Hôtel Métropole 34 #2
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—Espera —imploré—. No es eso, Klara. Yo… —Miré a un lado y otro del corredor. Era un milagro que no hubiese aparecido nadie hasta entonces—. ¿Podemos hablarlo en otro lugar, con serenidad?

—Imposible. He de asistir a la charla de los Joliot. —Me mostró su reloj de pulsera—. He madrugado y desayunado temprano para ir con tiempo de sobra, y mira.

Me dejó allí plantado, observando cómo sus deliciosas nalgas, ceñidas por la falda del traje sastre, se balanceaban al bajar los escalones. Preguntándome qué había hecho yo mal. Respondiéndome que todo.

Lo había hecho todo mal.

Decidí no pasar la mañana en la habitación.

Las cartas podían esperar. Una caminata hasta la universidad me serviría para bajar el desayuno y recuperar el apetito para el almuerzo.

Si llegaba antes de tiempo, daría una vuelta por el campus, y si el tiempo empeoraba —el cielo se veía plomizo—, siempre podría refugiarme en la, según Heisenberg, magnífica biblioteca del Instituto de Física.

Tomé el ansiado baño. Me cepillé el pelo con esmero. Al cuello le vendría bien una pasada de navaja. Tenía tiempo: buscaría una barbería por el camino. Cogí guantes, abrigo, sombrero, paraguas. Si rompía a llover, no me pillaría desprevenido.

Me acerqué, llave en mano, a la recepción.

Bajo la mirada atenta del conserje de turno, una mujer menuda estudiaba una guía de teléfonos abierta sobre el mostrador.

Su indumentaria —el abrigo gastado, los zapatos de tacón bajo pasados de moda, el sombrerito que recordaba a los de mi madre— chocaba en aquel templo del refinamiento.

Sonreí para mis adentros. Como la mía, cabía suponer.

—Buenos días, señora Gamow —la saludé en inglés.

Concentrada como estaba, Lyubov dio un respingo.

—¡Profesor Maier! —exclamó, mudando su sorpresa en amigable expresión—. ¿Cómo es que no está usted en el Consejo?

—No me llame profesor, se lo ruego. —Le devolví la sonrisa—. Todavía no lo soy.

—Ayudante del profesor Heisenberg —recordó ella—. Cierto. Le ruego me disculpe.

—No tiene importancia. ¿Puedo ayudarla?

Lyubov dirigió una mirada de impotencia a la guía.

—Busco un frac para mi marido; para la cena real del viernes.

—¿No tiene?

—La invitación especifica que se debe llevar corbata blanca. —Lyubov elevó la mirada al techo—. ¡Corbata blanca!, ¿se imagina?… —Esbozó una sonrisa amarga—. Somos trabajadores de la Unión Soviética: ¡ni siquiera tenemos vestuario de etiqueta!

Mi primer impulso fue ofrecer a Lyubov el esmoquin que guardaba en el armario, pero me refrené a tiempo. Un esmoquin no era un frac y, en todo caso, nada que nos fuese bien a monsieur Belle-Croix y a mí serviría para Gamow.

—Gastón ya ha llamado por mí a varias tiendas de alquiler —dijo ella, señalando con la barbilla al conserje—. En ninguna de ellas disponen de una talla adecuada para Geo.

—Es una lástima. Supongo que una cena en palacio sería una experiencia inolvidable. ¿Y usted? —Quise saber, aun a riesgo de ser indiscreto—. ¿Dispone de algo apropiado?

Lyubov se miró los zapatos con aprensión.

—No me haga reír —dijo muy seria—. Ya he asumido que no acudiré a la cena. Para mí no es tan importante, pero si Geo pudiese…

Pensé con rapidez. Hacerles un favor a los Gamow sería una buena forma de ganarme su confianza. Si Charlotte me ayudaba, la NG podría sacar partido.

Una pareja oronda, con un cigarro puro en la boca él, cargada de pieles ella, hizo entrada en el hotel. La seguía un botones con un carro atestado de maletas y baúles. Apunté con la barbilla en dirección a una mesa libre en el vestíbulo.

—Acépteme un café —propuse a Lyubov—. Me gustaría preguntarle una cosa.

Nos sentamos en sendas butacas de mimbre. Ella pidió té con leche; yo, con limón. La pareja —turistas americanos, se adivinaba— se apropió del trozo de mostrador que habíamos abandonado.

—¿Le gustaría vivir en Alemania?

—¿Cómo dice?

Lyubov echó tres terrones de azúcar en su taza. Yo me limité a estrujar mi rodajita de limón con la cucharilla. Hice un esfuerzo por medir bien mis palabras.

—En la cena, la otra noche…, oyéndolos a ustedes, di por sentado que no piensan regresar a la Unión Soviética.

También me pareció que no tienen, de momento, ninguna oferta para establecerse en otro país.

¿Cree que a su marido y a usted les interesaría establecerse en Alemania?

En Berlín, o en Gotinga, que él conoce bien.

Y usted es física, seguramente podrían trabajar en la misma universidad.

Los dulces ojos de Lyubov se iluminaron.

—Eso sería maravilloso, señor Maier. Aunque… —Bajó los párpados. Ladeó la cabeza. Su corta melena osciló en un gesto que me recordó a Klara—. No sé. Su Hitler, si me lo permite, parece tan autoritario como nuestro Stalin. Da un poco de miedo, la verdad.

Asentí con la cabeza. Esperaba algo así, en realidad.

—Ya, bueno… La comprendo. Pero Hitler odia a los comunistas tanto como a los judíos, si no más. Si ustedes desertan de la Unión Soviética, estoy seguro de que tendrían una cálida bienvenida.

Ingenuo o no, eso es lo que dije. En todo caso, no quería que nuestra conversación derivase en cosas que no estaban en mi mano. Lo que sí podía hacer era intentar echar una mano a los Gamow.

—Tengo una amiga… Escuche, señora Gamow…

—Lyubov, por favor.

—Por supuesto. Oiga, Lyubov, no le prometo nada, pero quizás ella pueda conseguirles un atuendo a ustedes dos para la cena real. De hecho —sonreí—, a mi amiga le resultará más fácil vestirla a usted que al gigantón de su marido.

El de Lyubov no fue el último encuentro inesperado que tuve esa mañana. En la calle, apenas dados unos pasos, un hombre de fino bigote se me acercó. Reconocí a Patrice, el barman del Astoria que había recogido el informe para Charlotte la noche anterior.

—¿Usted?

—Me envía mademoiselle Belle-Croix. Es importante que lo vea a usted esta noche. Pero no en el Astoria. Memorice esta dirección, si es tan…

—Yo también necesito verla, pero con urgencia —lo interrumpí, pensando en las extrañas circunstancias que rodeaban a Jürgen, en mi propuesta a Lyubov, en lo mucho que me apetecía volver a estar con Charlotte—. ¿No podría ser ahora?

—Imposible. Calle des Teinturiers, 11. Recuérdelo; no queda lejos de aquí. A las diez en punto.

Patrice cruzó la calzada esquivando el tráfico y, de un salto, se subió al pescante de un tranvía. De alguna forma me recordaba a Gelb, pero en belga.