41
No había regresado al laboratorio reconvertido en sala de conferencias desde el acto inaugural.
Una alargada mesa, dispuesta en U alrededor del encerado, permitía a todos los profesores atender la sesión en primera fila, pudiendo organizar sus papeles y tomar notas con comodidad.
Los invitados de excepción ocupaban sillas sueltas distribuidas en segunda fila, contra las paredes.
Nuestra aparición en el umbral, precedida de un eco de carreras en el pasillo, hizo que prácticamente todas las miradas se volviesen hacia nosotros, interrumpiendo la presentación del ponente por parte de Verschaffelt.
El hecho de que Klara y yo apareciésemos mojados y con el rostro descompuesto provocó algunos cuchicheos y no pocas sonrisas.
Al recorrer la sala, mi mirada se cruzó con la de un ceñudo Heisenberg, que hube de ignorar.
Ajeno, Dirac se adelantaba hacia el encerado con un puñado de cuartillas en la mano.
Verschaffelt carraspeó con evidente intención admonitoria al ver que no nos decidíamos a sentarnos.
Justo en ese momento, Klara me dio un codazo.
—Detrás de Bohr —susurró—. ¿Es esa?
Tragué saliva. El insigne danés se sentaba justo en el centro de la U. Alguien había dejado una cartera marrón de cierre dorado sobre una silla vacía situada tras él. Sentí el golpe de adrenalina; la poca, supongo, que debía de quedar en mis glándulas.
—Quédate aquí.
Me abrí paso a toda prisa por detrás de la primera hilera de profesores, sorteando a trompicones sillas, maletines y rodillas de los sentados en segunda fila, levantando gruñidos entre los afectados e ignorando sus protestas.
—Mi cartera —sonreí a un perplejo Bohr al fin—, creí que la había perdido.
Pegué el oído a la cerradura: un amortiguado tictac resonó por encima de mis jadeos.
Bohr se aseguró instintivamente de que el objeto de mi codicia no era su propia cartera y luego puso los ojos en blanco —«Estos jóvenes…»
, oí bullir en su cerebro—. Entre el torbellino de pensamientos que se agolpaban en mi cabeza, por un instante me asaltó el de que una futura estancia en Copenhague quedaba descartada.
Recorrí el camino inverso aún más deprisa, gracias a que todas las rodillas se apartaron de mi paso. Klara se retorcía las manos en el pasillo, adonde supuse que había regresado para no irritar aún más a Verschaffelt.
—Tres minutos —me apremió.
—Entra. Siéntate —le supliqué—. No me sigas.
En la sala, mi admirado Dirac daba comienzo a su informe sin más preámbulo mientras yo, con una bomba en las manos, iba camino de pasar a la posteridad como el físico de Meissen despanzurrado en la lejana Bélgica a causa de un turbio asunto.
Alcancé el vestíbulo a la carrera, mi mente ocupada en calcular distancias y tiempos.
Aunque en la Universidad la había abandonado, en los tiempos del gymnasium no se me daba mal la velocidad.
Rodeando el edificio habría unos cien metros desde la entrada trasera hasta el hoyo de cimentación encharcado que había visto al llegar.
Con la ayuda de Patrice podía lograrlo si…
Patrice. A pocos pasos de la salida me detuve en seco.
El compañero de Charlotte se hallaba tumbado en el suelo ante la puerta, aparentemente desvanecido.
Inclinado sobre él, el veterano bedel intentaba, sin duda, auxiliarlo.
¿Lo habían herido desde afuera? Pero no había sonado disparo alguno, y el vidrio de las puertas enrejadas parecía intacto.
El bedel se giró hacia mí.
—Atrás.
Me apuntaba con la pistola de Patrice. Por la porra que tenía en la otra mano supe que lo había sorprendido mientras vigilaba a los sicarios.
—Ha sido usted, ¿no es cierto? —bramé—. Usted ha introducido la cartera en la sala. Usted…
—Y usted va a devolverla adonde estaba. —Sonrió con una mueca esquinada.
—Matt, ¡¿qué ocurre?!
El viejo desvió la mirada hacia donde un apresurado taconeo se había detenido, a dos pasos a mis espaldas.
Naturalmente, Klara me había seguido. Le hice un gesto con la mano para que se apartase de mí, de la cartera y del traicionero bedel; pero entonces me vino a la cabeza Charlotte, tensando sus músculos de gata.
Me infundí valor, o me resigné, con un sonoro bufido. De todos modos, ya estábamos muertos.
—¡Cógela! —grité a Klara, al tiempo que le arrojaba la cartera.
Suelo pensar que, de haberse tratado de uno de los sicarios, el bedel me habría acribillado antes de que lograse alcanzarlo; pero la edad, o mi ángel de la guarda, habían entorpecido sus reflejos.
Cuando el instinto le hizo girarse hacia Klara, siguiendo la trayectoria de la cartera, cargué contra él cual polizonte de Hollywood que derriba una puerta con el hombro.
