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Dos días después de mi doble despedida salí para Leipzig con el esmoquin en la maleta.
Charlotte no consintió que se lo devolviera; según ella, a su padre se le había quedado justo de cintura.
También llevaba un abultado paquete de informes, los míos y los suyos, que Gelb se ocuparía de recoger en mano, puesto que ella permanecería en Bruselas hasta el restablecimiento —nada de balazos, claro— de su «fémur fisurado».
El día anterior, el domingo 29, había tenido lugar, en un clima de satisfacción y optimismo generalizado, la clausura del séptimo Consejo Solvay.
Hubo una discusión general, y a las conclusiones siguió una alocución de Paul Langevin en la que elogió la multinacionalidad del evento.
Del éxito que suponía compartir investigaciones en aras de un ideal común puso como ejemplo el descubrimiento del neutrón, al que habían llevado las aportaciones del alemán Bothe, los franceses Joliot-Curie y el británico Chadwick, allí presentes.
También anunció el nombramiento de Enrico Fermi como nuevo miembro del Comité científico, lo que provocó una ovación.
El regreso en tren se me hizo largo y fatigoso.
Supongo que mis reservas de adrenalina estaban agotadas.
No contaba con el aliciente de la ida, ni tuve fascinantes encuentros como los de Charlotte y Klara.
Tuve, eso sí, intensas conversaciones con Heisenberg sobre los resultados del Consejo y la forma en que afectarían a nuestro trabajo.
Según él, mi tesis de habilitación estaba prácticamente lista; y yo, preparado para convertirme en profesor.
También me dediqué a reflexionar sobre la famosa lista de Gelb.
Haber espiado a mis colegas iba a resultar una deslealtad con pocos resultados prácticos.
Si las malas noticias —Peierls, Schrödinger— se habían visto confirmadas, al menos Gelb no podía quejarse de las buenas: Heisenberg, Debye y Meitner se quedaban, de momento; incluso Bothe lo haría, si se le encontraba un buen acomodo.
En cuanto a los extranjeros, dudaba para mis adentros que alguno de ellos fuese a aceptar un empleo en Alemania.
Ni siquiera Gamow había mostrado interés a mis indirectas durante la cena a cuatro.
A pesar de los argumentos que yo le había dado a su esposa, los del ucraniano tenían más sentido: no pensaba escapar de un totalitarismo para caer en otro.
El resto del tiempo dormí en mi litera, dormité en el asiento, leí La guerra de los mundos o paseé mi melancolía por el pasillo, contemplando el sereno paisaje diurno o las fugaces luces nocturnas;
esperando —deseando— que la puerta de un compartimento se abriese en cualquier momento y que Charlotte, que habría embarcado en secreto, deseosa de sorprenderme, me regalase una sonrisa bermellón.
Gelb cumplió su palabra, tal como había asegurado Charlotte.
Y lo hizo al contado: tras leer la nota valorativa que ella había añadido a los informes, extrajo de su gabardina de inspector de la Kripo un sobre con los pasaportes y visados prometidos.
Los examiné con cuidado, más por curiosidad que por desconfianza.
Los pasaportes estaban a nombre de Hans y Helga Schneider; poco originales y, por tanto, más seguros.
Los visados expiraban a finales de noviembre, pero Gelb me recomendó que no los apurasen.
Cualquier retención en la frontera, ya fuese arbitraria o no, podía demorarse hasta su vencimiento.
Y en tal caso, me dejó bien claro, no habría otros.
El escenario de la transacción fue, cómo no, el Riquet; la mesa, la misma de la primera vez. Esta vez sí le acepté un schnapps, que bebimos una vez satisfecho el «papeleo». Al entrechocar los vasos, me pareció atisbar un asomo de preocupación en su glacial mirada.
—Espero —dijo— que su amigo Weiss haya tenido tiempo de restablecerse.
A mí, Jakob era quien menos me preocupaba. Para él sería fácil el cambio; no en vano iba a trabajar con una leyenda viva de la física. Para el resto de los Weiss sería más complicado: Rachel tendría que hacer un acto de valentía; sus padres, uno de fe.
Apurado el licor, Gelb se caló el sombrero. Hizo ademán de ponerse en pie, dejando una moneda de plata sobre la mesa.
