36
Jürgen Attel se apoyaba en el quicio de la puerta como si fuera a desmoronarse de un momento a otro, mientras se sujetaba el costado izquierdo, sobre el que su atlético torso se retorcía. Una mueca amarga le contraía los labios. Jadeaba.
—¡Jürgen! —exclamé atónito—. ¿¡Qué te ocurre!?
—Ayú… dame —balbuceó.
Abrí la puerta de par en par. Lo sujeté como pude y dimos unos pasos hasta alcanzar la butaca; encorvado él, doblado bajo su peso yo. Se desplomó con un profundo gemido. Antes de que pudiese preguntarle nada, señaló hacia la puerta.
—La… cartera.
Me asomé al pasillo. Reconocí su cartera de piel marrón, caída sobre la moqueta.
El asa y la solapa tenían manchas oscuras y húmedas.
Fue al depositarla junto a Jürgen cuando vi sangre en su chaqueta, por debajo de la mano con la que se apretaba el costado.
Me incliné sobre él con aprensión, solo para constatar lo evidente.
—¡Estás herido!
—Tienes que… escucharme, Matt.
—Lo que voy a hacer es buscar un médico.
Hice ademán de incorporarme, pero él me agarró del brazo con la mano libre. El esfuerzo le hizo emitir un quejido.
—¡No! Ellos vigilan… el hotel —jadeó—. Si me descubren, me matarán. Y si averiguan que estoy contigo… te matarán a ti también.
—¿Ellos? ¿Te matarán? ¡¿Nos matarán?! —Abrí mucho la boca, pero me costaba continuar. Inspiré profundamente—. ¡¿De qué demonios estás hablando?!… ¿Quiénes son ellos?
—Los que… me han apuñalado. Escucha… Has de hacer algo por mí.
Apuñalado.
Eso dijo, y una vaharada de bilis me subió a la boca.
Sus ojos vidriosos y el rostro cerúleo, sudoroso, evidenciaban la gravedad de la herida.
El cabello, oscurecido por la humedad, se le pegaba a la frente en desorden.
Le aparté la chaqueta. Una mancha viscosa enrojecía la camisa.
Entre estertores y espasmos, Jürgen me hizo prometer que ocultaría la cartera, que la arrojaría al canal en la primera ocasión que tuviese y, sobre todo, que bajo ningún concepto la abriría.
Solo cuando le di mi palabra, determinado a incumplirla lo antes posible acudiendo a la Gendarmería, me contó lo que le había sucedido.
—Hay un… complot —dijo con voz apenas audible—. Quieren… asesinar a los físicos… del Solvay.
—¿A los físicos? ¿Te refieres a los judíos?
No sé por qué dije «los judíos». Lo mismo podía haber dicho «los británicos», o «los franceses», y ni siquiera las ideas de Jürgen bastaban para justificar lo primero. Me habría quedado corto, en cualquier caso.
—Me refiero a todos —respondió.
Tosió. Diminutas motitas, brillantes y oscuras, le salpicaron la barbilla y el cuello de la camisa. Yo —la sangre, la agonía, la brutal revelación— comenzaba a sentirme mareado. Me obligué a sobreponerme al espanto para escuchar.
El jefe de la Liga Nazi de Estudiantes en Heidelberg, me explicó, lo había requerido para una misión secreta aprovechando su viaje a Bruselas.
Las instrucciones, recibidas a su llegada, resultaron sencillas: el lunes había llevado su cartera vacía a una relojería de la plaza de Grand Sablon.
Al día siguiente se la habían devuelto llena, con orden de no separarse de ella en ningún momento —por eso, comprendí, había plantado a Klara en la cena—.
El miércoles por la mañana, muy temprano, debía abandonar el hotel y depositar su equipaje en una consigna de Bruxelles-Nord.
Luego debía acudir al Solvay con la cartera.
Debía colocarla bajo su silla al comenzar la conferencia de los Joliot-Curie.
Debía abandonar la sala de conferencias exactamente a las diez menos cinco, dejando la cartera en el sitio.
Tomaría un taxi hasta la estación y subiría al tren de las 10:54 con destino a Colonia, donde transbordaría hacia Frankfurt y Heidelberg.
Ante cualquier indagación, presentaría un telegrama en que se le urgía a regresar a casa de sus padres por un asunto grave.
El telegrama, en efecto, se lo había entregado un botones mientras desayunaba un apresurado café en el comedor aún vacío.
Jürgen ni siquiera deshizo la cama esa noche, como Francine y yo habíamos comprobado.
No pegó ojo, atormentado por un leve tictac procedente de la cartera.
No le habían contado el objetivo de la misión, pero tampoco era estúpido.
Él era, ante todo, un científico. Quería medrar, por supuesto, obtener la venia legendi, hacerse con una buena plaza.
¿Quién no desea lo mejor para sí mismo? No le importaba que le hubiesen arrebatado la plaza a un judío, pero de ahí a…
Un violento acceso de tos lo interrumpió. Tardó un minuto en recuperarse antes de poder continuar.
Había cumplido el programa con puntualidad hasta las nueve y media de la mañana, hora de la conferencia.
Antes había aguardado en los lavabos, y luego había entrado el último en la sala para evitar posibles preguntas incómodas de su jefe.
El primer cuarto de hora lo pasó sin escuchar, abstraído en lúgubres pensamientos.
