42 #2
—Lo siento, herr professor, me temo que no estoy resultando de mucha utilidad.
Mi maestro alzó una de sus pobladas cejas sin decidir si mi contrición era sincera.
—Lo de esta mañana…, su retraso, sus entradas y salidas, interrumpiendo la sesión…
Y ni siquiera se ha quedado al debate —dijo torciendo el gesto—.
¿Qué bicho le ha picado, Maier? Si le he traído a Bruselas ha sido más por su propio interés que porque yo necesite su asistencia.
—Me dedicó una mirada mitad severa, mitad cómplice—.
¿Es por esa chica, la ayudante de Meitner?
Me ruboricé, claro. Aun así, traté de mantener la compostura.
—La señorita Hofmann y yo… —Carraspeé—. Es cierto que hemos hecho amistad, pero no se trata de eso.
Anoche no me encontraba bien; no me quedé a la cena, como usted sabe, y esta mañana ni siquiera he tenido estómago para desayunar.
Las tripas… —Hice un gesto elocuente—. Me temo que no estoy acostumbrado a estos viajes.
—Le comprendo. —Heisenberg distendió el rostro—. A mí me ocurría lo mismo al principio. ¿Se encuentra mejor?
—Oh, sí. Incluso creo que he recuperado el apetito.
—Pues sírvase, sírvase un buen plato —dijo, señalando el bufé—. No es extraño que tenga hambre, si no ha probado bocado en veinticuatro horas.
—Gracias por su comprensión, herr professor. Le prometo que no volveré a distraerme.
—No lo haga. Por cierto, ¿ha visto algo?
… Me refiero al lío que se ha montado fuera, mientras hablaba Dirac.
Se han escuchado disparos y explosiones, ¡y el bueno de Paul estaba tan concentrado en lo suyo que ni siquiera ha levantado la mirada del encerado!
—Sacudió la cabeza—. Verschaffelt ha salido a ver qué ocurría y ha mencionado que unos delincuentes querían ocultarse en el Instituto.
—Frunció el ceño al reparar por primera vez en mi traje arrugado—.
¿No habrá tenido que ver con eso, Maier?
Mi yo más inocente respondió por mí.
—Qué va, herr professor; me hallaba en el lavabo. Las tripas, ya sabe.
El azar —o, mejor dicho, Lise Meitner, interesada por una fórmula que Heisenberg había introducido en la discusión— quiso que acabásemos departiendo, plato en mano, con ella y con Klara.
La profesora, de frugal apetito, fumaba un cigarrillo.
Klara comía con desgana; cariacontecida, adiviné, porque también la habían llamado a capítulo.
Mientras Heisenberg explicaba ciertos pormenores, yo engullía un emparedado tras otro, empeñado en paliar la única dolencia verdadera de mis tripas: su tristeza.
Cuando el rigor científico decayó, me atreví a preguntar algo que me intrigaba.
—¿Sabe, frau professor? —dije—. Me extraña que no se haya invitado al Consejo a una figura tan relevante como Max Planck.
Meitner rio tras un velo de humo azulado.
—No es que no lo inviten; es que no quiere venir —dijo—. Herr Planck se siente muy torpe en estos eventos: ¡no se le dan bien el inglés ni el francés!
Los tres conocían bien al inspirador de la teoría cuántica.
Incluso Klara llegó a animarse, tratándose de contar anécdotas suyas.
La conversación distendida duró hasta que el tintineo de una cucharilla contra una copa llamó la atención de los presentes.
Verschaffelt anunció que monsieur Couprie, el fotógrafo, estaba listo para efectuar la toma en la sala de conferencias. Si los profesores eran tan amables…
Poco a poco, los ilustres fueron desfilando.
Klara y yo los seguimos con curiosidad. El fotógrafo dispuso que las tres damas se distribuyesen sentadas alrededor de una esquina de la U.
Los miembros del Comité científico se sentaron junto a ellas.
El resto de los cuarenta y un asistentes oficiales se fue situando en segunda y tercera fila.
Me fijé especialmente en aquellos a quienes había conocido en Bruselas: Fermi tras Bohr; Dirac tras Debye; el bajito Cabrera ante el alto Gamow; el corpulento Lawrence tras la menuda Meitner, como si su cercanía ratificase el pacto que me arrebataba a Klara.
