Hôtel Métropole 43
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Una tenue claridad vertical se proyectaba por una rendija.

Algo me confundió al despertar: un débil soplo, un siseo intermitente, flotaba junto a mi cabeza.

Tardé en comprender. Me levanté de la cama con calculada lentitud.

Procurando no hacer ruido, entreabrí las cortinas.

Una franja rosada teñía el cielo, limpio y despejado, visible por encima de una azotea ligeramente más baja que la ventana, situada al otro lado de un patio interior.

La luz tuvo un efecto inmediato: el bulto que ocupaba el otro lado de la cama se estiró en somnoliento desperezo.

Unos brazos de suave contorno buscaron el borde superior del cabecero.

La colcha adamascada reveló formas evocadoras, apeteciblemente sinuosas.

Una placentera laxitud me invadió.

La tarde anterior, tras las emociones vividas por la mañana, había trabajado duro.

Reconciliado con Heisenberg, ambos la habíamos dedicado a repasar su charla.

Mi jefe no cesaba de captar valiosas ideas en las sucesivas ponencias y, sobre todo, en las discusiones subsiguientes.

El volumen de las notas recopiladas, que debíamos analizar, discutir, pulir y ordenar, comenzaba a ser apreciable.

Ajenos al peligro que habían corrido, los profesores acudieron a una cena ofrecida por la familia Solvay. Klara y yo, libres de compromiso y decididos a disfrutar de una velada para nosotros solos, recorrimos las calles de Îlot Sacré hasta encontrar un agradable bistró.

A la luz de una candileja, de tácito acuerdo, evitamos las profundas reflexiones, la polémica política, la sesuda ciencia.

Hablamos de nuestras familias, de nuestros amigos, de nuestras infancias.

De libros y de películas. Para mi sorpresa, a Klara le gustaban los wésterns.

Quizá por ello le atraía California. Ella adoraba a Gary Cooper; yo, a Marlene Dietrich.

También a Cooper, cierto, pero no me veía con un revólver en la mano.

Fue una cena deliciosa, rematada con un paseo por la Grand Place a la luz de las farolas.

Nos acercamos hasta el Manneken Pis, del que tan buenos recuerdos teníamos, con el único objetivo de arrojarle sendas monedas de la suerte.

Regresamos silenciosos al hotel, cogidos de la mano.

Recogimos nuestras llaves respectivas. Tomamos el ascensor hasta la última planta manteniendo la compostura ante el circunspecto ascensorista.

En el corredor tuve un asomo de duda. Le besé las manos. Ella tiró de las mías en su dirección.

—Ven —propuso.

—Buenos días —dije.

Klara me sonrió. Se inclinó sobre la mesilla para consultar su reloj de pulsera. Luego palmeó el hueco que yo había dejado en el colchón.

—Todavía es pronto.

—Lo sé. Supongo que mi mente se mantiene alerta para que no me retrase otra vez. Heisenberg no me lo perdonaría.

Me introduje entre las sábanas tibias. La abracé con ternura. Ella se acurrucó contra mí, apoyando la mejilla en mi pecho.

—Me alegra que estés aún aquí —dijo—. Anoche pensé que te irías cuando me durmiese.

La besé en la frente. Se entendía que no fuese mujer pródiga en afeites, porque al natural estaba preciosa.

—Ni se me pasó por la cabeza. —Sonreí—. ¿Lo hubieses preferido?

—¡Por supuesto que no! Pero vas a ser la comidilla del personal cuando Léa encuentre tu cama intacta —añadió, acompañándose con una graciosa carcajada.

—Debería deshacerla antes —reí también.

Nos besamos con dulzura, sin la apremiante fogosidad con que la noche anterior, liberados al fin de compromisos, conspiraciones y malentendidos, habíamos iniciado el lance amoroso.

Luego permanecimos en silencio, respetando cada uno los pensamientos del otro.

Qué ironías se gastaba la vida: en un mismo día había matado y había hecho el amor por primera vez en mi vida.

Solo esperaba que lo primero ocurriese por última vez, y que lo segundo fuese un comienzo.

Pero no sería con Klara, de quien me separaban tantas cosas como nos unían.

