34
El día anterior me había sentido solo. En el desayuno busqué la compañía de Heisenberg y Debye, que compartían mesa con Cabrera. Pedí permiso para unirme a ellos, que el español me concedió con efusividad.
—Hablábamos de los próximos Nobel —dijo, introduciéndome en la conversación—. Según la prensa de mi país, Auguste Piccard suena para el del año pasado, que fue aplazado por la Academia Sueca; y Percy Bridgman[42], para el de este.
—Bridgman… —Meneé la cabeza—. No me suena. ¿A qué se dedica?
—Trabaja en física de altas presiones en Harvard —explicó Heisenberg, que untaba mermelada en su tostada—. Por lo visto, él mismo ha inventado y construido sus equipos, y ha realizado notables descubrimientos en ese campo.
—Eso está bien —intervino Debye, cruasán en mano—, pero ¿cuándo va a decidirse el Comité Nobel a premiar la física cuántica? Se supone que ya es una fruta madura.
Cabrera se sirvió más café.
—Los físicos suecos son muy conservadores —dijo—, reacios a considerar las nuevas teorías como descubrimientos en tanto no las valide la física experimental. Recuerden cuánto tardaron en premiar a Einstein[43], y no fue por la relatividad, sino por su explicación del efecto fotoeléctrico.
—La relatividad, la mecánica matricial, la ondulatoria… —Debye hizo una mueca desabrida, sin dejar de masticar—. Se diría que a los suecos se les atragantan las matemáticas.
—El problema, creo yo, es que el Comité no logra ponerse de acuerdo —opinó Heisenberg—: está obligado a premiar la física cuántica, pero se encuentra con resistencias importantes. De ahí que no concediese el premio de 1931, y que reservase el del 32.
Más pendiente de recuperar mi desventaja con tostadas y cruasanes que de la conversación, vi la oportunidad de intervenir.
—No olviden —apunté— que en el 28 se le concedió a Louis de Broglie, en cuyos trabajos se había basado Schrödinger.
—Cierto —admitió Cabrera—. Pero no lo es menos que herr Heisenberg y herr Schrödinger han recibido docenas de nominaciones en los últimos años, y que ya es hora de un reconocimiento a su labor.
—Sin olvidar a Born y a Jordán —apuntó Heisenberg.
—Naturalmente —asintió Debye—. Y a Dirac.
La conversación prosiguió, amena. Observé que Klara no estaba en el comedor. Tampoco Jürgen. ¿Coincidencia? Mi espíritu debió de ausentarse en un momento dado, lo que no pasó inadvertido a Cabrera.
—¿Le preocupa algo, muchacho?
La pregunta, formulada en tono afable, me hizo dar un respingo.
—Al contrario, profesor, al contrario —mentí, negando con la cabeza. No era cuestión de airear mis cavilaciones—. Lo que ocurre es que… Bueno —improvisé—, estaba pensando que en cinco minutos acudirán ustedes a la sesión del Consejo, y para mí comenzará otra aburrida mañana.
El español me dio una palmada amistosa en el hombro.
—Me hago cargo —dijo—. Pero anímese, hombre: venga a almorzar con nosotros al Instituto; luego nos acercaremos todos hasta el monumento a Solvay para depositar unas flores. Se distraerá.
Dirigí una mirada prudente a Heisenberg.
—¿Cree que puedo hacerlo, herr professor?
Mi maestro elevó los hombros.
—El profesor Cabrera es miembro del Comité científico. Si él lo invita, no hay más que hablar.
—Bah —quitó importancia el aludido—. Siempre quedan plazas libres en el almuerzo.
Me animé, en efecto, porque sabía que Klara tenía previsto asistir a la conferencia de los Joliot-Curie. Tendría ocasión de abordarla. En cuanto a Jürgen…
—Buenos días, caballeros.
Era Walther Bothe. Sombrero en mano, gabán al brazo, sin duda se disponía a partir hacia el Consejo. Debye lo invitó a sentarse.
—Ya he desayunado, gracias —rechazó—. Tan solo quería preguntar a herr Maier si sabe algo de mi ayudante.
Ayer no volví a verlo tras la charla de Chadwick.
No ha respondido a mis notas, y acabo de subir a su habitación, pero no contesta.
—Chascó la lengua, contrariado—. He pensado que quizás usted, Maier, estuvo con él anoche.
—Lo siento, herr professor —dije negando con la cabeza—. Anoche cené solo, y… lo cierto es que no he visto a Attel desde el desayuno de ayer.
—Seguro que duerme profundamente —rio Debye—. Tal vez visitó algún cabaré y se le fue la mano con la bebida —aventuró—. Estos jóvenes…
No me pareció descabellada la idea, teniendo en cuenta que no era el primer cabaré de Jürgen en Bruselas.
—Iré en su busca en cuanto acabe de desayunar —prometí a Bothe—, si le parece bien.
—Se lo agradecería —asintió él—. Attel estaba interesado en la conferencia de hoy, y ya va siendo hora de partir.
Heisenberg consultó su reloj.
—Tiene razón —dijo, levantándose—. Nosotros deberíamos movernos también.
Debye y Cabrera lo imitaron. El español me señaló con el índice, a modo de despedida.
—Lo dicho, Maier: el almuerzo es a las doce y media.
Ante la puerta de Jürgen, en mi mente retorcida acabó de cristalizar la innoble sospecha que se me había insinuado en el comedor: ¿significaba algo que ni Klara ni él hubiesen bajado a desayunar?
Inspiré hondo. Pues bien, si lo significaba, lo mejor sería acabar con las dudas de una vez por todas.
