Hôtel Métropole 38
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Llegué a mi habitación arrastrando los pies.

Una náusea me atenazaba el estómago, un sudor frío me pegaba la camisa al cuerpo.

A pesar de ello, tuve la lucidez de observar el pasillo durante unos instantes por la rendija de la puerta entornada.

Que me vigilasen quienes habían hecho desaparecer a Jürgen de mi cuarto me parecía de una lógica elemental.

Solo cuando comprobé que nadie me había seguido, cerré la puerta y desplacé el escritorio hasta bloquearla.

Si venían a por mí, eso me daría tiempo para pedir auxilio a recepción y, si era necesario, montar un escándalo que despertase a medio hotel.

Puede que yo no fuese entonces más que un joven inexperto, apocado y sin mundo.

Puede que estuviese confuso y asustado, pero la vida de cuarenta colegas estaba en juego y sabía que no tenía más opción que enfrentarlo tarde o temprano.

Aunque antes tenía que serenarme, salir de mi estado febril y mi aturdimiento.

Me daría un baño, quizás el último en mucho tiempo.

Me afeitaría a conciencia. Me repeinaría.

Me pondría una camisa limpia y planchada; también los zapatos y el traje de los domingos.

Mejor estar presentable en un interrogatorio, pues se tiene más consideración con alguien de buen aspecto que con un desaliñado.

Me dejé resbalar por la suave porcelana. Sumergí la cabeza.

Uno, dos, tres…

¿Cuánto se podía aguantar?

… siete, ocho, nueve…

De niños hacíamos apuestas en el río.

… catorce, quince, dieciséis…

Eso duró lo que una infancia prematuramente truncada.

… veintidós, veintitrés, veinticuatro…

En cuanto a la adolescencia, apenas tuvimos. De golpe éramos jóvenes adultos, con responsabilidades que no correspondían a nuestra edad en familias desmembradas, en hogares faltos de carbón, en mesas escasas de pan.

… treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve…

El pulso se aceleraba. Las sienes golpeaban con fuerza.

Las carótidas se congestionaban, henchidas de la sangre que el cerebro robaba al resto del cuerpo para conseguir su ración de oxígeno.

Una estrategia efímera. Tarde o temprano, el ávido cerebro me ordenaría abrir la boca.

Si lo hacía sumergido me daría un buen trago.

Quizás hasta se me encharcasen los pulmones.

Pero si me ahogaba, desaparecerían mis problemas.

Eso resultaba tentador… cincuenta y ocho, cincuenta y nueve, sesenta.

Emergí. Abrí la boca de par en par. Ensanché los pulmones.

Jadeé. Dejé que el pulso volviese poco a poco a su ritmo normal.

Me concentré en el placentero contacto con el agua caliente.

Me balanceé con suavidad. Las pequeñas olas también me recordaban a la infancia; pero una feliz, en la que mi padre no sabía más de esos artefactos voladores que lo que cualquiera pudiese leer, de tarde en tarde, en la prensa local.

Sabía que aplazaba el momento de ponerme en marcha, pero también que distraerme con juegos infantiles no aclararía más mis ideas.

Tenía que advertir a la Gendarmerie del grave complot que se cernía sobre el Solvay, y tenía que hacerlo ya.

Los belgas se pondrían en contacto con la Kriminalpolizei.

Esta podría desmontar la farsa con facilidad: Attel padre no había sufrido ningún accidente; su familia no había enviado telegrama alguno; Jürgen no había tomado un tren a Heidelberg.

Podría, pero… ¿lo haría? Quienes habían tramado el complot tenían, sin duda, poderosas influencias.

Lo habían demostrado al actuar en Bélgica con total impunidad.

Y habrían previsto todas las derivadas posibles.

Si estaban infiltrados en la Studentenbund, ¿por qué no en la Kripo e incluso en la Gendarmerie?

Y aunque no lo estuviesen, antes debía creerme la propia policía belga.

Una conspiración tan grave… ¿No me tomarían por enajenado?

Mi única prueba era una camisa manchada de sangre.

Ni siquiera una de Jürgen, sino mía. Y si se había cometido un crimen, ¿no me acusaba eso a mí?

Antes que creer en un complot que no podía sino parecer disparatado, ¿no era más obvio pensar en una disputa que se nos hubiera ido de las manos?

Un pavoroso futuro se me representaba con claridad: me retendrían en la comisaría, me interrogarían con la excusa de obtener información, cuando lo que en verdad perseguirían sería una confesión.

Y cuando se comprobase que Jürgen no había tomado ese tren, las cosas no harían sino empeorar para mí.

Lo había visto muchas veces en el cine: la sala lúgubre, dos tipos duros en manga de camisa, un flexo apuntándome al rostro.

¿Qué le has hecho? ¿Con qué motivo? ¿Cómo te has deshecho del cuerpo? ¡Habla, joder!

No podía engañarme. Ni siquiera yo encontraba sentido a una conspiración contra los más eminentes físicos de Europa.

