Hôtel Métropole 39 #2
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39 #2

—¿Edmund Heines, el diputado?

—Y mano derecha de Rohm, el jefe supremo de las SA.

Y líder de Fehme. Se cuentan…, no, se saben de él cosas terribles.

Es un asesino y un sádico, azote de comunistas, socialdemócratas y judíos.

Ahora dirige la policía de Breslavia. —Charlotte negó con la cabeza—. Pobres de quienes caen en sus garras.

—Pero no entiendo. ¿Qué tiene que ver todo eso, Breslavia, Heines, la Fehme…, con Einstein y con los físicos del Solvay?

—Visto con la lógica de Fehme tiene que ver todo, pero ahora no hay tiempo para explicártelo, Matt. Si los asesinos de Attel han recuperado la cartera-bomba, no esperarán a que surjan más complicaciones. Los miembros del Consejo, todos ellos, corren un peligro inminente.

Todos ellos. Un escalofrío me recorrió el espinazo. Me levanté de un salto. Consulté mi reloj: las ocho y cinco.

—¡Sé cuándo van a hacerlo! —exclamé—. Dentro de muy poco, a las nueve.

Un par de adorables líneas cruzó la frente de Charlotte.

—¿Cómo lo sabes?

—Han citado a los profesores a primera hora para la foto oficial. En cada edición del Consejo se hace una. Estarán todos, sin falta. ¿Entiendes? No habrá mejor ocasión.

Charlotte se abalanzó sobre su bolso.

—Debo poner sobre aviso a mis superiores. Debemos…

No terminó la frase. Unos nudillos golpearon la puerta.

Nos miramos con la boca abierta. Charlotte se llevó el índice a los labios.

Pisando con suavidad, se situó junto al quicio de la puerta.

Me hizo una seña para que me colocase en el lado opuesto, junto al picaporte.

La idea, comprendí, era evitar que un balazo atravesase la madera y encontrase unos pulmones.

Espantado a la vez que aliviado, vi que sacaba una pequeña automática del bolso.

El golpeteo se repitió.

—Monsieur Maier, ¿está ahí? —Reconocí la voz de Francine—. Abra la puerta, por favor. —Denotaba premura—. Creo que tenía usted razón sobre monsieur Attel. —Azoramiento—. He encontrado algo: una cartera con extrañas manchas.

Consulté a Charlotte con la mirada. Ella asintió con la cabeza. Disimuló la pistola en el interior del bolso, aunque sin llegar a soltarla.

Entreabrí la puerta. La camarera sostenía ante su pecho la inconfundible cartera. Miré a derecha e izquierda antes de franquearle el paso. Nadie. Liberé de golpe la respiración contenida.

—Pase, Francine.

Cerré la puerta tras ella acompañando el resbalón con el pomo para hacer el menor ruido posible.

Veinticuatro horas antes me habría muerto de vergüenza si la voluntariosa camarera hubiese encontrado allí a una mujer, máxime a una hora a la que no cabían muchas interpretaciones.

En aquel momento, sin embargo, me daba igual lo que pudiera pensar.

Lo único que me importaba era examinar el contenido de la cartera.

—¿Dónde la ha encontrado, Franc…?

Me interrumpió, al darme la vuelta, la mirada glacial de Charlotte, congelada sobre la recién llegada.

Esta sujetaba por el asa, con la mano izquierda, la cartera abierta.

Con la derecha empuñaba un artefacto negro y brillante, acabado en un cilindro del tamaño de un enorme cigarro cuyo extremo, perforado y oscuro, apuntaba a mi pecho.

—Saque la mano sin trucos —pronunció muy despacio—. Si hace cualquier movimiento extraño, le atravieso el alma.

La mano aludida era la de Charlotte; el alma, obviamente, la mía.

Una cálida vaharada con regusto a bilis me subió por el esófago.

Sentí una repentina humedad en cuello y frente.

Charlotte arrojó el bolso lejos de sí a indicación de Francine.

Los labios de la camarera dibujaron una sonrisa de triunfo.

—¿Buscaba esto, monsieur Maier? —me espetó, al tiempo que me lanzaba la cartera.

La atrapé al vuelo con la prevención de quien atrapa al vuelo una bomba armada por una banda de asesinos. No había cuidado: estaba vacía.

—Hemos tenido que reemplazarla con una nueva. —La camarera se burló con una sonora carcajada—. Esta está hecha un asco, no sería de recibo en un congreso como el Solvay.

Arrojé la cartera a un lado, furioso por no haberme dado cuenta antes: el fortuito encuentro en la escalera cuando buscaba a Heisenberg no había sido tal.

Ella dijo que marchaba a casa, pero no llevaba bolso ni paraguas, ni siquiera sombrero.

