Hotel Noir 7. La niebla
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7. La niebla

LA NIEBLA

KYE

Kye no debería sentirse orgulloso de la sorpresa que había reflejado la cara de Foster King cuando se había enterado de lo que era el Hotel Noir, pero lo hacía.

Había accedido a llevárselo con él porque después de lo de «tienes que dar tregua a mamá» no podía negarse, pero lo había hecho contra su voluntad.

Y ese miedo en los ojos de Foster le había devuelto la sonrisa.

Mientras Eli y el chico aterrado se dirigían a los vehículos aparcados frente al jardín — un Camaro azul y una furgoneta negra en cuyo lateral podía leerse en letras blancas « King global »—, Kye empezó a caminar en dirección a su casa y hacia Dani, que ya le había escrito para decirle que había terminado una parte del mural de la biblioteca y que lo esperaba para tomar una cerveza.

En principio, el plan había sido cenar en casa de su madre; o en la de Jax…

Todavía le costaba decir «en casa de su padre», pero no porque la noticia de que North Colton y Jax Abott ahora fueran pareja le resultara desagradable.

No, para nada. La sombra de esa historia era muy alargada y llevaba siglos cerniéndose sobre ellos.

Toda la vida, de hecho. Pero la separación de sus padres estaba muy reciente y los tenía a todos sintiendo a flor de piel.

Kye quería a sus padres, a ambos, y, a pesar de que sabía que el lugar de su padre estaba junto a Jax, si pasara algo, si por algún motivo tuviera que elegir bando o a quién apoyar, tendría que decantarse por su madre.

Y lo haría precisamente por eso, porque su padre ya estaba con quien tenía que estar.

Julia, no. Julia lo estaba enfrentando todo con la mala hostia que se esperaba de ella, pero con mucha estoicidad.

—¿Dónde va tu hermano? —oyó preguntar a Foster.

—Es que desde el accidente…

—Eli —la interrumpió Kye—, intenta no revelar nuestros más íntimos secretos, anda.

—En cinco minutos de trayecto no me da ni para empezar. Mucho trauma y poco tiempo.

—Qué Shakespeare ella —contestó Kye en tono mordaz pero cariñoso.

Dándose media vuelta, se sacó los auriculares de los bolsillos del abrigo y volvió a su Nessun dorma del alma; necesitaba pensar, salir del bloqueo que le impedía seguir con la escena que estaba escribiendo, y, para eso, necesitaba su talismán.

Tenía varios temas que usaba como fuga o punto de apoyo, según su estado de ánimo o el escape que necesitara.

Todos ellos eran casa y volvía a ellos una y otra vez.

Siempre le funcionaban. Y puede que algún día se hartara de su ópera favorita; puede que, como con muchas otras canciones a lo largo de su vida, algún día no le dijera nada, o no le dijera tanto.

Aún le parecía mentira lo obsesionado que había estado con Crush , de Dave Matthews Band, o con Space Oddity , de Bowie.

Y eso no significaba que ya no le gustaran, le encantaban, ambas canciones habían puesto la banda sonora a una etapa de su vida; pero había llegado el momento de poder escucharlas y disfrutarlas sin más, sin necesidad de repetirlas en bucle una y otra vez.

Su reflexión sobre canciones que te marcan de por vida se vio interrumpida por una llamada entrante que descolgó, una vez más, llevándose la mano al auricular, sin mirar antes en la pantalla del móvil quién era (sin ni quisiera sacárselo del bolsillo, de hecho).

Pero tampoco se sorprendió mucho al oír la dulce voz de Miles al otro lado de la línea.

—Ey, Kye, he ido al hotel p-para ver si te apetecía que tocáramos un rato la guitarra, p-pero tu p-perro guardián me ha echado tan rápido que no me ha quedado claro si estabas allí o no.

—Dani no es la guardia, e igual que te defiendo a ti cuando ella se mete contigo, tengo que defenderla a ella cuando lo haces tú. Menos mal que tú no malmetes demasiado.

—Dios me libre, me da un miedo atroz.

—Dani es inofensiva. Ladra, pero no muerde.

No era exactamente así, Dani era más que capaz de morder, y tan profundo que podía tocar hueso, pero no a Miles.

Después de dos años, Kye tenía más que asumido que Dani y Miles no se iban a llevar bien nunca, pero no había odio ni sentimientos demasiado profundos.

No se caían bien. Punto. Ambos orbitaban a su alrededor como Prometeo y Pandora lo hacían alrededor de Saturno (las cosas que aprendía uno con los documentales del National Geographic de su abuela), pero cada satélite a su bola, en un mismo anillo pero lejos el uno del otro, nunca juntos.

