Hotel Noir 16. Pet Sematary
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16. Pet Sematary

PET SEMATARY

KYE

En algún momento entre las cervezas, las confesiones a media voz y los incontables chupitos de vodka, se habían quedado traspuestos en el sofá. Juntos.

Habían dormido menos de tres horas, pero Kye necesitaba respuestas y quería obtenerlas mientras siguiera bajo los efectos del alcohol. Era un coraje irreal, prefabricado, a la luz del día no sería tan fuerte; era consciente de ello, pero era el único coraje del que podía valerse, así que…

Miró a su invitado, que ya no iba disfrazado de griego (había perdido el edredón en algún momento de la noche y estaba ahí repantingado con solo un bóxer y una camiseta negra), y lo zarandeó, tratando de no prestar demasiada atención a toda esa piel expuesta.

Aunque había que reconocer que lograr ponerse cachondo entre dos miniataques de ansiedad y estando aún borracho tenía su mérito.

—Ey —le dijo, sacudiéndole el hombro en un segundo intento de despertarlo.

—Hum —fue lo máximo que le sacó.

Vale. Cambio de estrategia.

Kye conectó el bluetooth del móvil, que encontró sobre uno de los troncos, y, segundos después, Pet Sematary , de Ramones, empezó a sonar a todo volumen a través de los altavoces, inundando por completo el apartamento y consiguiendo el efecto buscado: que Foster King se despertara, levantándose de golpe y mirando a su alrededor sin tener muy claro qué pasaba.

—Hola —lo saludó Kye con voz ronca.

Foster lo miró, se pasó una mano por el pelo mientras intentaba ubicarse y volvió a lanzarse al sofá, suspirando y fulminándolo con esos ojos verdes a los que el rojo del alcohol y la falta de sueño no les restaban ni un ápice de atractivo.

En un ataque de sinceridad propiciado por la prisa y el querer saber, Kye confesó sin más:

—Necesito que sigas contándome.

Foster lo estudió durante unos instantes.

—Por favor —insistió—. Estoy bien, sigo un poco borracho y no creo que vuelva a… irme . Te juro que hacía tiempo que no me pasaba. Además…, tú estás aquí, ¿no?

No sabía lo que Foster leyó en su tono o qué emoción pudo mostrar su cara, pero pareció tomarse su plegaria como una orden y, frotándose los ojos, empezó a hablar, no sin antes advertirle que, si se le alteraba la respiración lo más mínimo, paraba.

—Dean llegó a Black Pines buscando respuestas. Planteando preguntas también, pero, sobre todo, queriendo averiguar la verdad sobre lo que pasó…, hum…, aquel día en el… puente.

Foster medía mucho sus palabras, como si no supiera cuál de ellas podría activar la ansiedad de Kye y quisiera evitarlo a toda costa.

Y la sensación de gratitud fue tal que incluso notó cómo parte de la tensión que se había apoderado de sus músculos abandonaba su cuerpo.

Fue un alivio minúsculo, pero un alivio de todos modos.

—¿Por qué mi madre? ¿Por qué ahora, casi dos años después?

—Julia es la cara más visible de El Refugio, supongo que eso le dio, no sé, cierta confianza. Es un niño que lleva tiempo huyendo. Los adultos le han fallado, el sistema le ha fallado…

—¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis.

—Por Dios, ¿tenía catorce cuando…?

—Sí. Él y su… hermano se escaparon de una familia de mierda y llevaban varios meses viviendo en la calle, intentando esconderse, hasta que… Malcolm pudiera hacerse cargo de él. Dean no puede creer que su hermano estuviera implicado en algo así.

—Y todo este tiempo…

—Al principio no supo quién había sido la víctima.

Lo habéis escondido de puta madre, todo hay que decirlo, no sé cómo habéis podido lograr mantener a la prensa lejos de semejante información…

—Al ver la cara de «este no es el momento para eso» de Kye, Foster continuó—: Bueno, el caso es que acudir a la Policía estaba descartado, así que empezó a investigar por su cuenta, es un crío, pero es muy listo; logró localizar a varios de los operarios que estaban trabajando aquel día en las obras del puente.

Uno de ellos había hecho fotos del momento en que sacaban tu coche del agua y en una de ellas se veía la matrícula.

Indagó un poco y, en cuanto pudo, se plantó en Black Pines.

«Respira, respira, respira».

Kye había aprendido a lidiar con las pesadillas (más o menos); tanto con las que lo despertaban de noche como con las que lo abordaban despierto y lo paralizaban.

Le seguían aterrando, pero las sensaciones de ahogo y angustia no eran tan abrumadoras desde que había venido a vivir a Black Pines.

