Hotel Noir 4. El hombre invisible
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4. El hombre invisible

EL HOMbrE INVISIBLE

FOSTER

Foster miraba a unos y otros como si de un partido de tenis se tratara.

Estaba fascinado con la dinámica de esa familia.

La abuela que no soltaba el whisky , y empezaba a entender por qué; el dios nórdico, también conocido como North Colton, que había aparecido por la puerta trasera sin llamar, pero que, según parecía, no vivía en esa casa —primera noticia de que los Colton, una de las parejas más sólidas del panorama musical, se hubieran separado—; el rubio de pelo largo que, digno y guapísimo, repetía indignado «¿perdona?

» sin parar y que, por cierto, tampoco había llamado a la puerta al entrar —¿viviría allí?

—; la adolescente rubia con un lateral de la cabeza rapado que, por fortuna, parecía no odiar su imagen pública, aunque sí le había recriminado su proceder con…

¿el esquiador? ¿El chico de la fiesta era esquiador?

Foster no se acordaba, pero hizo una nota mental para buscarlo en internet más tarde; y el niño que hablaba desde un cuarto al otro lado del pasillo, para el que la distancia no suponía impedimento a la hora de escuchar cada palabrota que salía de la boca de aquella extraña familia.

Bueno, y luego estaba Julia. Ahí, de pie en una cocina de baldosas blancas y negras, el sueño húmedo de miles de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo.

Parecía cansada, enfadada, incluso, mientras abría el frigorífico y sacaba una cerveza sin dejar de fulminar con la mirada a North el Vikingo Colton.

Claro que, si era cierto lo de que se habían separado, a lo mejor era normal…

, porque, a ver, el Vikingo estaba en su cocina…

Pero ¿qué sabía Foster de familias y dinámicas familiares?

Nada. Nada en absoluto. Sí, tenía un padre —o eso decía un papel oficial debidamente legitimado con sello canadiense—, pero no tenía ni la más remota idea de lo que eso significaba.

—Pasas más tiempo aquí desde que vives con tu novio que cuando estábamos casados.

«¿Perdona?». Era el turno de Foster de parecer —y estar— perplejo.

Tanto navegar por las turbias aguas de sus relaciones familiares lo había hecho desconectar del presente y perderse parte de lo que estaba pasando en esa cocina.

Se sentó en el brazo de la butaca más cercana —la cocina se abría a un salón diáfano, ahora en penumbra— y empezó a prestar atención a lo que pasaba.

—Llámame loca, pero si no te pasaras todo el día echándole cosas en cara, quizá seguiríais casados.

—¡Eli! —gritaron todos los de la cocina a la vez.

—¿Os importaría no airear nuestra disfuncionalidad delante de desconocidos? —dijo el rubio.

—¿Qué desconocidos? —preguntó North, desconcertado. Al parecer, no había reparado en él. Pues sería la primera vez. Quizá Foster debería tomarse unos segundos para saborearlo.

—¿En serio, hijo? —esa fue la abuela, señalando a Foster con su vaso de whisky antes vacío pero de nuevo lleno hasta los topes.

—Hola, Foster —intervino Julia, tendiéndole la mano—, un placer conocerte, ya era hora. Acabo de ver a las chicas fuera y me han dicho que preferían quedarse en el jardín y fumarse un cigarro mientras hacíamos las presentaciones.

El tono de la cantante era seco, pero no desagradable. Sonaba cansada, frustrada.

Foster le estrechó la mano, quizá un poco temblorosa por conocer al fin en persona a la mujer que había puesto voz y ritmo a sus miedos y a sus inseguridades durante su adolescencia, y luego dirigió la mirada al Vikingo, cuya presencia no llegaba a ser tan absorbente como la de Julia, pero sí igual de intimidante.

No podía creerse que dos de los miembros de Queer Project, la banda de rock que había revolucionado el panorama musical en los años noventa declarando que todos sus miembros eran LGTB+, estuvieran compartiendo espacio vital con él.

Nadie lo sabía —matización: casi nadie lo sabía—, pero para Foster, que llevaba casi dos décadas escondiendo quién era en realidad, aquello era lo más parecido a conocer a sus ídolos; si es que uno podía llamar «ídolos» a aquellos cuya vida, música y coraje admiraba en secreto.

Porque admirar en secreto debería estar prohibido.

Porque era un concepto cobarde, una paradoja, un eco que describía a la perfección quién era Foster King.

—Hola, soy North.

Foster le estrechó la mano, dándose cuenta de que llevaba mucho sin articular palabra; con lo que era él, por Dios.

Cuando por fin encontró su voz y fue a presentarse, su «soy Foster, encantado» se vio interrumpido por la aparición de un niño rubio con un pijama de Spiderman y un tarro de hojalata bajo un brazo.

—Hola, ¿y tú quién eres? —le preguntó el niño a Foster.

—Hola —contestó este con voz cálida y los ojos llenos de ternura.

No sabía por qué, pero la visión de ese chaval de ojos azules enormes y cara de ángel le despertó un cariño inmediato.

Y eso que la cara era igual, pero en versión mini, que la del rubio borde, y ese no le había despertado ningún cariño; le había despertado otras cosas, pero cariño, poco—.

