13. El quimérico inquilino
EL QUIMÉRICO INQUILINO
FOSTER
Black Pines, ese lugar perdido en las montañas que te absorbía en su surrealismo y en su inmensidad. Y es que parecía mentira que un sitio tan pequeño fuera tan inmenso.
La noche sin dormir le estaba pasando factura y empezaba a ver todo lo que había ocurrido como una especie de rollo onírico.
¿De verdad Queer Project había tocado delante de él una de las canciones más increíbles que había oído en su vida?
«Mi oscuro pasajero, ese compañero del alma que a veces toma el control y se aventura hasta el fondo del túnel, entrando en las tinieblas a golpe de volante».
¿Y aquello lo había escrito Kye Colton? No, si al final iba a tener que sumergirse en el Universo Noir ese…
¿Y qué había sido todo eso de Julia y la agente de policía? «Lo hemos encontrado», había dicho ella nada más llegar. ¿Se referiría al chico desaparecido? Qué misterioso todo.
¿Y ese North —qué grande el Vikingo, por Dios— dando explicaciones sobre una colonia cuando todo el mundo había estado esperando La Gran Revelación?
Las chicas de la productora se habían ido —un poco flipadas, todo había que decirlo—; había quedado en llamarlas más tarde.
Jax y North también se habían escaqueado, y «escaqueado» era la palabra correcta, porque habían salido huyendo despavoridos cuando Eli había empezado a escupir preguntas por la boca.
Foster había sido testigo de cómo se habían subido a la camioneta de Jax y habían salido escopetados, dejando una nube de polvo tras de sí.
Y ahí se había quedado él, en el porche del Noir, con los codos sobre la barandilla y una mano en la barbilla, mirando hacia las majestuosas montañas y hacia los árboles que ocultaban la carretera y se mecían al ritmo del viento helado, extendiendo el olor a pino, a bosque y a resina.
Frente a él, en la explanada que servía de antesala al hotel del terror, una chopper negra, un chico con barba enfundado en cuero y un escritor rubio que acababa de hacerse un moño alto para evitar que el pelo se le siguiera poniendo en la cara y metiendo entre los labios.
Ya, pues que se anduviera con cuidado, porque el que quería meterle algo entre los labios era el de la moto, eso saltaba a la vista.
Un roce por aquí, una mano en la cintura por allá, un toque de pelo que decía alto y claro: «Deja, ya te quito yo ese mechón sedoso de tu preciosa cara».
.. Tremendo lenguaje corporal se gastaba el tío sexi de la barba.
—Ey —dijo Daniela apoyándose en la barandilla a su lado.
—Ey —contestó Foster dedicándole una breve mirada antes de volver a llevar la vista al frente. Los silencios con esa chica nunca eran pesados, pero Foster quería saber—. ¿Quién es?
—Oz.
—Ah, vale. Gracias, con eso me queda clarísimo.
Dani sonrió. O eso creía Foster. Era un gesto que le había visto hacer varias veces con la boca. Como un fruncimiento de labios. Como si no supiera bien cómo hacerlo o no estuviera acostumbrada.
—Ozymandias Rosemberg. Mi caballero de brillante armadura.
Foster se giró para mirarla, sorprendido.
—Creía que era el novio delincuente de Kye —comentó, parafraseando a la agente de policía.
—No es mi salvador en un sentido romántico, lo es en un sentido literal.
—Qué críptica eres.
Otro amago de sonrisa.
Foster dirigió de nuevo su atención a la pareja. Estaban hablando y mirando hacia el porche. Oz tenía los ojos clavados en ellos mientras Kye le decía algo al oído.
—¿Y lo de que es un delincuente?
—Bueno, no seré yo quien trace la línea entre el bien y el mal. Oz y yo hemos pasado por mucha mierda juntos. Para mí, no hay nadie más honesto ni más fiel a sus principios que él. Pero no pretenderás que te cuente los oscuros traumas que escondemos bajo la piel, ¿no?
—Oh, por supuesto que no.
Foster intentó que su voz no rezumara sarcasmo. Sentirse excluido era previsible, esa gente no lo conocía de nada. Pero, por algún motivo, estar fuera —cuando el «dentro» era tan atrayente en su surrealismo— le hacía sentir peor de lo normal.
Se giró para mirar a Daniela, que lo estudiaba con intensidad.
—Pobre niño rico, ¿verdad? Qué va a saber él de traumas. —Esa vez, Foster no logró ocultar la mordacidad en su tono.
—Yo no he dicho eso. Si no te cuento mis secretos es porque no te conozco, no porque no te crea capaz de comprenderlos —dijo la chica, desviando la vista al frente y saludando con un leve levantamiento de mano al motero.
—Pues serías la primera.
—¿La primera en qué?