Un reloj de pared señalaba las dos menos cinco.
Observando desde la entrada, en un extremo de la U, Klara y yo contuvimos la respiración.
El fotógrafo levantó en alto una moderna bombilla de flash, unida por un cable al disparador.
Los sabios clavaron sus miradas en el objetivo.
Mis tripas emitieron un súbito borboteo, lo bastante audible como para que Klara se percatase.
—¿Tienes hambre? —susurró, mirándome con los ojos agrandados—. ¡Pero si has comido como una tribu suajili entera!
—Te recuerdo que anoche no cené, y que esta mañana no he desayunado —susurré a mi vez—. Me habría comido una pierna asada del mismísimo Verschaffelt.
Klara se llevó una mano a la boca. Aun así, no pudo evitar que la carcajada escapase por entre los dedos. Advertí que Meitner le dirigía una mirada severa. En ese preciso instante, el flash de Couprie iluminó la estancia.
Lo siento si en el prólogo de la narración creé expectativas que ahora se ven defraudadas. Pero así ocurrió, tal como lo he contado, para desdoro de Klara y mío.
AUF WIEDERSEHEN,
AU REVOIR
Heisenberg (cont.)
… En primavera de 1926, Heisenberg se estableció como profesor en Copenhague, lo que favoreció la interacción con Bohr. El formalismo matemático de la mecánica matricial estaba bien establecido, y ambos estaban más interesados en su interpretación en relación con los fenómenos físicos observables…
Una playa. Un acantilado. Una duna. Un puerto diminuto.
Poca cosa con qué distraerse. Junio de 1925 llevó a Heisenberg a la isla Helgoland, en el mar del Norte, para recuperarse de su violento ataque de fiebre del heno.
Durante diez días paseó, se bañó en el mar, respiró el aire libre de polen y se concentró en el problema de crear un modelo algebraico que, aunque menos intuitivo que el orbital, permitiese operar con solo las magnitudes observables de la radiación emitida.
De vuelta en Gotinga creía haberlo conseguido.
El modelo ofrecía resultados correctos, incluyendo la conservación de la energía, que consideraba esencial.
Redactó un artículo. Born quedó admirado, reconociendo en las matemáticas empleadas por su pupilo el álgebra de matrices, que él había aprendido en sus tiempos de estudiante.
El artículo de Heisenberg se publicó en septiembre en Zeitschrift für Physik.
Pauli, siempre crítico con su amigo, por fin creyó en él.
El trabajo subsiguiente para dotar al modelo del formalismo matemático necesario, desarrollado a ritmo frenético por Born, su ayudante Pascual Jordan y el mismo Heisenberg,
daría lugar en noviembre de ese mismo año a una extensa publicación que acabaría siendo conocida como el Dreimännerarbeit —El trabajo de los tres hombres—, y que se convertiría en el tratado fundacional de la nueva teoría.
Había nacido la mecánica matricial.
Pero Heisenberg no había acabado de sorprender. De nuevo en Copenhague, a los veintiséis años todavía había de hacer su contribución más importante al cambio de paradigma iniciado por Planck: las relaciones de incertidumbre, fruto de sus reflexiones sobre la teoría cuántica.
Su demostración de que posición y velocidad de una partícula a escala atómica —y, por tanto, su trayectoria— no podían determinarse con precisión rompió otro esquema hasta entonces considerado sagrado: si Planck había acabado con la hipótesis del continuo, y Einstein,
con el espacio y el tiempo absolutos, Heisenberg lo hacía con el dogma de la causalidad determinista: «Si se conoce el presente, se puede calcular el futuro».
En 1927, Heisenberg recibió propuestas de las universidades de Leipzig y Zúrich. Interesado en colaborar con Debye, se decidió por la primera, donde se instaló como director del Instituto de Física Teórica, integrado en el Instituto de Física dirigido por el holandés.
1927 fue, precisamente, el año de mi ingreso en la universidad.
PROGRAMA DEL DÍA
Viernes, 27 de octubre
09:30 h: Informe de M. Gamow:
El origen de los rayos gamma
y los niveles de energía nuclear
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11:00 h: Discusión
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12:30 h: Almuerzo
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19:30 h: Cena de gala en el Palacio Real de Laeken