Hotel Noir 14. La última casa a la izquierda
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14. La última casa a la izquierda

LA ÚLTIMA CASA A LA IZQUIERDA

FOSTER

Tal y como se le había pedido, Foster esperaba a Eli en la parte de atrás del hospital de Black Pines. Pero ¿a qué? ¿A qué esperaba? No tenía ni idea de lo que estaba pasando y no sabía cómo no resultar sospechoso. Porque, además, ¿sospechoso de qué?

El aparcamiento estaba casi desierto, pero Foster no paraba de mirar alrededor mientras se movía inquieto en su asiento.

Esperaba que en cualquier momento alguien —o algo— saliera de entre los árboles que había a su izquierda y fuera a por él.

Y pensar que hacía un rato había creído que la situación era surrealista…

Aunque una cosa era cierta: el subidón de adrenalina que tenía encima era un cambio más que bienvenido con respecto a su habitual entumecimiento.

Era como despertar de un coma, de un letargo autoinducido.

De repente, una puerta en el lateral del edificio, sobre la que ponía « salida de emergencia », se abrió y de ella emergieron Julia y Eli llevando entre ellas a un chico.

Avanzaban un poco a trompicones, unos pasos a la sillita de la reina, y otros con el chaval a la pata coja, dando saltitos y con los brazos alrededor de los hombros de las chicas Colton.

Foster no sabía si bajarse del coche y abrirles la puerta. ¿Qué se hacía en esas ocasiones? ¡¿Qué tipo de ocasión era esa?!

—¡Arranca, corre, corre! —le dijo Julia metiendo al chico en la estrecha parte de atrás y entrado con él a toda prisa.

Eli también fue rápida en subirse, cerrando la puerta con el coche ya en marcha.

—¿Qué está pasando?

—Todavía no sé decirte, no se me ha informado con propiedad —dijo Eli indignada girándose entre los asientos para fulminar a su madre con la mirada mientras esta intentaba incorporarse y estirar la pierna escayolada del chico.

No cabían. ¡No cabían y Foster se estaba poniendo muy nervioso!

—¿Un deportivo? ¿En serio? —fue el contrataque de Julia—. ¿No había un coche con una parte trasera un poco más grande?

—Perdone usted, si llego a saber que iba a secuestrar a alguien, me hubiera comprado un todoterreno.

Eli lo miró con orgullo y sorpresa. Foster no quería ponerse chulo con la diva del rock , pero es que ya habían salido del aparcamiento y no sabía dónde ir. ¡Y estaba muy nervioso!

—¿A dónde voy?

—A mi casa, corre, gira a la izquierda.

—Yo lo guío, tú pégate más a la ventana y deja al pobre niño estirar la pierna mala.

—No soy un niño, debo de tener la misma edad que tú.

—Anda, el otro —contestó Eli con un bufido.

—¡¿Y ahora?! —gritó Foster.

—La segunda a la derecha y luego sigues recto hasta el final, hasta la última casa a la izquierda. Pero no podemos simplemente aparcar en la puerta, mamá, ¿qué pasa con la abuela?

—Quería llevar a Westy al parque. Llámala y, si está en casa, que la entretenga Foster.

«No te fastidia».

—Mamá ya podías haber pensado el plan un poco más, ¿no? —le dijo Eli, llevándose el teléfono a la oreja.

—Claro, cariño, porque en los quince minutos que tenía mientras Kim hablaba con los de Servicios Sociales me ha dado tiempo a currarme la superhuida perfecta. Ni siquiera sé cómo estoy haciendo esto, he entrado un poco en pánico cuando he visto que se lo iban a llevar y…

—¡Hola, abu! —La voz de Eli saludando de forma un poco teatral a su abuela hizo que Julia se callara de golpe—. ¿Estás en casa? ¿No? Ah, pues qué bien, disfrutad del batido y del parque… No, no, por nada. Nos vemos esta tarde. Uy, abuela, lo siento, pierdo cobertura…

Cuando Eli dejó de hacer lo que Foster suponía que eran interferencias, Julia dijo:

—Bien. Foster, aparca en la puerta del garaje.

—No estoy conforme con lo de que me hayáis hecho cómplice de esto, sea lo que sea «esto».

—Yo creo que es un secuestro —dijo Eli.

—No, no es un secuestro. Porque yo quería irme con ella.

—¿Por qué? —preguntó Eli mirando hacia atrás, hacia el chico con la pierna escayolada estirada y a su madre con las rodillas casi en la barbilla hecha un ovillo contra el cristal. No, no cabían. No era un coche familiar.

—Luego lo hablamos, ahora no hay tiempo —sentenció Julia—. Foster, ¿tienes un paraguas en el maletero?

