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Dirac, Paul Adrien Maurice

Nacido el 8 de agosto de 1902. Bristol

Nacionalidad: británica

Estado civil: soltero

Graduado en Ingeniería eléctrica U. Bristol

Graduado en Matemáticas-U. Bristol

Doctor en Física. U. Cambridge

Estancias en Copenhague y Gotinga

Miembro de St. John College-Cambridge

Cátedra Lucasian de Matemáticas. U. Cambridge

Distinciones:

Miembro de la Royal Society

Miembro correspondiente Acad. de Ciencias de la URSS

Investigaciones más relevantes:

En 1925, su director de tesis, R. Fowler, le pasó un borrador del artículo de Heisenberg sobre mecánica matricial, que había recibido para revisión.

Consciente de que estas ideas resolvían las carencias de la vieja teoría cuántica, Dirac escribió una serie de artículos desarrollando y aplicando la nueva teoría…

Si la cena no deparó profundas discusiones filosóficas, para decepción de algunos, para mí resultó sumamente interesante, por cuanto me permitió alcanzar uno de mis principales objetivos en Bruselas: conocer en persona a Paul Dirac.

Y, de paso, a una pareja notable, los Gamow, con lo que satisfaría con creces mi necesidad de información sobre el soviético.

La cosa fue casual: el profesor Cabrera departía a la entrada del comedor con Schrödinger y señora.

Por lo visto, al español y al austriaco los unía una buena amistad desde que se conociesen en el quinto Consejo.

Cabrera, al acercarme, me saludó con afabilidad e hizo amago de presentarme a Schrödinger, ignorando que ya nos conocíamos.

Schrödinger, menos sombrío que por la mañana, me presentó a Annemarie, su mujer, quien se mostró muy cordial cuando le dije tener entendido que era una gran conductora.

Como quiera que, mientras nos acercábamos al ala izquierda de una gran mesa alargada, frau Schrödinger me venía contando sus cuitas al volante, consideré descortés dejarla con la palabra en la boca y tomé asiento a su izquierda, mientras su marido y Cabrera,

que charlaban sobre una posible visita del austriaco a España, se alineaban a su derecha.

La mesa, preparada para unos cincuenta comensales entre profesores, parejas y ayudantes, se había ido rellenando desde el centro hacia los extremos.

Me fijé en el ala opuesta, donde Jürgen Attel, de quien me había separado para ir al lavabo, se había sentado junto a Klara en un grupo que englobaba a los Joliot-Curie y los Fermi.

Me preocupó que Jürgen expresase su antipatía por los judíos ante los italianos, pero poco podía hacer ya.

En cuanto a Klara, traté de que nuestras miradas se cruzasen, pero ella, inmersa en una conversación con Laura Fermi, no me dio oportunidad.

Tener un ojo puesto en Klara me duró hasta que los Bohr se sentaron frente a los Schrödinger.

Junto a ellos lo hizo una curiosa pareja a quien los primeros trataban con familiaridad.

Él era un hombretón bien parecido, de ojos increíblemente azules y casi dos metros de estatura; ella, una delicada belleza caucásica que podría tener mi edad, contrastaba con su marido por su frágil apariencia.

Nos los presentaron como George y Lyubov Gamow; o, como se llamaban entre ellos, Geo y Rho.

Bastó que el reservado Paul Dirac se sentase a mi izquierda, frente al extrovertido Gamow —les unía una buena amistad desde la estancia del soviético en Cambridge—, para cerrar un círculo en el que, a partir de ese momento,

la cena se convirtió en una interminable sucesión de anécdotas y relatos de vivencias interconectadas.

Certifiqué —ya lo intuía, pero allí lo certifiqué— que la de los físicos era una gran familia.

Y juro que en mi vida he vuelto a estar en una cena entre colegas en la que se haya hablado tan poco de física.

La conversación comenzó con el relato de Anny —así nos rogó frau Schrödinger que la llamásemos— de sus anécdotas al volante del BMW descapotable; un tour de casi tres mil kilómetros, desde Berlín a Bruselas, pasando por el Tirol italiano y las orillas del lago de Garda.

Viéndola en tan amigable relación con su marido, nadie diría que los devaneos de él fuesen una preocupación para la atrevida conductora.

De hecho, su mayor inquietud consistía en si sería capaz de adaptarse a la anómala conducción británica por la izquierda.

De Margrethe Bohr, a quien ya había conocido, sabía que era la primera colaboradora de su marido: él le confiaba sus teorías y manuscritos, que ella transcribía y revisaba para hacerlos más inteligibles.

Durante la cena descubrí que ejercía un poco como matriarca del multinacional grupo, pues Dirac, Schrödinger y Gamow habían sido sus huéspedes en Copenhague, de ahí la confianza con que ella los trataba y el respeto que ellos le mostraban.

Schrödinger había disfrutado incluso de los cuidados de su anfitriona durante un acceso febril que lo obligó a guardar cama.

En cuanto al soviético, cuya perspicacia con la cuántica llevó a Bohr a becario en su Instituto de Física, casi podía decirse que era miembro adoptivo de la familia, hasta el punto de que los hijos del matrimonio lo llamaban «tío Gamow».

De Dirac qué puedo decir. Era una de mis más admiradas deidades en el politeísta Olimpo de la Física.

Si alguien podía competir con Heisenberg en precocidad, ese era él.

Su ecuación daba respuesta al gran reto de la física teórica del momento: obtener una formulación que hiciese compatibles la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad.

En aquella ocasión no entendí nada, pero fue gracias al posterior tratado de Dirac, The principies of quantum mechanics, que esta procelosa rama de la física comenzaría a tener sentido para mí.

Del británico sabía por mi maestro que era un infatigable viajero.

A menudo visitaba la Unión Soviética, donde tenía buenos amigos, y había dado una vuelta al mundo —parte de ella en compañía de Heisenberg—, conferenciando en los Estados Unidos, Japón y Moscú.

También sabía que era reservado en extremo.

Si no puedo expresar lo que sentí al verme sentado a su lado, sí puedo asegurar que todos mis intentos por entablar conversación con él se estrellaron contra un muro de monosilábica cortesía.