Hôtel Métropole 42
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El Métropole bullía con la característica animación de media mañana: botones empujando carritos de equipaje, camareros atendiendo las mesas del vestíbulo, guías turísticos esperando a su selecta clientela.

Nos acercamos a la recepción cohibidos. Yo temía encontrar mi maleta junto al mostrador, donde una suerte de humillante desdén me expulsaría para siempre del respetable establecimiento.

Remy nos vio venir de lejos. Para mi sorpresa, tenía nuestras llaves en la mano.

—Mademoiselle Hofmann, monsieur Maier, sus habitaciones ya están arregladas. —Nos dedicó una respetuosa inclinación de cabeza. Nadie que no hubiese adquirido cierta complicidad con él podría haber detectado emoción en su semblante—. Espero que lo encuentre todo a su gusto, monsieur —me recalcó.

Picados por la curiosidad, ambos nos dirigimos a mi dormitorio.

La lámpara, limpia y repuesta en su sitio; la cama, bien alisada; el baño, repleto de impolutas toallas; el albornoz, plegado con el cinturón formando un primoroso lazo. Por supuesto, alguien había limpiado la moqueta ensangrentada.

Volví a sentarme sobre la colcha, en el mismo lugar en que, poco antes, había esperado que acabase todo.

Klara se mantuvo en pie, mirando a un lado y a otro.

Supe que trataba de reconstruir en su mente la escena previa a su llegada.

Si en el taxi habíamos guardado silencio, creí llegado el momento: la puse al día sobre el maquiavélico plan de Fehme y la investigación de Charlotte, que me había abordado en el bar para interrogarme sobre Jürgen.

Le aclaré que mi participación en el asunto se debía a que, en su desesperación, Jürgen había dado con su cuerpo malherido en mi dormitorio.

Le dije la verdad, pero no toda: para qué mencionar aspectos ajenos al caso, como mis actividades para la NG y mi consiguiente relación con Charlotte.

—Es terrible —dijo Klara, estremeciéndose—. Pensar que Jürgen estuvo a punto de… No puedo creerlo. —Se sentó junto a mí, buscando una cercanía reconfortante—. La otra noche, en la cena con los profesores, ¿cómo podía estar tan tranquilo, sabiendo lo que iba a hacer?

—Seguramente no lo estaba —aventuré—. En realidad, cuando descubrió en qué consistía el plan, lo abortó.

Supongo que no era mal tipo, después de todo.

Se dejó arrastrar por un fanatismo que no era suyo, pero supo enmendar su error.

—Clavé los ojos en la moqueta todavía húmeda.

Jürgen se había arriesgado a morir por despedirse de Klara.

Sentía que le debía algo. Que ella supiera, sin provocarle más dolor—.

Le gustabas, ¿sabes? —dije al fin con un suspiro—.

Me lo dijo antes de expirar. Creo que eso fue la gota que desbordó el vaso; la que lo decidió a desactivar la bomba en el último momento.

Tuve que abrir la maleta para buscar un pañuelo. Dejé que Klara se desahogase durante un par de minutos. Yo pensaba en Charlotte y en su pierna herida. Deseé con toda mi alma que el balazo no le dejase secuelas.

—¿Piensas en ella?

No creo en eso que algunos llaman intuición femenina; no, al menos, que sea distinta a la del varón. Por eso atribuí su pregunta a la casualidad.

—¿En quién, en Charlotte?

—Ajá.

Encogí los hombros.

—Me preocupa, sí.

—La quieres, ¿verdad?

Me esperaba la pregunta, como consecuencia de la anterior. Cogí su mano más cercana entre las mías. Klara tenía la punta de la nariz y el blanco de los ojos enrojecidos. Contemplé sus iris, inmensos como el océano. Durante tres días me había debatido entre ambas mujeres. Ahora tenía una respuesta.

—Te quiero a ti.

Ella se ruborizó.

—No deberías. —Desvió la mirada—. Sería mejor para ti quererla a ella.

Suspiré. Por algún motivo, las chicas que me gustaban tendían a no considerarse adecuadas para mí.

—¿Por qué dices eso?

—¿Te he hablado de Fritz Strassmann?

—¿El colaborador de Hahn y Meitner? Sí, lo hiciste… —Naturalmente. Una mujer como ella… Cómo había podido ser tan ingenuo—. Oh, comprendo.

—No es eso —sonrió con dulzura—. Strassmann es un buen amigo, nada más.

Por eso no soporto ver cómo lo trata el régimen: desde que finalizó su beca de la NG, trabaja en el KWIC sin recibir salario.

Los nazis lo han puesto en su lista negra porque se dio de baja en la Sociedad de Químicos Alemanes después de que expulsasen a los miembros judíos.

No se le puede contratar, ni se le permite habilitarse como profesor, y él mismo ha renunciado a trabajos en la industria porque le exigían afiliarse al Partido Nazi.

—Sacudió la cabeza con tristeza—. Pasa hambre, Matt; lo he visto con mis propios ojos.

—Lo… siento de veras —dije conmovido—. Pero no entiendo. ¿Qué tiene que ver…?

Klara inspiró hondo. Su pecho se elevó de una forma que me pareció deliciosa.

—Me voy de Alemania. Emigro. Huyo. Llámalo como quieras. Se acabó.

Las idas y venidas. El sobre de papel manila. La embajada americana. La verdad me abofeteó cual adversario insolente. Se había paseado ante mis narices y no la había visto; peor aún, la había malinterpretado, obsesionado como estaba por la necesidad de informar sobre Lise Meitner.

