11. Nuboso, con posibilidades de caos
NUBOSO, CON POSIBILIDADES DE CAOS
KYE
—¿Qué quería Miles?
—No sé, creo que dejarte algo, pero… no lo ha hecho.
Kye frunció el ceño. En serio, ¿qué le pasaba esa mañana a la gente?
Oz lo había despertado a las ocho para decirle que le había surgido una cosa y que, al final, se pasaría hoy por Black Pines en vez de a la vuelta de su viaje a Seattle, como tenía previsto.
Y, dado que lo había llamado ya desde la carretera, en una hora más o menos estaría ahí.
¿Y Eli llamándole para decirle que su madre no había dormido en casa?
No sabía si preocuparse o no. Su madre se entregaba a sus causas en cuerpo y alma y, a veces, se dejaba ambos por el camino y terminaba durmiéndose en un sillón del centro juvenil con millones de planes en la cabeza.
Julia Colton era muchas cosas, pero no un ejemplo de mesura aristotélica, eso seguro.
Era demasiado temprano para procesar tanta información. Necesitaba otro café. Uno de la máquina carísima que Eli se había empeñado en comprar para el Nexus y que esperaba que tuviera algún poder mágico o que, al menos, le hiciera más efecto que el que se había tomado en casa nada más levantarse.
—Tienes una pinta de haber salido toda la noche… —le dijo a Foster mientras pasaba por su lado y se metía tras la barra del bar.
Foster bufó y se pasó la mano por el pelo antes de decir:
—Ojalá mi falta de sueño se debiera a una noche de desenfreno y libertinaje. De verdad, ojalá.
«¿Y en qué hubiera consistido ese desenfreno?
», quiso preguntarle Kye. «¿Hombres, mujeres, ambos…
?». No le quedaba claro quién era Foster King, y eso que había pasado gran parte de la noche cotilleando sus redes sociales y el canal que (sin que nadie se lo pidiera) le había enviado Eli.
Parecía haber dos Fosters. Por un lado, estaba el influencer , el que hacía promoción de ropa, restaurantes, cremas, teatros…
Tocaba todos los palos, lo cual no era de extrañar, porque era uno de los hombres más guapos que Kye había visto en su vida; al menos por fuera.
E incluso dentro de esa faceta de máquina de hacer publicidad, tenía vídeos y fotos más personales, como aquellas hechas pronto por la mañana o al atardecer, en alguna de las raras ocasiones en las que no salía a comerse la noche; fotos en las que parecía ser solo él.
Y, en esas, hasta la luz era diferente. La de la imagen y la que él mismo desprendía. Parecía más… vulnerable.
Y por otro lado, y eso había sido una sorpresa aún mayor, estaba el de su canal: Foster Kings, con una «s» al final; algo que, al principio, Kye había pasado por alto, hasta que el contenido de la mayoría de los vídeos había arrojado un nuevo significado sobre el nombre del vlog.
Porque no se llamaba así por Foster. Era, literalmente, lo que el título indicaba: «Reyes de acogida».
«Reyes», en plural. Niños. Vídeos en hospitales infantiles, en campos de baloncesto de minusválidos, en centros de acogida o en colegios para niños sin hogar.
El contenido había sido tan inesperado, había estado tan lleno de sonrisas (en las caras de los niños y en la de Foster) y tan rebosante de…
alma que Kye había cortocircuitado. Y es que le costaba conciliar al Foster de las fotos bonitas pero vacías con ese otro, y a ambos con el del escándalo sexual.
Y tampoco sabía dónde ubicar al chico que tenía frente a él en esos momentos y que lo miraba con ojos de cordero degollado.
—¿Qué?
—¿Me vas a dar un café a mí? —contestó Foster lloriqueando—. Que ni siquiera me he acostado y en un rato empezamos a rodar el documental más importante de mi vida.
Una risa seca les llegó desde la entrada del bar: Dani. Dani con una bolsa de la pastelería. El día empezaba a mejorar.
