29
Debye y Heisenberg permanecerían en Alemania; al menos, mientras se les permitiese continuar desarrollando su física. Dos puntos a favor.
Schrödinger había abandonado su cátedra en Berlín; pero no para un semestre, como algunos creían: permanecería en Oxford dos años, como mínimo. Un exilio en toda regla.
Meitner se marchaba a América. Ahora podía asegurarlo con casi absoluta certeza. Debía estar atento por si la sorprendía en alguna conversación que pudiese darme indicios de su destino. Quizá con Ernest Lawrence, el único americano presente en el Consejo.
Schrödinger, Meitner. Dos puntos en contra.
En cuanto a Bothe, lo había oído de su propia boca: se plantearía el exilio si no conseguía un puesto digno en Alemania. Si la salida de Meitner levantaría ampollas en la NG, un eventual desplante de Bothe, después del protagonizado por Schrödinger, resultaría en un escándalo para el régimen.
Me revolví sobre los almohadones, esforzándome por no quedarme dormido.
No me había atrevido a ir en busca de Klara para almorzar juntos, pues la mirada tormentosa que me había lanzado, antes de dirigirse al ascensor sin volver la vista atrás, no presagiaba nada bueno.
Así que, tras tomar un solitario refrigerio en un bistró cercano, repasaba mentalmente la lista de Gelb mientras esperaba el regreso de Heisenberg para nuestra reunión de trabajo.
Respecto a los otros, Perrin y Cosyns habían mostrado un nulo interés por establecerse en Alemania.
En Fermi, sensibilizado ante cuanto sonase a antijudío, tal cosa era impensable.
Walton, sin embargo, había escuchado con curiosidad las explicaciones de Attel sobre la situación en nuestro país.
Eso no quería decir nada, por supuesto, pero podía ser un primer paso.
Decidí hablar con él en la primera ocasión que se me presentase.
En cuanto a Dirac, se llevaba muy bien con Heisenberg.
No me imaginaba al británico abandonando su país, donde tan bien considerado estaba, pero en fin.
Algo positivo tenía que apuntar para que Gelb y Charlotte, o Charlotte y Gelb, estuviesen satisfechos de mis informes.
Quedaban Mott y Gamow, de los que no sabía nada. Y puesto que al soviético lo había visto antes de la inauguración en animada charla con Meitner y las Curie, tal vez, me dije con un suspiro, tendría que armarme de valor y sonsacarle información a Klara.
Debye fumaba un cigarro puro junto a la ventana abierta, procurando echar fuera el humo para no atufar la suite de Heisenberg.
Se había unido a nosotros para comentar algunos aspectos derivados de la ponencia de Cockcroft.
Durante el coloquio, la discusión se había animado.
Los sesudos profesores habían intercambiado datos, comparado resultados y, sobre todo, intentado comprender los mecanismos subyacentes tras las transmutaciones.
Era como recomponer un puzle diminuto con los ojos vendados, sin saber siquiera si cada una de las malditas piezas estaba boca arriba o boca abajo.
Terminamos de revisar las notas de ambos, copié algunos datos que consideré de utilidad para mi propia investigación, y aproveché para mostrar mi agradecimiento a Debye por presentarme a Schrödinger.
—Todo un detalle por su parte, herr professor —añadí—. Tengo entendido que les une una buena amistad.
Debye asintió complacido.
—Nos conocimos cuando él daba clases en la Universidad de Zúrich, y yo en la Escuela Politécnica —rememoró—.
Por aquel entonces, Schrödinger estaba interesado en las consecuencias de la dualidad onda-partícula enunciada por De Broglie, que yo no comprendía bien.
Así que lo animé a dar un seminario sobre el tema.
Eso hizo, y al acabar le reproché que hubiese hablado de ondas sin haber utilizado ecuaciones de ondas.
Parece ser que eso lo espoleó a encontrar una —concluyó, con una abierta carcajada.
—Es una lástima que nos abandone un hombre de su categoría —me lamenté.
—Se lo ve taciturno —apuntó Heisenberg—. Ha pasado la sesión como ausente; ni siquiera ha mostrado mucho interés en el coloquio.
—No me extraña —dijo Debye—. Hay que comprender que se enfrenta a una gran incertidumbre. Su carrera, sus relaciones profesionales, las personales…, todo en su vida está a punto de sufrir un cambio radical. En esas condiciones, ¿quién no siente ansiedad?
Heisenberg asintió, el aire grave.
—Con Schrödinger he tenido importantes discrepancias en el pasado —dijo—. Pero nuestras discusiones sobre la interpretación de las mecánicas matricial y ondulatoria siempre han sido constructivas, y aún necesarias, para el avance de la ciencia. En el fondo, ambas se complementan.
»Ahora volvemos a diferir, aunque en otro orden de cosas.
He intentado convencerlo de que permanezca en Alemania, pero él ha elegido su opción, sin duda también legítima y no necesariamente más cómoda que la mía: hay que tener valor para empezar de nuevo en un entorno donde todo resulta extraño.
Sin embargo, en un aspecto lo envidio —dijo con un suspiro—: le irá mejor o peor, pero trabajará tranquilo, sin coacciones, sin replantearse la vida a diario.
