5. La bruja
LA brUJA
KYE
Kye estaba sentado en la cama de su hermano de siete años con una brujita de madera en la mano.
La nueva adquisición de Westy, y la más espantosa de todas, si a Kye se le permitía opinar; nariz enorme con verruga incluida, pelo blanco estropajoso, vestido y gorro negros, y una escoba sobre la que estaba sentada a modo de columpio.
De cada extremo de la escoba salían dos cuerdecitas, a las que la bruja se agarraba, y que se unían justo encima del gorro en un cartel en el que podía leerse: « Bienvenidos».
A dónde, Kye no lo tenía claro, al puto infierno con toda probabilidad, pero su hermano se la estaba enseñando con esa emoción que solo puede nacer de la inocencia, de los ojos de un niño que lo más feo que han visto es esa bruja despeluchada.
—¿Ves? —le dijo Westy quitándosela de las manos—. Está hecha así para que la pueda colgar del pomo. —Abrió la puerta que habían cerrado al entrar y la colocó, orgulloso—. Así será como tu bruja roja, solo que en negro. ¡Será mi bruja negra!
Desde que hacía un par de meses Kye le había leído uno de sus cuentos, La bruja roja al final del túnel , su hermano se había obsesionado con ellas y ahora tenía toda la habitación con brujas colgadas con chinchetas a techo y pared.
El propio Kye le había comprado tres de ellas.
Las otras (unas diez) habían sido regalos del resto de la familia; la última, la del columpio del infierno, había sido cosa de Jax.
Kye era consciente de que quizá estaban sobrecompensando al niño por todo lo que le estaba tocando vivir, pero la verdad era que no le preocupaba lo más mínimo.
Westy tenía siete años y dos nombres, ambos en honor a dos personas muertas a las que él nunca conoció, pero a las que se seguía llorando como se llora a aquellos que en realidad nunca llegan a irse; esas personas que, una vez entran, ni siquiera la muerte logra sacar.
También tenía unos padres en pleno proceso de divorcio «porque papá ahora es novio del tío Jax y vive en la casa de enfrente, a ochenta y tres pasos cruzando el jardín»; los habían contado en voz alta cuando su padre les dijo que se iba y quiso hacerle ver al pequeño de sus hijos que el espacio físico que los separaba apenas podía considerarse distancia.
Y una madre enfadada y dolida que, una vez más, volcaba cada gramo de energía en una causa que la absorbía por completo, pero que le reportaba poca (o ninguna) gratificación.
¿El niño quería brujas porque se había obsesionado con el cuento que su hermano mayor había escrito con catorce años sobre una bruja justiciera que, entre lo gótico y lo macabro, se vengaba de abusones y niñatos malhechores?
Pues brujas tendría. Aunque cierto era también que ninguno de esos esperpentos que colgaban por todas partes se parecía a su bruja roja, cuya musa total y absoluta había sido Anna Paquin, que por aquel entonces acababa de empezar en su papel de Sookie Stackhouse en True Blood .
La serie de Alan Ball fue el despertar bisexual de Kye, que, hasta ese momento, solo se había sentido atraído por chicos.
—Madre mía, Westy, ¿cuánto dinero tienes en este tarro?
—Eliii, no lo abras —gimoteó el pequeño dirigiéndose a toda prisa al escritorio donde descansaba, ahora abierto, el tarrito de las palabrotas—. Y sí, cada vez tengo más. Si seguís hablando así de mal, sobre todo mamá, voy a necesitar tarro nuevo antes de Halloween.
—Ah, ¿sí? ¿Mamá está diciendo muchas palabrotas?
—Maldice como un marinero. Bueno, eso si pasa por casa… —contestó Eli, aunque la pregunta no iba dirigida a ella.
—Eli, vale ya con la hostilidad, ¿no? Te estás pasando. Mamá no está en su mejor momento. Canijo —añadió Kye mirando a su hermano—, ¿te asomas a ver si el chico del documental se ha largado ya? Además, me parece haber oído a Jax.
—Vale, me voy, pero si queréis hablar de cosas que no puedo oír deberíais iros vosotros y no echarme a mí de mi cuarto.
Se hizo el silencio durante unos segundos mientras Westy abandonaba la habitación.
Instantes que los hermanos aprovecharon para escuchar con atención por si se oían voces en la casa.
Y así fue; desde la cocina les llegaron el tono cantarín de Eden, el murmullo grave de Jax y… la voz del influencer .
Fue solo un monosílabo (qué raro, con el piquito de oro que parecía tener), pero suficiente para que Kye lo reconociera.
Debió de hacer un gesto inconsciente de desagrado, porque Eli le dijo:
—No es mal tío, Kye. Sé que la forma en la que King Global ha solucionado el tema del posible rollo con ese chico ha sido muy desafortunada, pero yo no sería tan rápido clavando su cabeza en una pica.
Llevo un par de años siguiéndolo y, aparte de ser guapísimo y dedicarse casi en exclusiva a promocionar mil mierdas distintas, algo totalmente digno y aceptable, por cierto, también sube cosas muy chulas que dicen muchísimo más de él que esas publicaciones.
Tienes que ver algunos de los vídeos de su canal, luego te paso el enlace.
—El enlace, dice. Eli, no me distraigas, que sabes de lo que quiero hablar. Sé que es tu papel como adolescente cabreada con el mundo, pero dale un poco de tregua a mamá, anda.
—No puedo, te lo juro que no puedo. Ahora mismo estoy en un punto con ella que me recuerda a las Navidades que pasamos en Disney World, justo antes de venirnos a vivir aquí y de que tú te mudaras a Richmond.
Me pasé la mañana de Nochebuena en la Mission: SPACE y luego toda la tarde vomitando, ¿te acuerdas?