—Doy fe de ello —dijo su amiga dejando sobre la barra la bolsita que olía a cosas recién hechas—. Apareció en la biblioteca a las dos de la madrugada, envuelto en un edredón. Prefirió la posibilidad de morir intoxicado por el olor a pintura que de miedo.
Kye sonrió y miró a Foster, que, como si recordara el momento, se estremeció.
A la luz de la mañana tenía el pelo de un castaño más claro, casi rubio, y los ojos de un verde más intenso.
Se había dado cuenta de ambas cosas en su sobredosis de fotos y vídeos de la noche anterior.
Lo que no sabía era que, a pesar de no haber dormido, podía estar tan tremendo.
El look de crápula trasnochado de ojeras hasta los pies y pelazo despeinado le quedaba de puta madre.
—¿Te ha dicho Oz que está de camino? —preguntó Daniela, que, ante el asentimiento de Kye, añadió—: Voy a ver si lo localizo para advertirle del hielo negro a la entrada del pueblo; casi pierdo el control de la moto.
Cuando Daniela salió del bar, con el teléfono en la oreja y un cruasán en la boca, ellos se miraron en silencio unos instantes, hasta que Foster le dijo:
—Oye, he estado investigando lo de la diferencia entre horror y terror, y tengo que confesar que sí, que muy fascinante todo, pero que creo que estoy mucho más confundido ahora que ayer. Y mira que he leído varios de los libros que ponían como ejemplo…
Kye sonrió, a su pesar, y le contestó:
—Ya, es que para muchos no está tan clara la diferencia. Y la verdad es que yo escribo ambas cosas.
—Pues ayer me diste a entender, de forma nada amable, por cierto, que estaba confundiendo comedia con drama.
—Bueno, es que ayer me tocaste los huevos y eso fue lo primero que se me ocurrió.
—Empezaste tú, que conste, que yo estaba ahí en medio de la nada sin hacer daño a nadie. Pero como luego también lo dijo tu hermana, quise enterarme de cómo iba la cosa.
A Kye se le atravesó ese «sin hacer daño a nadie»; más que nada, porque no era verdad.
Foster King estaba en Black Pines porque lo habían pillado en actitud cariñosa con un chico y, aunque las fotos no revelaban nada (más allá de a dos chicos jóvenes sin camiseta y muy cerca el uno del otro en el aparcamiento de una playa), la relaciones públicas de King Global, la productora de papá , se había encargado de desmentir que Foster fuera gay ni nada que se le pareciera (literal, había dicho eso tal cual) y había acusado al descamisado número dos de aprovecharse del estado de embriaguez del heredero del gigante audiovisual.
Por qué era mejor decir que alguien estaba borracho que reconocer que era homosexual (o no, que eso aún estaba por probar) escapaba a su comprensión, pero, en esos momentos, viendo cómo Daniela entraba de nuevo en el Nexus y recordando lo que le había dicho de los prejuicios la noche anterior, decidió no tocar el tema. Por el momento.
—Eli no se cansa de recordarme la etapa esnob por la que pasé cuando empecé a estudiar a los clásicos y creía que sabía mucho de todo. Me dio por dar lecciones de literatura desde mi pedestal y, bueno…, todos acabaron hasta las narices de mí. Ahora me lo recuerdan cada vez que tienen ocasión.
—¿Alguna forma clara y concisa de explicármelo que no sea un estudio pormenorizado y rimbombante sobre Lovecraft, Poe o Stephen King?
Porque he acabado de esos hasta el rabo, así te lo digo —dijo Foster cogiendo un cruasán de la bolsa y dándole las gracias a Dani, que miraba a Kye con una ceja alzada más que consciente de que el guapo de profesión había tocado el botón adecuado.
No podía ser borde con quien le daba la oportunidad de hablar de su pasión.