—Ha hecho un buen trabajo, Maier —dijo a modo de despedida—. Si alguna vez… Si necesita algo, Charlotte sabrá ponerlo en contacto conmigo.
Al día siguiente hice que los Weiss me invitasen a cenar.
No resultó difícil, pues todos ardían de curiosidad por conocer mis andanzas en Bruselas.
Supe que hacían un dispendio a base de gulasch de vaca, brattkartoffeln y tarta de chocolate.
Era notorio que en la farmacia apenas entraban clientes: la escasez de ingresos se notaba en la baja temperatura del comedor, en la triste luz debida a las pocas bombillas no aflojadas en la araña, en las coderas de la chaqueta de Simon Weiss, en el deslustrado cabello de Martha Weiss,
en la forzada jovialidad, en fin, de la conversación.
Para complicar más las cosas, los ingresos de Jakob se habían esfumado: durante la ausencia de Heisenberg había recibido una carta de despido.
Era improbable, en eso estuvimos de acuerdo, que el profesor hubiese podido evitarlo.
Para mi alivio, el mes transcurrido desde el accidente —y las privaciones, supuse, de sus padres y hermana en favor suyo— había bastado para restablecer la salud de mi amigo.
Bebimos agua del filtro y un tinto del Mosa que yo, pensando en la ocasión, había incorporado a mi equipaje en el último minuto y que fue recibido por herr Weiss con una sentida reverencia.
Con el café puse los pasaportes sobre la mesa.
Expuse la necesidad de que Rachel acompañase a su hermano: su exclusión sine die de la universidad, lo peligrosas que se habían vuelto las calles de Leipzig.
Osé mencionar, incluso, el alivio que supondría para los padres otra boca menos que alimentar.
Para mi sorpresa, no hubo protestas. Weiss padre se limitó a asentir en silencio, la mirada extraviada en el fondo de su copa.
Frau Weiss colocó una mano sobre la de su marido, se llevó la otra al pecho, como si le costase respirar, dejó escapar una lágrima.
Rachel me miraba con la boca entreabierta y los ojos, más profundos y hermosos que nunca, entrecerrados.
Escapar de los nazis, regresar a la universidad, la aventura de Dinamarca…
Pero abandonar a sus padres. Supe que se debatía entre el alivio y la culpa.
Y tuve una revelación que no se habría dado de no ser por mi acrecentada experiencia con el sexo opuesto: si me idolatraba como su ángel salvador, también me odiaba por mi traición.
Por permitir —por promover— que se alejase de mí.
Guía de ferrocarriles en mano, el viaje se estableció para tres días después.
Herr Weiss tenía prisa por poner a sus hijos a salvo.
Tomarían un expreso de madrugada a Berlín.
De allí irían hasta Warnemünde, en la costa báltica, donde un ferry los trasladaría a Gedser, en Dinamarca.
Antes de las siete de la tarde estarían en Copenhague.
No era un viaje largo, pero los numerosos transbordos lo harían incómodo.
El mismo día de la partida, que debían realizar en el más absoluto secreto, yo entregaría a Heisenberg una carta de despedida de Jakob y me ocuparía de que telegrafiase a Bohr.
Me despedí del matrimonio con un nudo en el estómago, sin poder evitar una lágrima cuando Frau Weiss me bendijo.
Ya en la puerta, prometí a Jakob visitar a menudo a sus padres mientras estuviese en Leipzig.
Nos dimos un abrazo de hermanos. Rachel salió a despedirme al descansillo.
Se retorcía las manos. Sus mejillas encendidas expresaban lo que los balbuceos no alcanzaban.
—Pensaba que tú… Que yo…
Ahora sabía lo que ella sentía. Podría haberla abrazado.
Podría haberle dicho que yo también la quería, que algún día ella regresaría y que me encontraría.
Pero eso significaba condenarla a una cruel espera, probablemente vana.
Le cogí ambas manos. Hice acopio de todo mi valor para no confesarle lo que ella quería oír.
—Yo también te echaré de menos, Rachel —me limité a decir con un nudo en la garganta.
En la calle, los primeros copos de nieve de la temporada caían con placidez, dejando un rastro de humedad en la acera.
Esa noche todavía no cuajaría. A pesar del aire que acuchillaba los pulmones y salía convertido en vaho, sentí la necesidad de aflojarme la corbata y el cuello de la camisa. De respirar hondo.
