45
No fui derecho al hotel. Antes paseé mi melancolía por las calles de Bruselas.
La borrasca de los últimos días había dado paso a un anticiclón benigno.
La luz que doraba los áticos de la acera oriental palidecía, camino de desaparecer.
Era una hora de bullicio en una tarde plácida.
Hora de acabar las compras, de cerrar negocios, de regresar a casa o entrar en las tabernas.
La hora en que un alma solitaria se siente más sola que nunca.
Una castañera revolvía el carbón de su hornillo, iluminando el atardecer con miríadas de chispas.
En la calzada se oyó un crujido seguido de un bocinazo.
Dos conductores comenzaron a discutir a viva voz.
Ajenas, dos voluntarias del Auxilio Social me plantaron delante una hucha y sus bonitas sonrisas.
Les di cinco francos de plata. Mis carencias no eran materiales; otros lo tenían peor que yo.
Tú eres distinto, había dicho Klara. ¿Distinto?
Ni siquiera le había contado todo sobre Charlotte.
Y esa omisión había resultado decisiva, sin duda, para que ella se arrojase en mis brazos.
No me arrepentía: puesto que nuestra relación estaba condenada a convertirse en recuerdo, para qué estropearlo en el último minuto.
Pero en el fondo me sentía mal: me había comportado como un embaucador. Como un egoísta. Como un fraude.
Así que distinto, ¿de quién?
No llegué a entrar en el hotel. Frente a la puerta aparcaba en ese momento un sedán negro, idéntico al que venía montando guardia ante el Instituto de Física desde el episodio de la bomba.
Patrice bajó con un ademán que pretendía ser ágil, pero al incorporarse titubeó.
Se llevó una mano a la sien, donde un vendaje sobresalía por debajo del sombrero ladeado.
—¿Se encuentra bien? —me interesé.
—Nunca había tenido tanto dolor de cabeza —se quejó.
—Me alegra verlo —dije de corazón al darnos la mano—. Deseaba darle las gracias por salvarme la vida —añadí, en alusión al tiroteo.
El agente-barman dejó escapar una carcajada.
—Usted tampoco lo hizo mal con esa bomba, ¿sabe? Demostró tener mucha sangre fría.
—¿Eso cree? —Negué con la cabeza—. Le advierto que, de haber pensado en lo que hacía… —Desvié la mirada hacia el automóvil, donde me había parecido ver una silueta en el asiento del pasajero—. ¿Charlotte?
—Recibió su nota. Me ha pedido que la trajese, aprovechando que yo debía hablar con el director del hotel.
El jueves se montó una buena en su establecimiento, y el pobre hombre merece una explicación oficial.
—Sus labios dejaron ver una dentadura sana.
Luego se llevó dos dedos al ala del sombrero—. Le dejo un rato con ella.
Entreabrí la puerta que había cerrado Patrice. Me quité el sombrero. Asomé la cabeza.
—¿Duele?
Charlotte compuso una débil sonrisa.
—Ya no. La bala no rompió nada importante, gracias a Dios.
Oír su voz casi masculina hizo que todo en mí se distendiese.
Había temido por ella. Una amplia falda de tweed, larga hasta las pantorrillas, disimulaba cualquier vendaje que pudiera llevar en el muslo.
Lo que no podían disimular ni el carmín ni un toque de colorete en los pómulos era su acentuada palidez.
Aun así, la encontré extraordinariamente atractiva.
Me dejé caer en el asiento del conductor.
—El torniquete que me hizo tu amiga me salvó la vida, según los médicos —dijo—. Me gustaría darle las gracias.
Negué con la cabeza.
—Será difícil. Acaba de salir en tren para Berlín. Fue ella quien condujo el Mercedes, ¿sabes?, a máxima velocidad hasta el Instituto.
—Una mujer admirable en todos los sentidos. No es extraño que te guste.
—Se va a América —dije sin confirmar ni desmentir la apreciación—. Emigra. No soporta a los nazis.
Charlotte dejó escapar un silbido.
—Vaya. Y una mujer de principios. —Se giró hacia mí de cintura para arriba. Me miró de hito en hito; desafiante, casi—. ¿Por qué no te vas con ella?
—Mis planes pasan por Berlín.
Le sostuve la mirada, esperando una reacción que no se produjo. Tampoco yo quise insistir. Tenía demasiado reciente la despedida en la estación.
Hubo un prolongado silencio, roto al fin cuando sus labios compusieron un mohín travieso.
—¿Quieres dar un paseo?
Miré instintivamente la falda de tweed.
—¿Puedes?
Ella apuntó con su barbilla hacia el asiento trasero: había una silla de ruedas plegable.
—Si empujas tú…
—Es muy importante que el complot no trascienda, Matt —dijo Charlotte en el tono justo de voz para que los demás transeúntes no pudiesen oírla—.
Los Consejos Solvay son motivo de orgullo nacional, y si los ilustres profesores supieran que han estado a esto —separó un centímetro el índice y el pulgar— de volar por los aires, podría ser su final.
Por no hablar de que si determinadas personas se enteran de lo que hiciste, irán a por ti. ¿Entiendes?
—Entiendo.
El atardecer era un recuerdo. Bajábamos por el bulevar Anspach a la luz de las farolas. Yo llevaba las solapas del abrigo levantadas. Ella se arrebujaba bajo una manta de viaje.
