10. Insomnia
INSOMNIA
FOSTER
Toda la noche sin dormir.
Toda la puta noche sin dormir.
Foster estaba sentado en el rincón más alejado y recogido del Nexus.
En una mesa naranja que el día anterior le había llamado la atención por bonita y acogedora y, oh, qué equivocado había estado.
Tras barajar varias opciones que no le habían convencido, había decidido sentarse allí porque, de ese modo, su espalda estaba contra la pared y nada podía salirle por detrás.
Además, así tenía una visibilidad total y completa del bar.
Nada podría entrar sin que él se diera cuenta.
Y había usado «nada» y no «nadie» a propósito. Se estremeció.
Su única protectora en ese hotel del infierno se había largado a su estudio de tatuajes y lo había abandonado a su suerte.
¿Qué tendría que hacer en el estudio a las ocho de la mañana de un domingo?
Nadie se tatuaba un día festivo a esas horas.
Debería estar penado por ley. Investigaría, puede que lo estuviera.
Él tenía tres tatuajes y todos se los había hecho, por lo menos, después de comer.
La noche anterior, cuando Kye le había enseñado la llave de la oreja —¡una oreja, por Dios!
; una oreja con pelos ensangrentados tan real que casi había vomitado encima para añadirle aún más realismo al órgano en cuestión— y lo habían llevado escaleras arriba hasta el primer rellano, a punto había estado de salir corriendo como un dibujo animado de esos que solo dejan una corriente de aire tras ellos.
Fiu, visto y no visto, Foster King nunca estuvo allí.
Pero la cara engreída del superescritor lo había obligado a echarle un par de huevos y a fingir estoicismo cuando en realidad había tenido las gónadas del tamaño de un cacahuete; lo que era raro en presencia del rubio, que era más de provocar el efecto contrario…
«No, Foster, no», se dijo. «El rubio en cuestión está buenísimo, pero tiene una mente perversa que da mucho miedo».
Cada vez que Foster recordaba ese momento en el que había visto que pasaban de largo el cuarto de la derecha —con un nombre tan lírico como «Ecos de KaTara» grabado en la madera oscura de su puerta— y se plantaban en la habitación de enfrente, donde solo había un letrero medio descolgado en el que ponía «708» y marcas de lo que parecían ser garras —del propietario de la oreja, sin lugar a dudas— decorando la madera, le entraban sudores fríos. Volvió a estremecerse.
Y si la puerta le había parecido el horror, lo del interior ya…
Una cama que, a pesar de ser grande y firme, tenía manchas de sangre falsa por todas partes.
Las ventanas también estaban ensangrentadas y en una de ellas ponía « ayuda » con letras rojas y goteantes.
En el suelo había dibujado un círculo blanco que tenía varios huesos en el centro, como evocando algún tipo de ritual.
Un perchero en una esquina con una gabardina y un sombrero colgados en él y un espejo en el que se reflejaba una imagen espantosa de un ser con cuernos que sacaba los brazos —¡brazos que traspasaban el espejo!
— y parecía que iban a estrangularte. Había muchos más detalles, todos terroríficos, pero Foster había decidido no prestarles atención.
Había dejado la maleta a un lado, había buscado un hueco en la cama donde no hubiera demasiada sangre y había sacado el móvil.
Tras llamar a las Dos Eses para decirles que quedaban hacia las nueve y media, comprobar y contestar algunos mensajes pendientes y grabar un minivídeo en el que se despedía de sus seguidores por unos días sin dar mucha explicación —lo odiaba, pero era uno de los requisitos que le había impuesto su padre—, sacó el portátil y empezó a ordenar toda la información que había ido recopilando sobre Queer Project.
No había cenado, pero ni de coña iba a salir y vagar por el hotel en busca de comida.
Trataría de dejar organizado cómo enfocaría el principio de las entrevistas y se dormiría.
Pero no pudo. Así que, tras varias horas de oír crujidos y ver sombras por todas partes, desistió y se levantó de la cama.
Se puso el edredón a modo de manto protector, porque, a pesar de las manchas de sangre, el olor a suavizante era, de alguna extraña manera, reconfortante, y salió de la habitación 708.
Había encontrado a Daniela subida a un pequeño andamio en la biblioteca, pintando algo en una de las paredes.
A su lado, una radio analógica en la que podía escucharse a Dolly Parton pidiéndole a Jolene que no le robara a su hombre.
Sonaba a pasado, a música de otra era a pesar de no serlo; metálica, lejana.
Sin duda, un efecto de la calidad de la señal y del aparato en sí mismo.
—¿No puedes dormir? —le había preguntado la chica sin apartar la mirada de la flor fucsia que estaba pintando.
