Hôtel Métropole 33
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Misma hora. Misma relojería. Misma sensación de vacío en el estómago.

—¿Lleva reloj de pulsera? —inquirió el relojero, sin saludarlo siquiera.

Jürgen Attel se alzó el puño izquierdo de la camisa lo justo como para mostrar su preciado Longines, regalo de fin de estudios de sus padres.

El relojero extendió la mano. Con un suspiro, Attel se desabrochó el cronógrafo de caja cromada y correa de piel de serpiente.

El otro lo examinó a conciencia, como parecía hacer con todo lo que pasaba por sus manos.

La inscripción grabada al dorso —«Jürgen Attel. Doctor en Filosofía. 1932»— le provocó un gesto admirativo, el único que se permitió.

—Un reloj excelente —se limitó a decir—. Si tiene la bondad de aguardar…

Desapareció tras una cortina llevando consigo el reloj.

Durante un rato, Attel permaneció jugueteando con su sombrero en compañía de un centenar de tictacs.

Sus pensamientos volaron hacia Klara Hofmann.

Vaya que si había bailado con ella la noche anterior.

La orquesta del Métropole tenía un swing fantástico.

Rápido. Divertido. Él se defendía. Ella se movía con soltura.

Incluso lo había sorprendido con su electrizante jitterbug, en el que a duras penas podía seguirla.

Luego la orquesta había cambiado a un ritmo melodioso de aires latinos, y ella, aún jadeante por el jitterbug, no había puesto remilgos a que él le rodease la cintura con el brazo y la atrajese hacia sí al compás de las baquetas.

Attel esbozó una sonrisa torcida. Había sido un acierto impedir que se les uniese Maier.

A buen seguro que el de Leipzig se habría entrometido.

Inspiró hondo, disfrutando el recuerdo. De Klara le habían gustado a primera vista sus redondos ojos celestes y su dulce sonrisa que, sin conocerla, había tomado por tímida.

Pero si la noche anterior le había sorprendido su mundana desenvoltura, más lo había hecho su privilegiado intelecto, capaz, como había demostrado durante la cena, de penetrar los abstractos vericuetos de la física moderna.

Aunque no se lo había preguntado directamente, se había convencido de que no estaba comprometida.

Él había salido con un par de chicas desde que entró en la universidad: Christine, ardiente, estudiante de arte, en cuya residencia femenina a veces se colaba con nocturnidad; y Adele, soñadora,

cuyo grupo de la Liga de Muchachas Alemanas a menudo realizaba actividades conjuntas con el suyo de las Juventudes Hitlerianas.

Con ambas se había divertido; con Adele, incluso, llegó a trazar prematuros planes de futuro.

Pero con ninguna de ellas podía hablar de lo que más le interesaba en la vida: la física.

Con una mujer como Klara, en cambio, podría compartir hasta eso.

Ella comprendería sus cuitas y, aunque renunciase a trabajar en la universidad —cosa deseable y en todo caso inevitable—, podría ayudarlo a preparar sus clases, revisar sus escritos, acompañarlo en sus viajes.

Eso sería gratificante para ella. Le evitaría la rutina del hogar, sin duda limitante para una mujer de su talento.

Cierto era que en el grupo formado durante la cena apenas habían hablado de cosas que no fueran física, y a él le gustaría conocer las opiniones de Klara sobre otros temas.

Una delgada línea le cruzó la frente. ¿Y si…

? El recuerdo de sus hermosas facciones lo tranquilizó enseguida: los iris claros, la nariz respingona, el contorno del rostro, más redondeado que ovalado.

Aria, sin duda.

¡Dios, cómo le gustaba! Hablarían, desde luego; quedaban días suficientes.

Y si todo iba como esperaba, quizá, incluso…

Sacudió la cabeza. Pedirle relaciones resultaría precipitado.

Le pediría su dirección. Le escribiría, eso se le daba bien.

Ella le respondería a vuelta de correo. Y un día, ya con la flamante venia legendi en el bolsillo, él se presentaría por sorpresa en Berlín y…

Torció el gesto. Desde Heidelberg había una jornada entera en tren, nada que pudiera hacerse a menudo.

Pero no se quedaría allí mucho tiempo. Sonrió para sus adentros.

El Reich iba a deberle un favor. ¿Por qué no el mismo Berlín?

Se revolvió impaciente. ¿Qué diablos estaba haciendo el relojero con su reloj?

¿Qué diablos, ya puestos, hacía él allí, en lugar de haber almorzado con los profesores y estar ahora departiendo con ellos?

Porque el debate tras la charla de Chadwick había resultado apasionante y eran muchas todavía las cuestiones abiertas.

¿Qué diablos era aquella misión? Peter no le había contado nada, en realidad.

Se limitaba a darle instrucciones puntuales y concretas.

Haz esto. Ve allá. Haz lo otro. Y él tenía ganas de acabar de una vez, por importante que la misión fuese para el Reich, y volver a lo que era importante para él.

Además, Bothe estaría preocupado por su repentina desaparición.

Peor aún, estaría enfadado. ¿Cómo iba a entender que se ausentase de la sesión de Chadwick?

Mierda.

Exhaló hondo. Pobre viejo, bastantes preocupaciones tenía. Le caía bien. Era buen científico y profesor, y sería buen director, de no ser por su excesiva tolerancia para con los hebreos y por…

Una explosión de campanadas, no todas perfectamente sincronizadas, interrumpió sus cavilaciones.

La una y media de la tarde. Los carillones anunciaron, de paso, el regreso del relojero.

Este le devolvió el reloj. Le entregó la cartera, ahora más rígida y pesada.

Su semblante aparecía distendido. La satisfacción de un trabajo bien hecho.

Le mostró el llavín entre el índice y el pulgar.

Se disponía a hablar cuando sonó una campanada rezagada.

—Su reloj está sincronizado con el mío —dijo, tras dedicar una mirada sombría al carillón díscolo—. No lo toque. La llave me la quedo. Bajo ningún concepto debe usted abrir la cartera, ¿comprende? Tampoco debe separarse de ella. Peter le dirá qué más ha de hacer.

Eso fue todo, salvo que, al esbozar Attel con el sombrero un gesto de despedida, el otro lo traspasó con una inesperada mirada cómplice.

—Heil, Hitler! —dijo sin levantar la voz. Tampoco el brazo, para que no lo viesen desde la calle.

PROGRAMA DEL DÍA

Miércoles, 25 de octubre

9:30 h: Informe de M. y Mme. Joliot:

Radiación penetrante emitida por átomos

bajo la acción de rayos gamma

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11:00 h: Discusión

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12:30 h: Almuerzo

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14:00 h: Ofrenda floral en el Monumento a E. Solvay

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19:30 h: Cena en el Hôtel Métropole