—Te vas —dije sin aliento.

Apretó la mandíbula.

—No aguanto más. En breve me echarán del instituto.

Ni siquiera Meitner puede evitarlo; ella, menos que nadie en realidad, pues también está en el punto de mira.

Su prestigio aún la protege, pero yo… —Torció la boca con amargura—.

Deberé ceder el puesto a un varón con menos cualificación y experiencia.

Deberé recluirme en mi casa, a la espera de que algún descerebrado con ínfulas pida mi mano.

—Por el amor de Dios, Klara —intenté protestar—, eso no…

Pero ella negó con la cabeza.

—El otro día hablamos sobre el tema, ¿recuerdas?

Acabamos bromeando, pero no hay nada cómico en esto: las mujeres ya no contamos.

Y no se trata solo de nosotras. A muchos de mis amigos ya no los reconozco: se han embrutecido; persiguen judíos, convencidos de que un brazalete les otorga la razón.

Y mis amigas jalean los desfiles con el brazo en alto, cuando no participan luciendo sus blusas pardas como si fueran a un baile de puesta de largo.

Ya no sé qué excusas poner para evitarlas: he pasado más catarros este verano que en todo el resto de mi vida.

Y mi familia… Mi casa se ha convertido en un infierno.

Mi hermano se ha afiliado al partido. Todos los días me abronca por ignorar las consignas; todos los días me acuesto con lágrimas en los ojos.

Mi padre está deprimido. Se le exigió que prestase su apoyo incondicional al régimen, so pena de que lo expulsasen de la Universidad y del hospital donde ha ejercido siempre la medicina.

Desde que firmó los papeles no es más que una sombra de sí mismo.

¡Y el imbécil de mi hermano todavía va por ahí jactándose de que su padre es un patriota!

Qué asco, Matt… Alemania entera me da asco.

Se quedó callada tras haberse vaciado. En sus ojos encharcados amainó la tormenta.

Sentí algo muy difícil de explicar. ¿Amor?

Qué otra cosa podía ser, si no, ese júbilo que me producía su presencia, ese desasosiego que me provocaba su inminente pérdida.

La rodeé con el brazo. Ella apoyó la cabeza en mi hombro.

No podía verle la cara, pero sentía el vaivén de su respiración irregular.

Le había dicho que la quería, y por Dios que en eso no le había mentido.

—¿Sabes? —dijo, como si hubiese olvidado un detalle importante—. Me dan una pena infinita mis padres; pero me marcho con su bendición. Ambos comprenden que Alemania no tiene nada que ofrecerme.

—¿Adónde vas?

—Meitner había pensado en París para mí.

Por eso, en parte, me trajo como ayudante: tenía mucho interés en que conociese a los Curie.

Pero yo estaba empeñada en poner el océano de por medio.

El mismo sábado consulté en la Embajada Americana la posibilidad de conseguir un visado.

Y el martes Lawrence me hizo una oferta muy generosa.

Tiene un magnífico laboratorio, equipado con todos los adelantos.

Dispone de abundantes fondos y está dispuesto a contratarme como ayudante.

Lawrence. Mi intuición masculina había sido, pues, acertada. Solo que no era Meitner quien negociaba. O no para sí, al menos.

—Te vas a California, entonces —dije deshaciendo a duras penas el nudo de mi garganta.

Se sonó la nariz con delicadeza. Luego se incorporó para mirarme de hito en hito.

—Voy a comenzar una nueva vida, Matt. —Su voz sonaba excitada; también, en cierto modo, apenada—. Me costará olvidarte, pero tú debes hacerlo lo antes posible.

—No va a ser fácil, después de lo que hemos pasado juntos —suspiré—. Me hubiese gustado encontrarte en Berlín. Salir contigo, que me enseñases tu ciudad, que nos hiciésemos fotografías…

—Lo sé. A mí también, en otras circunstancias.

El beso fue inevitable. Comenzó, supongo, como un trámite de despedida.

Como el último acto romántico de un amor imposible.

Pero el beso se prolongó. Nos resistíamos a separar los labios.

Nuestras lenguas se trabaron en húmedo forcejeo, y el trámite se convirtió en beso furioso; en beso despechado; en desquite contra esa Alemania, injusta e infame, que nos obligaba a renunciar el uno al otro sin haber tenido, apenas, oportunidad de conocernos.

Sofocada, jadeante, Klara volvió a la realidad antes que yo.

—Hemos de regresar al Instituto —dijo—. Y antes debo cambiarme de ropa. —Me dedicó una mirada burlesca—. Tú también.

—Lástima —dije resignado—. Este era mi traje de los domingos.

—Y estas, mis mejores medias —rio ella, subiéndose el borde de la falda por encima de las rodillas.

Posé la palma de la mano en la más cercana, levemente huesuda; hermosa, según mi vasto criterio. Acaricié la piel, visible a través del desgarrón. Ella se dejó hacer. Ambos sabíamos que no era el momento, pero nos supo a mutua promesa.

—Esta noche la familia Solvay ofrece a los profesores y a sus esposas una cena —dije—. ¿Consideraría, frau doktor Hofmann, concederme esa cita que venimos aplazando desde el lunes?

—Estaré encantada, doktor Maier. De hecho, comenzaba a temer que no me lo pediría nunca.

Inspiré hondo. Tras la borrasca, los iris aguamarina se mostraban radiantes cual mañana despejada de invierno.

Llegamos a tiempo para el almuerzo. Esta vez no traté de evitar a Heisenberg: me fui derecho a ofrecerle una disculpa.