37
No me atrevía a tocar la cartera. Me limité a empujarla bajo la cama con la punta del zapato.
La luz natural había disminuido hasta dejar la estancia casi a oscuras.
Mejor así. Me mantuve inmóvil durante unos minutos, evitando incluso el ruido de la respiración; asustado por la posibilidad de que Jürgen hubiese dejado un rastro de sangre hasta mi puerta.
Mi mente febril vagó sin rumbo hasta toparse con una idea aterradora: ¿y si, dando por perdida la bomba, los terroristas decidían eliminar a los físicos de otra manera?
A esa hora, la mayoría estaría en sus habitaciones, reposando antes de la cena.
Quien había acuchillado a Jürgen bien podía ir de puerta en puerta, ejecutándolos de uno en uno.
Tan solo necesitaría el listado de las habitaciones reservadas por la Fundación Solvay, cosa que no parecía inverosímil dada la organización que se adivinaba bajo el complot.
El petardeo de una motocicleta recorrió la calle.
Pero si disponían del fatídico listado, mi habitación estaría incluida. Miré con aprensión hacia la puerta, tratando de adivinar si algo se movía en el exterior.
Un desagüe barboteó alegremente. Alguien había finalizado su baño.
¿Qué hacer? En todo caso, no podía quedarme de brazos cruzados: el cuerpo inerte de Jürgen requería que alguien se ocupase de él; y su alma, dondequiera que estuviese, reclamaba una reparación.
El rechinar de una cañería me sobresaltó.
Me recriminé a mí mismo por mi paranoia.
Asustado no serviría de ayuda a nadie. Debía reponerme.
Debía actuar, pero no me veía con fuerzas de enfrentarme solo a la Policía.
Y puesto que Heisenberg y los demás estaban en peligro, decidí ponerlos sobre aviso antes que nada y, de paso, recabar su ayuda.
Me puse una chaqueta de punto para cubrir las manchas de mi propia camisa. Abrí la puerta con sigilo. El corredor estaba vacío. En la moqueta, para mi alivio, la cartera no había dejado señales acusadoras.
Ni Debye ni Heisenberg respondieron cuando llamé a sus puertas; cosa extraña, pues a esa hora solían arreglarse para la cena. Pero que no contestasen no quería decir nada: ¿y si yacían dentro, con un navajazo en el pecho?
Recordaba el número de habitación de Bothe, grabado en el llavero que Jürgen le entregase el día de su llegada. Llamé a su puerta con idéntico resultado. Tanta coincidencia me pareció sospechosa. ¿Qué hacer? La única otra habitación que conocía era la de Klara.
Recorrí los pasillos con prevención. En cualquier momento podía encontrarme con uno de los terroristas.
O con varios. ¿Cómo los reconocería? Podían ser individuos duros y malencarados, pero también gente educada y de buena presencia, capaz de meterte una cuchillada en el ombligo sin perder la sonrisa amable.
De ambas clases había ejemplos de sobra en el cine.
Más importante: ¿me reconocerían? Si vigilaban a los profesores, me habrían visto con ellos en algún momento.
Al aproximarme al descansillo percibí unos pasos en la moqueta de la escalera. Miré en derredor: ningún sitio donde ocultarme. Nada que hacer, si se trataba de…
—Buenas tardes, monsieur Maier.
Dejé escapar de golpe el aliento contenido.
—Bendita sea, Francine. —Inspiré hondo—. ¿Puede ayudarme? El profesor Heisenberg no responde a mis llamadas. Me temo que le haya ocurrido algo.
La camarera arqueó una ceja.
—¿Lo teme?
—Es difícil de explicar. Yo… ¿Puede ayudarme o no?
Arrugó la nariz. Miraba hacia donde mi rebeca entreabierta dejaba las manchas al descubierto. Rectifiqué mi descuido cruzándola con ambas manos sobre el pecho.
—Espere aquí un momento —dijo al fin con un suspiro—. Voy a por la llave maestra.
—¿No la lleva encima?
Me dedicó una mirada paciente.
—En realidad, he acabado mi jornada —rezongó—. Me disponía a regresar a casa, pero haré un extraordinario por tratarse de monsieur Heisenberg. Deme dos minutos.
Los dos minutos —tres y medio, al cabo— se me hicieron eternos.
Esperé junto a la puerta de mi jefe, atento a cualquier movimiento que pudiera producirse en el interior.
Lo único destacable fue que un matrimonio salió de una habitación próxima para dirigirse al ascensor.
