15. Déjame entrar #2
—Ya, ya, respira hondo. Ven. —Poniéndole una mano en la nuca, le bajó la cabeza y se la colocó entre las piernas—. Inhala, retén, exhala. Así. Quédate así, no te muevas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Inhala, retén, exhala. Uno, dos, tres…
La respiración de Kye salía a trompicones, pero iba regulándose mientras escuchaba cómo Foster repetía las mismas instrucciones una y otra vez.
No se estaba ahogando. No iba a hacerlo.
Estaba en casa. Su casa. No en un puente flotante de Richmond cayendo al vacío.
Estaba en un lugar seguro. No pasaba nada.
—Vale, vale —dijo tras unos minutos, incorporándose y apoyando la cabeza en el respaldo del sofá.
Alzando la mano, le indicó a Foster que le pasara la cerveza.
—No sé si es buena idea en tu estado…
Kye lo ignoró y, levantándose, la cogió él mismo y se la fue bebiendo mientras se dirigía al frigorífico. Necesitaba algo más fuerte.
Encontró en el congelador la botella de vodka que había traído Miles hacía un par de semanas para preparar no sé qué cóctel que nunca llegó a hacer.
En su casa nunca había vodka. Jamás. Daniela no podía soportar el olor y, entre todos los venenos que Kye podía meterse en el cuerpo, tampoco es que fuera su favorito. Pero lo tenía a mano y le servía.
Sacó un par de vasos de chupito y se dirigió a los sofás.
Foster lo estaba mirando con cara de preocupación, un gesto demasiado intenso para un desconocido.
Porque eso eran: desconocidos. Quizá el hecho de haber roto el hielo con un miniataque de ansiedad (y sabía que era mini porque había aprendido a identificarlos) los había acercado más de lo normal.
Iba a tener que dejar de conocer gente así.
La próxima vez iría a un bar, se acercaría a alguien, y hablarían del tiempo y de los cerezos en flor antes de compartir una noche de sexo loco y un «hasta luego» sin mayor resonancia.
Cero traumas en el proceso. Cero conversaciones profundas.
Solo un «qué bien lo he pasado, ha sido un placer, hasta luego».
Kye sirvió un par de vasos (aunque Foster seguía con su cerveza) y, tras beberse los dos del tirón, dijo:
—Cuéntame.
—¿Seguro?
—Necesito saber.
—Lo que necesitas es respirar.
—Y lo estoy haciendo. Has… reaccionado rápido.
Kye se sirvió otro vodka y dejó que el alcohol le adormeciera la garganta y la mente. Miró a Foster, que interpretó su comentario como la pregunta que era.
—Yo…, hum…, voy de vez en cuando a… un hospital infantil —dijo, como si le costara admitirlo.
¿Por qué ocultar algo tan intrínsecamente bueno?
Además, Kye ya lo sabía; en los últimos dos días había visto los suficientes vídeos de Foster con los niños como para saber que ese «de vez en cuando» era más un «muy a menudo»—.
Uno de los niños, Charly, tiene ataques de pánico, y quise saber cómo reaccionar por si le pasaba en alguna salida.
Siempre viene algún médico en el grupo, pero nunca está de más.
Es una mierda. El pobre chaval tiene leucemia y, por si eso fuera poco, tiene que lidiar con un padre maltratador. Un puto asco todo.
Se hizo el silencio durante unos minutos, la pena por el niño lo merecía; merecía ese silencio y muchos más, pero Kye no quería que su cabeza se adentrara en rincones oscuros. Necesitaba hablar. Necesitaba saber.
—Cuéntamelo —dijo, sacando a Foster de donde fuera que estuviera su mente.
—Vale —cedió este tras un suspiro—. No voy a entrar en detalles porque los desconozco. Pero… este chico apareció en El Refugio para hablar con tu madre. Está convencido de que su hermano no tuvo nada que ver con… ¿Estás bien?
No, no lo estaba. Se le había vuelto a acelerar la respiración. Sirvió otros dos chupitos (esa vez Foster sí se tomó el suyo) y le hizo un gesto para que continuara.
—Dice que su hermano no pudo tener nada que ver con tu accidente; o con tu ataque, mejor dicho, porque no sé por qué lo seguís llamando «accidente».
—«Respira, respira, respira»—. Dean dice que no tiene ningún sentido, que ese día habían ido juntos a Richmond, que se habían separado solo un rato antes y que, cuando Malcolm no volvió, salió a buscarlo.
Vio la conmoción en el puente, pero no supo qué había pasado hasta que horas después vio la foto de su hermano en la televisión.
Lo acusaban de secuestro, decían que había fallecido en un intento fallido de secuestrar a alguien. No mencionaban tu nombre, no supo que…
«Respira, respira, respira».
La voz de Foster sonaba lejana, como si Kye estuviera en otra habitación.
O debajo del agua. Ahogándose, como aquel día.
Como en sus pesadillas. Sus recuerdos no eran nítidos, eran como sueños incluso cuando los revivía despierto.
Eran sensaciones. Recordaba el no poder respirar, recordaba el sabor del agua llenándole la boca, las fosas nasales, los pulmones.
El sabor ocre de la muerte. Porque en esos momentos lo supo, supo que se moría.
Tuvo la certeza aterradora y brutal de que acababa de respirar su último aliento.
Recordaba no querer que pasara, recordaba luchar, intentar salir. Del coche, del agua, de su cuerpo…
«Respira, respira, respira».
