Hotel Noir 9. El extraño
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9. El extraño

EL EXTRAÑO

KYE

Kye entró en su hotel y se quedó mirando al trío que hablaba en la puerta del café librería o como fuera que lo llamara Eli en esos momentos, porque su querida hermana le había cambiado el nombre un par de veces.

Resultaba raro que Dani estuviera allí con ellos, tan cerca de un desconocido, cuando su tolerancia hacia la gente de fuera de su círculo más íntimo era nula.

Con Eli había hecho una excepción, con todo Queer Project, en realidad, pero porque eran familia; o una tribu de parias, en palabras de su amiga.

Sin embargo, a Foster no lo conocía de nada.

Ni era tribu, ni un paria, ni nada que encajara en los estándares de Daniela Rodríguez.

Su Dani no quería extraños a su alrededor, punto.

—Ey —lo saludó su hermana.

Era consciente de que llevaba demasiado tiempo callado, pero la estampa ante él lo había desconcertado.

—¿Le habéis enseñado su habitación? —preguntó Kye con un asentimiento de cabeza hacia Foster.

—Va a dormir en la 708, ¿no? Porque no hay otra opción. Es eso o un sofá en el bar, porque en la biblioteca huele a pintura que te mueres —contestó Eli.

—¿Lo estamos llamando «biblioteca» otra vez?

—No me decido. Es eso o museo biblioteca. ¡ Museoteca ! —exclamó Eli como si acabara de tener la más brillante de las ideas.

—¿Qué pasó con lo de café librería? —le preguntó Kye, obviando lo de la museoteca porque se negaba a dedicarle siquiera un segundo de sus pensamientos.

—Que no quiero que nadie tome café ahí dentro y haya algún accidente. Va a contener obras de arte. Tus obras de arte. Bueno, y las de Dani. Por cierto, hablé con el proveedor de café; no conseguí que bajara el precio, pero he renegociado el contrato con el de las bebidas alcohólicas.

—¿Pero cuántos años tiene esta niña? —preguntó Foster mirando a Eli con los ojos muy abiertos.

—Los suficientes. Y sin mí este hotel se hundiría antes de abrir —contestó su hermana, que ya había empezado a caminar hacia el bar.

Foster fue detrás de ella, diciéndole algo de que su firma no era vinculante, que no podía negociar contratos, y menos aún con alcohol de por medio. Su tono era de asombro, pero parecía hipnotizado mientras la seguía hacia el Nexus.

Kye y Dani se miraron y ella le hizo un gesto hacia las puertas del bar.

—¿Nos tomamos esa cerveza?

—No. El plan era hacerlo tú y yo. Yo con el chico este no quiero nada.

—Pues quién lo diría por cómo lo miras.

—No sé de qué me hablas.

—Ya. Vamos a tomar algo y luego le enseñamos su cuarto y nos echamos unas risas.

Kye sonrió a su pesar y esperó a que su amiga pasara por su lado para seguirla hacia el bar. Tenía ganas de esa cerveza y ese era su hotel, su refugio, tener un invitado no deseado no iba a coartar sus acciones.

—¿Has cenado? —le preguntó a Daniela—. Porque no sé si aguantaré otra noche a base de cerveza y cacahuetes.

—Me comí la mitad de un bocadillo de albóndigas hacia las siete. Te he dejado lo que me ha sobrado en el frigorífico de tu casa.

Dani era así. Su forma de expresar cariño o lealtad no era ni mediante palabras ni a través del contacto físico. Tenía detalles que lo decían todo. Y la mitad de un bocadillo de albóndigas en su frigorífico era el equivalente a un abrazo o a un «estoy aquí, cariño, cuenta conmigo».

Cuando cruzaron las puertas dobles del bar, vieron a Eli ya detrás de la barra. Foster King estaba cerca del escenario, mirándolo todo con absoluto deleite.

—Lleva con esa mirada desde que llegó —le susurró Daniela antes de sentarse en un taburete y pedirle una cerveza a Eli.

—Esto es… —empezó a decir Foster.

—La leche, lo sé —contestó Eli—. Es una réplica de…

—Del bar del hotel Roxy, en Nueva York —terminó Foster por ella.

A Kye le sorprendió tanto el comentario que le preguntó:

—¿Lo conoces?

—Sí, he ido un par de veces —contestó Foster, girándose para mirarlo—. Bueno, la primera vez acabé allí por casualidad. La segunda volví expresamente por el bar, tenía algo que me llamaba. ¿Por qué? ¿Por qué el Roxy?

—Me alojé allí hace unos años. Escribí más de la mitad de Oscuridad sentado en uno de sus sillones. La primera escena del libro sucede allí y, desde entonces, se ha convertido en un escenario recurrente en mis libros. Pero, hum, le cambié el nombre, claro.

—¿Y por qué «Nexus»?

¿Pero qué hacía Kye hablando con ese tío?

No quería hablar con él. Le caía mal. Era un gilipollas y representaba todo aquello contra lo que Kye llevaba luchando toda su vida. Y tampoco quería escucharlo, con esa voz suave pero ronca, grave… No. No iba a hablar con él.

—¿Quieres una cerveza, Foster? —preguntó Eli cuando estuvo claro que Kye no iba a contestar y el silencio se convirtió en algo un tanto violento.