—El ministro del Interior me ha felicitado esta mañana, ¿sabes? También a Patrice. Nos hubiese condecorado, de no ser porque nuestro trabajo requiere el anonimato; el mío, sobre todo. Y es fundamental que continúe así. Eso también lo entiendes, ¿verdad?
Por supuesto que lo entendía. Y me preocupaba.
—¿Quiere eso decir que regresas a tus… actividades en Alemania?
Respondió con un silencio.
—Pero Charlotte, lo que haces es muy arriesgado —protesté—. Más ahora, que…
—Va en el salario —me interrumpió, colocando una mano de tenues venas azuladas sobre la mía, por encima de su hombro—.
Por cierto, que el ministro me ha pedido que te transmita sus felicitaciones.
También te hubiese condecorado, pero un extranjero…
—Chascó la lengua, negando con la cabeza—.
Habría tenido que inventar demasiadas explicaciones —concluyó, dejando escapar una de esas carcajadas que tan sexis me parecían.
Habíamos llegado a una plaza presidida por un magno edificio neoclásico guardado por dos leones de piedra. Ajena a la desconfiada mirada que uno de ellos nos dirigía, Charlotte me contaba algunos pormenores del caso. Los que creía prudente contar, supongo.
—Pasado el verano —decía—, la Sûreté, preocupada por la anunciada presencia de Einstein en el Solvay, puso en marcha una operación preventiva.
Ya sabes que Einstein había levantado las iras nazis por sus declaraciones sobre la falta de libertad en Alemania; suficiente, si a eso se añade el hecho de ser el judío alemán más internacional, para que Fehme lo sentenciase a muerte.
Pero los supuestos crímenes de Einstein van más lejos: es copresidente de honor del Comité Mundial de Ayuda a las Víctimas del Fascismo Alemán[46], el cual, a su vez, ha publicado el Libro Marrón del Incendio del Reichstagy el Terror de Hitler[47].
Se trata de una extensa recopilación de datos, informes y testimonios que achacan a los nazis la verdadera autoría del incendio y que denuncian sus persecuciones, torturas y asesinatos.
»El caso es que interceptamos mensajes cruzados entre Fehme y los pronazis belgas.
Descubrimos que planeaban atentar contra Einstein en Bruselas.
Más tarde, cuando se supo que Einstein no vendría, la vigilancia se relajó.
Pero yo estaba segura de que seguían tramando algo.
Ten en cuenta que el otro presidente de honor del Comité Mundial es el profesor Langevin, que sí estaría presente, así que el Solvay seguía siendo la ocasión perfecta para actuar.
No tenía pruebas, solo indicios, y nuestra jefatura exigía prudencia y discreción: no convenía alarmar a los físicos ni, por supuesto, alertar a la prensa.
Insistí en participar personalmente en las operaciones.
Tu casual viaje a Bruselas, por iniciativa de la propia NG, me proporcionó la excusa perfecta.
—Entonces lo de Gelb, lo mío, los informes…, ¿todo eso no tenía nada que ver?
—Fue una afortunada coincidencia. Me enteré de tu misión cuando estaba a punto de alegar una enfermedad de mi madre para poder venir. Me presenté voluntaria para servirte de enlace. Al fin y al cabo, mi origen me convertía en la elección idónea. Schmidt-Ott y Gelb estuvieron de acuerdo.
—¿Cuál es el papel de Gelb en la NG, exactamente? —pregunté, aprovechando la coyuntura.
Charlotte elevó los hombros.
—Es una especie de asesor externo; de detective, si quieres. Creo que antes fue policía. Ahora es persona de confianza de Schmidt-Ott, quien le encomienda ciertos trabajos que requieren discreción: pesquisas, informes… A la NG le gusta asegurarse de que sus fondos son bien empleados.
—¿Y puede ser que Gelb…? —Carraspeé, buscando una manera sutil de expresarme—. ¿Puede ser que emplee métodos poco ortodoxos? Algunas veces, quiero decir.
—Imagino lo que quieres decir. Lo ignoro, la verdad; aunque, en los tiempos que corren, no pongo la mano en el fuego por nadie.
Asentí en silencio. Me quedaba igual que estaba, pero lo importante era…
—¿Cumplirá su palabra?
—Sin duda. Tu amigo y su hermana no tienen de qué preocuparse. —Noté un aire de sarcasmo en su voz—. Tengo entendido que ella es guapa, Matt, picarón.
Agradecí no tener a Charlotte frente a frente, porque una oleada de sangre me subió hasta las orejas mientras la muy sinvergüenza se deshacía en cálidas risas.
Por suerte, ella misma volvió a sus explicaciones.
Se había hecho una redada. Los cómplices de Francine habían sido detenidos; un relojero de Grand Sablon, el encargado de confeccionar la bomba, entre ellos.
El sicario detenido por Patrice en la ULB había confesado haberse desembarazado del cuerpo de Jürgen Attel.
Lo habían encontrado, siguiendo sus indicaciones, en el canal Willebroeck, flotando entre dos gabarras carboneras.
—Lo van a repatriar —dijo—. Dirán que tuvo un lío con una prostituta su primera noche en Bruselas.
Que el proxeneta de turno pensó que, tratándose de un extranjero joven e inexperto, podría sacarle un dinero extra.
Lo siguió hasta el hotel, lo intimidó, lo chantajeó.
De ahí que Attel se mostrase extraño y esquivo estos días.
Se supone que no quiso denunciar el chantaje por temor a ver malparada su reputación; que prefirió inventar un accidente de su padre para regresar a Alemania antes de tiempo, huyendo del proxeneta.