Vale. Estaba respirando. Saliendo del recuerdo en tres, dos, uno.
No, no tan rápido, pero estaba saliendo.
«Respira, respira, respira». Eso, eso, bien.
«Kye, estás en casa». Lo estaba, lo estaba.
¿Era su voz la que había dicho eso? No, había alguien más.
Una mano acariciándole la espalda, unos dedos apartándole un mechón de la cara. Foster.
Kye abrió los ojos y se encontró con la cara del influencer a escasos centímetros de la suya.
Se quedaron mirándose lo que pareció una eternidad.
Kye centrándose en sus ojos verdes, en las motitas doradas que podían apreciarse a esa distancia; en sus enormes pestañas; en su boca, en la cadencia de su respiración.
Despacio, despacio. Ya casi estaba. Bien.
Y se le ocurrían peores formas de salir a la superficie, la verdad.
Hacerlo dándose de bruces con semejante belleza era de agradecer. Ya. Ya estaba.
—Estoy bien —dijo Kye, su voz temblorosa mientras se acercaba a la mesa y ponía dos chupitos más.
—No sé yo si es buena idea que sigas bebiendo. Bueno, sí que lo sé: no lo es.
—Lo es, créeme. Sin esto seguiría muy abajo.
Era evidente que el alcohol no era la solución, era un remedio de corto alcance e igual de corta duración, pero, en esos momentos, necesitaba la anestesia que le proporcionaba y agradeció que Foster no se lo impidiera.
Tras tomarse ambos chupitos, Kye respiró hondo y dijo:
—Vaya imagen estoy dando.
—¿Imagen? ¿Quieres que hablemos de imágenes? La mía está tan distorsionada que ya ni sé quién soy.
Sin levantar la cabeza, que tenía apoyada contra el borde del respaldo, Kye giró la cara para mirar a Foster.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que no me reconozco. Y no hablo solo de mi imagen pública, esa que te ha hecho tener tan buen concepto de mí, por cierto.
Foster había empezado a arrastrar las palabras.
Kye miró la botella de vodka. Se habían bebido casi la mitad.
Y él había usado el alcohol para anestesiarse, pero, cuando no había nada que anestesiar, como en el caso de Foster, se te subía a la cabeza sin más y te llevaba a ese tipo de divagaciones. Reflexiones sobre el todo y la nada.
—Mi concepto sobre ti se basa en unas imágenes que vi y en cómo fueron usadas como un ataque contra la sexualidad de un crío anónimo cuyo único error, según creo, fue liarse con quien no debía.
El comunicado de la jefa de prensa, o lo que sea esa señora, de King Global es una exculpación injusta y cruel.
—Ya. ¿Y qué dice de mí que yo me enterara de ese comunicado ayer por la noche y que no tuviera ni idea de qué excusa iban a poner?
O lo que es peor: ¿qué dice de mí que ya ni siquiera me importe?
Si no llega a ser por el asco visceral que parecí darte desde el minuto uno, ni siquiera lo hubiera leído.
Kye lo miró, sorprendido por el ebrio ataque de sinceridad y por cómo chocaba lo que decía con el hastío que contenían sus palabras.
Sirvió otros dos chupitos.
Se los bebieron en silencio.
Foster continuó:
—He huido tanto de quien soy, me he escondido tanto de la verdad, que creo que me he perdido, ¿sabes?
En algún punto del camino encerré a mi verdadero yo en una caja y no sé dónde lo guardé.
Y he ido guardando más y más partes a lo largo de los años, hasta el punto de que ahora hay miles de cajas con pedacitos de mí.
—Es una metáfora muy visual. Y muy triste. Pero no es excusa. Huir de los problemas no soluciona nada —dijo Kye, consciente de la hipocresía que encerraba esa declaración.
—No. No lo hace. Pero déjame tener la epifanía igual, ¿vale?
—Ante el alzamiento de ceja de Kye y el gesto de que continuara, Foster lo hizo—: He huido tanto de mí mismo: de mi sexualidad, de mis ideales, de mis sueños…
He escondido tantas partes de mí que ya no sé qué es verdad y qué es mentira.
No sé quién soy. Me he desmontado, me he falsificado una vida y no me encuentro.
No me encuentro —repitió, remarcando cada palabra con una breve pausa.
Silencio. Foster lo estaba distrayendo y él se estaba dejando.
El alcohol había hecho efecto y Kye era consciente de que estaba a punto de desmayarse.
Foster ni siquiera había terminado la historia que le había cortado la respiración.
Pero ahora no era momento de preguntar. No estaba listo, cogería la salida que se le ofrecía.
Ahora lo único que resonaba en su cabeza eran sus últimas palabras, su confesión.
Y el tono. Ese tono entre la vergüenza y la desesperación.
—No todos podemos tener las cosas tan claras como tú. —La frase, dicha en un susurro, podría haber estado cargada de sarcasmo. O no. Foster también estaba muy borracho y fue más un balbuceo que otra cosa. La bruma empezaba a apoderarse de ambos.
—¿De qué claridad me hablas? —logró decir Kye tras lo que pareció una eternidad—. Me acabas de ver putoahogarme en un recuerdo.
Foster también tardó en contestar y sus palabras sonaron lejanas:
—Pero sabes quién eres.
Silencio. La bruma se espesaba.
—Estoy lleno de miedos —logró decir Kye al final.
—Pero eres real. Eres tú. Aun con tus miedos y tus traumas, eres tú.
Silencio.
Calma.
Por fin la tan ansiada calma.
Fundido a negro.