y una casa en propiedad.

Y un hotel vacío. Y que… son las seis y media, chicos, no son horas de venir a enrollarse a casa ajena.

Eli se ha trasladado hoy al cuartito de aquí abajo para tener más intimidad, la vais a despertar —contestó Eden en un susurro apresurado, con un rodillo en la mano y con un solo rulo en la cabeza, lo que le confería un aire aún más pintoresco, si es que eso era posible.

Y Foster estaba ahí siendo testigo de semejante intercambio en un estado de absoluta fascinación; el estado en el que vivía desde que había entrado en Black Pines y en aquella singular familia.

Pero es que no le cabía en la cabeza la naturalidad con la que esas dos personas frente a él, abuela y nieto, estaban llevando la situación.

«Nos estábamos enrollando», había dicho sin más el escritor de novelas de terror que olía a frío, a otoño y a algodón de azúcar.

Y la abuela, ahí presente, solo le había echado en cara la hora y el lugar.

Foster no concebía ese nivel de tolerancia; porque, encima, era mentira, no se habían estado enrollando. Ojalá. ¿Cómo sería sentir a…?

—¡¡No me lo puedo creer!! ¿Qué hacéis vosotros aquí?

Joder, joder. Julia. Pues sí que tenían el sueño poco profundo en aquella casa.

Ahora bajaría un niño con un pijama de Spiderman y ya estarían todos.

Lo mismo hasta aparecían los vecinos que vivían a ochenta y tres pasos y se marcaban una jam session de las buenas.

Foster no se atrevía ni a levantar la vista, la bronca que le iba a echar Julia.

—Eden, vuelve a la cama, yo me ocupo.

—Pero…

Mientras Julia y Eden se decían algo en voz baja, Kye miró a Foster —fatal, lo miró fatal, si pudiera comérselo, lo haría— y le susurró:

—No me gusta mentirle a mi abuela.

Foster bufó y le devolvió la mirada, incrédulo.

—Pues te vas a hartar —le susurró—. Porque no sé si se te ha olvidado que hemos venido aquí a hurtadillas para ver a un chico al que tu madre tiene escondido en este sótano sin que la policía ni los servicios sociales sepan nada y…, mira, es que me estremezco de solo pensarlo.

—Llamar «hurtadillas» a la entrada que hemos hecho es pasarse un poco.

—Es que esa es otra, ¿de verdad era tan difícil encajar la llave en la cerradura de la puerta del garaje?

Y si la de arriba estaba abierta, ¿por qué no hemos entrado directamente?

¿Y cómo dejáis las puertas abiertas por la noche?

¡Que eres escritor de cosas de miedo! He decidido que ahora voy a llamarlo a todo así, en general, ¿qué te parece?

Ni horror ni terror ni pollas en vinagre. Cosas de miedo, sin más.

—Primero —empezó Kye en un susurro, aunque se le notaba en la cara que quería gritar, y mucho—: no estoy tan borracho, es que no era la llave, ¿vale?

Segundo: no quería entrar por arriba precisamente por lo que ha pasado, que nos han pillado.

Tercero: dejamos las puertas abiertas porque Black Pines es un sitio seguro y tranquilo, aquí nunca pasa nada.

Y cuarto: mal, me parece muy mal que llames a todo «cosas de miedo».

Alguien se aclaró la garganta. Julia.

Eden ya no estaba y Julia se había acercado a ellos; había cerrado la puerta, aislándolos de oídos inocentes a los que mejor no arrastraban a aquel bucle de delitos y mentiras. Los dos la miraron. Foster, con miedo y vergüenza; Kye, con incertidumbre y un poco de rabia.

¿Dónde estaban los agujeros de gusano de los libros de Kye cuando uno los necesitaba? Porque, en esos momentos, le gustaría que se abriera uno y se lo tragara.

—Lo sabe —dijo al final Foster tras un duelo de miradas que desde el principio supo que no podía ganar.

—¿En serio? Solo tenías que cerrar la boca una noche, ¡una!, y ni siquiera ibas a verlo.

—Ya, pero es que me puse a leer Mascarada , me entró miedo y… —La mirada de pasmo de Kye rivalizaba con la de cansancio de Julia—. Bueno, eso ahora no importa. El caso es que…

—El caso es, mamá, que me lo tenías que haber dicho tú —terminó Kye por él, su voz fría. No parecía tener problemas para respirar, pero si era un efecto del alcohol y los últimos acontecimientos o puro teatro de cara a su madre no estaba claro.

—No, no te lo quería decir. —Ante el aspaviento de Kye, Julia añadió—: Pero que no quisiera no significa que no fuera a hacerlo.

Te lo iba a contar, esta noche, a todos juntos y ante las cámaras, quería que…

Mira, cariño, no puedo más, ¿vale? —Julia se pasó ambas manos por la cara y luego se las llevó al pelo, apretándose la coleta—.

