40 #2
Hice un gesto evasivo.
—He visto a Charlotte manejarlo, pero no he conducido en mi vida.
—Estupendo —suspiró Klara, cediéndome el paso—. Anda, entra tú.
Sin esperar a que lo hiciese, corrió bajo su gabardina hacia la puerta del conductor. Eso me dejó al descubierto unos instantes, preguntándome si había algo que ella no fuese capaz de hacer.
—¡Vaya! —Klara se acompañó con un silbido al acariciar el lujoso volante—. ¿Tu prima es de familia pudiente, o es que los agentes del Gobierno belga ganan un dineral?
Me sacudí el agua de la cabeza y los hombros.
—Ahórrate la ironía. Charlotte no es mi prima, como ya habrás adivinado —dije impaciente—. ¿Sabes arrancarlo o no?
Ella acariciaba con la mano izquierda el volante de madera noble, mientras con la derecha tocaba, reconociéndolos uno a uno, los bruñidos mandos del salpicadero. Entre sus cejas había una fina arruga de concentración.
—Mi padre tiene un Daimler. No es tan nuevo y elegante como este, pero lo he llevado un par de veces —explicó, girando la llave de contacto—. Eso tendría que bastar.
Tiró de una palanca. Pulsó un botón. La carrocería se estremeció cuando el potente motor de seis cilindros cobró vida.
—¡Guau!
—Son menos veinte —dije suplicante—. Vámonos, por favor.
Pisó un pedal. Accionó el cambio de marchas. Giró el volante. Pisó otro pedal. El automóvil avanzó a duras penas entre chirridos, como si se resistiese a unas manos desconocidas. Arrugué el ceño: definitivamente, a Charlotte la obedecía de otra manera.
—¡El freno de mano! —exclamó Klara—. ¡Mierda! Lo he olvidado…
Liberó una palanca. El automóvil dio un salto brusco hacia adelante, golpeando con el parachoques el vehículo estacionado delante. Me agarré a la puerta, al salpicadero. Resoplé.
—No es nada —quitó importancia—. Tranquilo, ya lo tengo.
Enfilamos el bulevar Adolphe Max hacia el norte.
El tráfico, nutrido a aquella hora de la mañana, no hacía nada por facilitarnos la tarea.
Habría que sortear automóviles, coches de caballos y tranvías si queríamos llegar a tiempo.
Aparté de mi cabeza el deseo de que fuese Charlotte quien estuviese al volante.
Necesitaba concentrarme en reconstruir en mi mente el mapa de la ciudad.
—Vayamos por los bulevares —se me adelantó Klara—. Hay que rodear todo el centro, pero será lo más rápido, creo yo.
—De acuerdo —asentí.
Ella asía el volante con firmeza. Ejecutaba los cambios de marcha con precisión. Su gesto concentrado, sin llegar a ser tenso, me tranquilizó. Sin duda había conducido más de lo que quería admitir. En un momento dado, sacudió la cabeza.
—Lo de Jürgen… Todavía no me lo puedo creer.
Encogí los hombros. Me dispuse a cumplir con lo inevitable.
—En cuanto a Charlotte… —Comencé.
—Una bomba, dices.
—Sí. Verás…
—Ahora no —me atajó, recogiéndose el mechón rebelde tras la oreja. Se restregó con la mano una gota que resbalaba hacia su mandíbula. Una gota de sudor—. Luego me lo cuentas, si salimos de esta.
El trayecto por los bulevares se me hizo interminable.
Aunque me mantuve en tensión durante todo él, ni automóviles, ni tranvías ni carretas de reparto llegaron a estorbar la decidida conducción de Klara.
Lo peor fueron los pasos de peatones. En uno de ellos provocamos la ira de un guardia urbano que mantenía obstinadamente el brazo en alto, a la espera de que los últimos transeúntes, una pareja de ancianos agazapados bajo un paraguas, se decidiesen a atravesar la calzada.
Klara ignoró a uno y a otros, y los furiosos ecos del silbato nos persiguieron un trecho.
Llegamos por fin al campus de la Universidad Libre, todavía a medio construir en los terrenos de lo que fuera la Exposición Universal de 1910.
