31
Gamow, George (Gueorgui Antónovich Gámow)
Nacido el 4 de marzo de 1904. Odesa
Nacionalidad: soviética
Estado civil: casado
Doctor en Física. U. Leningrado
Estancias en Gotinga, Copenhague, Cambridge, Copenhague
Act. en I. Físico-Matemático de la U. Leningrado
Distinciones:
Miembro de la Academia de Ciencias de la URSS
Investigaciones más relevantes:
Durante su estancia en Gotinga, Gamow aplicó sus conocimientos de mecánica cuántica a explicar la desintegración alfa mediante el efecto túnel. Su teoría le ganó el reconocimiento de Bohr, quien le ofreció una beca en su Instituto de Física…
En cuanto a los Gamow, descubrí que eran todo lo contrario. Con el plato principal se lanzaron a narrar sus intentos de abandonar la Unión Soviética, asfixiados por la implacable politización de la ciencia y las férreas restricciones de viaje impuestas a los científicos.
—… conque decidimos intentarlo en canoa.
Creo que todos alrededor de Lyubov abrimos mucho los ojos.
—¿Desde Crimea hasta Turquía? —inquirí, creyendo no haber entendido bien.
George y ella se limitaron a encoger los hombros. Para ellos, supuse, cualquier plan, por descabellado que fuese, era preferible al ostracismo intelectual al que los obligaba el régimen.
Pero atravesar el mar Negro a remo era muy descabellado.
—Alguien en Moscú fabricaba kayaks desmontables —explicó Gamow—, pensados para franquear ríos y lagos en expediciones terrestres.
Conseguí que nos prestasen uno para hacer pruebas de navegación en mar abierto.
También conseguí una plaza de veraneo cerca de Yalta, en la parte más meridional de la península.
Antes del viaje, Rho y yo reunimos provisiones para cinco o seis días a base de acumular chocolate duro y cocer huevos de estraperlo.
El plan era intentar la travesía por la parte más estrecha, hasta Sinope…
—Hasta donde nos llevase la corriente, en realidad —puntualizó su esposa con encantadora sonrisa.
—Eso. En el mejor de los casos serían doscientos setenta kilómetros de mar abierto, pero a nosotros nos parecía factible. Verdad, ¿cariño?
—Geo se defiende en danés, y conserva su viejo permiso danés de conducir motocicletas —explicó ella—. Pensaba hacernos pasar por turistas extraviados para conseguir que nos llevasen hasta la embajada danesa en Estambul. Una vez allí, telefonearía a Bohr para pedirle ayuda.
—El primer día todo fue bien. Habíamos anunciado que salíamos de excursión para dos días, de forma que nadie se preocupase por nosotros al caer la noche.
El mar estaba calmo y solo teníamos que seguir la brújula hacia el sur.
Incluso llegamos a vernos en medio de una manada de marsopas juguetonas. Fue muy emocionante, ¿verdad, Rho?
Lyubov arrugó la nariz.
—Pero has de reconocer que al principio las mirábamos con recelo.
Gamow vació los pulmones en una estruendosa carcajada.
—Cierto —dijo—. ¡Cualquiera de ellas podía haber hundido el bote de un arrumaco!
El matrimonio continuó narrando sus peripecias, que se habían tornado dramáticas cuando el segundo día amaneció tormentoso.
El viento los empujaba hacia atrás, las olas pasaban por encima del kayak, ella no daba abasto a achicar agua, y todos los esfuerzos de él apenas servían para mantener aproado el bote.
Exhaustos, empapados y ateridos, al final lograron tocar tierra en la misma costa de Crimea, ¡a cien kilómetros del lugar de partida!
—Unos pescadores tártaros nos llevaron a un hospital, donde pasamos dos días recuperándonos. Por fortuna —concluyó Lyubov—, nadie sospechó que nuestra malograda excursión había sido, en realidad, un intento de desertar.
Dirac, que hasta entonces apenas había intervenido en la conversación, esbozó una tímida sonrisa.
—Es comprensible —dijo, sin levantar la mirada de su plato—: nadie creería que dos adultos en su sano juicio planearían remar hasta Turquía.
—Pero decidnos —se interesó Anny—, ¿cómo, después de todo, habéis conseguido los pasaportes para viajar a Bruselas?