Ella aborrecía a los nazis hasta el punto de abandonar su patria, su familia, su vida, antes que doblegarse a su dictadura.

Yo resistiría hasta donde me fuese posible, buscaría mantener viva la llama de la ciencia alemana con mi modesta aportación.

Ninguno de los dos acertaba, ninguno se equivocaba; eran, simplemente, dos modos opuestos de enfocar un mismo problema.

Si el nazismo se convertía en desbordamiento pasajero, tras el que las aguas regresarían a su tranquilo cauce, mi apuesta habría merecido los sinsabores.

Si perduraba hasta conducirnos a una nueva guerra europea, tal como muchos auguraban, entonces me alegraría por Klara.

Pero no era momento para pensamientos lúgubres. Intenté quitármelos de la cabeza. Pensar en positivo.

Los nazis estaban forjando un país libre de servidumbres, independiente y poderoso.

Los nazis estaban transformando huelgas y revueltas en trabajo y pan.

Los nazis nos habían librado de la amenaza bolchevique.

Las advertencias de Hugo Reetz respecto a la Liga de Estudiantes me vinieron a la cabeza. Un escalofrío recorrió mi cuerpo sin que Klara, por fortuna, lo advirtiese.

Los nazis daban mucho miedo.

En comparación con la mañana del jueves, la del viernes transcurrió con normalidad en el Instituto de Física, donde tomé abundantes notas desde la segunda fila, a pesar de las placenteras imágenes nocturnas que, recientes en mi retina, venían a distraerme de vez en cuando.

Tan solo destacaré una divertida revuelta de algunos profesores cuando Gamow, por deferencia a los anfitriones, comenzó a exponer su informe en francés, revuelta que el ucraniano aplacó gracias a su aceptable inglés.

Por la tarde Heisenberg no quiso dar más vueltas a su conferencia. Más que otra cosa, el cuerpo le pedía un paseo antes de vestirse para la cena real.

—Es horrible, Maier —dijo, meneando la cabeza—. Estas cenas oficiales… Se sirve una cantidad indecente de comida, como si el anfitrión necesitara que sus invitados reventasen para sentirse digno. ¿Ha visto el menú de esta noche en palacio?

Crema a la Sévigné. Salmón en salsa genovesa. Solomillo de buey. Pulardas asadas.

Me mostró la elegante cartulina impresa adjunta a la invitación.

Patatas a la inglesa, coles de Bruselas, ensalada de corazones de lechuga, compota de reinetas…

Cada plato venía acompañado de su correspondiente guarnición.

Y de postre, bomba Fédora, fruta variada y otros desserts no especificados, lo cual inquietó a mi estómago, pues no lograba entender yo qué más postres podían caberle a uno después de todo lo anterior.

—Espero que tengan bicarbonato en palacio, herr professor —bromeé.

—Ah, por cierto… —Heisenberg sacó su billetera—.

Le dije que cubriría su manutención, pero, con tanta cena a la que no puede acompañarme, entiendo que va tirando usted de bolsillo propio.

—Me tendió varios billetes—. No, insisto —añadió ante mi protocolario rechazo—.

Ya lo cargaremos a algún patrocinador de nuestro Instituto.

Libres de nuevo, Klara y yo proseguimos nuestro peculiar idilio con fecha de caducidad.

Ella había obtenido permiso de Meitner para adelantar al sábado su regreso a Berlín.

Disponía de poco tiempo para despedirse de su familia: si quería no hacer sola el largo viaje a California, debía unirse a Lawrence en París, donde este pasaría unos días antes de zarpar.

Por la tarde la acompañé a comprar encajes de Bruselas para su madre.

Ella se decidió por una mantelería primorosamente ornamentada.

Yo, admirado por la finura y elegancia del dibujo, invertí parte del dinero de Heisenberg en sendos tapetes para mi madre y mi tía.

Luego le propuse que acudiésemos a una brasserie.

Quería invitarla. Ella aceptó. Sería una cena de despedida.

Pero antes regresamos al hotel para dejar a buen recaudo los encajes.

Klara deseaba cambiarse, y yo me adelanté en bajar al vestíbulo.

