Hotel Noir 1. Twin Peaks
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1. Twin Peaks

TWIN PEAKS

KYE

Kye Colton caminaba por las calles de Black Pines, desiertas a esas horas de la noche, disfrutando de cada paso, charco y badén.

Aunque podía ser que «disfrutar» no fuera la palabra adecuada, quizá era excesiva para algo tan sencillo como ir del punto A al punto B, siendo A la vieja casona que estaba rehabilitando para convertirla en el hotel del terror (como lo llamaba su hermana Eli) y B la casa de sus padres.

Calma; quizá ese fuera el término apropiado para lo que sentía en esos momentos; una sensación que meses atrás no se hubiera planteado que fuera posible.

Y el olor a invierno, a lluvia, a bosque y a aire puro no hacía sino aumentar ese sosiego; igual que el gris oscuro casi negro del asfalto y la luz de las farolas de la calle principal, que se reflejaba en los charcos que parecían pintados de forma permanente en el suelo; también la música que, a todo volumen, invadía sus oídos ( Nessun dorma , de Puccini) y que hacía que todo lo que lo rodeaba se desdibujara y adquiriera un aire misterioso y nostálgico, tétrico incluso, como algo recién salido del Twin Peaks de David Lynch.

Su padre, North Colton, siempre le había dicho que ese era su don: la capacidad de convertir las cosas más mundanas en historias extraordinarias.

Kye, sin embargo, no lo veía de la misma forma.

Llevaba escribiendo historias de terror desde los once años y siempre había concebido ese supuesto don como una simple vía de escape.

Y ahora lo era más que nunca. Crear historias era su escudo contra una realidad a la que a veces temía enfrentarse; una especie de armadura que había aprendido a llevar sin que le pesara demasiado, como una segunda piel en la que se sentía relativamente cómodo y que aún no estaba preparado para quitarse.

Claro que eso su padre no lo sabía. Y no tenía por qué.

Ni él ni nadie. Por lo que a su entorno respectaba, Kye tenía cero traumas.

Bueno, excepto los que le venían de serie por pertenecer a una familia tan disfuncional como los Colton, que no eran pocos.

Aunque, traumas familiares o no, lo cierto era que sus padres eran como un gran imán negro y poderoso que lo atraía sin remedio a su presencia.

Por eso estaba de vuelta en Black Pines, de vuelta con ellos, porque se lo pedía el cuerpo, porque así funcionaba el magnetismo.

Pero no quería convertir su regreso en algo poético.

No lo era. Había abandonado un refugio y había buscado otro; así de sencillo.

Se parecía más a un movimiento rápido del juego de la oca que al retorno de un hijo pródigo, que sonaba a héroes y epopeyas que lejos estaban de la realidad.

Lo que había hecho (y estaba exento de todo mérito) era pasar de una casilla a otra de un salto; había lanzado los dados y se había movido por un tablero desgastado y lleno de grietas tratando de evitar cualquier casilla que emulara un puente, porque la mera idea le resultaba intransitable.

Y allí estaba, en Black Pines, la posada de su tablero particular.

Lo que no era una metáfora en absoluto, ya que desde hacía seis meses estaba remodelando la vieja casona de los McNulty, en las afueras del pueblo, y convirtiéndola en un pequeño hotel temático, en su propia posada del horror, donde los personajes de sus libros cobrarían vida, campando a sus anchas entre sus paredes.

A sus veintisiete años, Kye tenía publicados seis libros y dos recopilaciones de relatos, todos ellos enlazados dentro de un mismo mundo onírico, lleno de sombras, demonios y seres de dudosa moralidad al que había llamado Universo Noir.

La última de sus novelas, Mascarada había sido un éxito total, aclamada por la crítica y adorada por un público que empezaba a comprar y coleccionar sus libros como si de obras de culto se trataran.

Y esos libros eran terapia para el alma de Kye, a quien a veces la vida se le hacía bola y necesitaba esconderse en la ficción, en el lugar donde tenía el control, por muy ilusorio que fuera.

Había creado sus primeros personajes del Universo Noir siendo apenas un adolescente: Samyr, la bruja que vengaba inocentes en un plano onírico, y Silas, el extraño detective cuya última aventura junto a su hermana se había convertido en el nuevo fenómeno literario mundial.

