Hotel Noir 15. Déjame entrar
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15. Déjame entrar

DÉJAME ENTRAR

KYE

A Kye le pareció oír un ruido al otro lado de la puerta que daba al vestíbulo del hotel.

Crgg, crgg. Paró la música con un clic del ratón y dejó de escribir unos instantes.

Quizá se lo había imaginado, llevaba escribiendo cuatro horas seguidas sin parar, así que también podía ser que su mente necesitara un descanso de tanto universo paralelo, porque vaya berenjenal en el que se había metido con el último giro que le había dado a la trama; a ver cómo salía ahora de ahí.

Pero, no, ahí estaba otra vez: crgg, crgg, crgg…

¿Qué era eso? ¿Alguien estaba arañando el espejo de fuera?

Confuso (y un poco asustado, para qué negarlo), se levantó a abrir la puerta y ahí, al otro lado, estaba Foster King.

—Tío, qué miedo. ¿Por qué estás arañando mi puerta como en El misterio de Salem’s Lot ? Joder, casi me da un infarto.

—Tú escribes estas cosas, no te pueden dar miedo.

— Estas cosas no me dan miedo, me das miedo tú. Y ¿qué llevas puesto? ¿Vas disfrazado de griego?

—¿Qué? —Foster pareció confundido hasta que miró hacia abajo y echó un vistazo a su indumentaria—. Ah, esto. Es el edredón de mi habitación del horror, me lo he tenido que atar de mala manera porque casi me caigo por las escaleras.

—¿Qué quieres?

—¿Que me dejes dormir contigo?

—¿Qué? No.

—Por favor. Tengo miedo.

Y se le notaba. Kye era consciente de cómo miraba a su espalda todo el rato, como si alguien fuera a saltar sobre él desde las sombras.

—¿Sabes lo que también tienes? Una habitación. Una que costará mil quinientos dólares la noche, por cierto.

—¡¿Qué me estás contando?! ¿Quién en su sano juicio pagaría ese pastizal por dormir en una cámara del terror? La gente está loca.

Kye empezó a cerrar la puerta, pero Foster metió un pie en el hueco, impidiéndoselo.

—Seré bueno —insistió—. Me haré pelotita en alguna esquina y no molestaré. No notarás que estoy ahí.

—¿Por qué iba a dejarte pasar? Ni siquiera me caes bien.

—Me duele que me digas eso, de verdad —dijo, llevándose una mano al corazón—, pero el dolor no es tan potente como mi miedo, así que nada, sigo rogándote que me dejes pasar.

—No.

Foster se quedó pensando unos instantes y, como si se le hubiera encendido una bombilla, dijo:

—¡He pillado la referencia de El misterio de Salem’s Lot ! Eso debería darme puntos frikis o algo.

Kye se quedó mirándolo sin saber bien qué pensar. Aquel era uno de sus libros favoritos, la primera historia de terror que había leído en su vida, y una de las que más le habían marcado. Mierda. Hablar de esas cosas era su talón de Aquiles.

—¿Te has leído el libro?

—No, pero vi la miniserie.

—¿La de 1979 o la de 2004?

—Hum, la antigua, creo. Porque la vi a los seis o siete años.

Y mira, el nivel de acojone cuando el niño ese empezó a arañar la ventana…

Que es a lo que te referías, ¿a que sí? A que he hecho eso en el espejo…

Es que no me atrevía a llamar normal, como no era una puerta puerta…

, pues me daba miedo cargarme el cristal.

—La respuesta sigue siendo no.

Kye intentó cerrar la puerta de nuevo; y casi lo consiguió, hasta que Foster dijo en un gritito y de forma apresurada:

—¡Si me dejas pasar te cuento un secreto!

—¿Cuántos años tienes, doce?

—Sé… Sé algo que puede interesarte.

Kye abrió de nuevo. La cara de Foster era de culpa.

Como si hubiera dicho algo a la desesperada y se estuviera arrepintiendo.

Pero, cuando echó un vistazo fugaz a su espalda y se estremeció de nuevo ante la oscuridad y lo desconocido, pareció tomar una decisión que venía a decir: «A la mierda, mi miedo es más grande que mi lealtad».

Cuando Kye no dijo nada y se limitó a mirarlo con una ceja alzada, añadió:

—Si me dejas entrar te cuento dónde he estado hoy.

—¿Y qué te hace pensar que me interesa?

Le interesaba. Le interesaba mucho. Eli había sido muy vaga cuando la había llamado, y, de no haber sido por Oz, no hubiera dejado de pensar en ello.

Luego había venido Miles y también lo había distraído, pero lo cierto era que sí quería saber.

Y que permitir a un chico guapo entrar en su casa nunca había sido un problema.

De hecho, ese mismo día había dejado entrar a dos. ¿Qué perdía por admitir a un tercero?

Kye abrió la puerta y se hizo a un lado para dejar pasar a Foster, que, con el edredón a modo de túnica, entró a toda prisa y no paró hasta llegar a la barra de la cocina.

Desde ahí, pareció observarlo todo, admirando lo que veía.

Su apartamento estaba recién terminado y era exactamente lo que Kye había querido.

Había creado un espacio grande y diáfano, de grandes ventanales, techos altos y sin tabiques.

