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Las tres primeras jornadas eran, más bien, de carácter experimental.
Por eso, aunque nuestro trabajo estaba relacionado con la estructura del núcleo y, por ende, con el neutrón, Heisenberg había resuelto pedir permiso para que yo asistiese como oyente a las restantes.
Un día más tendría que conformarme con leer la copia que obraba en nuestro poder, consciente de que, por la tarde, mi jefe querría comentar los pormenores del debate.
Bajé temprano al comedor, aunque no lo bastante: Lise Meitner y Klara desayunaban ya en animada conversación con Ernest Lawrence.
No me extrañó, vistas las idas y venidas de Klara a la embajada americana.
Aunque el conciliábulo no probaba nada, era significativo.
Los saludé con un cortés good morning al pasar junto a su mesa.
La inclinación de cabeza de Klara fue, como me temía, la menos efusiva de las tres.
¿Pero qué le había hecho yo a esa mujer?
¿Acaso se había enfadado por el inocente beso de despedida de Charlotte?
Heisenberg y Debye aún no habían hecho acto de presencia.
Tracé un plan nada más tomar asiento en solitario: desayunaría rápido, esperaría a Klara en el vestíbulo, la interceptaría camino del ascensor, le rogaría que hablásemos.
Estaba convencido de que haciéndolo resolveríamos cualquier malentendido.
Si era necesario, le contaría la verdad sobre Charlotte.
La parte de verdad —no soy tan ingenuo— en que no las besaba a ambas el mismo día.
Elegante artesonado de suntuosa decoración.
Elegantes ventanales de intrincada vidriera.
Elegantes columnas de rico mármol veteado.
Había pasado de hacer planes a admirar tanta elegancia cuando un sonriente Jürgen tomó asiento en mi mesa.
Por un momento pensé que lo de desayunar rápido corría peligro; pero él, sin pretenderlo, me tranquilizó.
—Tengo prisa —dijo—. Bothe ha logrado que me permitan asistir a la conferencia de Chadwick.
Le expresé mi complacencia, al tiempo que un circunspecto camarero depositaba ante mí un café con leche y una cestita con viennoiseries y tostadas y mermeladas de diversos sabores. Jürgen pidió lo mismo.
—Teniendo en cuenta la relevancia de vuestra investigación para el descubrimiento del neutrón —dije—, es natural que Langevin tenga esa deferencia con vosotros.
Dibujó él un gesto evasivo en el aire.
—No fueron nuestras, en realidad. En aquella época Bothe estaba en Giessen y yo ni siquiera me había graduado. Pero sí es cierto que ahora seguimos en esa línea. ¿Te interesa la radiación cósmica?
—No mucho. Lo mío es la estructura del núcleo. —Sin dejar de untar mantequilla en un cruasán, alcé una ceja en dirección a Jürgen—. ¿Tu trabajo de habilitación se basa en los rayos cósmicos?
La pregunta, formulada con aire inocente, estaba, sin embargo, cargada de intención.
Había afirmado que no me interesaba el tema, no que no entendiese de él.
De hecho, la radiación cósmica era la especialidad de Jakob y el otro punto fuerte del grupo de Heisenberg, del que a menudo se organizaban seminarios y charlas.
Si no era capaz de examinar a Jürgen, sí podía, al menos, hacerlo hablar.
No me defraudó. Durante diez minutos disertó sobre cascadas de rayos cósmicos, partículas de alta energía y pares electrón-positrón mientras ambos engullíamos tostadas y cruasanes.
Jürgen sabía de lo que hablaba a un nivel equiparable al de Jakob, lo que me convenció de que, si llegaba a ocupar la plaza de algún hebreo despedido, al menos no lo haría como advenedizo. Suficiente, concluí, para Charlotte.
—Por cierto —dije entre bocado y sorbo, cuando la física de partículas me dio un respiro—, ¿qué tal anoche?
A Jürgen se le iluminó la cara.
—Fui con Klara y con otros a conocer la sala de baile del hotel. ¡Había una orquesta formidable!
Abrí mucho los ojos.
—¿Fuisteis a bailar?
Me miró como si yo fuese un marciano de Wells.
—¿Por qué no? Le dije a Klara que te esperásemos, por si te apuntabas; pero contestó que seguro que tenías mejores planes. —Frunció sus cejas arias—. ¿Los tenías?
—Me quedé en el bar —respondí alzando los hombros—, charlando con Heisenberg y con otros. Gracias por pensar en mí, de todos modos.
—No las merece. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz—.
Oye… ¿Recuerdas a Nathalie, la investigadora de la ULB que acudió a la cena del sábado?
Luego vino al cabaré, y… He pensado que esta noche, o mañana, podríamos salir los cuatro juntos.
—Me guiñó un ojo—. Nathalie es guapa y divertida, haréis buena pareja.
—¿Haremos?… ¿Quieres decir que Klara y tú…?
—Todavía no. —Jürgen señaló con la barbilla hacia la mesa de Klara en el preciso momento en que sus ocupantes se levantaban—. Pero ayer estuvo muy simpática conmigo. Yo diría que también le gusto.
Aquel «también» era una declaración. Comprendí que debía ser cauto: a Jürgen le fastidiaría saber lo nuestro. Pero cuando, al dirigirse a la salida, Klara le dedicó una cálida sonrisa y me ignoró ostensiblemente, suspiré. «Lo nuestro» parecía cosa del pasado.
—Creo que hay química entre nosotros —susurró Jürgen, ajeno a mis tribulaciones—. Química entre dos físicos, esa es buena, ¿eh? —Rio con ganas su propia ocurrencia, y luego se ajustó la corbata y los puños de la camisa—. Te dejo, que tengo prisa.
