39
La campanada no llegó a sonar. O más bien cabe decir que la media hora de plazo autoimpuesto se convirtió en toda una noche de profundo sueño.
Al menos, todavía no clareaba cuando desperté.
En la plaza, una fina lluvia salpicaba los charcos bajo las farolas.
Esta vez no tuve dificultad para mover el escritorio.
Del brazo izquierdo colgué abrigo y paraguas; de la mano, el sombrero.
Eché un último vistazo al baño, a la mesilla, al armario: no olvidaba nada.
Dejé la maleta hecha y cerrada sobre una banqueta, por si debían enviarla a algún sitio.
Difícilmente yo volvería a pisar aquella habitación.
Había poco movimiento en el vestíbulo a esa hora. Me alegró que Remy se hallase de turno en conserjería. Lo saludé como se saluda a ese vecino agradable que uno se encuentra a diario, con el que no le importaría tener más intimidad. Le tendí la carta para mi madre y una moneda de cinco francos.
—¿Puede despacharla por mí?
—Faltaría más —dijo, al tiempo que negaba con la cabeza—, Pero esto es demasiado, monsieur Maier.
Hizo ademán de devolverme la moneda, la cual rechacé.
—Así está bien, Remy. Muchas gracias. ¿Ha visto a herr Heisenberg?
Quería sincerarme con quien tanto había confiado en mí y evitarle, de paso, el bochorno de enterarse por terceros de mi deslealtad.
Tempranero, como el buen amante de la montaña que era, el profesor había bajado ya al comedor.
Desde el umbral tuve un atisbo de su cabello rubio.
Se hallaba solo, al fondo, sentado de espaldas en su mesa habitual junto a la majestuosa chimenea que presidía el comedor. Unos leños crepitaban en el hogar.
No llegó a verme porque no llegué a entrar.
No llegué a entrar porque Charlotte me interceptó. De hecho, percibí el intenso aroma de su cigarrillo antes de que ella surgiese de detrás de un vistoso macetón con palmera.
—Ayer te esperé hasta tarde.
Lo dijo con aire desabrido. Su voz, ya fuese por el reproche, ya por un exceso de tabaco, sonaba más rasgada que nunca. El blanco de los ojos se veía irritado tras la impecable máscara de rímel y sombra de párpados.
—Ayer no estaba yo para tus jueguecitos —le espeté.
Se llevó el cigarrillo a los labios. Un ligero temblor en el movimiento de sus dedos me hizo pensar que en su aparente frialdad había mucho de pose.
Aspiró una honda calada, la exhaló lentamente por boca y nariz.
Supe que ganaba tiempo para elegir bien las palabras.
Cuando respondió, lo hizo en un tono quedo.
—Mis jueguecitos, como tú dices, buscan salvar la vida de muchas personas.
Le dirigí una mirada escéptica.
—Ah, ¿sí?… ¿Como la de Jürgen Attel, quizá?
Abrió unos ojos desorbitados. A pesar del colorete que resaltaba sus pómulos, podría jurar que palideció.
—¿Qué quieres decir?
—Jürgen murió ayer en mi cuarto —susurré—. Lo sabes muy bien, porque tu gente se deshizo del cuerpo.
Suspiró sin dejar de mirarme a los ojos. El humo turco creaba una voluble pantalla entre nosotros. En el interior del comedor, el maître aguardaba a que nos decidiésemos a entrar. También Charlotte se dio cuenta de que observaba con suspicacia nuestros cuchicheos.
—Eres un verdadero idiota, Matthias Maier —sentenció. Luego se colgó de mi brazo y tiró de mí hacia el vestíbulo—. Ven, acompáñame.
Ejercí una leve resistencia, pero su reproche y, sobre todo, su tono decepcionado, me hicieron dudar.
—¿Adónde me llevas?
—A tu habitación.
Langevin y Verschaffelt pasaron a nuestro lado. El presidente del Comité científico y el secretario del Consejo, venerables sexagenarios ambos, nos saludaron, entre curiosos y distraídos, con ligeras inclinaciones de cabeza.
Si supieran.
Charlotte se sentó en el borde de mi cama con gesto cansado. Apuntó con la barbilla a la maleta cerrada.
—¿Vas a algún sitio?
—A la cárcel, probablemente —respondí cortante—. Voy a contarle a la policía todo lo sucedido ayer, incluido lo de la misteriosa cartera por la que creo que han asesinado a Jürgen.
Enarcó ella ambas cejas al oírme hablar de una cartera. Abrió el bolso. Me puse en guardia, pero solo sacó la pitillera de nácar.
—¿Te importa?
—¿El segundo ya? —ironicé—. ¿No es temprano?
Fatigados, los ojos de alga se clavaron en los míos como si mirasen a un desconocido.
—El cuarto, en realidad —dijo, elevando los hombros—. Llevo mucho tiempo despierta por tu culpa. —Contempló la pitillera un instante, antes de devolverla al bolso—. Pero tienes razón: demasiado tabaco, demasiado pronto. Cuéntame qué ocurrió ayer, por favor —añadió con un suspiro.
Aún hoy, un suspiro femenino tiene en mí un efecto balsámico. Aquel no fue una excepción. De repente la situación me pareció absurda: si, como sospechaba, Charlotte formaba parte de la conspiración, entonces ya lo sabía todo. En caso contrario…
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque estamos en el mismo barco —respondió, y luego endureció el tono, cual maestra ante un alumno díscolo—. Y el barco, como has tenido ocasión de comprobar, ha chocado con un iceberg. Hace agua.
—No comprendo.