Tras un bello conjunto de edificios de inspiración ecléctica, destacaba entre la lluvia el inmenso bloque rectilíneo que alojaba la Escuela Politécnica y las facultades de Ciencias.
Formaba una U con un jardín en el hueco de la parte trasera, por donde se accedía al Instituto de Física.
Lo contemplé con aprensión, calculando cuáles de sus innumerables ventanas rectangulares volarían hechas añicos en breve.
Al bordearlo por la calle lateral, Klara titubeó.
—¡No pares, ve hacia el jardín! —exclamé.
Al llegar al extremo de la U, Klara, apretando los labios, dio un brusco volantazo sin apenas pisar el freno.
Los neumáticos chirriaron sobre la grava.
Yo pensé que acabaríamos en el enorme hoyo de cimentación de una obra aledaña, pero el Mercedes mostró más obediencia a su conductora que yo confianza.
Llegamos a la altura del jardín central atronando la placidez del campus con nuestros seis cilindros.
Al instante me alegré de haber realizado la maniobra: un par de tipos corrían hacia nosotros haciendo aspavientos para que nos detuviésemos.
Podían ser los compañeros de Charlotte, pero también los que habían atacado a Jürgen.
La lluvia seguía cayendo, aunque rebajada en intensidad. Mientras cruzábamos el jardín a la carrera, Klara consultó el reloj de Francine.
—Las nueve y tres —dijo—. ¿Dónde crees que estarán?
Recordé la fotografía oficial del sexto Consejo, enmarcada en el despacho de Heisenberg.
—Supongo que en la sala de conferencias: se harán la foto ahí mismo.
Miré hacia atrás. Nuestros perseguidores ya habían entrado en el jardín. Supe que eran sicarios de Fehme al reconocer ante nosotros al verdadero compañero de Charlotte, que venía a nuestro encuentro desde el edificio en ese preciso instante. Nos había visto apearnos del Mercedes blanco.
—¡Patrice! —exclamé—. ¿Dónde se había metido?… ¡Nos persiguen!
—Ya veo —dijo, llevándose la mano a la sobaquera.
Nos pusimos a cubierto tras las puertas acristaladas, enrejadas con barrotes de hierro.
Patrice sujetaba con ambas manos su automática; yo, la mano de Klara, de la que había tirado como un poseso.
Los sicarios, también armados, se parapetaron tras los árboles más cercanos al edificio.
Comprendí que no necesitaban venir a por nosotros: solo tenían que aguardar unos minutos.
—¿Y los profesores?
—Dentro, comenzando la sesión. El fotógrafo ha comunicado un contratiempo debido a la lluvia, y la fotografía oficial se ha pospuesto hasta después del almuerzo. ¿Y Charlotte?
—Está herida; no parece grave —lo tranquilicé—.
Escuche, hemos desenmascarado a Peter. Está muerto; muerta, en realidad, porque se trataba de una mujer.
Y hay una bomba escondida en una cartera de piel.
Suponemos que está en la sala donde se reúnen los profesores.
Estallará en seis minutos, pero creo que puedo reconocerla.
A nuestras espaldas asomó un bedel de amarillento mostacho y espaldas cargadas; un veterano de guerra, calculé. Sin duda Patrice ya se había identificado, porque a un gesto suyo el bedel volvió a desaparecer tras el mostrador de recepción.
—Hagamos que evacúen el edificio —sugirió Klara.
Negué con la cabeza.
—Si los profesores salen, dispararán contra ellos. ¡Esos de ahí son unos fanáticos!
—Busquen la bomba —zanjó Patrice—. Yo los mantendré a raya.
—¿Qué buscamos, exactamente? —me preguntó Klara.
—Es muy peligroso —me resistí—. Quédate aquí, por favor. Si la bomba estalla…
Elevó ella la mirada al techo.
—No digas tonterías —me espetó—. No te he traído hasta aquí jugándome el cuello para quedarme ahora de brazos cruzados. —Consultó de nuevo el reloj de Francine—. ¡Y estamos perdiendo un tiempo precioso!
Dejé escapar un resoplido.
—Si es como la de Jürgen, se trata de una cartera de piel marrón con el broche dorado —expliqué—. Si no…
Klara tragó saliva. Nunca el azul de su mirada me había parecido tan puro, tan luminoso.
—Pues vamos —dijo.
Tan bello.