Gamow relató que, tras habérsele negado su asistencia a diversos eventos europeos, un día había recibido una inesperada notificación en la que se le instaba a acudir al Consejo Solvay como representante oficial de la Unión Soviética.
Durante las semanas siguientes porfió, hasta el extremo de entrevistarse con el mismísimo jefe del Gobierno, Viacheslav Mólotov, para que a Lyubov se le permitiese acompañarlo.
Y cuando, a pesar de haberse ganado en apariencia la complicidad de Mólotov, se le siguió negando el pasaporte para su esposa, él manifestó su negativa a acudir solo al Consejo.
—Al final conseguimos los pasaportes —concluyó, besando tiernamente a Lyubov en la frente—. En algún momento, en algún lugar, la Providencia debió de apiadarse de nosotros para que esta noche nos hallemos cenando con ustedes, en lugar de en algún gulag allende el Cáucaso.
La escena emocionó a los presentes. La heroica lucha de aquella pareja por salir de la Unión Soviética, juntos a toda costa, solo podía significar que estaban muy enamorados.
Hubo entusiastas aplausos, y alguna dama hasta sacó el pañuelo.
Alguien comentaría luego que en el ala opuesta de la mesa habían achacado nuestro jolgorio a la llegada de los gofres de Lieja al chocolate.
En cuanto a mí, Lyubov Gamow me despertó una gran admiración, no solo por la natural afinidad esperable entre personas de una misma edad, sino porque todo en ella —aficionada al arte,
la música y el ballet además de graduada en física por la Universidad de Moscú— denotaba una sensibilidad y una inteligencia comparables a su férrea determinación aventurera.
Su fragilidad, concluí, no podía ser sino aparente.
De aquella cena, en la que ejercí de cuasimudo comensal, saqué varias conclusiones.
La primera, que la calidad y cantidad de las comidas a que invitaba la Fundación Solvay no estaban al alcance de cualquiera.
La segunda, que si los hombres sentados a mi alrededor eran admirables, sus mujeres no lo eran menos.
Y la tercera, la que más me afectaba personalmente, que la NG estaría muy interesada en saber que los Gamow no pensaban regresar a la Unión Soviética.
La cuarta hubiera sido que mi admirado Dirac hacía honor a su fama de trato difícil, de no ser porque, al levantarnos de la mesa, me sorprendió invitándome a tomar una copa con Gamow y con él.
El primer día del esperado Consejo Solvay me fui a la cama con sensaciones contradictorias.
En mi boca permanecía el dulzor de las mieles cosechadas el día anterior.
Sin embargo, el que terminaba había sido distinto: ni el encuentro por sorpresa con Charlotte había pasado de charla profesional, ni mi cita a solas con Klara se había materializado.
Peor aún: esta última había salido del comedor bromeando con Jürgen de forma ostentosa.
Pretendiese o no darme celos, lo cierto es que yo sentía mi orgullo lastimado.
En el lado opuesto de la balanza, el positivo, sumaba una memorable velada en el bar del Métropole.
A Dirac y Gamow se unieron Heisenberg y Pauli.
Una fraternidad forjada en estancias, cursos y conferencias, engrasada por el constante debate y una incesante correspondencia.
Algún día, me dije, formaría parte de ella.
Mientras tanto, a modo de rito iniciático, no hice ascos a un scotch.
Me animaba la certeza de estar a punto de concluir la misión que se me había encomendado: al día siguiente entregaría un jugoso informe a Charlotte, incluyendo la proyectada deserción de un Gamow, que todavía no contaba con acomodo,
y algunos elogios para con la ciencia alemana que Dirac me había hecho y que avalarían una supuesta buena disposición para escuchar propuestas de la NG.
Al fin y al cabo, pecar de optimista no me comprometía demasiado.
Por último, estaba la cuestión de Jürgen.
Me había quedado claro que era afín al régimen y que mostraba nula simpatía hacia los judíos.
Pero de lo que interesaba a Charlotte, si estaba o no capacitado para una plaza de profesor, seguía sin hacerme una idea.
Eso solo podía saberlo Bothe; pero… ¿cómo averiguarlo?