Se mordisqueó el cerco de la uña del pulgar, en un gesto de inseguridad que no le había visto nunca. Deduje que se lo pensaba antes de decirme algo importante. Acerté.
—Trabajo para la Sûreté de l’État —confesó.
Alcé ambas cejas.
—¿Eres policía?
—La Sûreté es el servicio de inteligencia belga, uno de los más antiguos de Europa. Se ocupa, entre otras cosas, de vigilar a los movimientos extremistas que puedan poner en jaque a la monarquía.
Supe por el brillo de sus pupilas que no bromeaba. Aun así…
—¿Puedes demostrarlo?
—¿Crees que llevo en el bolso un carné donde pone «espía»? —Hizo un mohín despectivo—. Vamos, Matt.
—Pero tú eres…
—Mitad belga, mitad alemana, ya lo sabes. Una lengua paterna, una materna. Familia aquí, trabajo allá. Constantes idas y venidas justificadas. El agente ideal.
Me dejé caer en el borde de la cama, evitando adrede la butaca.
No porque sintiese ahí la presencia de Jürgen, que también, sino porque me invadió una repentina necesidad de estar lo más cerca posible de Charlotte.
Su recobrado aplomo se aunaba a mi necesidad de agarrarme a algo: si ella decía la verdad, quizás hubiese una posibilidad de que yo no fuese a la cárcel, de que mi carrera sobreviviese; y, por encima de todo, de que evitásemos una masacre.
—Llevamos meses tras la pista de un complot contra el Consejo Solvay —explicó—; un atentado auspiciado por ciertos círculos nazis. Sospechábamos que Attel podía estar implicado, por eso te pedí que lo tanteases. Y ahora, si no te importa, cuéntame todo lo que sepas.
—¡Maldita sea! —el exabrupto y una nube azulada escaparon de los labios bermellón cuando llegué al momento en que Jürgen desactivaba la bomba—.
Pensábamos que intentarían un secuestro o un tiroteo en la calle contra algún profesor judío o projudío, pero…
—Charlotte sacudió la cabeza—. ¡Una cartera-bomba en plena conferencia!
Es peor de lo que imaginábamos: buscan mermar la capacidad científica de las potencias europeas.
Había encendido el cuarto cigarrillo mientras la ponía al día.
Me levanté para abrir la ventana. Un viento tormentoso agitó los visillos.
Luego aproveché para sentarme más cerca de ella.
Las perspectivas de ir a la cárcel, de mi carrera arruinada y de una masacre potencial no me impedían pensar en un dulce abrazo.
—¡Pero también la de Alemania! —protesté, reprimiendo mis deseos—. ¿Por qué iban los nazis a asesinar a sus propios físicos?
Charlotte encogió los hombros.
—Piensa que todos los que participan en el Consejo son desafectos al régimen y partidarios de la física judía, cuando no judíos ellos mismos.
A los conspiradores les importa un bledo su pérdida.
De paso, impedirían que el enemigo sacase ventaja de las deserciones, tanto de las ya anunciadas como de otras probables.
Y el asesinato de alemanes convertiría también a Alemania en víctima, evitando que pudieran acusarla de estar detrás del golpe.
Por supuesto. Toda la noche cavilando sobre el asunto y no había caído en algo tan obvio. Clavé los codos en las rodillas. Apoyé la frente en las palmas de las manos.
—Ya veo —dije. Ahora que se había hecho la luz, resultaba cegadora—. Incluso proporcionaría una justificación a Hitler para su rearme —razoné—. Y, en caso de conflicto, siempre podría acusar de esas muertes a Bélgica; una excusa perfecta contra un país pretendidamente neutral.
—Una jugada redonda, como ves. Pero sigue con lo de Attel, por favor.
Inspiré hondo, recuperado apenas de la revelación.
—Al dirigirse a la salida, Jürgen comprobó que los terroristas vigilaban el Instituto, así que huyó por otro lado, y luego… ¿Qué ocurre?
Charlotte me traspasaba con una mirada extraña.
—¿Vigilaban? —bramó—. ¿Dos hombres?
—Eso es. Dijo que había dos hombres en la entrada, y temió que…
—Merde! —Apretó los puños, levantando la barbilla al techo con los ojos cerrados—. Esos eran nuestros hombres. Se turnan en seguir a los profesores con discreción y en montar guardia dondequiera que se hallen en cada momento. ¡Y dices que Attel huyó de ellos!
—Joder.
Una burla del destino. Desalentado, volví a hundir la cara entre las palmas de las manos. La fatalidad había hecho escapar a Jürgen de quienes lo hubieran salvado, para luego arrojarlo en manos de sus asesinos.
Charlotte me puso una mano en el hombro, urgiéndome a continuar.
—Pero ¿quiénes son ellos? —inquirí al final de mi relato—. Jürgen expiró antes de poder decírmelo.
Charlotte se levantó, el aire fatigado, para aplastar la colilla en el cenicero del escritorio. Se paseó a derecha e izquierda, los brazos cruzados sobre el pecho, pensativa, privándome de su inmediatez.
—Se trata de una organización llamada Fehme, como los tribunales secretos medievales de Westfalia.
Si estos se consideraban con poder sobre la vida y la muerte de supuestos traidores, herejes y brujos, aquella ejecuta sin miramientos a todo el que considera enemigo del régimen.
Está compuesta por miembros ultraviolentos de las SA.
Habrás oído hablar de ellos, porque son los que han puesto precio a la cabeza de Einstein.
—Mil libras esterlinas —asentí—; sí, algo he leído.
—Y de Heines ¿has oído hablar?