Hôtel Métropole 35
75%

35

Bruselas, miércoles, 25 de octubre de 1933

Querida madre:

Por fin encuentro tiempo para enviarle noticias de Bruselas.

Los días se suceden deprisa aquí, cargados de emociones.

Mis expectativas se van cumpliendo con creces.

He conocido a algunos de los grandes nombres de la física: Meitnery Bohr; Pauli, Bothey Schrödinger y Fermi, Dirac…

Esta tarde, al fin, me han presentado a las Curie, madre e hija, junto con el marido de esta, Frédéric Joliot.

Forman estos últimos una curiosa pareja, unidos por su amor a la ciencia además de por el matrimonio.

Como modernos alquimistas, logran la transmutación de los elementos a base de bombardearlos con partículas procedentes de elementos radioactivos[44].

Han sido precisamente ellos quienes han presentado hoy un informe sobre sus investigaciones con rayos alfa, precursoras, junto con las de Walther Bothe, del descubrimiento del neutrón.

En cuanto a madame Curie, esa leyenda viva de la física y la química, es difícil poner por escrito lo que he sentido al conocerla: viva curiosidad, honda admiración, infinito respeto.

Piense, madre, en una mujer mayor de apariencia frágil, debilitada por la enfermedad.

Su aspecto sobrio podría hacerla pasar por una de tantas ancianas que se ven en Meissen, cuya única distracción es comadrear y acudir a la iglesia.

Sin embargo y esta mujer sencilla y modesta (quién la diría ganadora de dos Premios Nobel) sigue con interés las charlas, al decir de Heisenberg, y participa en los coloquios con agudos comentarios y útiles aportaciones.

Qué inteligencia privilegiada y qué férrea voluntad la han llevado a ganarse, entre sus colegas varones, un puesto en el sanedrín de la física, es difícil de imaginar.

Baste decir que ha sido la única mujer presente en las anteriores ediciones del Consejo Solvay, y la única persona, junto con el profesor Langevin, en asistir a las siete celebradas hasta hoy…

Hacia las cuatro de la tarde llegué al hotel.

Los profesores habían regresado al Instituto de Física para concluir el debate interrumpido por el almuerzo.

Una vez en mi habitación, me apliqué a la tarea de escribir a mi madre, demasiado tiempo pospuesta.

Tenía tanto que contarle. Antes de resumir mis vivencias de las jornadas anteriores, le relaté mi encuentro con Maria Sklodowska-Curie, la persona a quien ella más admiraba en el mundo después de Emmy Noether[45].

Me la había presentado Klara durante el informal bufé ofrecido en el mismo Instituto a los asistentes al Consejo.

Departí con ellas unos minutos, sorprendido por la repentina complacencia de mi amiga tras su enfado de la mañana.

Pero Klara pertenecía a esa rara subespecie humana capaz de no mezclar lo personal con lo profesional; lo cual hizo, si tal cosa era posible, que mi admiración por ella aumentase.

Sin embargo, cuando más tarde la abordé para tratar de hablarle a solas, se escabulló con excusas vagas.

Mientras me unía a la comitiva que se dirigía al monumento a Solvay, pude ver cómo ella intercambiaba unas palabras con frau Meitner, y luego, tomando un taxi con su inseparable cartera colgada del hombro, desaparecía camino de la Villa alta.

… Ha sido madame Curie, por cierto, quien ha depositado una corona de flores en el monumento erigido a la memoria de Ernest Solvay.

Se trata de una majestuosa estatua del industrial sentado en actitud pensativa, situada a la vera del Bois de la Cambre, un vasto parque al estilo del Tiergarten berlinés…

La emotiva ofrenda al benefactor de la ciencia me hizo volver a las cavilaciones que me habían ocupado durante la caminata hasta el Instituto.

Para empezar, la inminente cita con Charlotte me tenía preso de una ambivalencia extraña: ¿era normal sentirse atraído por dos mujeres a la vez?

¿Se trataba de algo natural a mi edad, o era síntoma de escasa integridad moral?

Pero en este último caso, ¿acaso no eran tan culpables ellas como yo, al aprovecharse de mi inexperiencia?

Que Charlotte me manipulaba era evidente, aunque yo me dejase hacer.

