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En la primavera de 1931 había comenzado mis trabajos para la obtención del doctorado.
Heisenberg y yo decidimos que me centraría en la magnetostricción, fenómeno por el que los materiales magnéticos cambian de forma en presencia de un campo magnético.
Fue una época intensa y gratificante. Pasó el verano, pasó el otoño, pasaron el invierno y una nueva primavera.
Saqué una nota brillante —palabras de Heisenberg, recuerden, no mías— en el examen de doctorado.
Y luego, como quiera que le manifestase mi intención de preparar la habilitación, mi jefe me invitó a que lo hiciese con él.
Antes de eso, en marzo, James Chadwick había anunciado el descubrimiento del neutrón.
Heisenberg dedujo que el núcleo del átomo, al enigma de cuya estructura nadie hasta entonces había dado solución, podría estar formado por neutrones, además de por protones.
No fue el único en tener tal inspiración, pero sí fue más allá: propuso una teoría que resolvía, además, el problema de la inestabilidad del núcleo debida a que los protones se repelen entre sí.
Me ahorraré los aburridos detalles. Baste decir que contribuí con modestos comentarios, intensas búsquedas bibliográficas y ocasionales cálculos; y que, a partir de entonces, la física nuclear encontró una base firme en la nueva teoría cuántico-mecánica del núcleo de Heisenberg.
La misma que estaba a punto de presentar en la séptima edición del Consejo Solvay.
CONSIDERACIONES TEÓRICAS GENERALES SObrE
LA ESTRUCTURA DEL NÚCLEO
Por M. W. HEISENBERG
Puesto que los datos experimentales relativos a la estructura del núcleo atómico no nos han proporcionado hasta ahora nociones físicas que vayan más allá de la mecánica cuántica, es necesario examinar, al comienzo de una exposición teórica sobre el núcleo,
en qué medida la mecánica cuántica u ondulatoria pueden utilizarse en este nuevo campo…
La resaca del champán no me impidió mantener la apostura.
Dado que me sabía de memoria la charla de Heisenberg, lo más interesante de la mañana fue conocer a los ilustres de la física que me faltaban.
Sobre todo, al legendario Ernest Rutherford, el neozelandés que había alcanzado los máximos honores académicos y sociales del Imperio.
Tras intercambiar unas frases corteses con quien había desentrañado los secretos de la radioactividad, fui presentado al intrépido Piccard, de lo que también pensaba presumir ante Hugo Reetz.
No se me escapaban las oportunidades que la ocasión suponía: una palabra de Heisenberg bastaría para que cualquiera de ellos considerase admitirme en su laboratorio.
Y mi jefe —él mismo lo había sugerido más de una vez— diría tal palabra a la primera insinuación por mi parte.
Me atraían especialmente Zúrich, donde tendría ocasión de trabajar con Pauli, y Cambridge, aunque tuviese que instalarme en el escobero de Dirac.
Pero no consideré adecuado el momento. Aún tenía pendiente la habilitación. Y luego, con nazis o sin nazis, con Klara o sin ella, no pensaba dejar escapar la oportunidad que la NG me brindaba de trabajar en la meca de la física alemana: Berlín.
Regresé al hotel aquejado de una estúpida sonrisa.
Además de mis nuevos conocidos, llevaba conmigo otro preciado botín: Couprie había aparecido a la hora del almuerzo con un paquete de copias de la fotografía oficial.
Yo me había hecho con una de ellas y, a base de moverme mucho y rápido, había logrado que casi todos los profesores me la firmasen, incluido un complaciente Rutherford.
Sé que parecerá pueril, pero ardía en deseos de ver la cara de Hugo cuando se la mostrase.
El mismo ajetreo de siempre. Los mismos pasos apresurados. Las mismas carreras con maletas a cuestas. Las mismas tristes o alegres despedidas.
En la cabecera del convoy, la locomotora emitió un suspiro de alivio.
Sus tanques acumulaban presión. Según un reloj mural quedaban quince minutos para la partida del Nord Express de las 17:22.
Klara había facturado una pesada maleta.
Luego, tras acomodarse en su compartimento, había regresado al andén para apurar la despedida.
Yo tenía sus manos, suavemente enguantadas, entre las mías.
Me sentía como el náufrago sin fuerzas que, abandonada toda esperanza, se resigna a dejarse engullir por el océano.
—Toda la vida buscándote —dije—, y voy a perderte apenas te encuentro.
Ella me dedicó una mirada dulce. El azul húmedo, el pronunciado arco de las cejas, la fina arruga en mitad de la frente, reflejaban sentimientos encontrados.
—Ojalá pudieras reunirte conmigo en América —dijo—. Quién sabe, quizás algún día…
Ladeé la cabeza.
—¿Nos inviten a ambos al Solvay?
—Tonto —sonrió.
—Ojalá puedas tú regresar a Alemania. Los nazis no durarán siempre.
—Eso espero. Aun así, no creo que vuelva a sentirme cómoda entre muchos de mis conocidos. Tú eres distinto, Matt. No cambies.
Una mano enguantada me acarició la solapa del abrigo. Una lágrima se deslizó hacia su boca. Abracé con fuerza a mi enamorada. Ella apoyó la mejilla en mi hombro. El ala de su sombrerito me cosquilleó la garganta.
—Estos últimos días… —Se limitó a suspirar, porque sobraban las palabras—. Ojalá yo también te hubiese conocido antes.
Se alzó de puntillas para besarme en el pómulo, por encima de la barba.
Intercepté sus labios con los míos en el momento en que se retiraban.
Nos dimos, ajenos a cuanto nos rodeaba, un beso largo y profundo.
Un beso con sabor a aventura, a riesgo, a sangre y a dinamita.
Pero también a manos temblorosas debajo de una gabardina, a vislumbre de amanecer por entre las cortinas, a piel tibia y perfumada, a champán.
Cuando volvimos a la realidad, un pasajero nos contemplaba, entre curioso y divertido, desde su ventanilla. Dos damas con aparatosos sombreros murmuraban sin quitarnos la vista de encima. Una de ellas tapaba con una mano los ojos del perrito que llevaba en brazos.
No puede evitar una sonrisa.
—Tengo algo para que no me olvides —dijo Klara.
—Sabes que no lo haré.
Encogió ella los hombros.
—El tiempo lo borra todo. Por eso quiero que conserves esto.
Había bajado al andén con su bolso colgado del brazo. Extrajo de él un libro que me resultó familiar.
—Te gustará.
La guerra de los mundos, con su marciano gamberro en la portada, se entreabría por la mitad.
Intercaladas entre sus páginas había varias fotografías: estanque con pato y nenúfares; yo posando ante la fuente del parque; Klara, ante la Diana cazadora; ambos, cogidos del brazo, el encuadre ligeramente torcido, el Manneken Pis detrás.
—Gracias por el libro, pero las fotos querrás conservarlas tú —protesté.
En el extremo del andén, el factor hizo sonar su silbato. La locomotora respondió con un potente bocinazo. Klara se sujetó con una mano al asidero del vagón.
—Mandé hacer dos copias —dijo con una última, picara sonrisa—. Cuídate, Matt.
Me quedé contemplando el convoy hasta que la luz del furgón de cola se perdió en la lejanía. Luego emprendí el camino al hotel con el libro de Wells bajo el brazo. Ajeno a mi pesadumbre, o tal vez espoleado por ella, el marciano me sonreía.