Observé resignado, con el último sorbo de café, cómo se me adelantaba en interceptar a Klara tras el desayuno.
Dediqué la mañana, lluviosa y gris, como mi ánimo, a redactar un esmerado informe para la NG.
Quizá porque Klara me ignoraba, la perspectiva de un nuevo encuentro con Charlotte se me hacía más deseable que nunca.
No hacía veinticuatro horas que había estado con ella y ya añoraba su silueta de maniquí de alta costura, el burlón esmeralda de sus iris y esa voz casi masculina que lo mismo me subyugaba conversando sobre frivolidades mundanas que sobre historia de la física.
Echaba de menos, sobre todo, la espontánea complicidad con que habíamos aprendido a tratarnos aun siendo tan diferentes, y no me quitaba de la cabeza su misteriosa alusión del día anterior.
¿Por qué decía no convenirme? Si pretendía que dejase de pensar en ella, había conseguido justo lo contrario.
A pesar de mi renovado entusiasmo por Charlotte, a la hora del almuerzo decidí ir en busca de Klara.
Con los profesores y Jürgen en la sesión del Consejo, me pareció una inmejorable oportunidad.
Le pediría que me acompañase a un bistró tranquilo donde aclarar la situación y retornar al punto en que lo habíamos dejado en el tranvía.
Cogí sombrero y abrigo. Me planté ante la puerta de Klara. Tomé aliento. No llegué a saber si estaba dentro. Sé que debí llamar, pero nunca he negado que yo era entonces un ser inmaduro. Y en ese momento me pudo el pueril disgusto que me causaban su injustificado desdén y su coqueteo con Jürgen.
Comí solo por segundo día consecutivo.
Lo único reseñable de la tarde —del día, a la postre— fue la conversación que mantuve con Heisenberg una vez hubimos repasado la sesión de la mañana. Lo noté animado, tras el derrotismo que había mostrado la tarde anterior, y no pude dejar de comentárselo.
—He tenido una conversación telefónica con Max Planck —me confió—.
Le he expresado mi preocupación por Bothe, urgiéndolo a encontrarle un puesto acorde con su categoría.
Bothe hizo la tesis con Planck, y si a este le preocupa la pérdida de talento alemán, la posibilidad de que uno de sus alumnos más brillantes se vea obligado a emigrar lo espanta.
Pero él ya estaba al tanto del problema y tiene una idea que podría funcionar: como sabe, Planck es presidente de la KWG, que cuenta con numerosos centros de investigación.
Pues bien, en uno de ellos, el KWImF, ha quedado vacante la plaza de director del Departamento de Física.
Recordaba que la inauguración del Instituto de Investigación Médica de Heidelberg había sido noticia en mi época de estudiante.
—Pero el KWImF…
Heisenberg se encogió de hombros.
—Sí, ya sé, pero la física con fines médicos no deja de ser física. Y el KWImF dispone de magníficas instalaciones y laboratorios bien equipados.
Comprendí la jugada de Planck: la Sociedad Kaiser Guillermo era una institución independiente, libre de influencias políticas. Los nazis no tenían nada que decir respecto a sus nombramientos internos. De momento.
—Y Bothe, ¿qué opina?
Heisenberg me miró ceñudo.
—Bothe no sabe nada todavía, y nosotros nos guardaremos de comentárselo, ¿entendido? Dejemos que Planck haga sus gestiones. Primero ha de convencer al director del KWImF, que sin duda estará pensando en alguien más afín a sus áreas de investigación.
—Sería una excelente noticia —asentí; y luego, en tono casual, añadí—: Tengo entendido que la mujer de Bothe es rusa. ¿Es cierto?
Heisenberg arqueó las cejas.
—Barbara, sí. La trajo consigo de su cautiverio en la Unión Soviética. ¿Por qué lo dice?
—No, por nada. Es solo que anoche conocí a los Gamow en la cena. Son muy simpáticos, y se me ocurrió que frau Bothe se habría alegrado de conocerlos.
—Creo que su intención era venir, pero cayó enferma unos días antes de su partida. —Heisenberg hizo un gesto vago—. Una afección intestinal, o algo así. El joven que lo acompaña…
—Jürgen Attel.
—Attel, eso es. Al parecer, conoce bien los trabajos de Chadwick y de los Joliot-Curie, por eso Bothe le ofreció venir como ayudante. Ustedes dos han congeniado, ¿no es cierto?
Asentí distraído, comenzando a recoger los papeles. Las circunstancias en que Jürgen había venido como asistente de Bothe se parecían extrañamente a las mías. Me despedí de Heisenberg con una incómoda opresión en el estómago. Más que nunca, necesitaba entrevistarme con Charlotte.
Opté por cenar solo, evitando cualquier compañía que pudiera retrasarme. Me resultó sencillo, pues los profesores y sus esposas lo hacían en la Fundación Universitaria. Luego me dirigí al Astoria, preocupado e ilusionado a la vez.
Esta vez el barman me reconoció. Un tipo de estrecho bigote y anchas espaldas sobre el que Charlotte, por algún motivo, parecía tener un notable ascendiente.
—¿Monsieur Maier? —dijo, colocando ante mí un posavasos.
Asentí, sorprendido de que me llamase por mi nombre. Se dio la vuelta para coger un sobrecito encajado entre dos botellas.
—Mademoiselle Belle-Croix ha dejado esta nota para usted.
Rasgué el sobre, desconcertado. Con su elegante letra, que ya me resultaba familiar, C. me informaba de que no le era posible acudir a la cita y me rogaba que le dejase el informe a Patrice, de su total confianza.
Charlotte tenía mejores cosas que hacer.
Patrice me sirvió una cerveza que bebí solo, tratando de convencerme de que el domingo no había vivido un sueño.