40
Los ojos cerrados me impidieron ver lo que sucedió en el siguiente instante.
Recuerdo que llamaron a la puerta. Los sicarios de Francine, pensé.
Recuerdo un cambio de presión en el colchón, un frufrú de ropa, un choque amortiguado seguido por un gemido, provenientes de donde se hallaba la camarera.
Recuerdo también una voz conocida en el pasillo.
¿Estás ahí, Matt? Abre, por favor, decía, o algo así.
Para cuando reaccioné, camarera y espía se hallaban trabadas en un forcejeo convulso.
A la gata, comprendí, le había bastado que la otra desviase su atención una fracción de segundo para saltar sobre ella.
Me puse en pie como impulsado por una descarga eléctrica, pero luego me quedé inmóvil junto al escritorio, sin saber qué hacer.
Charlotte sujetaba con la mano izquierda la muñeca derecha de su rival, y el resultado era que la pistola subía, bajaba y describía círculos, que, por momentos, me situaban en la prolongación del cigarro puro.
Recuerdo que sonó un «paf» apagado, o un «pof», o un «puf»; el caso es que me estremecí.
Las dos mujeres se separaron bruscamente.
Charlotte cayó de nalgas sobre la moqueta, sujetándose el muslo izquierdo con un gemido desgarrador.
Francine, liberada del abrazo de su adversaria, salió trastabillada hacia atrás.
Hacia mí. Todavía empuñaba la pistola. Un subidón de adrenalina me recorrió las venas.
La lámpara de bronce, la que había alumbrado mis cartas y mis informes, hizo el resto.
La camarera se desplomó sobre la moqueta con un ruido sordo.
—¿Qué ocurre?… ¡Por Dios, Matt! ¿Qué estás haciendo?
La voz de Klara insistía desde el pasillo. Una mancha oscura empezó a ensuciar la moqueta alrededor de la cabeza de Francine. Sus ojos, vidriosos, miraban sin ver. Contemplé la pesada lámpara, aún en mi mano derecha: el canto de la peana circular estaba teñido de rojo. La dejé caer con estrépito.
Yo, Matthias Maier, había matado a una persona.
—¡Matt, abre ahora mismo o llamaré a conserjería!
Moviéndome como un autómata, giré el picaporte hasta liberar el resbalón. Sin molestarme en abrir la hoja de la puerta, me abalancé sobre Charlotte, que había contemplado mi actuación con los ojos muy abiertos y un rictus de dolor en los labios.
—¿Estás bien?
—Tengo un balazo en la pierna —gimió—. Duele mucho.
En la falda, a mitad de camino entre la ingle y la rodilla, había, en efecto, un agujero del tamaño de un garbanzo con el borde requemado.
La zona circundante estaba empapada de sangre.
Quise descubrir la herida, pero la angosta hechura de la falda impedía levantarla más allá de la rodilla.
Así con ambas manos las esquinas de la abertura lateral y la rasgué sin miramientos.
El agujero se reproducía en la media, justo por debajo de la liga.
Había mucha sangre alrededor. Saqué un pañuelo del bolsillo y lo apliqué contra la herida.
Solo entonces reparé en Klara. Plantada en el umbral de la puerta, con el bolso y una gabardina colgados del brazo, nos observaba con la boca abierta. Sus hermosos ojos azuleaban desorbitados.
—¿Qué haces aquí? —le espeté.
—Yo… venía… —balbuceó, retorciéndose las manos—. Quería saber cómo has pasado la noche, y… ¡Oh, Dios mío! —Se cubrió la boca al descubrir el cuerpo inerte de la camarera—. ¿Qué ha ocurrido, Matt? ¿Está…? ¡Oh, Dios mío! —repitió—. ¡Tiene un arma en la mano!
El cielo atronó de nuevo. Gruesas gotas de agua me alcanzaron la nuca. Una lluvia recia comenzaba a colarse en la habitación.
—Lo sé —dije fríamente—. Ha intentado matarnos, por eso estamos así. No te quedes ahí pasmada; pasa y cierra la puerta y la ventana —le espeté—. Y trae toallas del baño, por favor —suavicé luego, arrepentido de mi brusquedad.
Si por un momento temí que saliese corriendo, Klara obedeció.
Al poco se hallaba arrodillada a mí lado, con una toalla empapada en agua caliente y toda la ropa blanca que había podido reunir.
Mientras lo hacía, yo había ayudado a Charlotte a arrastrarse hacia la pared, de forma que pudiera recostar la espalda.
Nos contemplaba con ojos aguanosos, párpados entrecerrados y churretones de rímel en las mejillas.
Aun así, me pareció que la atribulada perplejidad de la recién llegada la divertía.
En cuanto a mí, por si las cualidades de Klara no me habían subyugado bastante, estaba a punto de descubrir otras nuevas. Con pulso firme liberó la media de la liga y comenzó a lavar la herida con exquisito cuidado.
—¿Quién es esta mujer, Matt?
Me maravillaba la sangre fría a que había dado paso su espanto. Klara merecía una explicación, pero no era el momento. Interrogué a Charlotte con la mirada. Ella asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Es… una agente del Gobierno belga —dije, y luego señalé con la barbilla a Francine—. Y ella, una terrorista. Jürgen ha muerto, Klara. No ha regresado a Heidelberg, como nos han hecho creer; los hombres de Francine lo han asesinado. Te lo contaré todo, pero ahora no hay tiempo.
Klara se puso rígida. Se llevó una mano al pecho. Hizo oscilar sus ojos de cielo entre Charlotte y yo.
—¿Es cierto eso, lo de Jürgen? —preguntó, incrédula.