Era consciente de que no lo había superado, que la falsa calma venía unida al hecho de que allí no necesitaba conducir ni cruzar grandes masas de agua, pero se había confiado.

Nada hacía presagiar que un intruso (si hablaba de Foster o del hermano pequeño recién aparecido no estaba claro) sería el gatillo que había estado esperando, silente y estático, a que alguien lo apretara.

Porque sí, sabía que su coche no había aparecido por arte de magia en un lateral del hotel que él mismo había erigido como refugio; no, sabía que un amigo de Oz lo había reparado, que su padre lo había traído desde Richmond y que alguien lo estaba moviendo, creyéndolo lo suficientemente valiente como para subirse y mandar los recuerdos traumáticos a tomar por culo.

Pero nunca había pensado en ese momento, en el instante real en el que, mientras él y Miles estaban recuperándose en el hospital, alguien había sacado su coche del río.

—¿Dónde está? —logró preguntar.

No había sido tan horrible. El alcohol y la mano de Foster en su pierna estaban obrando maravillas. Bien.

—En casa de tu madre.

—¿Qué? ¿Por qué? —E, incorporándose, añadió—: Vamos, quiero hablar con él.

—¿Cómo vamos a ir ahora? Si aún es de noche. Y está escondido en el cuarto de abajo, tu abuela no lo sabe —contestó Foster poniéndose de pie también.

—¿Escondido? No entiendo nada. ¿Por qué?

—Es que… Respira. Te lo cuento si respiras.

Kye respiró hondo un par de veces y, cogiendo el vodka que estaba sobre la mesa, bebió directamente de la botella. Después se la pasó a Foster y le dijo:

—Ya está, estoy respirando, cuéntamelo.

Que Foster no estaba convencido era evidente; pero la falta de sueño, el alcohol y, quién sabe, quizá también la necesidad de sacárselo del pecho, le hicieron claudicar.

O eso pareció cuando, tras un suspiro de rendición, dio un trago al vodka, le hizo un gesto a Kye para que volviera a sentarse, y empezó a hablar:

—Ayer tu hermana y yo quedamos en el hospital con tu madre.

—Kye alzó las cejas—. No pongas esa cara, porque te juro que eso es casi lo más normal de todo.

La cosa es que nos necesitaba para sacar a Dean de allí antes de que llegaran los de Servicios Sociales y la policía lo interrogara.

Dios, aún no me creo que yo haya formado parte de eso, tendrías que habernos visto: yo arrancando el coche al grito de «corre, corre», tu madre y tu hermana arrastrando a todo meter a un chico a la pata coja, y Julia comentando que mi coche no era apto para este tipo de huidas…

todo como muy histriónico, y con ese halo gris que parece cubrir siempre este pueblo parecía una escena absurda sacada de una película de los Coen, y porque yo soy parte implicada y estaba al borde del paro cardíaco, si no, me reiría de lo surrealista del momento…

En fin. Al parecer, Dean llegó el viernes a Black Pines; se quedó a dormir en un sofá en El Refugio y, a la mañana siguiente, cuando el centro estaba desierto, alguien lo atacó.

De esa parte no me enteré bien, me pitaban los oídos de los nervios.

La cuestión es que lo encerraron en el maletero de un coche del que no sé cómo logró salir horas después.

Terminó en el hospital de madrugada con un golpe en la cabeza, una pierna rota y ciento veintidós moratones por todo el cuerpo. Así, grosso modo .

—No… No entiend… No sé ni qué decir. —Al menos, estaba respirando. La cabeza le daba vueltas y notaba una fuerte presión en el pecho, pero estaba respirando—. ¿Quién…? ¿Por qué…?

—No lo sé, él tampoco lo sabe; tu madre tiene una teoría, y está tan obcecada que no contempla la opción de que todo esto puede no estar relacionado en absoluto con tu accidente ni con Queer Project.

En los últimos meses ha habido varios ataques a gente sin hogar en la Columbia Británica, en todo Canadá, de hecho, incluso hubo un asalto en un albergue juvenil en Surrey; podría ser una coincidencia, podría ser que no, pero…

—¿Qué teoría? —lo interrumpió Kye en poco más que un resuello, consciente de que se había llevado la mano al pecho.

Foster lo miró y se inclinó hacia él. Hizo amago de tocarle el muslo, pero pareció pensárselo mejor y, observándolo con cautela, le contestó:

—No lo sé, se supone que nos lo va a contar mañana a todos; o sea, hoy; o sea, dentro de unas horas. ¿Qué hora es?

—Las cinco y pico. Vámonos.

—¿Cómo que «vámonos»? ¿A dónde?