Quería enviar una nota a Charlotte, interesándome por su pierna, y la única forma que se me ocurría era hacérsela llegar con un botones al Astoria, donde tal vez Patrice se ocuparía.

Los Gamow aparecieron, cogidos del brazo, mientras escribía la nota al dorso de una tarjeta.

Me sorprendió, porque los demás invitados ya habían partido para palacio; pero al verlos vestidos de calle comprendí.

Intercambiamos saludos, felicité al profesor por su conferencia y me disculpé ante Lyubov.

—No sabe cuánto lo siento —le dije, cabizbajo—. Me ha sido imposible hablar con mi amiga. Ella…

Gamow me interrumpió con una amistosa palmada en el hombro.

—No tiene que disculparse, Maier —dijo—. Rho me ha contado su ofrecimiento. Le estamos muy agradecidos, en cualquier caso. ¿Verdad, querida?

Lyubov asintió con la cabeza.

—Al final nos ha resultado imposible alquilar un frac de la talla de Geo —dijo con un suspiro—. Una lástima, porque nos hacía ilusión acudir a la cena de gala.

En ese momento se nos unió Klara. Hice las presentaciones, dando a entender que nos disponíamos a salir para cenar. A los Gamow se les iluminó la cara.

—¡Qué diablos! —exclamó él—. Cenemos juntos, y luego vayamos a bailar y a beber una botella de champán. Me apetece celebrarlo, ahora que me he quitado de encima la presión de la conferencia.

Klara y yo aplaudimos la idea. A fin de cuentas, también nosotros merecíamos un desfogue.

—Seguro que lo pasamos mejor que en una aburrida cena real —resumió el ucraniano.

Sopa de cerveza. Salchichas. Paté. Queso especiado. Coles. Espárragos.

Sin ser un festín palaciego, el menú resultó generoso y variado.

La conversación estuvo a la altura. Gamow, como Klara, era amante del wéstern; Lyubov, de la fotografía.

Entre los tres se estableció enseguida una corriente de afinidad.

Geo y Rho, como se llamaban entre ellos, eran una pareja increíble.

Volvieron a narrar su aventura en kayak para Klara, y luego nos mantuvieron en suspense con otro de sus planes de huida, consistente en hacerse con una motora de una instalación científica dedicada a la biología marina, situada en la entrada del fiordo de Murmansk,

y costear las gélidas aguas del paralelo setenta hasta Noruega.

Gamow había convencido a un conocido suyo en la base para que le permitiese dar a los biólogos unas charlas sobre la aurora polar, pero el plan se frustró cuando dos guardas irrumpieron a mitad de la primera charla y arrestaron al director de la base por supuestas actividades subversivas.

Clausurada la instalación, a los Gamow no les quedó otra que regresar a Leningrado.

Klara les desveló su plan de emigrar a California.

Los Gamow también ansiaban una nueva vida en Estados Unidos.

Dos veranos atrás, a George lo habían invitado a dar una serie de conferencias en la Universidad de Michigan, pero no obtuvo el permiso para abandonar la Unión Soviética.

Al llegar a Bruselas les había escrito para preguntarles si renovarían la invitación el próximo verano.

De ser así, él y Lyubov cruzarían el Atlántico.

Luego, Dios proveería. Excitados por la cerveza y las perspectivas de aventura, los tres hicieron votos por reencontrarse en América.

Tras la brasserie acudimos a la sala de baile del hotel.

Gamow pidió su anhelado champán. Puesto que yo la había invitado a cenar, Klara insistió en pagar una segunda botella.

Descubrí que era una consumada bailarina.

Al swing de la orquesta dimos vueltas y vueltas hasta casi marearnos.

No fue la velada íntima que habíamos planeado, pero fue muy divertida.

La intimidad la tuvimos luego, por última vez, en la habitación de Klara.

PROGRAMA DEL DÍA

Sábado, 28 de octubre

09:30 h: Informe de M. Heisenberg:

Consideraciones teóricas generales

sobre la estructura del núcleo

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11:00 h: Discusión

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12:30 h: Almuerzo

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19:30 h: Cena en el Hôtel Métropole