Abatí la mirada. Charlotte asintió. Klara tragó saliva, reprimiendo un puchero. Se enjugó las comisuras de los párpados con una punta limpia de la toalla. Luego, sin decir nada, palpó por detrás el muslo herido, lo que hizo que Charlotte apretase los dientes.
—No mana en abundancia —dijo—, pero la bala no ha salido. Necesita un cirujano. Mientras tanto, hay que hacer un torniquete.
Había tomado la iniciativa, a pesar del shock. Rasgué, a indicación suya, la cenefa de la funda de almohada.
—¿Sabes hacer un torniquete? —pregunté escéptico.
Ella hizo una mueca evasiva.
—Mi madre sirvió como enfermera en la Gran Guerra. Me contó muchas batallitas cuando yo era joven. —Señaló hacia el escritorio con la barbilla—. Dame ese lapicero.
Contemplé boquiabierto cómo se afanaba con la herida, pensando que por primera vez tenía a mi lado a las dos mujeres que pugnaban en mi corazón.
La una me había salvado la vida; la otra, posiblemente, estaba salvando la de la primera.
Ambas tenían más temple, más decisión, más coraje que yo.
Quizá fuese injusto conmigo mismo, pero lo cierto es que me sentía indigno.
En menos de un minuto, Charlotte tenía la improvisada venda anudada alrededor del muslo, comprimida por la torsión que ejercía el lápiz. El agujero dejó de manar.
—¿Duele? —le preguntó Klara.
—Una barbaridad —musitó la otra.
La sangre le había abandonado el rostro. Sudaba en abundancia. La cubrí con mi albornoz.
—Te pondrás bien, creo —dijo Klara—. Mejor que ella —añadió, haciendo un gesto hacia Francine. Luego se volvió hacia mí, desafiante—. Y tú, ¿vas a decirme ahora…?
—¿Han salido? —La interrumpí—. Los profesores. ¿Han salido para la Universidad?
—Claro que han salido —respondió, parpadeando varias veces—. Precisamente Heisenberg estaba preocupado porque no aparecías. Iba a subir en tu busca, pero yo me he ofrecido para que no se le hiciese tarde.
Le puse una mano en el hombro.
—Escucha, Klara: los profesores, todos ellos, corren un gran peligro. No hay tiempo para explicaciones; he de ir al Instituto a toda prisa. ¿Puedes ocuparte de Charlotte?
Ella me miraba sin comprender.
—Pero…
—Hay una bomba a punto de estallar, y he de evitarlo. Por favor —supliqué—. Confía en mí.
—Id los dos —terció Charlotte—. Yo estaré bien, y juntos tenéis más posibilidades de dar con la cartera. Matt te lo contará todo por el camino, querida. Confía en él.
—¡Pero no podemos dejarte así! —protesté—. ¡Necesitas un médico!
—Di al conserje que Francine ha sufrido un accidente, que envíe a alguien con urgencia. Y coged mi coche; está aparcado en la plaza. —Me asió el antebrazo con escasa fuerza—. Mis compañeros vigilan el Instituto, os protegerán si aparecen los sicarios de Fehme.
Noté que Klara se envaraba al oír el siniestro nombre. Miró en derredor: el cuerpo abatido, la pistola, la lámpara ensangrentada. Un visible escalofrío le recorrió el cuerpo. Por fin comprendía.
Acerqué el bolso de Charlotte. Cogí la llave de contacto del Mercedes. Luego, en un arranque de lucidez, me incliné sobre Francine y la despojé de su reloj de pulsera. Era demasiado pequeño para mi muñeca, por lo que se lo tendí a Klara. Ella me miró escandalizada.
—¿Qué haces?
—Francine ha dicho «exactamente» al anunciar la hora de la explosión. Espero que su reloj esté sincronizado. Póntelo, anda.
Por último, puse en la mano derecha de Charlotte su pequeña pistola, por si aparecía alguien indeseado.
Le aparté un mechón húmedo de la cara. Aquella mujer me había parecido la más atractiva del mundo, y verla así, sudorosa, desgreñada, con el rouge convertido en una mueca de dolor y el rímel ensuciándole los pómulos, me produjo una ternura infinita.
Quise decirle algo, pero el hecho de que Klara estuviese delante no facilitaba las cosas.
—Vete —dijo ella, consciente de mi dilema—. Corre.
Bajamos las escaleras a la carrera, dimos aviso urgente a Remy y nos lanzamos a la calle.
Una cortina líquida emborronaba los contornos de la plaza De Brouckère.
Bajo el dosel que protegía la entrada dudé: con las prisas me había dejado abrigo, paraguas y sombrero en la habitación.
Klara, al menos, no había olvidado su bolso y su gabardina.
—Es aquel de allí, el blanco —señalé.
El Mercedes, la capota negra previsoramente echada, destacaba en la difusa fila de vehículos oscuros aparcados al otro lado de la calzada.
Treinta metros de aguacero, calculé resignado.
Me subí las solapas de la chaqueta en un gesto inútil.
Inspiré hondo, dispuesto a lanzarme a la carrera. Klara me retuvo por el brazo.
—Espera —dijo, extendiendo la gabardina de forma que nos cubriese las cabezas.
Y así, sujetando cada uno su lado y con mi brazo rodeándole los hombros por debajo de la gabardina, nos dirigimos a grandes zancadas hacia el descapotable encapotado.
Las desesperadas circunstancias no me impidieron, lo confieso con cierta vergüenza, sentir durante el breve trayecto el sedoso roce de su cabello contra el mío.
Abrí la puerta del pasajero para que entrase, pero los iris claros desconfiaron.
—¿Sabes conducir?