2. El visitante
EL VISITANTE
FOSTER
Foster King estaba seguro de que el rubio impresionante que tenía frente a él lo odiaba con toda su alma.
Una pena, porque no había visto cosa más bonita en su vida.
Claro que la mirada de desdén que ahora le dirigía dejaba patente que, o bien lo odiaba con anterioridad, o el último escándalo que había protagonizado acababa de marcar su destino una vez más.
Siempre pasaba lo mismo. Era como una puta partida de parchís en la que uno parecía que iba avanzando sin sobresaltos —era el parchís, ¿qué otra cosa podía esperarse?
, la ausencia de sobresaltos debía de ir implícita— hasta que dos fichas se unían en una misma casilla y le cortaban el paso como una gran barrera con la que chocaba una y otra vez.
También existía la posibilidad de que alguien se lo comiera, era un riesgo previsible; que lo masticaran y escupieran en la casilla de salida donde tendría que esperar ese ansiado cinco que le permitiera jugar.
Su vida como una partida de parchís parecía una metáfora más que acertada; una de doble filo, porque desde fuera lo que se veía era un tablero reluciente, de coleccionista, comprado con su privilegio —oh, la ironía de esa afirmación—, pero la belleza y los brillos no le garantizaban que el azar hecho forma geométrica estuviera de su lado ni que su paseo hasta la meta fuera algo sencillo.
Estaba trágico; sería por el viaje precipitado y las sombras que le habían recibido en Black Pines.
Pero el hecho de que encima aquel bellezón rubio de pelo larguísimo y cara perfecta lo observara como si tuviera la peste —o una enfermedad venérea, que iba más en la línea de su imagen pública— metía más el dedo en la llaga, le estiraba el tejido herido y sangrante hasta hacerlo chillar.
Aunque no suponía ninguna sorpresa. ¿Seguía escociendo?
Sí, mucho, pero así era su vida, y Foster tenía más que asumido cuál era el papel que le había tocado representar.
—Hola a ti también, persona desconocida que aparece de repente en este pueblo inhóspito y se abre paso entre la niebla con el abrigo ondeando al viento pero que no me conoce de nada y, por tanto, no debería hablarme con tantísimo desprecio.
El rubio parecía desconcertado, lo más probable era que no esperara semejante verborrea de la estrella vacía de las redes sociales, lo que solo ponía de manifiesto que, efectivamente, no lo conocía de nada.
Pero ¿alguien conocía al verdadero Foster? Era triste pensar que no, pero creía que la respuesta era esa: nadie lo conocía, al menos no a Foster la persona. El personaje ya era otra historia.
—¿Qué haces en la puerta de la casa de mis…, de mi madre?
—¿Y tú eres…? A ver, Julia y North Colton tienen tres hijos: un escritorucho de novelas de horror, una niña adolescente de la que no se sabe nada y un…
niño, creo, de unos ocho años… No, siete.
Y pareces joven, pero está claro que no tienes siete años; eres…
precioso, y quizá un poco andrógino, sí, pero no, no eres una chica; ni tampoco menor de edad. ¿En serio escribes horror?
Foster no creía haber usado nunca «escritorucho», y la palabra era aún más fea en voz alta de lo que parecía en su forma mental.
Lo cierto era que no sabía si ese chico escribía bien o mal, debería haberlo buscado un poco más, se arrepentía de no haberlo hecho.
Pero ya era tarde, y si alguien lo atacaba —aunque fuera solo con tonos cargados de mordacidad y miradas despectivas—, él mordía para defenderse.
O, al menos, ladraba un poco más alto de lo normal.
—Para empezar, escribo terror. —Ahí estaba, el tono perdonavidas—. Mañana te estudias la diferencia. Y repito: ¿qué coño hace Foster King en la puerta de casa de mi madre?
—He venido a hacer un reportaje sobre tus padres. Bueno, sobre Queer Project como grupo, no sobre su matrimonio. Pero ¿qué quieres decir con lo de que es la casa de tu madre? Aquí viven tu madre y tu padre, ¿no?