No fue en busca de la llave maestra, pues siempre la llevaba encima; lo que hizo fue abrir mi habitación para que sus hombres se desembarazasen de Jürgen.

Me había dejado engañar como un estúpido.

—¿Qué… ha hecho con Jürgen Attel, Francine? —balbucí—. ¿Quién es usted, en realidad?

Charlotte mantenía la compostura mejor que yo.

—También hay pronazis en Bélgica —dijo—. Algunos pretenden organizarse; sobre todo en Flandes, donde aspiran a una independencia tutelada por Alemania. Me temo que nuestra Francine es una de ellos. ¿O debería llamarla Peter?

—¿Peter? —Agrandé los ojos, confuso—. ¿Quién es Peter?

—Una buena estratagema —reconoció Charlotte, sin perder de vista a la camarera—. Llevamos semanas siguiéndole la pista. Lo suponíamos infiltrado en el Instituto de Física o aquí, en el hotel; pero nunca se nos ocurrió pensar en una mujer.

Con un gesto de su mano armada, Francine nos empujó hacia el borde de la cama.

Sentado de nuevo junto a Charlotte, hice un cálculo estimativo: si me abalanzaba hacia el cañón, la camarera apretaría el gatillo por puro reflejo antes de que yo recorriese la mitad de la distancia.

Para tener una mínima garantía de éxito debía darse la improbable combinación de que ella se acercase y de que tuviera un descuido.

—Tampoco nosotros hemos estado acertados —se lamentó Francine, a pesar de su evidente dominio de la situación—. Confiamos demasiado en monsieur Attel. Pero Attel resultó ser débil. No estaba suficientemente comprometido con la Causa.

Miré a la una, luego a la otra. Ambas se estudiaban con desapasionamiento; con curiosidad profesional, podría decirse. Me sentí ninguneado, salvo por el pequeño detalle de que el cigarro puro seguía apuntado a mi esternón.

—¿Llama causa a asesinar a cuarenta sabios pacíficos? —protesté.

Francine me menospreció con una sonrisa torcida.

—Todos ellos prescindibles, incluidos sus compatriotas —dijo, confirmando la versión de Charlotte—.

Pero no debe preocuparse por eso, monsieur Maier: pronto se reunirá con su amigo Attel.

Los encontrarán a ambos flotando en el canal.

Varias personas los han visto coqueteando con mademoiselle Hofmann, y ella misma conoce sus diferencias respecto al antisemitismo, así que no le extrañará a nadie: rivales en el amor, en la política, en la ciencia…

—Meneó la cabeza—. Una lástima, dos jóvenes tan brillantes.

Imaginé a mi madre oyendo de boca del prefecto de Meissen tamaña sarta de mentiras; su incredulidad, su impotencia, su sufrimiento.

Y luego, señalada en el pueblo, objeto de todos los comadreos.

Un lance amoroso, ¿sabe usted? El joven Maier.

Quién iba a decirlo. Se mataron entre ellos, sí.

Su padre, un héroe de guerra, y él, en cambio… Con lo sensato que parecía.

Avergonzada de por vida.

Me sonrojé hasta el último cabello.

—¡Miserable!

Pero Francine me ignoraba, vuelta su atención hacia quien más le interesaba.

—En cuanto a usted, querida —dijo—, mis amigos de Fehme estarán encantados de interrogarla. No la envidio, habida cuenta de los… hum, peculiares métodos que emplean.

Rio mientras Charlotte apretaba los dientes. Me pareció que lo único que le impedía saltar era la negra boca que amenazaba mi pecho.

En la lejana torre sonó un cuarto. Lejos de clarear el día, la estancia se había ensombrecido por efecto de un cielo encapotado. Francine, alias Peter, se levantó la manga fruncida del brazo que sujetaba el arma, dejando ver un pequeño reloj de pulsera plateado.

—Las ocho y quince —anunció—. Exactamente a las nueve y diez habrá acabado todo. Pero a usted, Maier, le ahorraré la espera. Lo siento, porque me cae simpático desde el primer día.

Levantó el cañón como si eligiese el punto más adecuado de mi anatomía.

Mi corazón no daba más de sí; estallaría de un momento a otro si la fatídica bala no lo atravesaba antes.

Sentí un cambio de presión en el colchón a mi lado: Charlotte tensaba todos sus músculos, cual gata que se ve acorralada.

Busqué en su mirada una postrera despedida, pero estaba concentrada en Francine.

Suspiré. No podía creer que todo acabase así.

En la calle retumbó un prolongado trueno. Los ojos se me humedecieron. Los cerré a tiempo de evitar que las lágrimas se desbordasen.

Simplemente, no estaba preparado.