—No sé qué opino de que una menor de edad me sirva alcohol.

—Llevo poniendo copas desde que tengo altura suficiente para llegar a la barra. No te preocupes, soy abstemia. Abstemia y heterosexual, la vergüenza de esta familia, vamos.

—Y qué familia —dijo Foster con asombro mirando a Kye de reojo—. Estoy fascinado a la par que aterrado. No sé cómo a vuestros padres no les han quitado la guarda y custodia, la verdad.

—Hemos crecido en clubes, escenarios y hoteles. Bastante bien hemos salido.

—A mí me gustáis más que la mayoría de la gente, desde luego —comentó Dani, dándole un trago a su cerveza.

Kye se negaba a hablar. Se negaba incluso a seguir escuchándolos.

De hecho, estaba indignadísimo con Dani, que jamás hablaba con nadie (¡jamás!) y ahora estaba ahí de charleta como si aquel chico no se hubiera metido en su vida y en su hotel de golpe, con nocturnidad y alevosía.

Quizá a ella también le afectaba esa voz; no solían afectarle ese tipo de cosas, pero podía ser que tuviera algo sobrenatural que los atraía.

Si había un lugar en el que lo sobrenatural era una opción real era, sin duda, ese hotel.

Así que aprovechó para sincronizar su móvil con el sistema de sonido del bar y poner una de las listas de reproducción que tenían para el Nexus.

La había hecho Jax, así que no le sorprendió cuando la primera canción en sonar fue Series of Dreams , de Bob Dylan; Jax era un incondicional y Queer Project lo había versionado en varias ocasiones.

En el último disco no oficial —un acústico grabado en el estudio que tenían en el sótano de la casa de sus padres— habían hecho una versión de Girl from the North Country de quitar el aliento.

Se quedó mirando el bar con el botellín de cerveza en las manos, haciendo girar el taburete para recorrerlo entero.

Su propio Roxy, su Nexus, como se llamaba en sus libros; más oscuro y un poco más pequeño que el del hotel en Tribeca, pero una reproducción casi exacta en lo demás: suelos de madera con mullidas alfombras persas; sofás de cuero marrón, butacas negras y granates; mesas de madera redondas, cuadradas, pequeñas, grandes, con lámparas de diferentes estilos sobre ellas; enormes espejos de latón en las paredes de ladrillo rojizo; y, en un rincón, en el más alejado de la estancia, una mesa de banco corrido de color naranja teja que llamaba a sentarse y escribir, escribir, escribir…

Y, por supuesto, el escenario. Donde se te iban los ojos nada más entrar porque sobre él ponía « Nexus» en luces de neón blancas.

Estaba casi frente a la puerta, un poco a la izquierda, junto a la barra negra de mármol brillante y los seis taburetes de polipiel del mismo color.

Kye estaba sentado en el asiento más cercano al piano de cola, el menos usado de los instrumentos, ya que había sido cosa de Jon, y Jon ya no estaba; también era el único que no se encontraba en la tarima de piedra gris oscura sobre la que descansaban una Telecaster azul, una guitarra española, una pequeña batería plateada y negra y el bajo de Jax: un Gibson Thunderbird con el que le había visto tocar la mejor versión que había oído en su vida de Hysteria , de Muse.

También había sido un acontecimiento que Kye tenía grabado a fuego en la memoria, porque Queer Project no solía tocar mucho rock de principios de siglo, y haber visto al gran Abott, con North el Vikingo Colton a la guitarra, ambos cantando y diciendo que eran infinitos y hablando de darse el corazón y el alma, había sido toda una experiencia.

Ese día Eli se había sentado a la batería y había hecho un trabajo excelente.

No era sencillo tocar con dos titanes de la música.

—Bueno, yo me voy a ir.

La voz de su hermana sacó a Kye de su ensimismamiento y le hizo girar su taburete para mirarla.

—¿Cómo te vas a ir? —preguntó King, que, para su desgracia, seguía estando ahí de cuerpo presente.

—Andando.

—¿Sola?

—Esto es Black Pines, lo peor que ha pasado en años ha sido que el gato de la señora Torrance se quedó atascado en el canalón del tejado de su casa y la agente Sommerset tuvo que subirse a una escalera tambaleante y rescatarlo ante los vítores del vecindario.

—¿Y qué pasa con el chico que ha desaparecido?

—¿Qué chico? —preguntaron Eli, Dani y Kye a la vez.

—No sé, he oído cómo Julia se lo contaba a North antes, pero no sé más.

El teléfono de Eli empezó a sonar entonces y todos se callaron esperando a que lo cogiera.

—Jax, hola. —Una pequeña pausa—. No, no hace falta. —Otra pausa—. Ah, vale. Pues te espero aquí.

—¿Te viene a buscar? —le preguntó Kye, extrañado.

—Sí, ya está llegando. Se ha imaginado que no tendrías nada de cena para tu invitado y le trae unos canelones de atún.

—Quiero creer que mi invitado, por llamarlo de alguna manera, puede valerse por sí mismo e ir a cenar fuera o comprarse algo si le apetece.

—Yo no, hum, como atún. Pero, hum…, qué detalle; y qué surrealismo, canelones hechos por Jax Abott…