—No, desde hace un tiempo aquí solo vive mi madre. Pero si rodeas la casa y sigues ochenta y tres pasos por el jardín, llegarás a casa de mi padre.
—He de reconocer que me preocupa, a la vez que me fascina, lo de los ochenta y tres pasos. Necesito saber más, por favor. — Foster también sabía usar tonitos, faltaría más. Aunque la intriga era real. ¿Habría dicho un número aleatorio?
—Yo no tengo que contarte nada, que lo hagan ellos; ¿te han dado su consentimiento?
—Puedo parecer poco profesional, pero ni siquiera yo me presentaría en el pueblo de Twin Peaks de noche y sin invitación.
—Este no es el pueblo de Twin Peaks ; pero si estás tan interesado, solo tienes que ir hacia el sureste hasta la frontera con Estados Unidos y…
Mira, allí ya pides indicaciones. —El rubio señaló con el dedo hacia la salida del pueblo—.
Te invito a irte ahora mismo. Y ya que vas, ¿sabes qué podrías visitar también?
Forks, donde se rodó Crepúsculo ; está también en el estado de Washington y te pega mucho más.
Foster no pudo evitar la carcajada que se le escapó. Vaya niveles de animadversión manejaba el chico. ¿Por qué? ¿Qué sería lo que le resultaba tan horrible sobre su imagen pública?
—¿Lo dices por mi pelo?
—Por todo en general.
—¿Parezco un vampiro?
—Sí, de los que brillan.
Esta conversación no daba mucho más de sí y, justo cuando iba a preguntar al supuesto escritor de terror —que nadie se confundiera, por Dios— por qué estaba siendo tan borde, Sandy y Sally —las Dos Eses, como las llamaban en la productora— se bajaron de la camioneta.
No sabía por qué habían accedido a venir con él, porque ambas eran buenas de narices.
Foster sabía que tendrían cualquier otro programa o documental que pidieran.
Sin embargo, habían cargado la camioneta, y carretera y manta.
Quizá papaíto les había dado la misión de vigilarlo de cerca; todo era posible.
Foster se había sorprendido cuando su padre, Michael King —The King, como lo conocían en el mundillo porque era, y se creía, el puto rey—, había aceptado su idea de aislarse en Black Pines y aprovechar para rodar un documental.
Lo que The King quería era perderlo de vista durante un tiempo y que los medios no se alimentaran como los buitres que eran del nuevo escándalo que Foster había protagonizado.
Le había dicho algo en la línea de: «Me da igual lo que hagas, pero desaparece una temporada.
Nada de fiestas, nada de apariciones públicas y nada de esa mierda de vídeos que cuelgas en las redes sociales.
Te vas. Te largas. Eres una auténtica vergüenza, y lo que menos necesito ahora mismo es que se hable de ti y de tus escarceos.
Por lo que a mí respecta —y al resto del mundo, que te quede claro, Foster—, eres el más heterosexual de los heterosexuales, así que yo me ocupo de paliar el daño y tú desapareces hasta que se te requiera».
Y dicho y hecho; si papá King decía que había que desaparecer con ese odio velado —y a veces no tan velado— que siempre manejaba en sus discursos, uno desaparecía.
Lo de ser heterosexual, ya si eso, para otro día.
Deshaciéndose del sabor acre que ese recuerdo le había traído, aprovechó que las Dos Eses no estaban lo bastante cerca como para escucharlo para decirle al rubio:
—Así que no eres mi fan número uno.
—Ni siquiera sabía que existías hasta hace una semana.
—Ah, de modo que es eso. ¿Eres homófobo? Porque sabrás que la relaciones públicas de la productora lo ha desmentido, entre ese chico y yo no hubo nada.
—No soy homófobo, soy bisexual. Y lo que hizo la relaciones públicas en cuestión fue humillar a un pobre chaval de veintipocos años para que el hijo de The King se fuera de rositas. Eres todo lo que odio en una persona, Foster King, tan sencillo como eso.
Vaya. Eso le pasaba por preguntar.