—¿Por quién me tomas? Vivo en Vancouver, por supuesto que tengo un paraguas en el maletero. —Hizo una pausa y, después, un poco atemorizado, añadió—: ¿Para qué? No llueve.

—Para taparnos mientras salimos, cuanto menos llamemos la atención, mejor. Pega el coche a la puerta del garaje, así, bien.

«Un honor saber que estoy procediendo al secuestro con eficiencia», pensó Foster. Aunque tenía dudas con lo de que no iban a llamar la atención, la verdad.

Julia siguió dando órdenes con la soltura de quien hace aquello una vez al mes:

—Cuando logremos salir de aquí atrás, lo que va a ser una aventura en sí misma, nos cubres lo máximo que puedas con el paraguas. Eli, tú vete abriendo la puerta, se quedará en el cuarto de abajo. Vamos, vamos, poneos en marcha.

Y dicho y hecho. Quince minutos después estaban los cuatro en el cuartito anexo al estudio de grabación de Queer Project.

Era una habitación pequeña y acogedora, con una cama nido en tonos verdes y azul marino, una butaca a cuadros en esos mismos colores a cuyo lado había un soporte con un par de mesitas auxiliares plegables, una estantería con varios libros desperdigados y una puerta desde la que se accedía a un aseo al que, por cierto, ya habían entrado todos, porque secuestrar gente, por lo visto, daba ganas de hacer pis.

—Vale, mamá, cuéntanos qué está pasando —dijo Eli desde la butaca de estampado escocés, echando un breve vistazo al chico sentado con la pierna estirada sobre la cama.

—Vale, pero quiero que sepáis que jamás os hubiera metido en esto de haber tenido otra opción.

—Vaya, gracias.

—Eli, me he llevado a un menor que ayer fue víctima de un secuestro antes de que la policía lo interrogara. Y he involucrado a mi hija de diecisiete años. Si no me hubiera ganado el título de peor madre del mundo por otras mil cosas antes de esta, sin duda este sería mi momento estelar.

—Mamá, eso no… —Parecía que Eli iba a defenderla, pero fuera lo que fuese lo que iba a decir, se arrepintió a mitad de frase, dándose cuenta de otra cosa—: ¿Un secuestro?

Eli miró a Julia y otra vez al chico. La mirada de Julia también fue al adolescente, que, apoyado contra el cabecero de la cama, se apartaba un rizo castaño de la cara magullada.

La verdad era que el pobre tenía una pinta horrible: ojeras, un corte en la mejilla izquierda, el labio inferior partido…

y esa bata de hospital descolorida que parecía apretarle demasiado el cuello para lo poco que le tapaba. No tendría más de dieciséis años.

—Os voy a contar lo que pueda, pero no podéis decir ni una palabra a nadie.

—¿Ni a papá? ¿Por qué? ¿Por qué no has llamado a papá y a Jax? O a Kye. ¿De verdad Foster y yo éramos tu mejor opción? ¿ Foster King y yo?

—¡Oye! —se quejó Foster, indignado.

—No te lo tomes a mal, a mí me gustas mucho y eso, pero…

—Vale, vale, calma —dijo Julia frotándose la cara con ambas manos.

Su expresión no reflejaba para nada la calma que les pedía a ellos—.

Voy a aclarar un par de cosas rápidas. —Respiró hondo y continuó—: Nadie puede saber nada por ahora.

Y mucho menos Kye. Necesito que Dean me cuente todo lo que sabe antes de sembrar el pánico, porque me da igual lo que tu hermano diga o lo mucho que nos lo intente ocultar, todos sabemos que no ha superado el accidente, el ataque o lo que coño fuera aquello.

Se le da fenomenal fingir que todo está bien, pero sabemos que no es así.

Eli hizo un gesto de asentimiento; su cara reflejaba resignación y preocupación al mismo tiempo. Foster no tenía ni idea de lo que reflejaría su rostro porque estaba tan alucinado que no daba crédito.

Julia siguió:

—Jax y tu padre no me hubieran dejado llevarme al chico porque…

, bueno, porque probablemente haya cometido varios delitos al hacerlo, pero, con la excusa de que siempre me implico demasiado, me hubieran parado los pies, y si no sacaba a Dean de allí en ese momento, ya hubiera sido demasiado tarde.

Lo hubieran puesto bajo vigilancia o los de Servicios Sociales se lo hubieran llevado o yo qué sé.

Julia se apoyó contra la pared y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando al techo durante unos segundos.

—La abuela tardará aún un rato en llegar, pero llegará. O lo hará papá. O Jax, o Kye, y aquí todo el mundo entra sin llamar, esto es como una comuna, y tenemos a un prófugo o lo que sea… No quiero presionar, mamá, pero ¿cuál es el plan? Cuéntanos ya lo que sea y pongámoslo en práctica.