Imaginé, cuando la dama hizo ademán de abrir su bolso, que ocultaba una pistola dentro, pero se limitó a sacar un pañuelo.
También apareció un botones por el extremo del corredor.
Empujaba un carrito con varios pares de zapatos y una pila de paños de limpieza bajo la cual, sin duda, ocultaba el arma.
Supuse que todo acabaría cuando llegase a mi altura, pero el chico se limitó a recoger algunos pares más, alineados junto a las puertas, y a desaparecer por donde había venido.
—¡Francine, ya era hora! —exclamé al divisar la familiar figura.
—Cálmese, monsieur Maier. Enseguida vamos a salir de dudas.
La habitación de Heisenberg estaba pulcra y ordenada, como podía esperarse de él. Francine debió leer la confusión en mi rostro.
—Su jefe estará tomando una copa —dijo, encogiendo los hombros.
Empleó el mismo tono con que por la mañana había dicho: «Su amigo habrá encontrado un sitio mejor donde pasar la noche». Lo cual, lejos de desanimarme, me hizo recordar a Jürgen.
—Escuche, Francine: no estoy loco —dije en tono de súplica—. Algo grave está sucediendo. Ha de ayudarme: el señor Attel está en mi habitación, malherido. Alguien lo ha atacado.
Dije «malherido» para no asustarla más de la cuenta. Aun así, la cosa funcionó. El espanto se dibujó en sus labios.
—Pero…
Comenzó a balbucir algo, pero yo volé escaleras arriba, dejando que me siguiese de cerca. Al introducir mi llave en la cerradura, observé que su semblante se mostraba más preocupado que irónico.
—¡No es posible!
Sentí que mis piernas desfallecían. Mi habitación estaba tan vacía y pulcra como la de Heisenberg. No había rastro de Jürgen; tampoco de su cartera. Francine me miraba de forma extraña; sin saber, supongo, qué pensar de mí.
—Monsieur Maier…
Pero yo aún tenía a qué aferrarme antes de perder la cabeza: me quedaba mi propia camisa, manchada de sangre.
¿Y si Jürgen no había muerto? Tal vez solo estaba desvanecido y yo me había dejado llevar por el pánico.
Pero si había recuperado la consciencia, ¿adónde podía haber ido?
¿Y por qué llevarse la cartera que con tanto riesgo me había confiado?
—Vayamos a la habitación de Attel —sugerí—. Quizá…
Francine negó con la cabeza.
—Monsieur Maier, el señor Attel abandonó el hotel esta mañana, es lo que quería decirle. Después de que usted y yo fuésemos en su busca, me pasaron nota de que debía preparar su habitación para el próximo cliente.
Ya no parecía divertida ni espantada. Harta, más bien, de mis extravagancias, descolgó el teléfono que comunicaba con recepción.
—Hola, Marcel; soy Francine… No, todavía estoy aquí. Dígame, por favor: ¿sabe usted si el profesor Heisenberg se encuentra en el hotel?… Ya… ¿Todos, dice?… Hum… Gracias, Marcel.
Me miró con expresión contrariada. Arrepentida, supongo, de haber retrasado su vuelta a casa para seguirme la corriente.
—Los profesores y sus esposas se encuentran en el bar —dijo—. Parece que el profesor Chadwick los ha invitado a un aperitivo por su cumpleaños.
Los Joliot-Curie departían con los Gamow y los Fermi en una presumible conversación multilingüe.
Los Schrödinger, con Pauli, Langevin y los hermanos De Broglie.
El sector anglosajón —Lawrence, Chadwick, Dirac entre ellos— formaba un animado corro.
Al parecer, no andaban escasos del peculiar humor británico.
Marie Curie y Lise Meitner participaban en un amplio grupo, en el que también distinguí a Debye, a Cabrera y a Lord Rutherford, uno de los pocos monstruos de la física a quien todavía no conocía en persona.
Contemplé la escena desde el umbral del bar. Algo en mi expresión debió de llamar la atención de Heisenberg, quien interrumpió su conversación con Margrethe Bohr y vino a mi encuentro, vaso de cerveza en mano.
—Maier, muchacho, ¿se encuentra bien?
—Le estaba buscando, herr professor. No sabía que estaban todos aquí.
Heisenberg chascó la lengua en señal de disgusto.