Apagué la luz tras redactar unas notas. Confiaba en que lo intenso de la jornada me haría caer fulminado, pero no fue así: un insidioso desasosiego se empeñó en ocupar mi mente.
El maremágnum de emociones encontradas, me decía el desasosiego, te hace pasar algo por alto.
Una idea, vaga al principio, fue perfilándose en la oscuridad.
Supe que estaba relacionada con Gamow; con algo que había dicho cuando narraba su entrevista con Mólotov para conseguirle un pasaporte a Lyubov: «Podría decirle que mi esposa, física también, actúa como mi secretaria científica —le había confiado para ganarse su complicidad—;
que se ocupa de mis papeles y notas y que su concurso me resulta imprescindible en un viaje de tal duración. Pero eso no es del todo cierto: el verdadero motivo es que ella nunca ha estado en el extranjero,
y que después de Bruselas tengo intención de llevarla a París para que conozca el Louvre y el Folies Bergère, y para llevarla de compras».
Todos los presentes habíamos reído la ocurrencia. Pero, más allá del desparpajo de Gamow para con el segundo hombre más importante de la Unión Soviética, ¿qué había en sus palabras que pudiera haberme desvelado?
Me costó atar cabos.
Los científicos más abstractos —léase matemáticos o físicos teóricos— tenían fama de torpes en los aspectos más corrientes de la vida, de los cuales a menudo se ocupaban sus esposas:
con Anny Schrödinger haciendo de chófer para su marido y Margrethe Bohr transcribiendo y revisando los escritos del suyo, esa misma tarde había tenido dos buenos ejemplos.
Incluso Gamow, de no ser por su atrevida estrategia para ganarse a Mólotov, habría considerado natural decirle que Lyubov se ocupaba de sus papeles.
Y eran varios más los invitados al Consejo que habían traído a sus mujeres.
Ejerciesen o no como secretarias, tener los gastos pagados por la Fundación Solvay era, supuse, un buen aliciente para llevarlas de viaje.
Revisé mentalmente la lista de los ponentes: Cockcroft y Chadwick habían venido con sus respectivas esposas; los Joliot-Curie, que darían juntos la tercera conferencia, se tenían el uno al otro; Gamow contaba con Lyubov; Dirac, soltero, había venido solo, aunque…
Bueno, Dirac era Dirac: se decía de él que ni siquiera tomaba alumnos a su cargo.
En cuanto a Heisenberg, también soltero, tenía sentido que contase conmigo para preparar su charla.
Pero ni Meitner ni Bothe iban a conferenciar.
¿Para qué, entonces, querían un ayudante?
De repente me pareció absurdo que la austriaca necesitase a Klara para desertar: como Schrödinger, podría haber hecho sus gestiones desde Alemania, en la seguridad de que daneses, británicos o americanos estarían felices de acogerla.
En cuanto a Bothe, sabía que estaba casado.
Que no hubiese traído a su esposa podía obedecer a mil razones de índole personal, pero…
¿por qué viajar con un ayudante de ideas tan opuestas a las suyas?
Una sospecha me asaltó: ¿y si los nazis, en vista de su díscola actitud en Heidelberg, le habían impuesto la presencia de Jürgen?
La idea podría parecer ridícula, pero cosas peores se estaban viendo.
Con todo, por muchas vueltas que le di a la almohada no acabé de verle sentido: con su familia expuesta a represalias en Alemania, no era probable que Bothe desertase en Bruselas.
La difusa frontera entre la consciencia y el sueño se presentó sin avisar.
Esa noche me revolví inquieto. Mi yo onírico se empeñaba en recordar la lectura de la Ilíada, cuyo ejemplar de encuadernación rústica apenas había tocado desde mi llegada a Bruselas, angustiándose al encontrar que los elegantes versos de Homero eran, en realidad, un acre discurso sobre patria, raza,
guerra, propaganda e imperio.
PROGRAMA DEL DÍA
Martes, 24 de octubre
9:30 h: Informe de M. Chadwick:
Difusión anómala de partículas alfa
Transmutación de elementos por partículas alfa
El neutrón
* * *
11:00 h: Discusión
* * *
12:30 h: Almuerzo
* * *
19:30 h: Cena en la Fundación Universitaria