Dos lunas de un mismo planeta, eso era lo único que tenían en común Dani y Miles.

Y no pasaba nada. Kye no necesitaba que fueran amigos entre ellos, le valía con que no discutieran.

—Eso lo dices p-porque no la has visto empuñar la brocha como si de un arma se tratara. —Miles fingió estremecerse—. Daba mucho miedo.

Kye se rio antes de confirmarle que no estaba en casa y que mejor lo dejaban para otro día. Quedaron en hablar al día siguiente y colgaron.

La música inundó de nuevo sus oídos, marcando el ritmo de sus pasos y de sus pensamientos, de repente, estancados en el pasado.

Y no le apetecía ir ahí. No le apetecía nada.

Porque, por muy mal que se llevaran, Daniela Rodríguez y Miles Peterson tenían una cosa en común: la forma traumática en la que ambos habían conocido a Kye.

Mientras las luces de freno del Camaro en el que viajaban su hermana y Foster se perdían en la distancia y Black Pines se vestía con el manto espeso y blanquecino de la niebla (una que rivalizaba con la de la mítica novela de Stephen King, pero que esperaba que no trajera tantos monstruos con ella, por muy fan que fuera del autor, del libro y de todo el ambiente lovecraftiano en general), la mente de Kye viajó a su primer encuentro con Dani.

A aquel callejón poco iluminado de Richmond donde un imbécil creyó que una chica sacando la basura sola en mitad de la noche era una provocación.

Viajó directo a la cara de pavor de su amiga, que, por primera y única vez en la vida (en la vida que Kye había compartido con ella, al menos), había perdido la tonalidad caramelo de su piel y había palidecido de forma sobrenatural; al olor a rancio que flotaba en el ambiente y que, a día de hoy, seguía inundando sus fosas nasales cada vez que una instantánea de aquella noche le venía a la cabeza; a los golpes que se llevó por tratar de defenderla, al dolor de costillas, a las sirenas de policía y al extraño y nítido recuerdo del tacto del uniforme de una de las enfermeras contra su brazo…

Qué curiosa la forma en la que funcionaban los recuerdos, cómo una sensación tan aparentemente insignificante como un roce de tela contra piel se te marcaba a fuego en la memoria.

Tan a fuego como la imagen de Dani sentada en una silla junto a su cama, observándolo con una mezcla de curiosidad, confusión y animosidad.

Nada hacía presagiar que, en aquel momento, en aquel hospital, se estaba sellando una amistad rara pero sólida que cinco años después los traería a Black Pines.

Y luego estaba Miles…, otra historia forjada en un hospital, otra amistad nacida de un trauma, uno que Kye no quería visitar en esos momentos porque, a pesar de haber transcurrido casi dos años desde el accidente , a veces le daba la impresión de que seguía encerrado en ese coche, atrapado sin poder salir, ahogándose…

Y no, no podía ir ahí, la ansiedad se lo comía vivo cada vez que se permitía recordar.

Por suerte, un mensaje interrumpió su caída en picado por el puente de los recuerdos:

Dani:

Vaya, vaya. Acaba de llegar el primer huésped oficial (yo no cuento) del Hotel Noir… No, si tú tonto no eres.

Bueno, pues parecía que Foster King había llegado a su destino.

Lógico, dado que Kye ya veía su hotel a lo lejos.

Lo curioso era que se había perdido el camino hasta allí.

Había sido una de esas veces en las que actuar en piloto automático te salía como por instinto y llegabas donde fuera que te dirigieras sin pasar ni un segundo pensando en ello o prestando la más mínima atención.

¿Cómo? Kye lo desconocía. Pero lo cierto era que ya estaba en los jardines de su casa y no era consciente de haber pasado ni por el bar de Jackson, ni por la tienda de antigüedades, ni por el estudio de tatuajes de Daniela, ni por ningún punto de la calle principal del pueblo.

Encaminándose a la puerta se dio cuenta de que su coche (y ese «su», aunque no fuera verbalizado, llevaba mucha fuerza de voluntad implícita) estaba aparcado unos metros más hacia delante que cuando Kye había salido de casa.

Era fácil no mirarlo. Era fácil ignorarlo cubierto con esa lona negra que dejaba entrever sus formas y ángulos, pero no el coche en sí mismo. Era fácil obviar que ahí debajo se escondía su mayor miedo y el objeto de sus pesadillas más recurrentes.

«Bienvenido a casa, Kye», se dijo, abriendo la puerta del hotel. «Bienvenido al hogar de los miedos de otros».