—Tiene razón. Se me ha pasado avisarle. Se trata de una reunión bastante improvisada, la verdad —se justificó, a modo de disculpa—: de regreso al hotel, a Chadwick se le ha ocurrido mencionar que la semana pasada fue su cumpleaños; el profesor Ioffe ha dicho que el próximo domingo es el suyo,
y alguien, medio en broma medio en serio, ha sugerido que deberían invitar a una ronda. Y aquí nos tiene. ¿Para qué me buscaba?
—Oh, no es nada. Esperaba su aviso para comentar la charla de esta mañana —improvisé—, y como se hacía tarde…
Heisenberg asintió con la cabeza.
—Ha sido interesantísima, en efecto. También la discusión, pero se ha alargado demasiado —dijo con gesto cansado—. Dejemos el trabajo por hoy, Maier. Diviértase —añadió, palmeándome el hombro—. Tómese una cerveza.
Una cerveza. Un reflejo automático me hizo mirar en derredor, en busca de la cartera de piel marrón.
No creía que a quienes habían planeado tamaña monstruosidad les disuadiera el nimio detalle de que los sabios estuviesen acompañados por sus parejas.
Y no era aquel mal lugar, pensé, para hacer volar por los aires a la mayor parte del Consejo.
Hombres y mujeres felices de compartir amistad y una copa, ajenos al peligro que habían corrido.
Y que seguirían corriendo mientras yo no diese la voz de alarma.
¿Cómo hacerlo?
Ante mi vacilación, Heisenberg me dedicó una mirada mitad curiosa, mitad admonitoria.
—De todos modos —dijo—, debería cambiarse para la cena. Su aspecto no es… hum, el más adecuado. No tarde —me apuntó con el índice, haciendo ademán de regresar a su grupo—; entraremos al comedor enseguida.
Me quedé allí plantado, sin decidirme a seguir su consejo —tomarme una cerveza— ni su advertencia —cambiarme de ropa—. No hizo falta, pues Klara, que conversaba con Bothe en un rincón donde no los había visto antes, me hizo una seña para que me reuniese con ellos.
—Comenzaba a pensar que no bajaría, Matthias —dijo ella, guardando la formalidad obligada ante el profesor—. ¿Se ha enterado de lo de Jürgen Attel?
Me quedé helado. ¡Sabían la verdad! El cómo me daba igual: por fin dejaría de estar solo en mi particular viacrucis.
—Ha partido con urgencia para Alemania —explicó Bothe—.
Al regresar del Instituto he encontrado una nota suya de disculpa: su padre ha tenido un accidente, al parecer.
El conserje me ha confirmado que esta mañana temprano recibió un telegrama.
Lo que no entiendo es su errático comportamiento —añadió con un gesto de fastidio—.
¿Por qué acudir a primera hora al Consejo para luego abandonarlo sin decir nada?
—Tenía mucho interés en la charla de los Joliot-Curie —aventuró Klara—. Quizá quiso apurar antes de la salida de su tren.
Bothe blandió un trozo de papel doblado.
—¡Pero yo estaba allí! Podría habérmelo dicho en persona, en lugar de dejarme esta nota. Ese chico… —Sacudió la cabeza—. Para mí que todas esas ideas nacionalsocialistas lo han trastornado. ¿Se encuentra usted bien, Maier?
Supongo que la decepción me había hecho palidecer todavía más.
De nuevo cargaba yo solo con el madero. No había cartera-bomba, y no solo no había el cadáver de Attel como prueba, sino que todas las evidencias lo situaban de camino a su casa.
¿Cómo enfrentarme a ello ante la Policía o, peor aún, ante aquella treintena de mentes preclaras sin que me tomasen por un trastornado?
—Nnno… La verdad es que no —balbucí—. Me temo que no estoy en condiciones de cenar. En realidad, venía a disculparme con usted, Klara.
Por primera vez, ella pareció caer en mi aspecto desmejorado.
—Por Dios, Matthias —se preocupó—, ¿tiene fiebre?
—No creo. —Me arrebujé en la informal chaqueta de lana—. Pero el estómago… Necesito descansar.
No necesitaba fingir: me sentía al cabo de mis fuerzas. El telegrama, la nota para Bothe, todo estaba bien urdido por una mente siniestra. Una que quizás nos estuviese observando en aquel preciso instante.
Aunque Klara se mostraba comprensiva, percibí una leve arruga en su frente.
—¿Y su… compromiso de esta noche? —inquirió.
—Tampoco creo que asista. —Hice un vago ademán de despedida—. Mañana… Nos veremos mañana.