—Quiero ver al chico.

—Ya te lo he dicho, está en casa de tu madre, tu abuela no lo sabe, mañana nos…

— Necesito ver al chico —insistió.

—Mira, es de noche, no estás en tu mejor momento, vamos a…

—Si no vienes conmigo, voy a ir solo, pero voy a ir, así que tu verás.

Kye se puso de pie, tambaleándose un poco. Foster observó cómo cogía el móvil y lo que quedaba de la botella de vodka y se dirigía a la puerta.

Suspirando, se levantó del sofá y lo siguió.

Después de acompañar a Foster a su habitación a vestirse, porque, según él, la nueva norma que regía su vida era «de noche no vagarás solo por el Noir y de día, si es posible, tampoco», salieron del hotel de camino a casa de su madre.

Kye caminaba unos pasos por delante, con la botella en una mano y sacándose los auriculares del bolsillo del abrigo con la otra. Foster, que se había quedado rezagado mirando la fachada del hotel, comentó a su espalda:

—Por fuera da el mismo miedo que por dentro; es la típica casa que esperas ver en las noticias con un precinto de cinta policial y luces azules y rojas de fondo. «Padre se vuelve loco y mata a toda su familia con un hacha».

Qué dramático era.

Kye lo ignoró, a pesar de que sus soliloquios (que a veces requerían de su participación, pero que eran más unilaterales que otra cosa) habían mantenido su ansiedad a raya desde que Foster le había contado…

lo que le había contado. No sabía si lo hacía a propósito, porque había notado que hablar de obras de terror lo distraía (o lo agotaba, que la línea era muy fina), pero en ese rato no había parado de preguntarle por libros y películas, logrando que se centrara en otra cosa.

—¿Dónde vas? ¿Vamos a ir andando? ¿Con el frío que hace?

—Tú vete en coche si quieres —contestó Kye, que ya había llegado a la carretera principal y estaba tirando la botella casi vacía en uno de los contenedores del arcén.

Ya con ambas manos libres, se puso los cascos y buscó la canción que lo llevaría a su lugar feliz, como lo había llamado Miles en una de sus primeras sesiones tras el…

accidente. Fue justo después de un ataque de pánico, uno de los gordos; Miles había ido a su casa a verlo porque Kye había llegado al punto de no atreverse ni a salir a la calle.

Ahí fue cuando le sugirió que cuando se despertara en mitad de la noche creyendo que se ahogaba pensara en un lugar feliz, tranquilo, que le diera paz.

Y como Kye era Kye y llevaba transformando realidades desde los once años, encontró ese sitio en otro plano, en una de sus películas favoritas, en una escena que adoraba y que le transmitía toda la serenidad del mundo: una biblioteca de techos altísimos, iluminada de forma tenue por unas lamparitas verdes, cinco guardas jugando a las cartas y Morgan Freeman recorriendo los pasillos llenos de libros: Los cuentos de Canterbury , de Chaucer, la Divina comedia, de Dante Alighieri…

y la Suite para orquesta n.º 3 en re mayor de Bach invadiéndolo todo y transportándolo allí, a su lugar feliz, residencia de asesinos en serie y pecados capitales, porque, siendo él quien era, no podía ser de otra forma.

—Oye, no irás a ponerte los cascos y hacerme el vacío, ¿no? Trae, dame uno.

Foster le cogió el auricular izquierdo y se lo colocó mientras Kye le daba al Play .

No tuvo tiempo ni de reaccionar, así que se limitó a mirarlo mal.

O eso intentó; pero, dado que estaba más borracho que sobrio, no tenía claro si su mirada asesina había tenido el efecto buscado en su acompañante, que se tambaleaba a su lado, pegándose más a él, cosa totalmente innecesaria dado que los cascos eran inalámbricos.

Caminaron por el arcén hasta que la carretera se transformó en la calle principal del pueblo.

Lo hicieron en silencio, trastabillando cada varios pasos (el nivel de vodka en sangre era importante), sus brazos rozándose todo el rato.

Era un paseo de unos quince minutos, hacía frío, demasiado para ser otoño, y la niebla se te pegaba a la ropa y a la piel como el hielo al asfalto.

—Hay que ver lo que une susurrar secretos alcoholizados de madrugada, ¿eh? Delinquir también une, déjame que te diga, que lo descubrí ayer.

—Pero seguro que no une tanto como el poder legendario de los bosques que nos une a ti y a mí gracias a unas mesas de madera, ¿no? —contestó Kye destilando sarcasmo.

Se miraron, sus cuerpos pegados desde el hombro hasta la cadera, y se sonrieron casi sin ser conscientes de ello.