Había sido mi tercera despedida en pocos días.
A primeros de noviembre, Werner Heisenberg recibió al fin su medalla Max Planck de la Sociedad Alemana de Física.
El día 9, mientras buscábamos contradicciones en su despacho ante una pizarra negra repleta de símbolos blancos, un bedel golpeó la puerta con los nudillos.
Traía un telegrama para el profesor. Este rasgó la solapa con el ceño fruncido, como se recibe a los telegramas.
Leyó el texto una vez. Lo releyó. Luego, dejándose caer en su silla con mirada inexpresiva, me tendió el papel amarillo con tiras engomadas y membrete del Deutsche Reichspost.
ESTOCOLMO
PROFESOR W HEISENBERG
INSTITUTO DE FÍSICA TEÓRICA
UNIVERSIDAD DE LEIPZIG
TENGO EL HONOR DE INFORMARLE QUE LA REAL ACADEMIA SUECA DE CIENCIAS HA DECIDIDO OTORGARLE EL PREMIO NOBEL DE FÍSICA 1932
H PLEIJEL
—Henning Pleijel es el presidente del Comité Nobel de Física —se limitó a decir.
Fui el primero en felicitarlo. El segundo fue el bedel, quien había permanecido en un discreto segundo plano y cuya salida del despacho propició que la noticia se difundiera por el campus como gota de tinta en un vaso de agua.
Justo cuando el reconocimiento científico a Heisenberg llegaba a su cénit en Alemania y en el mundo entero, su desacuerdo con el régimen empezó a traerle serios problemas.
Su deliberada inasistencia, dos días después, a una manifestación de la Liga Nacionalsocialista de Maestros causó gran escándalo y confusión entre alumnos y profesores.
Solo el prestigio del Nobel evitó que el acoso fuera a más.
Comenzó así un delicado equilibrio entre concesiones al régimen y actividades en favor de los físicos perseguidos, que se prolongaría durante los siguientes años.
Mientras tanto, yo capeaba el temporal como podía.
Me libré de acudir a la manifestación diciéndole a Hugo Reetz, a sabiendas de que él me justificaría ante la Studentenbund, que pasaría ese fin de semana con mi madre; que me había comprometido a celebrar Martinstag con ella en recuerdo de mi padre y que, además, era visita obligada si quería votar,
pues seguía censado en Meissen.
De hecho, voté, aunque no como Hugo habría esperado.
El 8 de diciembre, Heisenberg llegó a Estocolmo acompañado de su madre.
Allí se encontró con los Schrödinger y con Dirac y su madre, procedentes del Reino Unido.
Austriaco y británico compartían el Nobel de 1933.
Según me comentó antes de su partida, mi maestro se sentía incómodo por haber recibido un premio en solitario, mientras que sus colegas, tan merecedores como él, a su juicio, debían compartir el otro.
También porque entendía que el suyo premiaba una labor conjunta con Born y Jordan, a quienes la Academia Sueca no había reconocido.
Ese mismo día llegué de nuevo a Meissen.
Visitar a mi madre, supuestamente delicada de salud, se había convertido en la única excusa válida para evitar las convocatorias nazis en la Universidad, a las que debía acudir so pena de ver comprometida mi integridad física.
Abracé, amoroso, a la supuesta enferma. Comprobé que no había encontrado los encajes de Bruselas, escondidos durante mi anterior visita y que no debían salir a la luz hasta el día de Navidad.
Luego recorrí las calles, saboreando el crujido de la nieve bajo mis botas.
La atmósfera permanecía en calma. Inspiré el aroma a leña que flotaba por doquier.
En el ayuntamiento, en la escuela, en la comisaría de Policía, en el gasthof, incluso, colgaban flácidas las banderas rojas con la cruz gamada.
Me dio por ponerme nostálgico: en este árbol de la plaza me había roto una clavícula de niño jugando a hacer el mono; en ese poyo junto al río me sentó mi padre en sus rodillas para hablarme de la guerra; en aquella taberna bebí con los amigos mi primera cerveza,
en obligado ritual iniciático que acabaría con todos nosotros revoleándonos en la ribera embarrada del Elba.
Y así, en la apacible Meissen, entre evocaciones entrañables, encontré la paz de espíritu necesaria para llevar a cabo una tarea largamente postergada: escribir una carta de pésame a los padres de Jürgen Attel.