9. El extraño #2
¿Podía ser la primera vez que el chico del piquito de oro se trababa al hablar?
Pues sí que era profunda su animosidad hacia el atún.
O quizá solo fuera el hecho de que los canelones fueran de Jax; Kye entendía que era difícil ver a Queer Project como algo más que un mito, algo más que la banda de destino fatídico que había puesto en pie a toda una generación con su Live my way , proclamando que estaba bien ser y sentir distinto.
Mientras recogían las cervezas y apagaban las luces del Nexus, Eli no paró de preguntarle cosas a Foster.
Primero intentó averiguar más sobre lo de la supuesta desaparición que acababa de mencionar, pero cuando vio que no sabía más al respecto, cambió de tema y Kye dejó de prestar atención.
Se acercó al mostrador de recepción, aunque ese nombre le quedara grande, dado que solo tenía una llave, la de la única habitación disponible aparte de la que estaba ocupando Dani.
—Foster, ¿sales conmigo para coger los canelones? —preguntó Eli cuando el sonido de un claxon les llegó desde el exterior y Kye y Dani no hicieron amago de acercarse a la puerta.
Una vez solos en el vestíbulo, Kye fijó la mirada en su amiga.
—¿Qué? —lo interpeló ella.
—¿Cómo que qué? ¿Qué ha sido eso?
—¿El qué?
—Ese no rechazo hacia Foster King.
—¿Qué dices siempre de mí?
—Que eres una ladrona de camisetas. No creas que no me he dado cuenta de lo que llevas puesto.
—No, eso no. Y llevas siglos sin ponerte esta camiseta. Patti Smith no se merece estar en un oscuro cajón. Me refiero a lo que dices siempre de mi intuición.
—Que no falla. Que calas a las personas con solo mirarlas.
—Pues eso. Los ojos de Foster me dicen que venimos de un sitio parecido. Tiene «la mirada».
—Ni de coña. Él viene de una familia de pasta y va por la vida haciendo lo que le sale de los cojones.
—¿En serio? ¿Y tú qué sabes de él? Porque los prejuicios no te favorecen nada.
Era cierto que Dani tenía un don para captar a la gente.
O una maldición, según como se mirara; porque, con solo un vistazo, era capaz de decidir si una persona era o no digna de su interés; y el noventa y cinco por ciento de la población no solía serlo.
Y luego estaba lo que ella llamaba «la mirada».
Un concepto cuando menos cuestionable, pero que ella defendía como si fuera canon y que venía a decir que cuando alguien había pasado por algún trauma que le había dejado una cicatriz irreparable, fuera cual fuera su origen, ese algo se le pegaba como alquitrán y no importaba cuánto tiempo pasara ni lo feliz (o no) que esa persona llegara a ser en su vida, porque ese líquido negro y viscoso se mostraba en sus ojos.
Y Daniela Rodríguez creía ser capaz de identificar esa oscuridad adherida a la mirada de la gente.
A Kye le apasionaba la idea como tal, por supuesto, porque él sabía de negrura; qué coño, había creado todo un universo a su alrededor.
Pero de ahí a tener una fe ciega en «la mirada» como prueba fehaciente de la personalidad de un desconocido…
¿Qué alquitrán iba a tener pegado aquel niño rico de voz hipnotizante?
—En serio, ¿qué sabes de él? —insistió Dani mirando algo en el móvil—. Me ha dicho que le recuerdo a su madre. ¡A su madre! Con la pinta de chica de la calle que tengo.
—Dani…
—Kye, en serio, no es un calificativo denigrante, no me estoy menospreciando, es lo que soy: he visto más calle que una farola. ¿Su madre? Prostituta o estríper, ya te lo digo yo. —Hizo una pausa mientras deslizaba el dedo por la pantalla—. Aquí no dice nada, solo que es adoptado…
—Es el hijo de The King, el productor —la cortó Kye. Era de lo poco que sabía sobre él. Quién era su padre y lo del escándalo que había puesto en tela de juicio su sexualidad.
—Y esa es otra, ¿por qué él? ¿Por qué Foster King? ¿Quién lo ha contratado para hacer esto?
—¿A qué te refieres? Mi madre, creo.
—¿A Foster King? ¿En serio? ¿El rey de las redes? —preguntó Daniela con la mirada fija en lo que fuera que había encontrado sobre él en internet— ¿El guapazo de moda? ¿Por qué él ?
Kye dudó unos instantes antes de contestar:
—No lo había pensado.
—Ya, entre lo cachondo que te tiene y los prejuicios que de repente te gastas, no te estoy viendo muy centrado.
—No he tenido prejuicios en mi vida, Dani. Que me acuses de eso precisamente a mí... —Kye sonaba indignado. Lo estaba—. Y no sé de dónde te sacas que me pone cachondo. Lo odio. Odio lo que representa.
—Me lo saco de cómo os miráis. Sí, él también te mira como si fueras agua helada en medio del desierto, tranquilo que no estás solo en esto. También es que llevas tiempo sin mojar y…
—Perdonad que haya tardado tanto —dijo Foster, entrando y cerrando la puerta tras de sí. Ambos se giraron a mirarlo—. Jax ha llamado al Viking… a North desde el coche para organizar un poco lo de mañana. ¿Dónde queréis que deje esto? De verdad que no como atún, pero si lo vais a tirar…
—Dámelos. Aquí no se tira nada, y los canelones de Abott son de otro mundo —dijo Dani cogiendo la bandeja que le tendía Foster—. Bueno, ¿estás listo para ver tu habitación?
A Kye se le iluminó la cara e hizo oscilar la llave en su mano, llamando la atención de su invitado, que, al ver el llavero, palideció de forma evidente.
Se trataba de la oreja podrida y ensangrentada de un voghan, una criatura del Universo Noir, un ser en descomposición un pelín asqueroso incluso para los estándares de su creador.
«Oh, sí», pensó el escritor, encantado de la vida. «Esto voy a disfrutarlo».
—¡Madre del amor hermoso, ¿dónde me he metido?!