En cuanto a Klara, de su contradictoria hostilidad tras haberse echado en mis brazos —o haberme recibido en los suyos, tanto daba—, no sabía qué pensar.

En cuanto a Jürgen Attel, su comportamiento se me hizo más misterioso todavía cuando, al decirle a herr Bothe que no lo había encontrado, el profesor me contó, desconcertado y contrariado, que su ayudante había hecho acto de presencia en la conferencia,

y que se había marchado sigilosamente al poco de empezar, sin ofrecerle explicaciones ni darle ocasión de pedírselas.

No se me ocurría otra posibilidad que la de un affaire con una mujer de vida alegre.

Pero ¿qué hombre en sus cabales, tras haber declarado su interés por una mujer como Klara, la dejaría plantada para acudir a un cabaré?

Quizá se había dejado arrastrar por alguno de los investigadores belgas que pululaban por el Consejo, buenos conocedores de la vida nocturna local.

Peor para él. No le debía nada, y menos después de la forma en que se había comportado, mintiéndole a Klara sobre mí y hasta puede que interceptando su nota.

Sin embargo, a pesar de mi enfado, debía reconocer que Jürgen parecía un científico serio y competente. No me cuadraba que su prioridad fuera divertirse dejando de lado sus obligaciones.

Y luego estaba el hecho de que Charlotte quisiera investigarlo. Con tanta mente privilegiada como nos rodeaba, cualquiera de ellas con méritos suficientes como para recibir un Nobel, ¿por qué tanto interés por un mero aspirante a la habilitación?

No tenía sentido, como no lo tenían otras cosas relacionadas con Charlotte.

Al secretismo que rodeaba nuestros encuentros había que añadir la presencia del tal Patrice.

¿Por qué un barman de un establecimiento belga de alto standing me traía recados de una empleada de una organización prociencia alemana?

La NG era una respetable institución, regida por respetables académicos.

¿Cómo se correspondía tanta respetabilidad con los poco ortodoxos métodos de Gelb y Charlotte?

¿Y por qué ella, tras nuestros encuentros en el Astoria, me citaba ahora en una misteriosa dirección?

¿Era, acaso, su apartamento en Bruselas? ¿Me había mentido con lo de Ixelles?

Tenía muchas preguntas. Necesitaba respuestas.

Necesitaba hablar seriamente con Jürgen, con Charlotte, con Klara.

… Para acabar: madre, le diré que he conocido a una chica inteligente y atractiva.

También moderna, con ese estilo de mujer de ciudad que siempre alaba usted y que tanto escasea en Meissen.

Hemos intimado hasta cierto punto (siempre de forma respetuosa, por supuesto), y me resulta muy agradable su compañía.

No se lo cuento porque piense que hay un futuro entre nosotros (ella vive en Berlín), sino porque usted siempre insiste en que el trabajo no debería impedirme entablar relaciones de este tipo…

Solo al releer el párrafo me di cuenta de su ambigüedad: lo mismo podía tratar de Klara que de Charlotte.

Inspiré hondo. Me lo podía haber ahorrado, en realidad, teniendo en cuenta que ambas parecían haber dado por concluida su intimidad conmigo.

Supongo que pretendía demostrar algo a mi madre, o puede que satisfacer mi propio ego.

Concluí la carta, la rubriqué, y luego dudé unos instantes.

Mientras decidía si suprimir el último párrafo, oí un tímido golpeteo en la puerta.

No era la primera vez que llamaban así. Me atusé el pelo, encrespado de tanto revolverlo mientras escribía. Mi corazón latía con fuerza. No podía ser otra que…

—¡Klara!

—Hola, Matt.

Tenía el semblante serio y miraba de reojo a derecha e izquierda. Me hice a un lado.

—Pasa, no te quedes ahí.

Asintió con la cabeza y con un suspiro de alivio.

Cerré la puerta tras ella. De repente nos hallábamos el uno frente al otro, como la tarde del domingo, solo que esta vez no nos iluminaba un cálido atardecer.

El cielo, como el ambiente entre nosotros, se veía incierto a través de la ventana.

Pero en sus iris diáfanos percibí un destello inquieto.

—Vengo a disculparme —dijo.

—¿A disculparte?

Desvió la mirada. Se retorcía las manos, pequeñas y sonrosadas.

—He sido muy brusca contigo esta mañana. Perdona, no era mi intención.