Salvo el vestidor y el baño, que estaba nada más entrar a la derecha, no había ninguna puerta, todo estaba a la vista: en el centro, varios sofás, sillones y pufs de colores verdes, malvas y mostazas, cómodos pero de diseño; cojines por todas partes, incluso un par en el suelo, sobre una alfombra suave y mullida donde también descansaban varios troncos de madera convertidos en mesas de centro; un larguísimo escritorio contra la pared, con su ordenador, sus libretas y sus cientos de bolis; un enorme tablero de corcho lleno de tarjetitas, fotos y fechas; varias guitarras; estanterías repletas de libros; un escritorio más pequeño al que se trasladaba a escribir de vez en cuando; una televisión que ocupaba gran parte de una de las paredes; una cama king size con base y cabecero de terciopelo verde oscuro bajo uno de los ventanales; y la cocina, abierta al resto de la casa, con su barra de cuarzo negro brillante y sus taburetes negros y verdes. Su nuevo hogar.

—¿Cómo un vestíbulo tan tétrico puede dar paso a algo tan cálido?

Ha sido atravesar el espejo y entrar en otro mundo —dijo Foster, recorriendo la estancia con la mirada—.

Yo también tengo esas mesas en mi apartamento.

—Ante la ceja alzada de Kye, Foster señaló los troncos del centro del salón—.

Lo comento porque solo se hicieron cincuenta, eso tiene que significar que estamos unidos de alguna forma, ¿no crees?

El poder legendario de los bosques o algo así.

Creo que es el destino diciéndonos que, a partir de ahora, me tengo que quedar aquí contigo.

—Ni lo sueñes.

Kye fue seco en su respuesta, pero, a veces, cuando Foster decía ese tipo de chorradas (y no era la primera que lo oía, aunque solo fuera de fondo e intentando desintonizar su voz grave y cautivadora) le parecía… gracioso, y, en esta ocasión, hasta le costó no sonreír.

Foster se sentó en uno de los taburetes y siguió mirándolo todo.

—Respecto a ese secreto…

—Ya. Tenía la esperanza de que se te hubiera olvidado. —Ante la mirada de incredulidad de Kye, Foster suspiró y añadió—: la verdad es que no debería contártelo, se lo he prometido a tu madre y, como se entere, me despide. O algo peor, porque creo que es capaz de cualquier cosa…

—¿Qué tiene que ver mi madre? ¿Dónde has estado hoy?

—Vale, lo primero, ella te lo va a contar por la mañana, ¿vale? No es que te lo haya querido ocultar per se , pero es algo muy reciente, ella no tenía toda la información y…

Kye estaba empezando a agobiarse. Se pasó la mano por el pecho tratando de deshacerse de la opresión que empezaba a sentir.

—Cuéntamelo.

—Tiene que ver con tu… accidente.

—¿Con mi…?

«Respira, respira, respira».

—Oye, ¿estás bien? —Foster se levantó del taburete y se acercó al otro lado de la barra, donde Kye se encontraba. No sabía qué revelaría su cara, pero no, no estaba bien. Estaba empezando a entrar en pánico—. Te pongo un vaso de agua o…

«Respira, respira, respira».

Kye no lo dejó terminar; abrió el frigorífico, sacó una cerveza, la abrió con un movimiento de muñeca y se bebió más de la mitad de un solo trago.

—… O algo un poco más fuerte —oyó a Foster terminar la frase.

Dejó la cerveza en la encimera, apoyó ambas manos en el filo de la barra y dijo:

—¿Qué pasa con mi… accidente?

Le costó decir la palabra. No la decía nunca.

Ni siquiera cuando hablaba con Miles, que, además de su amigo, era psicólogo y siempre insistía en que se abriera más a él, que podía ayudarlo.

Kye no lo creía. Le habían diagnosticado trastorno de estrés postraumático justo después de…

lo ocurrido, pero ya habían pasado casi dos años y no estaba mucho mejor.

No solo no se había vuelto a subir a un coche, sino que ni siquiera podía decir la palabra…

«accidente». Su mente hizo un extraño titubeo.

Estupendo. Ahora, por lo visto, tampoco podía pensar en ella sin estremecerse.

«Respira, respira, respira», se repitió de nuevo.

—Vale. ¿Puedo coger una de esas antes? —le preguntó Foster señalándole el botellín de cerveza.

Kye asintió y le hizo un gesto indicándole que cogiera dos. Se bebió lo que le quedaba antes de dirigirse al salón y sentarse en uno de los sofás. Foster lo siguió, se sentó a su lado y le puso una cerveza ya abierta delante.

—No tengo toda la información —dijo, dándole un trago a su cerveza—. Tu madre ha sido bastante críptica y quiere ser ella la que os lo cuente mañana. La cosa es que antes de ayer apareció un chico en El Refugio, Dean Walker, y…

—¿W-Walker?

—Sí —dijo Foster estudiándolo con intensidad—. Es el hermano pequeño de…

—Malcolm Walker —susurró Kye. Habló tan bajo que no le extrañaría nada que Foster ni siquiera lo hubiera escuchado.

«Respira, respira, respira».

No, no estaba funcionando.

«Me ahogo, me ahogo, me ahogo».

De repente, una mano en su espalda detuvo la sensación de caída al vacío, de vértigo, de falta de aire. Logró salir de la bruma que había empezado a cubrirle los ojos.

Foster se había acercado a él, emitiendo sonidos tranquilizadores como si estuviera ante un animal asustado, con una mano en alto y la otra haciendo movimientos circulares en su espalda.