La suerte se alineó conmigo, y su cráneo de ralo pelo blanqueado se estrelló contra el suelo.
El reloj corría. Yo sudaba. Necesitaba el concurso de Patrice si quería salir de allí con la cartera en las manos. Por suerte, recuperó la consciencia casi al instante.
—¿Cuánto tiempo? —Fue lo primero que dijo al hacerse cargo de la situación.
—Dos minutos —gimió Klara. Trataba de manipular la cerradura—. Hemos de desactivarla.
Negué con la cabeza.
—No sabemos cómo. Podría estallarnos en las manos.
—¡Arrójela fuera! —ordenó Patrice.
—Esos de ahí nos la devolverían —me opuse—. Hay que inutilizarla, tirarla al hoyo de la obra. El agua amortiguará la explosión.
Tendí a Patrice su arma.
—Puedo hacerlo si me cubre —dije, y, sin esperar respuesta, abrí la pesada puerta y me lancé a la carrera pegado a la fachada del edificio. Si lograba ganar la esquina…
Oí gritos tras los árboles.
… tres, cuatro…
Escuché varias detonaciones. Patrice me cubría.
… siete, ocho…
Corrí como si me fuera la vida en ello. La lluvia había cesado. Alcancé la esquina. Rebasé el Mercedes.
… quince, dieciséis…
Agradecí la grava que crujía bajo mis zapatos de los domingos, pues había evitado la formación de barro. De todos modos, casi seguro que acababan arruinados.
… veinte, veintiuno…
La atmósfera, calmada y limpia, transmitía los sonidos con nitidez: gritos furiosos; más pasos apresurados sobre la grava, detrás de mí. Mientras no me disparasen…
… veintinueve, treinta…
Sentí la detonación a la vez que un intimidante silbido junto a la oreja izquierda. Los muy bastardos. Pero no me detuve ni miré hacia atrás. Me había prometido contar hasta cincuenta y luego, me hallase donde me hallase, lanzar lo más lejos posible la pesada cartera.
… treinta y nueve, cuarenta.
Alcancé el extremo de la U. Oí otra detonación, pero esta no iba contra mí. Me volví a tiempo de ver cómo uno de los sicarios rodaba por el suelo. Más allá, Patrice sujetaba en alto su arma. El otro terrorista se detuvo, dubitativo.
Suficiente para darme un respiro.
Crucé la calle. El agua del hoyo, tersa y amarronada, estaba a diez metros apenas.
En el gymnasium había probado los lanzamientos antes de que mi poca envergadura me decidiese por la carrera.
Se me daban fatal. Flexioné las rodillas; extendí el brazo izquierdo hacia adelante, a la altura del hombro; hice lo propio con el derecho, del que colgaba la cartera; me di un impulso giratorio.
La bendita fuerza centrífuga hizo el resto.
En la mitad del segundo giro sobre mí mismo solté el asa con un rugido desesperado.
Como lanzamiento no estuvo mal: la cartera voló en parábola hasta levantar un pequeño surtidor de agua enfangada a diez o quince metros de la orilla.
Como demostración de estilo fue un fracaso: la suelta me hizo perder el equilibrio.
Mis posaderas acabaron arrastrándose por la grava húmeda.
Al cuerno, también, con el traje de los domingos.
Vista la inutilidad de su presencia allí, el segundo terrorista salió corriendo en dirección a la entrada del campus.
Patrice fue tras él. Otro agente de la Sûreté y sin duda alertado por los disparos, salió por una puerta lateral del edificio pistola en mano y le cortó el paso.
Para mi espanto, descubrí que la obstinada Klara no se había quedado quieta.
Le hice señas para que se detuviese y se agachase, pero hizo caso omiso: no paró hasta arrodillarse ante mí.
—¡Matt!… ¡¿Estás bien?!
—¡Klara! ¡Al suelo, por lo que más quieras!
Me abracé a ella, derribándola sobre mí.
Rodé sobre la gravilla para protegerla con mi cuerpo.
Si llegué a albergar la esperanza de que, mojado el mecanismo, o el fulminante o el explosivo, de alguna forma la bomba no llegaría a estallar, me equivocaba.
La explosión me hizo apretar la cabeza de Klara contra mi cuello, la mía contra la grava.
Gracias a Dios, el agua, ese maravilloso fluido cuasi incompresible, la absorbió en gran parte.
Nos ahorró el impacto directo de la onda de choque, si bien nos obsequió con una generosa rociada grisácea.
Así la muñeca de Klara: el reloj de Francine señalaba exactamente las nueve y diez. Los oídos me zumbaban.
Me hice a un lado para no aplastarla. Me incorporé hasta quedarme sentado.
La ayudé a hacer lo mismo. Ella tenía el cabello húmedo y revuelto; el cuello, sudoroso; la falda, sucia; las medias, rotas a la altura de las rodillas.