Golpeé la puerta con insistencia, llamando a Jürgen en voz alta.
—Por Dios, ¿qué ocurre?
Asomada a una puerta de servicio, Francine me observaba con el ceño fruncido.
—Eeem, es… el señor Attel —farfullé, consciente de haberme excedido con el ruido—. Ha debido dormirse y se le va a hacer tarde para una importante reunión.
—Pero deje de dar golpes, se lo ruego; va a despertar al resto de los huéspedes. —La camarera sacó un juego de llaves del bolsillo—. Espere un momento.
Sus nudillos golpearon la puerta con suavidad. Al comprobar por sí misma que no había respuesta, introdujo una llave maestra en la cerradura.
—Parece que su amigo ha encontrado un sitio mejor donde pasar la noche —dijo con sonrisa picara.
La habitación estaba ordenada. La cama, hecha.
Lejos de disipar mis sospechas, aquello las acrecentó.
Pero no podía repetir la escena ante la puerta de Klara.
Sería incorrecto presentarme allí, y más aducir estar buscando a Jürgen.
Dejé escapar un bufido. Seguro que él se hallaba ya en el Instituto y yo estaba haciendo el primo.
Se acabó. Tomaría un baño. Escribiría a mi madre.
Podría escribir a Rachel, incluso. La idea me hizo sentir indigno.
¿Por qué me acordaba de Rachel justo ahora, cuando Klara y Charlotte parecían haberse olvidado de mí?
—Hola, Matt.
Al borde de la escalera, con una mano apoyada en la barandilla y un pie en el primer peldaño de bajada, dos ojos luminosos me miraban con prevención. Mi corazón se paró un instante, y luego redobló sus latidos.
—¡Klara! Me… alegro de verte.
El bonito arco de una ceja castaña se elevó más que el otro.
—¿Lo dices en serio?
—¡Por supuesto! —exclamé vehemente—. Verás… —Tomé aire. Había pensado tanto en qué decirle que no supe por dónde empezar—. Estoy buscando a Jürgen, y…
Fue un mal comienzo. Klara soltó la barandilla para abrazarse a su cartera, en lo que me pareció un reflejo defensivo. Un mohín decepcionado afloró en la comisura de sus labios.
—No lo veo desde ayer —dijo—. Después del desayuno hablamos de cenar con los otros ayudantes, pero luego no apareció. —Ladeó la cabeza, recogiéndose el mechón rebelde en ese gesto que yo adoraba—. Tampoco tú te dejas ver, Matt. Llevo desde el lunes esperando a que des señales de vida.
¿Ella esperándome? Aquello me pareció injusto.
—Vine en tu busca el mismo lunes por la tarde —protesté, señalando con el índice hacia su puerta—, pero habías salido.
—Es que frau Meitner me rogó que la acompañase al teatro. La Fundación tiene un palco reservado en el Teatro de la Moneda para los asistentes al Consejo, y… —Carraspeó—. Supuse que estabas con Heisenberg, así que deslicé una nota por debajo de tu puerta para avisarte. ¿No la leíste?
—No encontré ninguna nota —respondí, arrugando el entrecejo—. Y luego, en la cena, no me hiciste el menor caso.
—¿Que no te hice…? —Klara esquinó los labios.
Si creí haberla acorralado, el contraataque me sorprendió—.
Tú no me hiciste caso, Matt. No quise interrumpir tu conversación con Cabrera y Schrödinger pensando que vendrías a sentarte conmigo; y luego, cuando te quedaste con ellos, no me dirigiste la mirada en toda la cena.
Estabas demasiado ocupado con la gente importante —refunfuñó.
Resoplé, sin dar crédito a mis oídos.
—Estaba siendo cortés, ni más ni menos —me defendí—. Y para cuando salí del comedor, vosotros os habíais ido de baile sin avisarme siquiera.
Encogió ella los hombros. El mechón se liberó de nuevo.
—Propuse hacerlo, pero Jürgen dijo que tenías mejores planes. Lo sabía bien informado, dado que habíais tomado el aperitivo juntos…
Me quedé con la boca abierta. ¿Jürgen había dicho tal cosa? Pero si era capaz de engañarme así, ¿por qué no también de coger la nota de Klara, en el caso de que la hubiese visto asomar por debajo de mi puerta?
—… así que te supuse con la joven del bar —proseguía Klara, los párpados entrecerrados—. Una chica muy guapa, por cierto —apuntó con voz meliflua—. No irás a decirme que es tu prima.
Escupió la última palabra como un veneno. Me estremeció comprobar que el azul claro se había ensombrecido.
—No… Bueno, sí, claro, es mi prima; la hija de mi tía —balbucí, sintiéndome ridículo.
Klara puso los ojos en blanco.
—Mientes fatal, Matt. —Colocó la mano de nuevo en la barandilla—. Por lo que a mí respecta…
—¡Pero no estuve con ella! —La interrumpí—. Estuve con Heisenberg, y con Dirac, y… Y ayer, en el desayuno, tampoco me hiciste el menor caso.
—Ayer estaba molesta, lo reconozco.
Lo sé. Debí aprovechar esa mínima concesión para rebajar el tono. Pedirle disculpas. Cogerle la mano, quizá.
—¿Ah, sí?… Pues yo también estaba molesto. Creía que Jürgen y tú…
Eso dije, en cambio, en un tono que no requería continuar. Klara, la barbilla muy levantada, me dirigió una mirada altanera.
—Escucha, Matthias Maier —me espetó—: Si Jürgen y tú creéis que podéis disputarme como un vulgar trofeo de caza, estáis muy equivocados.