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Luego se esfumó, eficiente y sigilosa, por la escalera de servicio.
Jürgen se mostró amistoso y risueño al franquearme la entrada.
Su habitación era idéntica a la mía: idéntico tamaño, idéntico mobiliario, idéntica moqueta mullida.
Tan solo cambiaban el dibujo de las telas adamascadas y la sensación de orden en su escritorio.
En mangas de camisa, Attel tenía en la mano un ejemplar de Mein Kampf!
entreabierto con el índice interpuesto para no perder la página.
Me disculpé por mi hosquedad del día anterior, que achaqué al natural nerviosismo provocado por una etiqueta a la que no estaba habituado, y lo invité a tomar un aperitivo antes de la cena.
A las siete menos cinco nos hallábamos codo con codo en la barra del bar.
No éramos los únicos físicos: en parejas o en pequeños grupos, algunas eminencias del Solvay charlaban distendidamente.
Respondí a un saludo de los simpáticos Fermi, que departían con los Joliot-Curie, a quienes todavía no tenía el honor de conocer.
Jürgen saludó con un movimiento de cabeza a Bothe, en animada conversación con dos caballeros de mediana edad y parecida fisonomía que identifiqué como los De Broglie, Maurice y Louis-Victor.
Su jefe le devolvió el gesto sin apenas desviar la atención.
Pensé que, de haberse tratado de Heisenberg, le habría faltado tiempo para presentarnos a los aristocráticos hermanos.
—¿Lo has leído? —me preguntó Jürgen con el primer sorbo de cerveza.
Supe por su tono inequívoco a qué se refería.
—¿El qué, Mein Kampf? —Negué con la cabeza, sin dar importancia al hecho—. Tengo mucha lectura atrasada; ahora mismo estoy acabando la Ilíada.
—¿No la leíste en el gymnasium?
—Opté por la Odisea. Que, dicho sea de paso, me pareció menos ladrillo.
—Entonces, ¿por qué lees la Ilíada?
Era una buena pregunta, pero no había invitado a Jürgen para hablar de Homero. Y menos cuando él mismo me brindaba la ocasión de sondearlo.
—¿Por qué lees tú Mein Kampf? —repliqué—. Tengo entendido, con todos mis respetos para el Führer, que también es un ladrillo.
Él me miró sorprendido; al instante sonrió, sin dar importancia al desaire.
—Pero un ladrillo que ahora mismo es el libro más vendido en Alemania.
Me pregunté hasta dónde podría llegar sin que le saltase alguna alarma.
—Puede —concedí—, pero… ¿es también el más leído?
—¿Qué quieres decir?
—Bueno… —Agité la mano, a modo de previa disculpa—.
No lo digo por ti, obviamente; pero supongo que está bien visto lucirlo en un lugar preferente del salón.
Por unos pocos marcos, te muestras como un buen patriota a tus visitas; ellas se sienten hermanadas contigo, porque también tienen el suyo, y Hitler engrosa su cuenta corriente a costa de unos y de otros.
Un buen arreglo para todos, supongo —concluí—.
Compraría un ejemplar a mi regreso a Leipzig, de no ser porque apenas recibo visitas en mi pensión.
Como esperaba, Jürgen torció el gesto.
—No deberías tomar tan a la ligera a nuestro Führer, Matthias —dijo—.
El pueblo debería leer Mein Kampf no limitarse a tenerlo en un anaquel.
Hitler trabaja para cambiar las cosas a mejor.
Toda esa permisividad de la República, con su democracia, su renacimiento cultural, su liberación de las mujeres, su libertad de prensa y sus mejoras del bienestar, ¿para qué servía, si la calle estaba tomada por manifestaciones y revueltas?
Hitler pretende cambiar la agitación comunista por trabajo y pan; devolvernos nuestro orgullo, humillado por los vencedores de la guerra, y restaurar la pureza de raza, corrompida por los no arios.
Bla, bla, bla. La misma retórica de siempre.
Suspiré con disimulo. Jürgen había elevado el tono conforme hablaba, y me pregunté si era prudente seguir provocando a casi un desconocido.
Si pertenecía a las SA, si informaba de nuestras conversaciones al regresar a Heidelberg, yo podía verme en serios problemas.
Ni los buenos oficios de la NG, caso de que los hubiese, me librarían de verme internado en un campo de adoctrinamiento, como mínimo. Auf Wiedersehen habilitación.
Decidí rebajar la tirantez. Y, de paso, centrar la conversación en lo que me interesaba.
—Lo sé, no tienes que convencerme de todo eso —dije procurando parecer seguro de mí mismo—. Comparto los objetivos en su mayoría, aunque no todos los medios.
Jürgen elevó una de sus rubicundas cejas por encima de la otra.
—¿A cuáles te refieres?
—Reconocerás que algunas medidas están teniendo un efecto preocupante. En la universidad, sin ir más lejos: ¿a cuántos de tus antiguos profesores han despedido?… ¡Se habla de hasta un veinticinco por ciento de físicos, por Dios!
—Pero Matthias, la universidad es una institución muy sólida en Alemania; se repondrá sin dificultad. Es como desbrozar un bosque: una vez libres de maleza, los árboles sanos crecen mejor.
Maleza. Había oído antes el símil. Eso era lo más suave que los nazis pensaban de los judíos.
El recuerdo de Rachel me hizo apretar los labios.
Me tomé medio minuto para reflexionar sobre la consistencia de la espuma belga: si soplaba en ella ligeramente, apenas cedía; si lo hacía con fuerza, acabaría salpicando toda la barra.
—Pero, judíos aparte —insistí—, si el régimen se muestra tan agresivo con quienes no comulgan con él, y estos optan por exiliarse, como Schrödinger, ¿quién va a quedar para hacer ciencia en nuestro país?
Jürgen encogió los hombros.
—Bah. Sigue habiendo muchos, ¿no es cierto? Seguimos.
Asentí, satisfecho por la deriva de la conversación. Pero las cervezas ya estaban mediadas, y un reloj de pared tras la barra marcaba las siete y cuarto. Debía ir concretando. Debía, sobre todo, medir bien mis palabras. Hundí la mirada en mi copa para que no se cruzase con la suya.
—Es cierto que el despido de los judíos nos favorece, en cierto modo, a quienes aspiramos a la venia legendi —admití—. Son muchas las vacantes por cubrir.
Prorrumpió él en una sonora carcajada.
—¿Lo ves? —dijo, palmeándome la espalda—. Ahora hablas con inteligencia.
—¿Pero no te parece poco ético acceder a una vacante a cuyo titular han despedido injustamente?
Volvió a encogerse de hombros.
—Bah. Justo, injusto… Todo es relativo. La Ley es la Ley, ¿no? El Führer tiene sus razones y, en todo caso, no son decisiones en las que hayamos tomado parte. Si nosotros no accedemos a esas plazas, lo harán otros, tal vez menos cualificados.
No supe qué replicar a esa última conclusión, porque era, ni más ni menos, la misma a que había llegado mi desesperanzado maestro.
—Ah, veo que los demás se dirigen al comedor reservado —observó Jürgen apurando su cerveza—. Deberíamos movernos.