Yo, en cambio, habré de enfrentar cada día haciendo concesiones al régimen: alzar la mano al comenzar cada clase; firmar los documentos oficiales con esa coletilla estúpida de Heil, Hitler!
, participar en desfiles y en campos de adoctrinamiento…
Estoy seguro de que la tentación de abandonarlo todo y seguir el camino del exilio será constante.
Una ráfaga de viento devolvió al saloncito la última bocanada de humo expelida por Debye. Contrariado, el profesor se acercó hasta el baño y tiró la colilla al inodoro. Al siseo de la brasa siguió el rumor de la cisterna.
—Esas cosas son justo las que a Schrödinger se le hacen insufribles —apuntó al salir.
—Pero al dimitir renuncia también a utilizar su influencia para reconducir la situación —opinó Heisenberg, sombrío—; a preservar la integridad de la ciencia de los excesos nazis y de quienes la amenazan con consideraciones espurias;
y a inculcar a los que vienen detrás que la ciencia está por encima de las coyunturas políticas —concluyó, dirigiéndome una afectuosa mirada—.
Si se dimite de todo eso, amigos míos, se pierde la esperanza de reconstruir algún día la ciencia en nuestro país.
Y yo quiero estar ahí cuando ese día llegue.
—Por cierto, Maier, hoy toca cena informal aquí, en el hotel —dijo Heisenberg—. Contamos con usted, a no ser que prefiera…
—Será un honor, herr professor —me apresuré a decir.
Sabía que, durante el Consejo, salvo que hubiese alguna recepción o cena oficial, los profesores cenaban en el hotel o en el club de la Fundación Universitaria, una institución creada al término de la Gran Guerra para impulsar la enseñanza y la investigación belgas.
Estas eran ocasiones muy esperadas, pues, propiciadas por la buena comida y, con toda seguridad, por un buen vino, surgían encendidas discusiones que avivaban la llama del espíritu científico.
Las más famosas, como creo haber mencionado en algún lugar, habían tenido lugar durante el quinto Consejo entre el determinista Einstein y el probabilista Bohr.
A menudo Heisenberg, que aquel año participó por primera vez, narraba a sus estudiantes cómo Einstein, que no se encontraba cómodo con la naturaleza estadística de la mecánica cuántica, repetía que «Dios no juega a los dados», y cómo su amigo Paul Ehrenfest le había afeado amistosamente su actitud:
«Estás atacando la nueva teoría cuántica —le había dicho— de la misma manera que tus detractores atacan la teoría de la relatividad».
Así que por nada del mundo rechazaría yo la oportunidad de estar presente en una de tales cenas, máxime a unas horas en que mi colación de mediodía no sería más que un triste recuerdo.
Sin embargo, nada más aceptar me invadió una incómoda desazón.
Recordé mi beso con Klara, vehemente y romántico.
Recordé nuestra cariñosa despedida en el tranvía, nuestras manos entrelazadas: «Podemos vernos luego, si te parece», había dicho ella con mirada encendida, y a mí eso me había sonado a esperanza, a deseo, a promesa.
Pero ya la había decepcionado una vez, cuando vino en mi busca para que la acompañase a la cena de ayudantes; y si ella contaba con que hoy podríamos estar solos, cenar juntos, disfrutar del romántico embrujo nocturno de la Gran Place cogidos del brazo,
yo acababa de comprometerme para darle plantón de nuevo.
Que conste que no ignoraba su reacción al verme en compañía de Charlotte. En aquel momento me había aliviado que se desentendiese de nosotros, pues, de habérsenos acercado, me habría obligado a improvisar otra mentira. Una situación embarazosa para la que en modo alguno estaba preparado.
Medité durante el trayecto entre la habitación de Heisenberg y la mía.
Debía inventar alguna historia creíble sobre Charlotte, por si Klara me preguntaba.
Ya se me ocurriría algo. Además, me dije, optimista, seguro que ella también estaba invitada a la cena en el hotel.
Le propondría tomar un aperitivo antes, y no solo no habría desplante, sino que quedaría como un caballero.
Aunque antes debía acicalarme un poco.
A las seis y media de la tarde en punto mis nudillos golpearon la puerta de Klara con discreta suavidad.
A las seis y treinta y un minutos lo hicieron con discreta insistencia.
A las seis cuarenta, Remy me confirmó en la recepción que mademoiselle Hofmann había salido a media tarde acompañando a madame Meitner.
Tal vez, cavilé, la salida estuviese relacionada con el papeleo que se traían entre manos.
Pero una cosa no me cuadraba: en el caso de que Klara supiera que no iba a poder concretarse nuestra cita, ¿no debería de haberme avisado de algún modo?
Temí haber sobrevalorado mi escaso conocimiento de las mujeres. Hice un esfuerzo para dejar de morderme el labio inferior. Una cosa era segura: no iba a perder en cavilaciones los cuarenta y cinco minutos que quedaban hasta la cena.
A las siete menos trece minutos me dirigía a la habitación de Jürgen Attel.
En el pasillo me crucé con Francine, la camarera del piso, de ronda con un cesto de ropa blanca bajo el brazo.
Me sonrió, me preguntó si necesitaba algo y me recordó que estaba a mi disposición.