Su inesperada contrición me descolocó. Klara mostraba una nobleza de espíritu ante la que me sentí mezquino.

Una fuerza más poderosa que yo me impulsó a cogerle las manos por las puntas de los dedos, como hiciera la primera vez.

Le acaricié los nudillos con los pulgares.

Ella se limitó a interrogarme con la mirada, como si ansiase una palabra mía.

—No tiene importancia —dije al fin—. He sido muy torpe. Me temo que no te he interpretado bien y que… —vacilé—. ¿Podemos volver a ser amigos?

—No solo eso —dijo ella, y sus labios esbozaron un mohín travieso—. Te recuerdo que tienes una cita pendiente conmigo, Matthias Maier.

Suspiré aliviado. Lo más difícil estaba hecho. A partir de ahí ya conocía el procedimiento: atraer sus manos hacia mi pecho, acercarme a ella sin dejar de mirarla a los ojos, dejar que nuestros labios se aproximasen en silencio. O susurrando, tal vez, una tierna galantería.

—Quizás esta noche —se adelantó ella—, tras la cena, podríamos…

Se interrumpió al advertir, supongo, mi repentina palidez. Maldecí mi mala suerte, esa que me acosaba una vez más.

—Esta noche no va a ser posible, Klara. —Carraspeé—. He de hacer algo.

Ella frunció el ceño. El acercamiento se detuvo a pocos milímetros de mí.

—¿Con tu prima?

De nuevo ese tono. La magia se había roto, pero esta vez creí saber cómo evitar la catástrofe: no habría más engaños.

—Klara, por favor… —supliqué—. ¿Has venido dispuesta a confiar en mí o no?

Si ella esperaba una excusa torpe, mi novedosa actitud la hizo dudar.

—Tienes razón, Matt —suspiró—. Es solo que… No sé. Reconocerás que esos compromisos familiares tuyos resultan extraños.

—Es posible —admití—. Pero no son nada que deba preocuparte, te lo aseguro.

Ya te lo explicaré todo más adelante. Por cierto —añadí, atusándome la barba con un gesto ensayado ante el espejo—, que también tus idas y venidas resultan intrigantes.

Esta tarde, por ejemplo, después de que hayas tenido la gentileza de presentarme a los Curie, he pensado en agradecértelo durante la ofrenda y en que tuviéramos esta misma conversación.

Pero has desaparecido como por arte de magia…

Por un momento creí que Klara se iba a sincerar, contándome lo que yo ya había averiguado.

—Yo también te lo diré a su debido tiempo —respondió, en cambio—. ¿Cenarás conmigo, al menos?

—Me encantará. ¿A las siete y media en el bar? Podemos tomar un aperitivo antes de pasar al comedor.

Esta vez sí, se acercó sin reticencia. Tener a Klara en mis brazos me hizo inspirar hondo. Recibir sus labios en los míos me entrecortó la respiración.

—Ahora he de irme —musitó, devolviéndome el aliento antes de lo que me habría gustado.

Se separaron los cuerpos, aunque las manos se resistían.

—Me debes una, por cierto —bromeó—. Tienes que presentarme a Bohr. Ah, y a Pauli.

—¡Eso son dos! —protesté, bromeando a mi vez.

Pero ella se despidió con un delicioso mohín.

—Bah. Los Curie son tres.

Klara se marchó con tanto sigilo como había venido.

Me quedé inmóvil, felicitándome por la feliz reconciliación que la devolvía a mis brazos; culpándome por desear, más que nunca, que Charlotte —esa misma noche, en la calle des Teinturiers— se arrojase en ellos; mortificándome porque el apocado hijo de mi madre se había convertido en un desaprensivo.

Recuperé la carta, dispuesto a meterla en un sobre. Decididamente, no borraría el párrafo cuestionado. Era lo menos que podía hacer tras haber redescubierto cuánto me gustaba Klara y estar a punto, no me cabía duda, de redescubrir cuánto me gustaba Charlotte.

Un nuevo golpeteo en la puerta, también discreto, aunque más apremiante que el anterior, interrumpió mis pensamientos. Después de todo, Klara no podía esperar a que se materializase nuestra cita. Abrí la puerta con una cálida sonrisa en los labios.

—Klara, querid…

La carta se me escurrió de entre los dedos.