—En considerarme apto para entender el dolor.
La gente me ve y piensa que lo tengo todo.
Y sí, tengo dinero. Soy un privilegiado a ese respecto y nunca me oirás negarlo.
Pero el dinero no te protege de ciertas cosas.
Y parece que te roba el derecho a quejarte.
Lo intenté siendo un crío y se rieron de mí.
«Pobrecito el multimillonario, que papá no lo quiere» —repitió Foster con mofa recordando el momento exacto en el internado de Suiza en el que oyó esas palabras por primera vez.
No tenía muy claro qué hacía contándole aquello a la extraña de sonrisa minúscula, pero ahí estaba.
Era ese lugar, que lo poseía. Así que, entre pinos, montañas y el susurro del viento, añadió—: He aprendido a callarme y a aceptar que el dinero es el bálsamo que me cierra las heridas, aunque no las cure.
Puede que mi padre me odie, pero oye, el mes pasado hice una fiesta en un yate de lujo y eché un polvo con una supermodelo australiana, qué más quiero.
—No es mal bálsamo, ¿eh?
No había desprecio ni burla en las palabras de Daniela. Estaba estableciendo un hecho, una realidad. No, no era mal bálsamo.
—Es una tirita.
—Lo es. No cura, pero ayuda. Hay quien no tiene nada para cubrirse las heridas; ni a nadie. Y ahí la desesperanza puede ser aterradora.
Lo acertado del comentario caló a Foster hasta los huesos.
Porque Daniela acababa de dar voz a su mayor miedo en la vida: quedarse sin nada.
Salir del escaparate que era su vida y verse en la calle sin el cobijo de ese cristal protector.
Expuesto y solo. Hacía tiempo que se había jurado a sí mismo que no volvería a sentirse desamparado.
Le daba pavor. Y toda su existencia estaba basada en esa promesa que le había hecho a su yo de nueve años.
Se quedaron unos minutos en silencio mirando al frente y observando a la pareja que ahora se acercaba al porche y a ellos.
Dani se separó de la barandilla y se acercó al tal Oz, que llevó una mano tatuada y llena de anillos a la nuca de la chica y le dio un corto beso en la cabeza. El contacto fue efímero, pero muy íntimo. Y muy cálido.
—¿Cómo estás, chiquitaja?
«Chiquitaja» no era un mote que pusieras a alguien como Daniela Rodríguez. A no ser, claro, que hubieras conocido su versión «chiquitaja». ¿Cuántos años tendría Dani cuando ese tío la salvó? ¿De qué la salvó?
Foster no pudo evitar que sus ojos fueran a Kye. El moño resaltaba aún más la perfección de su cara, y, durante unos segundos, se le olvidó hasta respirar.
—Así que tú eres el quimérico inquilino —dijo una voz grave, llamando la atención de Foster, que se había quedado hipnotizado por el mechón rebelde que bailaba sobre la preciosa cara del rubio.
Vaya. Así que al caballero de brillante armadura no le valía con ser alto, sexi y peligroso, también tenía que tener una voz profunda.
—Supongo que ese soy yo —dijo Foster tendiéndole la mano sin entender muy bien si eso era un insulto, un cumplido, una referencia a una película o simplemente algo que le había dicho Kye mientras habían estado susurrándose secretitos al oído.
Se presentaron de forma un tanto tensa y, cuando parecía que ninguno de los allí presentes iba a decir nada más, Eli salió a toda prisa del interior del hotel y dijo:
—Foster, tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—Te lo cuento por el camino, ¿tienes las llaves del coche?
Por supuesto que las tenía. Se las había metido en el bolsillo de los vaqueros nada más ducharse, no fuera a ser que tuviera que salir huyendo.
Ante la mirada atónita de los allí presentes, Foster siguió a Eli hasta su Camaro y ambos se subieron al coche sin decir nada más.
—¿A dónde vamos? —preguntó, confuso.
—Al hospital, te guío.
—¿Al hospital?
—Estoy igual de perdida que tú. Me ha llamado mi madre y me ha dicho que te pidiera que vinieras conmigo, que no se lo dijéramos a nadie y que, al llegar, fuéramos con discreción al aparcamiento de atrás.
—No entiendo nada. ¿Y qué quiere decir eso de «con discreción»? ¿Cómo se conduce con discreción ?
—Y yo qué sé, pues no saltándote los semáforos, supongo.
—O yendo al hospital, pero como si fuera a la biblioteca, así, con disimulo.
Eli soltó una carcajada ante su tontería y subió un puntito el surrealismo añadiendo:
—Pues menos vas a entender cuando te diga que quiere que me esperes con el motor en marcha mientras yo me encuentro con ella en la habitación 237.
—¡Pero ¿qué me estás contando?!