Hotel Noir 8. Locke & Key
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8. Locke & Key

LOCKE que tampoco habían sido muchos, pero con la forma en la que la adolescente señalaba restaurantes —dos—, tiendas —otras dos— e incluso un anticuado videoclub aún en activo —para sorpresa de todos y uso de casi nadie— había parecido que estaban en una gran ciudad llena de personajes asombrosos e historias emocionantes, a pesar de que los comentarios fueran más del tipo: «Ese restaurante tiene fusión de al menos siete países del mundo, te lo juro».

«En ese bar sirven el mejor bocadillo de albóndigas de Canadá y encima tiene a un señor apoltronado en la barra de forma permanente y nadie lo ha visto moverse jamás».

«Mira, mi padre alquiló Laura en VHS con dieciocho años en ese videoclub y cada vez que Petey, el dueño, lo ve pasar por delante, sale y se lo recuerda.

Mi padre lo niega y reniega cada vez desde hace veinte años, pero yo he visto la cinta en una estantería en casa de Jax, palabrita».

Y así hasta que habían llegado al hotel de su hermano, donde un coche tapado con una lona negra había llamado la atención de Foster, que se había quedado mirándolo unos instantes tras apagar el motor.

Eli, callada por primera vez desde que habían salido de la calle residencial que albergaba las dos casas de los Colton, con sus jardines confluyentes y sus pasos de distancia, también miraba la estilizada silueta bajo la lona.

Hasta ese momento, a Foster se le había olvidado el comentario del accidente de Kye, pero, en cuanto le vino de nuevo a la mente, no pudo por menos que preguntar.

La respuesta había sido escueta y a media voz: hacía dos años, Kye Colton había tenido una especie de accidente de coche y, desde entonces, no conducía.

Lo de «especie de accidente» había sido recibido con un alzamiento de cejas por parte de Foster que había dado pie a una explicación apresurada y no tan detallada como él hubiera querido.

Pero las palabras aún resonaban en su cabeza: «A ver, sí, fue un accidente como tal porque su coche cayó desde un puente», le dijo Eli.

«Pero no fue algo fortuito, había alguien en el asiento de atrás.

Tenía un arma y mi hermano perdió el control y… ».

Foster hubiera seguido preguntando, pero unos golpecitos en la ventanilla del copiloto habían roto la burbuja en la que ambos habían estado sumergidos.

Una chica en vaqueros desgastados y una camiseta descolorida de Patti Smith cortada a la altura del ombligo había aparecido a su derecha con nada más y nada menos que un cuchillo en la mano.

¡Un cuchillo! Y dada la oscuridad de la noche y el entorno desconocido, su filo había parecido más reluciente de lo normal, tanto que Foster había enmudecido y a punto había estado de salir quemando rueda y sin mirar atrás.

Pero Eli había bajado en ese momento la ventanilla y había hablado con la asesina en potencia.

—Dani, ¿llevas un cuchillo? —le había preguntado con tranquilidad.

—¿Un coche que no conozco se para en medio de la noche en la puerta de una mansión deshabitada pero llena de monstruos?

Pues mira, sí, Eli, llevo un cuchillo; y no os he recibido a punta de pistola porque no tenía una a mano.

¿Y tú quién eres? —Eso último lo había preguntado señalándolo a él con el cuchillo en cuestión.

Foster no había logrado contestar y Eli había tenido que hacer las presentaciones.

«Dani, este es Foster King», había dicho.

«Va a hacer un documental sobre Queer Project y se quedará una temporada en el Noir.

Foster, esta es Daniela Rodríguez, amiga de Kye y la dueña del estudio de tatuajes que te he señalado de camino hacia aquí».

Foster no recordaba muy bien los siguientes tres minutos, solo que no había articulado palabra, golpeado por la fuerza demoledora del físico de Daniela, que en esos momentos se había agachado y apoyado en la puerta del copiloto regalándoles un primer plano de su magnífica belleza; y la sorpresa no había sido porque fuera preciosa, sino por el hecho de que tenía cierto parecido a…

su madre: ese tono de piel color miel, esa belleza sencilla pero indomable, esa mirada capaz de helarte la sangre o hacerte arder.