—Mira, yo siempre recurro a la descripción que hizo Ann Radcliffe, para mí, la reina indiscutible del terror gótico, sobre ambos géneros: «El terror y el horror son tan opuestos entre sí que el primero expande el alma y despierta las facultades dormidas hacia las esferas más altas de la existencia; el otro, la contrae, la congela y la aniquila por completo».
—Hum…
—A ver, el terror digamos que es más sutil.
Busca causar miedo en el lector, o en el espectador, generando suspense, atmósferas que acojonan, hechos que no entiendes…
El horror es más horrible , valga la redundancia.
Hay algo espantoso que te genera una emoción muy fuerte, te produce aversión e incluso te repugna.
Te muestra algo espeluznante que te causa desasosiego.
—Hum…
—Míralo así: el terror es el camino, la tensión que te crea el «mientras», esa que va aumentando, generando angustia y un miedo visceral.
—Vale… ¿Y tú qué escribes entonces?
—Lo mío es un poco una fusión de géneros. Mis libros tienen algo de fantasía oscura, pero quizá se definirían mejor como ciencia ficción de terror, al menos los últimos. ¿Cómo te diría…?
Kye miró a Dani, que estaba conteniendo la risa, y a Foster, que había vuelto al «hum», y, suspirando, dijo:
— Misery : terror; La llamada de Cthulhu : horror.
—Vale, vale, lo veo. ¿Y en cine?
— Psicosis : terror; La matanza de Texas : horror. Bueno, esa es más conocida como película slasher y no te quiero liar más. Pero luego hay obras que tienen ambos géneros, la mayoría, si me apuras, como El resplandor o…
—Hum…
«A lo mejor se me ha ido un poco de las manos», pensó Kye.
Siempre se venía muy arriba con ese tema, y eso que, en aquel caso, su público le importaba más bien nada; Foster seguía siendo persona non grata por mucho vídeo mono que subiera a internet.
Así que el resto del desayuno lo hicieron en un agradable silencio (él volvía a negarse a hablar con la estrella de las fotos perfectas, y Dani tenía sus límites en lo que a charlas banales se refería) hasta que un cuarto de hora más tarde empezó a aparecer la gente.
Y qué de gente. Con lo catártica que solía ser la soledad del Noir.
Primero llegaron las chicas de la productora y Foster dejó su taburete para moverse con ellas por el bar, señalando sitios, indicando cosas con decisión, cámaras y micrófonos arriba y abajo.
Luego aparecieron Jax, su padre y Eli, con varias bolsas de la panadería.
Su hermana fue directa a la cafetera y empezó a preparar cafés para todos.
Y, por último, su madre; que, a juzgar por la ropa que llevaba puesta, sí, había pasado la noche fuera, porque era lo mismo que había llevado el día anterior.
Julia no se paró en la barra, sino que fue directa al fondo del Nexus a hablar con Foster.
—¿Dónde crees que ha dormido? —le susurró su hermana.
Kye se encogió de hombros mientras seguía mirando a su madre hablar con el enemigo. ¿Qué le estaría diciendo?
—Mamá y Foster se llevan demasiado bien para no conocerse de nada, ¿no?
—¿Quién es Foster?
—Joder, papá, estás en este mundo porque tiene que haber de todo —dijo Eli resoplando y señalando a Foster—. Ese es Foster.
—Ah, es que nosotros lo llamamos «el tío bueno del documental».
—Jax, tu novio es lo peor —dijo Kye, indignado.
Jax, que estaba en el escenario cogiendo su bajo, sonrió de oreja a oreja mientras se pasaba la correa por la cabeza.
—¿Y esa sonrisa?
—Llevo casi tres décadas esperando poder llamarlo «mi novio»; que encima seas tú quien lo diga… No sé si seguir sonriendo o romper a llorar.
Su padre había empezado a sonreír también hasta que la voz de su madre les cortó el rollo:
—Me dais arcadas.
—Es como un superpoder, siempre se entera de todo —dijo Eli en voz baja.