Hotel Noir 10. Insomnia #2
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10. Insomnia #2

Al amanecer, Dani dijo que se iba a acostar.

Foster no le había preguntado por qué había estado despierta toda la noche pintando luces, sombras y dientes de león.

Y no habían vuelto a hablar de los barrios de sus infancias; Dani no había intentado indagar cómo alguien criado en una mierda como Opa-locka había acabado emparentado con The King.

La música se había convertido en una especie de ruido blanco —Foster no recordaba ninguna canción en concreto, pero sí creía haber tarareado algo— y solo habían roto el silencio dos veces, en ambas ocasiones había sido Daniela: una para pedirle que le acercara un bote de aguarrás y otra para decirle que debería salir de la biblioteca y respirar, que el olor a pintura era muy fuerte y que le iba a sentar mal.

Le había explicado que no abría las ventanas porque hacía muchísimo frío y ella no podía pintar con manga larga.

Foster no se había movido de su butaca —él solo no iba a ir a ninguna parte, seguía acojonado— y solo se había levantado cuando Dani dijo que había acabado.

Ya empezaba a entrar algo de luz en la casa y Foster se armó de valor para volver a su habitación, abrir las ventanas ensangrentadas —de cerca, una de ellas tenía hasta restos viscosos, madre del amor hermoso— y mirar a lo lejos.

Hacia los pinos altos y casi negros, hacia las montañas de picos nevados, hacia el cielo azul oscuro que empezaba a clarear…

El contraste entre el interior del hotel y esas vistas rozaba lo paradójico, pero también era verdad que los miedos eran menos miedos cuando el sol salía y se hacía de día.

Y esa sucesión de raros acontecimientos lo había traído al Nexus, a esa mesa de banco corrido de color naranja desde donde se veía todo el bar y parte del hall del hotel.

Dani —que no debía de haber dormido más de hora y media, si es que había dormido algo— le había dicho que volvería enseguida y, en teoría, las Dos Eses llegarían en un rato para preparar el equipo y firmar los ADC.

Le sonó el móvil.

Eli:

Que dice mi padre que primera y última vez que grabáis a las diez de la mañana. Que es una estrella del rock, que antes de las seis de la tarde no hace nada.

Foster soltó una carcajada. Eli y él habían intercambiado números antes de despedirse el día anterior.

Foster:

No he dormido en toda la noche del puto miedo que he pasado, yo también voy a parecer una estrella del rock trasnochada.

Eli:

Vamos en un rato, llevamos bollos, vosotros haced café.

¿Vosotros? Cuando iba a preguntarle si se refería a su hermano perturbado o a la artista que pasaba sus noches dibujando dientes de león, una voz dulce y melódica lo interrumpió:

—Hum, ¿hola?

Foster levantó la vista para encontrarse a un chico monísimo con gafas de pasta negras, unos ojos dorados preciosos y una cartera de tela colgada al hombro. Tenía el pelo oscuro y el flequillo le caía sobre la frente tapándole un ojo. ¿Y ese quién era?

—Hola —le devolvió el saludo Foster.

—¿Quién eres?

Foster se puso en pie —total, su posición estratégica no le había servido de nada, dado que no había visto ni oído la entrada del chico— y empezó a caminar hacia él.

—Me llamo Foster. Y tengo el dudoso honor de ser el huésped de la habitación 708.

—¿En serio? —preguntó el chico mono apartándose el flequillo de la cara—. P-pero… no entiendo.

—He venido a hacer un reportaje sobre Queer Project y me han dejado quedarme en su cámara de los horrores.

—A mí me gusta —dijo el chico con timidez—.

Hum, soy Miles, soy amigo de Kye. Quería dejarle una cosa antes de entrar a trabajar.

Este fin de semana estoy de guardia —matizó, porque Foster debía de tener cara de «¿es que todo el mundo aquí trabaja los domingos?

, ¿qué clase de pueblo terrorífico es este? ».

—Ya, pues me ha dicho Dani que estaba dormido, que se había quedado escribiendo toda la noche y que no lo despertara.

—Guau, ¿Daniela te habla?

—No mucho, la verdad —le contestó, sonriendo, como si entendiera el miedo que había percibido en la voz del chico.

Pero lo cierto era que Foster se sentía unido a ella de una extraña forma.

Eli lo había cautivado por loca, por abierta y por interesante.

Daniela, por… Porque conectaba con ella, porque venían de sitios parecidos y porque había heridas que dolían y picaban más cuando otros con cicatrices similares estaban cerca.

Y no tenía nada que ver que fuera preciosa. Palabrita.

El chico, Miles, le dedicó una mirada cargada de dudas y, recolocándose la cartera al hombro, empezó a caminar de espaldas hacia la puerta.

—Bueno, eh, p-pues me voy. Si Kye se ha acostado tarde, no se levantará hasta las mil, ya lo llamo luego. Gracias y, hum, encantado.

Y, así como vino, se fue. Visto y no visto.

¿Qué acababa de pasar? ¿Y por qué la puerta de entrada estaba abierta?

Bastante miedo daba ya lo de dentro como para sumarle la opción de que se colara algún intruso.

O algún fan loco. ¿Kye Colton tenía fans locos?

Se enteraría. Queer Project sin duda los tendría, eran millones, alguno propenso al allanamiento de morada podía haber.

—¿Ese era Miles?

La voz de Kye lo sorprendió y Foster se giró a mirarlo.

Estaba de pie junto a las escaleras, en el pequeño recibidor que había a la izquierda y en el que, oculta tras un espejo enorme que tenía grabadas en sangre —como no— las palabras « Déjame entrar », estaba la puerta que conducía a su casa; Eli le había contado la noche anterior que esa abominación de puerta-espejo solo se abría desde el interior del apartamento de su hermano y que, según parecía, este tenía otra entrada perfectamente normal —y sin sangre…

, casi seguro— en la parte trasera del hotel.

Antes de que a Foster le diera tiempo a responder, a Kye le sonó el móvil. Se lo sacó del bolsillo con el ceño fruncido y contestó:

—Eli, pero ¿qué os pasa a todos hoy? No son ni las nueve y ya me ha llamado Oz, Miles se ha pasado por aquí, y se ha ido, por cierto; no sé por qué…

—Una pausa—. No, mamá no está aquí, creo.

—Kye alzó la vista y Foster negó con la cabeza confirmándole que no, que Julia no estaba—.

¿Cómo que no ha dormido en casa? —Pausa—. Vale, venid cuando sea. Necesito café.