Se había quedado embobado mirándola —a ella, al cuchillo, a la niebla que se cernía por detrás como en una peli de terror de efectos especiales exagerados— mientras ella lo observaba con una ceja alzada, como si a Foster le faltara un hervor; o trescientos treinta y tres.

Así que, como en piloto automático, había salido del coche y había intentado arreglar un poco la lamentable primera impresión que había causado.

Creía haber dicho algo como: «Lo siento, es que me has recordado mucho a una persona de mi pasado y mi mente ha viajado muy lejos, pero no te preocupes que no es nada sexual, uy, no, para nada.

¡Mi madre! Es a mi madre a quien me has recordado. Está muerta. Mi madre, digo. Pues eso».

Sí, sí, creía que había terminado con un «pues eso».

Culpaba de su vergonzoso discurso al cuchillo, a la atmósfera tétrica, a que de verdad había viajado al pasado y a que, en su estupor y por el rabillo del ojo, había visto que Eli ya estaba abriendo el maletero y sacando una de las maletas de Foster.

El camino hasta el hotel lo había hecho sumergido en esa misma bruma, siguiendo a las chicas hasta el interior sin ser muy consciente de hacerlo.

Y ahí era donde se encontraba en esos momentos, deslumbrado por la inmensidad que lo rodeaba.

La planta baja era un gran recibidor de elegantes suelos de madera oscura; brillantes, como recién encerados.

Había una enorme puerta a cada lado, de esas correderas dobles; ambas entreabiertas, dejando ver a la derecha lo que Foster creía que podía ser una biblioteca —porque eso era lo que parecía, pero con tanto plástico cubriendo parte de los muebles y estanterías, y tantos botes de pintura por todas partes, no tenía claro cuál sería su función final—; y, a la izquierda, lo que debía de ser un bar —desde donde estaba, solo podían apreciarse parte de la barra y unos taburetes—.

Había un par de puertas más y unas escaleras con la parte central enmoquetada en granate.

Pero lo que te absorbía por completo y te transportaba a otro mundo eran los cuatro murales que adornaban las paredes del recibidor: nada más entrar, en la pared de la derecha, podía verse a un chico rubio de pelo largo saltando al vacío desde una torre altísima y hacia lo que, en apariencia, era una gran urbe futurista; enfrente de ese panel, en la pared que estaba a la izquierda del bar, había dibujada una carretera oscura y desierta flanqueada por árboles esqueléticos sin ramas cuyas copas se arqueaban convirtiendo el camino en un túnel que parecía no tener otra salida que la más absoluta negrura; al otro lado de la puerta del bar, una chica rubia con un lado de la cabeza rapado y una pistola en cada mano se enfrentaba a un agujero negro de bordes nebulosos que, a simple vista, no tenía fin; y, por último, al otro lado de la puerta de la biblioteca, tras un pequeño mostrador que, con toda probabilidad, algún día sería la recepción, y en el que ahora estaba apoyada Daniela, una especie de guerrero de ojos violeta que, semioculto bajo un manto, avanzaba a la cabeza de lo que solo podía describirse como un séquito de espíritus etéreos con forma de cuervos.

Todo era detallado, envolvente, acojonante.

Y de una belleza tal que Foster lo único que quería era observar, estudiar cada pintura y empaparse de lo que transmitía: majestuosidad, fantasía, miedo y…

¿amor? Porque, por algún motivo, los rubios enfrentando sus correspondientes vacíos parecían estar haciendo un sacrificio, algo que solo harías por alguien a quien quieres con locura.

Increíble lo que una imagen podía llegar a transmitir.

El sonido de una puerta abriéndose a su espalda lo alejó de sus divagaciones y ahí, en la entrada de aquella dimensión desconocida y sobrecogedora, estaba la persona que había escrito los libros de los que habían salido aquellas pinturas.

¿Qué más habría dentro de esa cabecita? Qué intriga, por Dios.