No cesaba de consultar el reloj. Desde su asiento en la última fila se fijó, uno a uno, en los demás asistentes: en Walther Bothe, un alemán que había sufrido cautiverio en Siberia por defender a su patria; en Marie Curie,
una mujer extraordinaria que había hecho frente a mil y una adversidades en su vida; en Ernest Rutherford, Owen Richardson, Niels Bohr, Louis de Broglie, eximios ganadores de un Nobel; en el resto, todos de mente preclara, muchos con esposa e hijos.
No faltaba ninguno. Se fijó en el atractivo perfil de Klara, sentada unas sillas más allá; un soplo de juvenil frescura entre tanto sabio trajeado.
Jürgen me agarró de la pechera. Por un instante, sus ojos turbios se aclararon. ¿Me había dicho cuánto le gustaba esa chica? ¿Qué clase de monstruo sería si la abandonase a su suerte y se dirigiese tranquilamente a tomar un tren?
Salió de la sala antes de tiempo, cartera en mano.
Volvió a encerrarse en el lavabo. Forzó el cierre —observé que, en efecto, la cerradura aparecía rayada—.
La cartera contenía un paquete con un extraño reloj de veinticuatro horas adherido.
En un acto de fe arrancó los cables conectados al reloj sin saber cuál sería el resultado.
Solo cuando, con la respiración contenida y el corazón desbocado, comprobó que el artefacto no explotaba, se dispuso a abandonar el Instituto de Física y a buscar una comisaría de policía donde entregar la cartera.
Esta vez, el ataque de tos hizo que las manchitas rojas se le extendieran por toda la pechera.
Mi pánico aumentó. Quise salir corriendo en busca de ayuda, pero Jürgen se aferraba a mi camisa con una fuerza inusitada.
Al mismo tiempo, su relato me tenía fascinado.
Continuó farfullándolo entre muecas de dolor.
Quienes habían urdido el complot no habían dejado cabos sueltos: dos hombres vigilaban la entrada desde el exterior; los mismos de gabardina oscura y sombrero calado hasta las cejas a quienes había creído ver en el vestíbulo del hotel, prestos a asegurarse, sin duda, de que cumplía su misión.
Recorrió el enorme edificio de la universidad hasta encontrar otra salida en el ala opuesta.
Logró alcanzar sin que lo viesen la avenida de las Naciones, y allí cogió un taxi al vuelo.
Pensando que la estación también estaría vigilada, se dedicó a vagar sin rumbo por el centro de la ciudad.
Varias veces estuvo a punto de entrar en una comisaría, pero no llegó a decidirse.
¿Un alemán con una bomba en las manos? Solo podía despertar recelo y antipatía.
Le espeluznaba la perspectiva de que lo acusaran de terrorista, de ingresar en prisión.
Aunque se demostrase su inocencia, sería carne de cañón para la prensa.
Su carrera habría acabado antes de comenzar.
Entró en una cafetería, donde permaneció horas a base de sucesivos cafés.
Agotado por la noche en vela y la tensión sufrida, le costó hallar una alternativa a entregarse: arrojaría la cartera al canal de Charleroi y luego se dirigiría a la embajada británica, donde solicitaría una visa de refugiado con el argumento de ser un científico perseguido por los nazis.
Pero la fatalidad quiso que, para llegar al canal, debiese cruzar el bulevar Anspach muy cerca del hotel, y a él se le había fijado una idea en la cabeza: tenía que ver a Klara antes de exiliarse.
—¡¿Y te dirigiste al hotel con la bomba?! —exclamé, la preocupación convertida en enfado—. ¿Por qué no la echaste antes al canal?
—Estaba ofuscado —admitió él. Tosió—. Temía no encontrar a Klara; que hubiera salido a cenar, o que… —Volvió a toser—. Lo sé, cometí un error.
Asentí con la cabeza. Un Jürgen lúcido habría adivinado que, habiéndolo perdido de vista sin que la bomba estallase, los terroristas vigilarían el hotel.
—Y al llegar aquí te descubrieron —dije.
—Uno de ellos se me encaró ante la puerta del hotel. El tipo sacó un cuchillo. Forcejeamos. Algunos viandantes dieron la voz de alarma. Escuché el silbato de un policía…
Un nuevo arranque de tos, más violento que los anteriores, le impidió continuar.
Tampoco era necesario, pues el resto era evidente.
Malherido, de alguna forma había aprovechado el tumulto para alcanzar el interior del hotel, donde sus agresores no podían provocar un altercado sin que mediase una intervención policial.
Si luego se había dirigido a la habitación de Klara sin encontrarla; si había decidido confiarme antes la cartera para no comprometerla; incluso si se habían cruzado en el camino, ella bajando por la escalera, él subiendo en el ascensor, todo eso ya carecía de importancia.
Su mala suerte había querido que llamase a mi puerta unos minutos tarde, impidiendo que lograse hablar con su enamorada.
A pesar de que Jürgen había llegado al límite, de que se ahogaba, no podía yo renunciar a una última pregunta antes de correr en busca de auxilio.
—¿Quién, Jürgen? —Lo sacudí por los hombros—. ¿Quién está detrás del complot?
Lo sacudí en vano, porque su tórax ya no subía y bajaba con los estertores. No había estertores, de hecho. Tampoco espasmos. Sus ojos vidriosos se habían petrificado.
No pude evitar las lágrimas. Que Jürgen no hubiese jugado limpio conmigo ya no importaba. Lo cierto era que había arriesgado su vida por hablarle a Klara, al tiempo que yo, miserable de mí, la besaba con la mente puesta en Charlotte.
Me miré la camisa, manchada de sangre. Un vértigo irracional me invadió. Miré en derredor, buscando a qué aferrarme.
Fue peor.
Plantada sobre la moqueta, la fatídica cartera me desafiaba.