Soy Foster y he venido a hacer un documental sobre tus padres. ¿Y tú cómo te llamas?

—Jonny West, pero todos me llaman Westy. Menos mi abuela, que me llama Jonny porque dice que llamarme West le da mucha pena. Como mi tío se llamaba también West y se murió…

Todas las miradas fueron directas a la abuela.

Eden se llevó una mano a la boca y el pesar en sus ojos, la tristeza que transmitía no solo el gesto en sí, sino el simple brillo de sus pupilas, hizo que el corazón de Foster se encogiera.

Porque él sabía de pérdidas. Él sabía lo que era el dolor de perder a un ser querido; el desamparo.

Julia se aclaró la garganta, pero antes de que pudiera decir nada, el niño con dos nombres volvió a hablar:

—¿Vas a hacer un documental sobre mis padres? ¿Como los que ve mi abu sobre planetas? Es que esos son superaburridos, y mis padres no son nada aburridos. Lo que pasa es que papá ya no es novio de mamá, ahora es novio del tío Jax y…

—Westy, cariño, ¿por qué no vamos a tu cuarto y le enseñamos a Kye las brujitas que te han llegado hoy? —intervino Eli a toda prisa, tirando de su hermano pequeño hacia el pasillo y buscando con la mirada al mayor, que se puso en marcha de inmediato y salió de la cocina detrás de ellos.

La paz tras la marcha de los Colton más jóvenes duró apenas dos segundos y medio, lo que tardó en abrirse la puerta trasera de nuevo —estaba claro que ahí nadie llamaba antes de entrar— para dar paso a Jax Abott, el bajista de Queer Project.

—Pues nada, ya estamos todos. —La ironía en la voz de Julia era tan densa que cayó sobre la cocina como un manto de plomo.

Jax la miró unos instantes antes de acercarse a North y dedicarle una sonrisa que estaba entre el «me alegro de verte» y el «no sé si debería haber venido».

—Jax, cielo, ven tú conmigo a mi cuarto y te doy a ti las fotos.

—¿Tu cuarto? —preguntó Jax mirando primero a Julia y luego a North.

—Estoy como tú —fue la respuesta del Vikingo.

—No preguntes —contestó Julia casi a la vez.

Jax, una pared de músculo de pelo negro y barba canosa al que Foster no quería mirar en exceso porque «ohdiosmío», siguió a Eden pasillo abajo, abandonando la cocina y dejándolos solos a North, a Julia y a él.

Pero, una vez más, sin saber muy bien cómo o por qué, parecieron olvidarse de que Foster estaba presente; y era una sensación tan extraña como deliciosa.

Queriendo saborearla un poquito más, retrocedió unos pasos y volvió a sentarse en el brazo de la butaca más cercana.

¿Por qué sabía Foster que no le estaban prestando atención?

Por cómo se miraban. Tan sencillo como eso.

Por esa complicidad cargada de palabras que no necesitaban ser dichas, por ese saberse y reconocerse que podía leerse en las expresiones de ambos.

Estas dos personas frente a él eran familia y se notaba hasta en sus posturas sin necesidad de que abrieran la boca.

En esa cocina ahora mismo no había exmaridos, exmujeres ni «papá ahora es novio del tío Jax»; ahí solo había dos personas que se conocían a un nivel muy profundo, tanto que era casi obsceno estar presente.

—¿Qué te pasa?

—¿Me lo estás preguntando en serio? ¿Tú qué crees?

—No es eso, te pasa algo más.

Julia se acabó lo que le quedaba de cerveza de un trago y dejó el botellín sobre la encimera.

Apoyó la espalda contra el frigorífico y suspiró.

North se acercó más a ella y le retiró un mechón que se le había soltado de la coleta.

Julia le dio un manotazo, apartándolo, aunque no había agresividad ni desagrado en el acto. Había cabreo, sin más.

—¿Qué pasa? —insistió el Vikingo una vez más.

Tras otro suspiro, Julia cedió:

—Ayer de madrugada, o esta mañana temprano, no lo sé, desapareció uno de los chicos de El Refugio.

Me he enterado a eso de las nueve, cuando he ido, y llevamos buscándolo desde entonces, pero nada, ni rastro.

Me tenía que haber pasado por allí antes, hemos perdido muchísimo tiempo, joder, qué impotencia.

—Lo siento, Juls, y sé que no es el momento de decirte que te implicas demasiado, pero…

—No, ciertamente, no es el momento —dijo ella, fulminándolo con la mirada—, pero es que además no me quito de la cabeza que su desaparición no es casualidad. Justo ayer…

Foster estaba tan absorto en la mirada llena de reproche de Julia ante el comentario de que se implicaba demasiado —y madre mía, qué poder en una sola mirada; nivel salir corriendo calle abajo y coger la carretera esa que decía el rubio que lo llevaría a Forks; no, a Forks no, al otro pueblo, el de Laura Palmer…

; ¿era Laura Palmer la de Twin Peaks?; sí, ¿no?

; hum…— que no se dio cuenta de que la pareja se había callado y tenía los ojos fijos en él.

Ups. Pillado. Y a todo eso, ¿qué habían dicho de que había desaparecido un chico?