Tuvisteis que hacer turnos durante la cena para quedaros conmigo y terminé tumbada en el baño de nuestra habitación de hotel.
Pues la vida con mamá estas últimas semanas es un poco así.
—¿Te da ganas de vomitar?
—No, idiota, me refiero a que es como estar permanentemente subida en el simulador espacial ese.
Voy de un extremo a otro, arriba y abajo, sin un momento de pausa; el enfado da lugar a que me salgan sapos y culebras por la boca, y la pena me despierta una ternura increíble que muere en el momento que me cabreo otra vez. Y así todo el día. Me agota.
—Nuestra vida siempre ha sido un poco locura, pero entre todos nos hemos regulado el frío-calor para encajar y lograr una temperatura más o menos llevadera.
Black Pines quizá lo hace más complicado porque es la mayor normalidad que hemos tenido jamás y Queer Project y su descendencia no encajan bien con «normalidad».
Encima ahora mamá tiene que lidiar con lo de papá y Jax.
Afloja un poco, es lo único que te pido.
—Ayer aflojé. Y no haciendo un esfuerzo consciente, como suelo hacer.
Aflojé porque me salió del alma, porque mamá dijo algo que me dio unas ganas tremendas de llorar.
Bueno, primero me dio un poco de vergüenza ajena, porque la intensidad de la frase fue un poco brutal, pero, al segundo, se me saltaron las lágrimas y todo.
Mamá estaba diciéndole a Jax que había un chico nuevo en El Refugio que le había dicho algo que la había hecho dudar.
No sé de qué se trataba, porque cuando se dieron cuenta de que los estaba escuchando, Jax le ofreció a mamá que fueran a su casa y continuaran la charla allí.
Entonces ella le dijo que no podía ir, que no podía oler a papá en esa casa, que papá ya no olía igual, que ya no olía a hogar y que no lo podía soportar.
¿Oler a hogar, Kye? ¿Qué son, putos hombres lobo?
—Por eso siempre hablan en el jardín, entre ambas casas, ¿no te has dado cuenta? Llevo días viéndolos de pie ahí, cerca de las sillas que tienen Jax y papá fuera, aunque llueva y haga cada vez más frío. Ahora tiene sentido.
—No me había parado a pensar en ello, pero sí, el otro día estaban hasta con paraguas.
Los tres. Me pareció muy ridículo, pero se me olvidó al instante.
Bueno, a lo que iba, que me dio tanta pena que mamá dijera una cosa así que, en cuanto Jax se fue, le ofrecí hacer palomitas y ver Un cadáver a los postres juntas, que siempre la anima.
¿Y sabes lo que pasó? Que la llamaron y salió pitando sin dar explicaciones.
Pero pitando, ¿eh? Que el maíz seguía chisporroteando en el microondas.
Me quedé en la cocina con un cuenco de cristal en las manos y cara de imbécil, odiándola mucho otra vez; a ella y a sus pieles que huelen a otro hogar.
Acabé jugando a las cartas con la abuela y su whisky aguado.
—Pues parece que lo del whisky aguado ha dado paso a tres copazos del tirón, ¿qué coño ha sido eso?
Era cierto que, desde que Kye tenía uso de razón, la abuela Colton se ponía una copa de Macallan cada noche después de cenar.
Quizá le daba solo seis o siete tragos y dejaba que el hielo se consumiera en el vaso, a su lado, con un sonido de cling-cling-cling que interrumpía cualquier silencio demasiado atronador y que dejaba siempre un tenue aroma dulzón en el ambiente.
Era un aroma muy característico porque, mezclado con el perfume caro y delicado de la abuela, hacía que recordaras el olor de su casa con solo visualizar su salón.
—Creo que lo de hoy ha sido provocado por unas fotos —contestó Eli—.
Papá le pidió que buscara entre álbumes antiguos fotos de los inicios de Queer Project, de cuando aún estaban en el instituto.
Ha debido de empaparse de recuerdos y se ha quedado tocada…
Si a mí me mata de pena ver imágenes de los cinco felices y con toda la vida por delante, imagínate a ella.
Se quedaron unos instantes callados, como guardando luto a ese último comentario, pero la risa animada de Westy y la voz de Julia llamando a Kye los sacaron del rincón superlúgubre al que ambos parecían haber ido.
Quizá la analogía de la Mission: SPACE podía aplicarse también a aquella situación; qué rápido habían pasado de un estado de ánimo a otro.
Quizá la vida era eso, una montaña rusa de emociones que se sucedían sin descanso, solo que, a veces, de forma más frenética que otras.
Y los Colton eran muy frenéticos en todo.
Y muy intensos.
Y con muchos recuerdos tristes.
—¡Kye! —volvió a llamar su madre desde la cocina.
—¡Voy! —contestó él mientras se ponía de pie y le daba una palmada a Eli en el muslo.
No se dijeron más, a pesar de que seguían teniendo mucho que decirse y de que Kye quería volver al tema de darle tregua a su madre. Ambos caminaron por el pasillo hasta la cocina para encontrarse con Jax, Julia, Westy y…, sí, Foster King. Ni rastro de su padre y su abuela.
—Dime —dijo Kye, incómodo ante el tipo al que no conocía de nada pero que se había metido en su vida hasta la cocina—. Hola, Jax —añadió antes de que su madre le contestara.
—Hola, vikinguitos —contestó Jax con una sonrisa que tanto Eli como él devolvieron con cariño.
El primero en ganarse el título de «vikinguito» fue Kye, el primogénito, pero, a medida que la familia Colton fue creciendo, tanto Eli como Westy se sumaron al mote cariñoso.
—Kye —dijo Julia por fin—. Las chicas de la productora se quedarán en el Lake View, pero Foster debería quedarse contigo para evitar habladurías.
—¡¿Perdona?!