Si fuesen químicos, todavía; al fin y al cabo, las armas químicas se habían revelado devastadoras durante la Gran Guerra.

Puestos a desbarrar, se podía pensar en una potencia que pretendiese debilitar científicamente a un futuro adversario con el fin de obtener una ventaja táctica: los alemanes a los británicos, los franceses a los alemanes, los italianos a los austriacos o al revés…

Pero si visto así, por parejas de nacionalidades, el asunto ya parecía más propio de un guion cinematográfico, ¿qué decir de todas ellas a la vez?

Inverosímil.

¿Y por qué los físicos? La física investigaba los secretos de la naturaleza, desde la estructura de la materia hasta la inconmensurabilidad del cosmos. No producía armas aniquiladoras.

Todo aquello no había por dónde cogerlo.

Cerré los ojos.

La tarde había resultado una locura.

Inspiré hondo por la nariz.

Las emociones me habían agotado.

Espiré con la boca abierta.

Me obligué a moverme. El agua se había enfriado y yo tenía las yemas de los dedos lechosas y arrugadas. Antes de incorporarme agucé el oído. Nada. La última planta del hotel se hallaba sumida en el más absoluto silencio.

Me levanté con pesadez, dejando que el agua escurriese por la piel.

Me enfundé el albornoz con el elegante anagrama del hotel bordado en el pecho.

Procuraba no hacer ruido, como si temiese alertar a un supuesto vigilante.

Ni siquiera quité el tapón para evitar el gorgoteo del desagüe.

En el dormitorio me abstuve de encender la luz para que no se filtrase al pasillo por la rendija inferior de la puerta.

Consulté mi reloj. Las diez y diez. Ya debería estar en la calle des Teinturiers.

Pero no le había mentido a Klara: no tenía intención de acudir a mi cita con Charlotte.

Estaba harto de sus manipulaciones; harto y asustado.

Me venía a la cabeza la visita recibida por Jürgen la noche de la cena en la brasserie, la mujer del pasillo que tan misteriosamente había desaparecido ante mis narices y que, en mi necedad, me había hecho dudar de Klara.

¿Y si…? Porque Charlotte era una intrigante nata.

Tenía tratos con tipos como Gelb, como Patrice.

¿Era eso propio de una sencilla burócrata?

Con su irresistible caída de párpados y su despreocupado aire mundano, me había pedido información sobre Jürgen.

¿Qué hay de malo, ya que está aquí?, había dicho.

Y a Jürgen, qué casualidad, lo habían asesinado.

¡Asesinado, por Dios! No podía imaginar qué tejemaneje se traía Charlotte con él, pero, como científico, las coincidencias improbables no eran santo de mi devoción; las relaciones causa-efecto, sí.

Un molesto runrún se instaló en mi cabeza.

Puestos a asesinar a una cuarentena de científicos, provocarle un accidente al padre de Jürgen parecía una minucia.

De nuevo la misma táctica, ahora para justificar su regreso a Alemania.

¿Y si yo había elaborado mis informes para servir a un propósito descabellado?

¿Y si se iban a utilizar como justificación de lo injustificable?

Un estremecimiento hizo que me arrebujase en el albornoz húmedo.

¿Y si yo, sin saberlo, trabajaba para la organización criminal?

Al fin y al cabo, si admitía su posible infiltración en la Kripo, ¿por qué no en la NG?

Me afeité según el plan establecido. Me repeiné.

Me vestí. Saqué del cajón del escritorio la carta a mi madre para releerla.

Añadí una posdata. Demasiado sentida para tratarse de una carta rutinaria; demasiado poco, si se pensaba en una última despedida.

Metí las cuartillas en un sobre. Escribí la dirección. Era lo menos y lo más que podía hacer.

Un vahído hizo que las piernas me flaqueasen al tratar de devolver el escritorio a su sitio.

La tensión de la jornada, la falta de cena, el efecto del agua caliente…

Me dejé caer sobre la cama para que la sangre afluyese a la cabeza.

El cercano reloj de Sainte-Catherine dio las once coincidiendo con una revelación: si Gelb, Charlotte y la NG estaban involucrados en la conspiración, cuando esta se descubriese saldría también a la luz mi papel como colaborador, como informante, como espía.

Mi carrera habría finalizado antes de empezar.

Era justo lo que temía Jürgen; lo que le había impedido acudir a la Policía.

Pero él había decidido huir, y había acabado con una puñalada en el pecho.

Mi carrera no valía la muerte de nadie más.

Me di un plazo breve para recuperarme: con la campanada de las once y media me levantaría para enfrentarme a mi destino. Inspiré hondo. Cerré los ojos.

PROGRAMA DEL DÍA

Jueves, 26 de octubre

9:00 h: Fotografía oficial del Consejo (*)

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9:30 h: Informe de M. Dirac:

Teoría del positrón

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11:00 h: Discusión

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12:30 h: Almuerzo

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19:30 h: Cena ofrecida por M. Edmond Solvay

Fundación Universitaria

*Se ruega máxima puntualidad.