Hôtel Métropole 45 #2
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45 #2

Habría conseguido que algún conocido le enviase un telegrama desde Heidelberg.

Pero el proxeneta lo vigilaba con un cómplice.

Lo vieron salir del hotel. Le exigieron el dinero, discutieron, lo acuchillaron.

Arrojaron el cuerpo al canal y se quedaron con su equipaje.

Según la versión oficial, la Gendarmerie habría resuelto eficazmente el caso: abatió al proxeneta el día siguiente, en un tiroteo en el que se detuvo al cómplice.

Su confesión habría permitido localizar el cadáver del pobre Attel y recuperar sus pertenencias; que han sido, por cierto, halladas en una consigna de la estación. Asunto cerrado.

—Joder.

—Sí. Joder.

Pensé en los padres de Jürgen. No solo perdían a un hijo: el hecho de que este quedase estigmatizado los mortificaría el resto de sus vidas.

Seguí empujando la silla en silencio. Charlotte aprovechó para encender un pitillo. Lo malo de andar así era que no le veía la cara. Me hubiera gustado llevarla del brazo, sentir su cabello cosquilleando en mi oreja, el suave contoneo de su cadera, el magnetismo de sus iris de alga.

Llegamos a una travesía de esquinas dominadas por amplios escaparates. El nombre de la bocacalle me resultó familiar.

—¿Calle des Teinturiers?… ¿No es aquí dónde me citó Patrice?

Una nube azulada se dispersó, perezosa, en el aire en calma.

—Hay un piso franco. Lo utilizábamos para reunirnos e intercambiar información. Ya está vacío.

Coloqué la silla junto a un banco, ladeándola de forma que me permitiese sentarme lo más cerca posible de Charlotte. Una cosa me intrigaba desde que me revelase su condición de agente secreto.

—¿Por qué Bélgica?

—¿Perdona?

—Quiero decir… ¿Por qué trabajar para la Inteligencia belga? Lo mismo podrías haber elegido la alemana.

Los labios bermellón se distendieron.

—Tú no eliges a la Inteligencia, querido Matt.

Ella te elige a ti. —Charlotte aspiró una bocanada tan profunda que a mí me habría provocado un golpe de tos.

Debía de tener la faringe de hierro—. Las mías, como las tuyas, fueron una infancia de guerra y una juventud de posguerra.

—Su aliento azulado danzó a nuestro alrededor hasta desvanecerse—.

Solo que yo me crie en Bruselas. Bélgica restañaba sus heridas en medio de una gran animadversión hacia Alemania.

La muerte, la destrucción, la humillación sufrida…

Ahora todo eso se ha suavizado, pero mi madre padeció mucho entonces a causa de su origen, y yo misma sufrí desprecios de conocidos y compañeros.

No de las amigas que conociste en la fiesta —puntualizó, elevando la mirada al cielo—; de otro modo, no seguirían siéndolo.

El caso es que me trasladé a Berlín, a casa de unos tíos maternos, en cuanto tuve edad para entrar en la universidad.

La República de Weimar, con su liberalidad y su tolerancia, me dio la paz de espíritu que aquí se me negaba.

Pero antes me había prometido a mí misma que haría lo que estuviese en mi mano para que toda esa destrucción, esa humillación por la que había pasado mi pueblo paterno, no sucediese de nuevo.

»Y así, querido Matt, es como acabé entrando en la Sûreté. Los detalles, como puedes comprender, son confidenciales.

Una risa fresca, todo lo fresca que su voz podía permitir, dio por cerrado el tema. Yo estaba conmocionado: el destino me ponía ante otra mujer admirable, y otra que no podía aprehender.

El destino era muy cruel conmigo. Un hijo de la gran puta.

Traté de disimular mi turbación.

—Ahora que Hitler está al mando, se diría que no te equivocaste en tu elección —reconocí.

—Se diría. Esperemos que no se repita lo del 14; pero no sé.

Sentí una enorme necesidad de abrazarla. No una sexual, entiéndanme. Era más bien aprecio, admiración, respeto. Puede que especiados con una pizca de autocompasión.

Me contuve.

—¿Te veré en Berlín? —pregunté.

Ella desvió la mirada.

—Ya te dije que no te conviene.

—Pero Charlotte…

Me puso el índice en los labios.

—No es solo por mi trabajo —dijo—, que a partir de ahora va a ser más peligroso que nunca. En tu carrera, las formalidades son importantes. Si me descubriesen, si se llegara a saber que sales con una agente belga…

Atrapé su mano. Le besé el cuenco, haciendo que los dedos se enredasen en mi barba. El «sales con» había sonado a que ella no lo descartaría de no ser por los riesgos. Con la mano libre, Charlotte arrojó el cigarrillo mediado a un charco. El ascua se apagó con un siseo.

—¿Aún lo deseas? —preguntó.

—¿El qué?

—Besarme.

Besarla.

Recordé la fragancia de sus labios en el salón de los Rogier; la caricia de sus dientes entreabiertos; la refrescante humedad cálida de su lengua, tan distinta, y a la vez tan parecida, a la de Klara.

Recordé también el más reciente, postrero abrazo en el andén de la estación; las tristes palabras enamoradas; la desesperanzada ausencia de promesas.

Ya puesto, recordé el vistoso filtro de porcelana art déco en la salita de los Weiss; la amable mirada desconfiada de Rachel; el sutil aroma a lavanda de su nuca.

Octubre había sido un mes intenso.

Inspiré hondo para que no me temblase la voz.

—No hay nada que desee más en este mundo.

Charlotte elevó una ceja irresistiblemente delineada.

—Sería un beso de despedida.

—Claro.

Lo hicimos sin pudor alguno. Un beso largo y afrutado, de ojos cerrados y labios entreabiertos.

A mitad del beso, un revoloteo me distrajo.

Una paloma se había posado a escasos centímetros de la silla.

Nos observó, condescendiente; luego sacudió la cabeza, como si negase, y alzó el vuelo con furioso aleteo.

Una paloma puritana, por Dios.

—Debemos regresar.

—Lo sé.

Charlotte se sacó un pañuelito de la manga. Se aplicó una punta a los lacrimales de los ojos. Brillante, el verde alga reflejaba la mota de luz de una farola cercana.

—Despidámonos aquí —dijo con un suspiro—. No quiero que Patrice…

Por segunda vez aquella tarde, sentí un intenso picor en la nariz. Tomé sus manos. Me las llevé a los labios con fruición, consciente de que quizá las perdía para siempre.

—Auf Wiedersehen, Charlotte.

—Au revoir, Matthias.