A Kye le abrumaba ese éxito (aunque no estaba exento de orgullo) porque, tal y como lo veía él, se limitaba a volcar en sus protagonistas cada inseguridad, miedo e injusticia vividos, tratando de darles un giro y permitiendo que, aunque solo fuera en la ficción, el bien triunfara sobre el mal.

La vibración del móvil en el bolsillo del abrigo lo devolvió al presente, y, sin mirar siquiera quién era, contestó llevando la mano a uno de los auriculares.

—¿Sí?

—Kye.

Oz. Su protector, su confidente, una de las pocas personas con las que se había abierto en canal y había vomitado todos sus miedos.

Oz era ese refugio que había abandonado para recorrer su metafórico tablero de la oca, pero, además, desde hacía unos meses repletos de dudas y miedos, también era su ex.

—¿A que no sabes qué canción estoy escuchando?

Kye llevaba años usando la ópera de Puccini a modo de musa. Nunca le fallaba y se había convertido en una especie de fetiche, un amuleto al que recurría cada vez que estaba atascado. A tope, sin medias tintas, el clímax más gigantesco de Turandot saturándole los sentidos e inspirándole.

—Por pocas cosas pondría la mano en el fuego, pero creo que podría decir sin temor a equivocarme que Nessun dorma . Qué pesadez de ópera, por Dios. Creo que es la única cosa que no echo de menos de ti.

Silencio. ¿Qué decir? Kye también lo echaba de menos. Muchísimo. No de forma romántica, por algo ya no estaban juntos, pero echaba de menos su calor, su risa y su apoyo. La sensación de confort que siempre había sentido a su lado.

—Ey, no, Kye; no vayas por ahí. Te echo de menos, punto. No te llamo para suplicarte que vuelvas conmigo. Lo haría si supiera que iba a funcionar, pero sé que no.

—No he dicho nada.

—Pero lo estabas pensando, te conozco. Te llamaba porque mañana tengo que ir a Kamloops por…

motivos de trabajo y había pensado que, a la vuelta, podría pasarme por Black Pines.

Así aprovecho y veo a Dani; porque he de decirte, y seguro que así te sientes mejor, que la echo mucho más de menos a ella que a ti, ¿por qué tuviste que llevártela contigo?

Kye no pudo evitar sonreír ante el tono quejumbroso de Oz.

Dani, Daniela Rodríguez, era su otra mitad (tanto la de Oz como la suya) y, cuando ellos se separaron, le tocó elegir bando como si de una hija de padres divorciados se tratara; o como si de verdad hubiera dos bandos, que no los había.

Pero Dani, amiga de ambos, había decidido mudarse a Black Pines.

Ella alegaba haberlo hecho por su necesidad de libertad creativa, de exploración artística.

Decía que necesitaba cortar el cordón umbilical intangible que la unía a Oz.

Era mentira y Kye lo sabía. La unión de Daniela con Oz estaba basada en una confianza tan íntima y arraigada que a veces, con tan solo verlos juntos, uno sentía que sobraba.

Dani se había mudado con Kye porque era el miembro débil de la pareja, el gangrenado; el que necesitaba una cura diaria o habría que cortarlo.

O algo no tan trágico; pero uno era escritor y tendía a la hipérbole.

—Yo no me la traje —dijo Kye con una sonrisa en los labios, tratando de rebajar la intensidad en la que, de repente y él solito, se había sumido—. Ella decidió venir y abandonar al mandón y acaparador de su jefe para establecerse por su cuenta. —Kye fingió un carraspeo que hizo reír a Oz.

—¿Quién quiere montar un estudio de tatuajes en un pueblo perdido del mundo?

Con lo bien montado que lo teníamos todo en Richmond…

¿Acaso tiene clientes? Mira, déjalo, no me contestes, que en unos días estaré por allí y, por lo menos, tendrá uno.

He pensado en tatuarme esa frase que dice Juniper en Mascarada , la del lado oscuro.

—¿«Mi lado oscuro es el que te quiere con más pureza»?

—Esa, es la leche. —Se escucharon unas voces de fondo y a alguien llamando a Oz—. Oye, rubio, tengo que irme, ¿nos vemos en unos días? Te llamo antes.

Se despidieron de forma precipitada justo cuando Kye llegaba a casa de sus padres. ¿O ahora debería decir «de su madre»? Le esperaban meses duros a ese respecto, aunque fuera solo en el aspecto semántico. Se quitó los cascos y…

—¡¿Qué cojones haces tú aquí?!