Dame unas horas, necesito hablar con Kim y necesito…

—Estoy aquí y voy a hablar yo con él. Pero estoy cabreado. Mucho. Porque no me entra en la cabeza que no me dijeras algo tan importante, algo que podía tener que ver con mi… accidente, con mi salud mental, con… Joder, ¿y se lo dices a Foster King?

—¡Oye!

—¡Por eso mismo! Porque sé que en nuestra presencia finges que estás bien, pero no lo estás. Soy tu madre, te conozco. Nunca mencionas lo que pasó ni cómo te afectó, y sé que hasta has dejado de hablar con Miles de ello. No quería que te vinieras abajo, no sabía cómo te lo ibas a tomar.

Era curioso, porque seguían susurrando, pero la fuerza de cada palabra era atronadora, más poderosa que un grito.

—Me lo he tomado de maravilla.

—¿Sí? —Julia dirigió la vista a Foster—. ¿Se lo ha tomado de maravilla?

Kye se giró para mirarlo, pero Foster no le devolvió la mirada.

No necesitaba leer la súplica en sus ojos para saber qué decir.

Pero no iba a hacerlo por lealtad hacia el rubio, porque lo acababa de conocer y daba igual que oliera a frío, a otoño y a algodón de azúcar.

No le debía nada. Pero a Julia sí, una extraña lealtad lo unía a ella, y le daba un poco de miedo, tampoco había que engañarse: de solo pensar lo que se iba a cabrear con él si le decía que su hijo había tenido un ataque de ansiedad al oír las noticias…

—¿Y bien? —insistió ella.

—No se lo ha tomado mal. Pero ha querido venir a hablar con él, como era de esperar.

—Mira, lo siento, Kye, pero no puedo hacer esto ahora.

Tengo que ir a hablar con Kim, llevo horas evitándola y no puedo posponerlo más.

Iré, le mentiré a la cara y… Y por eso no quería decirte nada hasta que no nos tuvieras a todos contigo para apoyarte.

Hace tiempo que queremos hablar con tu hermana y contigo y…

—Mamá, haz lo que tengas que hacer y ve donde tengas que ir a mentir a quien tengas que mentir, pero yo me quedo aquí. Voy a hablar con él. Ahora.

Julia suspiró. Kye estaba dolido y estaba cabreado, pero si Foster podía ver el miedo subyacente bajo esa apariencia de fría calma, ella, que era su madre, también podía.

Sin embargo, iba a ceder. Ese suspiro era de rendición.

Aunque fuera un sonido cargado de remordimiento; y de pena, igual que sus ojos.

Porque sabía que lo estaba haciendo mal, fatal; porque probablemente Kye era lo que más le importaba en esta situación y la estaba cagando a lo grande.

Y todo eso antes del amanecer. Foster esperaba que fuera una situación puntual y que esa gente no se levantara siempre a la misma hora.

—Vale —cedió Julia, pasándose las manos por la cara de nuevo—.

Eli está dentro con él, le hemos dicho a la abuela que se muda aquí abajo provisionalmente.

Como está conmigo que no me aguanta, tiene sentido; aunque no creo que la situación se mantenga durante mucho más tiempo.

En fin, que intentéis no montar más jaleo, la abuela se ha vuelto a la cama hasta que tenga que preparar a Westy para ir al colegio y yo tengo que salir pitando hacia la comisaría antes de que Kim pida una orden de arresto contra mí, o peor, venga a buscarme ella.

Tengo que darle algo, lo que sea, y no sé cómo voy a…

—Otro suspiro, esa vez de frustración con tintes de impotencia—.

¿Podríais, por favor, no contárselo a nadie más hasta que nos reunamos esta tarde? ¿Sería demasiado pedir?

—Que si sería demasiado pedir… —dijo Kye en un hilo de voz, pero en un tono frío como el hielo; qué extraña combinación—. Manda huevos. Qué mal lo estás gestionando, mamá —le recriminó. Julia bajó la vista, ¿avergonzada?—. ¿Y papá y Jax?

—Nadie es nadie. Kye, en serio. Ni Dani, ni Miles…

—Claro, faltaría más. ¿Alguna otra cosita?

—Mira, cariño, lo siento, todo ha pasado muy deprisa y yo he ido actuando en los tiempos impuestos y como he podido.

Me gustaría haber tenido algún poder de decisión en el cuándo y haber podido hablar con vosotros antes, pero no ha sido así y no puedo deshacerlo. Ahora de verdad tengo que irme. Foster…

—Foster, ¿qué? —espetó Kye—. Mira, es que solo de pensar que has acudido a Foster King antes que a tu propio hijo, a quien, además, todo esto afecta de forma directa… ¡A un desconocido, mamá, a un intruso!

Eso último ya no podía considerarse susurro. Estaba más cerca del grito, y Julia respondió con la misma fuerza, sorprendiendo a ambos con su alegato, que fue corto pero potente, con una onda expansiva que siguió resonando incluso después de su marcha:

—No. Foster no es ningún desconocido, y mucho menos un intruso, está aquí porque yo quiero que esté, porque esta también es su causa.