Tenía gracia: en menos de una hora había visto a las dos mujeres objeto de mi amor, siempre tan glamurosas ellas, hechas un asco.
Idéntica imagen debía de dar yo, porque Klara me dedicó una sonrisa feliz.
—Mírate —dijo—: estás horrible.
Sonreí también. A pesar de que nos faltaba el resuello, nuestras risas fueron in crescendo hasta convertirse en compulsivas carcajadas.
Estábamos vivos.
Verschaffelt había salido al vestíbulo, alarmado por las detonaciones.
Patrice lo tranquilizaba, tras identificarse como agente de la Sûreté de l’Etat.
Según él, un par de peligrosos delincuentes, a quienes perseguía, habían tratado de ocultarse en el Instituto.
Habían atacado al bedel, pero luego, viéndose descubiertos, habían huido para evitar verse acorralados.
Su compañero y él habían abatido a uno y atrapado al otro cuando intentaba huir, por lo que el asunto podía considerarse zanjado.
Patrice estaba al tanto de que allí se celebraba una importante reunión internacional: no era necesario importunar a los científicos; podían seguir con lo suyo con tranquilidad.
Comprendí que Verschaffelt no tenía ni idea de que la Sûreté vigilaba el Solvay.
Pero se había oído, objetaba el sexagenario profesor, una fuerte explosión.
El agente también estaba enterado. El gasógeno de un vehículo había estallado en la avenida de las Naciones, dijo.
Nada que no sucediera de vez en cuando. La prensa del día siguiente daría cuenta, a buen seguro.
Mientras tanto, si fuesen tan amables de permitirle utilizar un teléfono, él se ocuparía del fallecido, del detenido y de llevar a un hospital al bedel conmocionado.
Una luz dorada incidía sobre las copas de los árboles. El jardín había recuperado su natural placidez. Verschaffelt, faltaría más, aceptó de buen grado. Por nada del mundo quería que un desafortunado incidente empañase el éxito del Consejo.
Klara y yo nos habíamos demorado en el Mercedes, tratando de recomponer nuestro deslucido aspecto.
Yo me había peinado, ella se había retocado.
Su gabardina disimulaba la falda manchada y le tapaba las rodillas con holgura.
Mi traje húmedo y arrugado tenía poco disimulo; al menos, me había enderezado el nudo de la corbata.
Habíamos abandonado la sala de conferencias nada más llegar y ahora regresábamos al Instituto con cara de circunstancias.
Verschaffelt, quien por la mañana me había visto con otra damisela, no podía tener muchas dudas sobre lo que hacíamos en el vehículo mientras tenía lugar el tiroteo.
Cuando entramos en el vestíbulo, sacudió la cabeza.
Mientras el presidente del Consejo tomaba algunas disposiciones, entregamos a Patrice la llave del Mercedes en un discreto aparte, rogándole que se interesase por Charlotte.
Él, a su vez, nos pidió que actuásemos como si nada hubiese ocurrido y que no lo revelásemos a nadie.
El affaire Fehme iba a ser clasificado como materia de Estado.
Dirac seguía imperturbable con su charla.
Nos sentamos en segunda fila, junto a la puerta de entrada.
Klara se quitó la gabardina, que colocó sobre sus rodillas.
Fue entonces, desaparecida la tensión del drama, cuando nos vinimos abajo.
Bajo la tela impermeable se entrelazaron nuestras manos temblorosas.
El pañuelo de Klara subió y bajó hacia sus mejillas hasta quedar empapado.
Yo mismo realicé vanos esfuerzos para no desbordarme.
Al final hube de utilizar el dorso de la mano.
Desde el ala opuesta de la mesa, Lise Meitner nos lanzaba furtivas miradas.
Me dejé estrujar las manos por Klara. Por encima de todo lo vivido en las últimas veinticuatro horas, no podía evitar hacerme una consideración: con esas mismas manos, en apariencia limpias, había matado a una persona.
Y en ningún momento hasta entonces, para mi desconcierto, había sentido remordimiento, piedad, temor de Dios.
De la charla del genial físico británico —electrones, positrones, fotones y demás miembros de esa peculiar familia adoptada por los físicos de partículas— no llegué a asimilar una palabra.
Salimos al vestíbulo cuando todavía los aplausos resonaban en la sala. No queríamos estar presentes en la pausa del café para no soportar miradas incómodas. Peor aún: seguro que Heisenberg tenía muchas preguntas sobre mi extraña actitud de las últimas horas.
Un bedel joven ocupaba el mostrador. Dos individuos con bigote y sombrero vigilaban la puerta.
Un sedán negro bloqueaba el acceso al jardín.
Del Mercedes blanco solo quedaban las huellas de un brusco frenazo en la grava.
La normalidad parecía restablecida. Klara y yo intercambiamos miradas de alivio: la Sûreté, al fin, controlaba la situación.
—Necesito ir al hotel —dijo ella con los ojos enrojecidos—. Acompáñame, por favor.