—Y no creo que pueda volver a hacerlo en mi vida. ¿Puedo quedarme aquí contigo?
—No.
—No te molestaré. Me sentaré aquí mismo…
—Foster había recorrido la estancia con la mirada buscando alguna superficie no cubierta por plástico y, al no encontrarla, se había sentado con cuidado en la butaca que parecía menos plastificada, justo en el centro, donde estaban todos los muebles apiñados—, y estaré calladito.
Daniela había seguido concentrada en su mural, sin mirarlo, y, tras unos minutos de silencio —unos minutos eteeernos —, le había dicho:
—En la mesita que está a tu izquierda hay medio bocata de albóndigas.
—¿Para mí? Me muero de hambre.
—Como Kye se ha quedado con los canelones, he rescatado el bocadillo de su casa. Cómetelo si quieres.
—¿No lo quieres tú?
—Si lo quisiera, no te lo ofrecería.
Foster había cogido el bocadillo y lo había desenvuelto, dándole el primer mordisco cuando Annie’s Song , de John Denver, empezaba a sonar en la radio.
Mientras él se deleitaba en la cosa más rica que había comido en su vida, Dani fue cambiando de emisora hasta dar con lo que quería: ¿ Salomé , de Chayanne?
—¿Qué es? ¿La noche de las canciones con nombre de mujer? —había preguntado Foster con la boca llena porque del miedo había perdido hasta la educación.
Daniela no había contestado, pero cuando Foster había empezado a cantar, se había girado a mirarlo y le había preguntado:
—¿Te la sabes?
—Mi madre era portorriqueña. Recuerdo que yo tenía… ocho años cuando salió esta canción. Siempre ponía música latina en casa y… hay letras que no se olvidan, supongo.
De repente, lo que en un principio había sido algo inofensivo, una canción en ese español que él llevaba dos décadas sin hablar, desbloqueó un recuerdo que había permanecido años dormido en su memoria: su madre subiendo el volumen cuando Salomé empezaba a sonar en la radio y luego, espumadera en mano, moviendo las caderas por la minúscula cocina y animándolo a bailar con ella.
La adoración que había sentido en ese momento, la necesidad de atesorar ese ratito juntos, le había venido tan de golpe y lo había bañado tan a lo bestia de añoranza que hasta creyó ser capaz de oler el mofongo y el plátano frito en el aire.
Llevaba años sin pensar en esa época. Su mente era como una casa llena de cajas de recuerdos.
Cajas cerradas a cal y canto. Era como vivir en una mudanza permanente.
Iba aprovechando el espacio libre que encontraba, intentando no tropezarse mientras iba de una habitación a otra, pero sin abrir ninguna de ellas.
Pero una de esas cajas —la de Pandora, nada menos— acababa de abrirse sola, como si nunca hubiera tenido cinta aislante precintándola.
—¿Entonces eres medio boricua? —le había preguntado Daniela sacándolo de su ensimismamiento. Ante el breve asentimiento de Foster, ella había añadido—: Yo soy cubana. Bueno, yo no; yo tuve la gran suerte de nacer y crecer en Lake Park, Florida.
—Oh, no te erijas reina de los marginados tan rápido, que no eres la única que creció en un gueto. Veo tu mierda de Lake Park y le subo mi Opa-locka.
Dani había silbado —impresionada con sus raíces, sin duda— antes de darse la vuelta, murmurar algo sobre que nunca se equivocaba con… ¿la mirada?, y cambiar de emisora. Si lo había hecho para liberarlo del peso de los recuerdos, no lo sabía, pero Foster se había sentido aliviado.
—¿Por qué una radio y no el móvil o cualquier otro reproductor? Llevaba siglos sin ver una —le había comentado él.
—Te diría que es porque aquí la cobertura y la señal se pierden semana sí y semana también, pero lo cierto es que es por la aleatoriedad.
Mi música significa cosas, y, cuando dibujo, no quiero pensar en esas cosas.
Y sé que podría ponerme alguna lista random , pero hace años me encontré esta antigualla y me vale.
Incluso lo nuevo suena antiguo en ella. Es como que me transporta a otro lugar —contestó, haciendo girar el dial hasta que la versión lenta de Happier Than Ever , de Billie Eilish, envolvió la biblioteca y añadió un toque de nostalgia aún más profundo a todo.
Habían permanecido juntos en silencio hasta el amanecer. Foster había estado buscando información sobre las diferencias entre horror y terror, echando un vistazo a las reacciones a su vídeo de despedida y estudiando las partes visibles de los murales y esculturas de la biblioteca.