Hotel Noir 14. La última casa a la izquierda #2
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14. La última casa a la izquierda #2

A eso de la seis de la tarde, Foster regresó al hotel con la cabeza hecha un lío y exudando adrenalina por cada poro de su piel.

Julia les había prohibido hablar del tema hasta el día siguiente, momento en el cual ella misma se lo contaría al resto.

Y tenía pensado hacerlo ante las cámaras.

La historia completa. Porque lo de hoy solo había sido la punta del iceberg; palabras de la estrella del rock , no de Foster, que ni siquiera sabía si de verdad ahí había una historia que contar.

Dean Walker, el chico rehén, tenía una historia, pero ¿estaba realmente relacionada con Queer Project?

Su instinto le decía que sí, pero… llevaba siglos sin usar su instinto y temía haberlo perdido por el camino.

Estaría en alguna de esas cajas cerradas de su mente, junto con sus recuerdos y sus sueños.

Y si la noche anterior había roto el precinto de la caja de Pandora —aunque aún no había tenido el valor de echar un vistazo en su interior y rebuscar entre su contenido—, los acontecimientos de hoy habían abierto la marcada como « Utopías.

No tocar ». Y se había encontrado frente a frente con el Foster lleno de ideales del pasado.

Y lo había saludado. Le había incluso estrechado la mano y se lo había traído al Noir para que le hiciera compañía.

Para charlar con él de aquellas ganas que lo habían llevado a estudiar Comunicación Audiovisual sin que nadie de su entorno se enterara; de esa necesidad de investigar y sacar a la luz injusticias, de desmentir mentiras, como lo había llamado en su día cuando, entre copas de vino, le había explicado a su amiga Celia lo que pretendía hacer: «Quiero hacer documentales sobre crímenes reales», le había dicho, emocionado.

«Pero quiero hacerlos distintos, darles un toque hitchcockiano, señalar falsos culpables, atraer al público, hacer que se implique…

Quiero empezar por el asesinato de mi madre, descubrir que pasó y denunciarlo a mi manera, hacer justicia».

Por supuesto, The King se había negado. El mismo hombre que en el último año había producido siete documentales true crime . Siete.

Así que Foster el personaje y Foster el idealista pródigo entraban juntos en el hotel del terror con un plan magistral en mente: subir a su habitación mientras aún hubiera luz —eso haría que lo viera todo con otros ojos— y recibir el anochecer leyendo en la cama y sin una pizquita de miedo en el cuerpo.

Todo estaría bien. Eli le había dado una llave de la puerta principal —una llave sin sangre ni vísceras ni pelos de mono—, y él se había llevado de casa de Julia el libro de Mascarada —donde se suponía que estaba el fragmento de Mi oscuro pasajero— y acababa de pasar por el bar de los bocadillos de albóndigas, donde se había cogido dos bocatas pequeños con extra de salsa marinara.

Así que sí, tenía la noche planeada al dedillo y, dado que llevaba unas treinta y cuatro horas sin dormir, caería rendido enseguida; mañana sería otro día y hablarían del accidente y del secuestro y de lo que a Julia Colton le diera la gana.

Pero —y ese era un «pero» mayúsculo— había dos cosas que no había tenido en cuenta en su plan maestro.

La primera era el nivel de enganche que iba a tener con Mascarada .

Estaba dentrísimo; la trama lo había atrapado por completo, y eso que, en teoría, tendría que haber leído antes el libro anterior; Juniper Reynolds era un personaje grandioso, y la forma de escribir de Kye lo tenía impresionado.

La segunda variable con la que no había contado, por desconocimiento, más que nada, era que la habitación 708 era el escenario donde supuestamente había desaparecido el personaje al que Juniper, la protagonista de Mascarada , estaba buscando.

Vamos, que la ficción se había convertido en algo demasiado real y Foster estaba acojonado.

Entonces, como ya era tradición en las madrugadas del Noir, se envolvió en su edredón ensangrentado —que se pisó mientras bajaba las escaleras y casi se cae rodando— y se dirigió a la planta baja solo para encontrarse con las puertas de la museoteca cerradas; sí, ahora lo llamaba museoteca , que había pasado muchas horas con Eli y todo se acababa pegando.

Eso sin contar lo mucho que podía unir a dos personas lo de delinquir juntas.

Foster miró alrededor sin saber bien qué hacer.

Alzó la vista hacia la altísima bóveda sobre él, que filtraba la luz de la luna y creaba un baile de sombras en el vestíbulo.

La planta superior era un balcón circular y la parte central permitía una panorámica perfecta del techo del hotel: una obra de arte de hormigón, madera y cristales de colores.

No sabía bien cómo iba la distribución de ese primer piso; estaban de obras y no se había aventurado más allá del rellano donde estaba su habitación.

Esa entreplanta era su límite, gracias. Podría tumbarse en uno de los sofás del Nexus, pero tras varias horas inmerso en el Universo Noir —y en el Nexus de ese universo, que era una especie de cúmulo de realidades alternativas porque oh, la imaginación del rubio— le daba un poco de miedo.

A la puerta de Dani no se atrevía a llamar.

Por mucho que creyera que eran hermanos de heridas y cicatrices, le daba más miedo ella que el bar de las realidades paralelas.

Así que, a ojos de Foster, solo le quedaba una opción: se dirigió al espejo situado a la izquierda de las escaleras y esperó que las letras ensangrentadas grabadas en él fueran un presagio de lo que estaba por pasar.

—«Déjame entrar» —leyó en voz alta—. Vale, pues allá vamos.