3. Nosotros
NOSOTROS
KYE
Kye no podía creerse que el idiota de Foster King estuviera en Black Pines, y en la puerta de la casa de su madre, nada menos. Necesitaba mucho, y de forma muy urgente, hablar con su progenitora sobre el tema, así que se dirigió hacia la entrada y subió los cinco escalones de piedra a toda prisa.
—Oye, escritor rubio de cuyo nombre no puedo acordarme, ¿le dices a Julia que ya hemos llegado?
Kye hizo caso omiso.
—¿Mamá? —dijo mientras cerraba la puerta tras de sí y subía las escaleras que le llevaban directo a la cocina y sala de estar.
—Tu madre no está en casa —oyó a su abuela antes de verla, buscando algo en el frigorífico.
—¿Y tú qué haces aquí? Desde que papá se fue pasas más tiempo en esta casa que nunca.
—Está viviendo aquí —dijo su hermana Eli, que salía en esos momentos de su habitación mordisqueando una zanahoria.
—¿Perdona? ¿Cómo que está viviendo aquí?
—Siempre hemos sabido que quería más a su nuera que a su hijo, Kye, no nos sorprendamos ahora.
—Eso no es verdad, Eli, deja de decir gilipolleces —replicó la abuela.
—Un dólar para el tarro —se oyó la voz cantarina e infantil de Westy desde el otro lado del pasillo.
—Madre mía, qué casa de locos. ¿Desde cuándo vives aquí?
—A ver —contestó la abuela poniéndose un whisky con hielo que hizo que los dos hermanos compartieran una mirada—, vivir, lo que se dice vivir, no vivo aquí, pero me traje una maletita hace cuatro días.
—¿Cuatro días? ¿Pero es que nadie me cuenta nada? Porque la sorpresa esa del jardín tampoco me la esperaba.
—¿Qué sorpresa? —preguntó Eli, abriendo un poco la cortina y asomándose por la ventana—. ¡Me cago en la puta! ¿Ese es Foster King?
—¡Un dólar para el tarro! —Otra vez Westy.
—¡Esa boca! —gritó la abuela.
—¿Qué hace aquí? Voy a decirle que pase.
—¿Perdona? ¿Estás loca? Dice que ha venido a hacer un programa sobre Queer Project. ¿Mamá no te ha dicho nada?
—Mamá nunca me dice nada.
—Yo sí lo sabía.
Eli y él miraron a la vez a su abuela, que acababa de beberse su whisky de un trago y había dejado los hielos tintineando contra el cristal.
—Ahora nos cuentas, abuela, que yo le voy a abrir.
—Eli, que no le abras, coño.
—¡Un dólar…!
—Que sí, Westy, que sí, trae el tarro, te meto veinte dólares y acabamos antes.
No había casi ni terminado la frase cuando Foster ya estaba subiendo las escaleras.
—Hola, familia Colton. Hola, señora —le dijo, zalamero, a la abuela de Kye—. Soy Foster, encantado.
A ella casi se le cae el vaso de las manos, y eso que se aferraba a él como Rose a la tabla de madera del Titanic. «Qué cabrona Rose», pensó Kye.
Cuando la abuela se presentó con un entrecortado «Me llamo Eden», Foster se dirigió a Eli:
—¿Y tú eres…? Para no llamarte «la rubia encantadora que me ha invitado a entrar», es muy largo. —Y sonó más zalamero aún, si es que eso era posible.
—Es mi hermana y tiene diecisiete años. Cuidadito.
—El gran concepto que tienes de mí me tiene anonadado a la par que empieza a cabrearme.
—Hola, Foster. Soy Eli y soy superfán de tu cuenta de Instagram y de tu canal de YouTube. Te sigo en los dos.
—Ah, ¿que también es youtuber ?
Obviando el sarcasmo de su hermano, Eli contestó:
—Sí, es donde sube… otro tipo de vídeos. Me encantó el del otro día, cuando llevaste a varios jugadores de los Canucks al hospital infantil.
—Muchas gra…
—¿Y no has visto las fotos en las que sale en actitud cariñosa con un chico, a medio vestir, por cierto, y luego reniega de todo, lanzando al pobre diablo a los lobos?
—Yo no he lanzado… —empezó a decir Foster.
—Ya, sí, eso no me ha gustado nada, pero quiero concederle el beneficio de la duda hasta oír su versión; porque, además, el chico en cuestión es una monada y con una cara de bueno que te mueres; creo que esquía, ¿esquía?
—Eso último iba dirigido a Foster. Eli no estaba demasiado centrada en atacar al instagrammer de pelazo, que era lo que Kye estaba intentando.
—Pues la verdad es que no lo sé, pero… —Otro intento frustrado de Foster de explicarse.
—¿Qué más dará si esquía o si hace encaje de bolillos, Eli? La cosa es que…
—¿Qué pasa aquí? —preguntó North Colton entrando por la puerta trasera.
—Papá —dijo Kye a modo de saludo.
—Hola, papi —fue la respuesta de Eli.
—Hola, hijo, tengo lo que me has pedido en mi cuarto, espera un segundo.
—¿Tu cuarto? —preguntó North a su madre, alzando las cejas.
—Es que, por lo visto, la abuela ahora vive aquí —contestó Kye.
—Pero… ¿Qué? —su padre parecía tan asombrado como Kye hacía unos minutos, lo que no debería alegrar al escritor, pero lo hacía, porque así no era el único al que no le habían contado nada de aquello.
—Ya le he dicho yo que es raro, papá, que su hijo eres tú. Pero claro, tampoco se va a ir a vivir contigo y con Jax.
—Eli, tu abuela tiene una casa propia y es una señora perfectamente capaz, no tiene por qué vivir con nadie.
—Pero no he venido aquí por mí, que parecéis todos tontos. He venido a cuidar de Julia. La has dejado sola con una adolescente irritable y un niño de siete años, y ella no sabe ni cocinar.
—Mamá, vivo al otro lado del puto jardín.
—Yo no soy irritable —dijo Eli a su vez.
—¡Un dólar para el tarro! —Westy, desde su cuarto.
—¿Qué coño pasa aquí?
Por fin, Julia estaba en casa. Oh, hogar, dulce hogar.