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Jürgen Attel se detuvo para recuperar el resuello.
El ascenso a paso ligero hasta la Villa alta le había dilatado los poros y empequeñecido los pulmones.
Luego se abrió paso sin rumbo concreto por entre la bulliciosa mezcolanza de puestos instalados en la plaza de Grand Sablon: floristas, chamarileros, artistas de fortuna y hasta un charlatán que ofrecía sus mejunjes a los transeúntes.
Apenas se fijó en la iglesia erizada de esbeltos pináculos que presidía la plaza, ni en las casas de aspecto tradicional que la flanqueaban.
Buscaba un comercio concreto, que encontró en los bajos de una estrecha fachada de ladrillo visto y característico hastial escalonado.
«Relojería De Vrij. Desde 1833», rezaba un rótulo pintado con letras doradas sobre el escaparate. Un siglo haciendo relojes.
Una campanilla sonó al cerrarse la puerta tras él.
El relojero, inclinado sobre un banco de trabajo situado a un extremo del mostrador, no se inmutó.
Vestía un guardapolvo gris y se protegía con manguitos los puños de la camisa.
A esa hora no habría clientes en la tienda, le había dicho Peter.
Tenía razón, aunque a él le había supuesto saltarse el almuerzo para llegar a tiempo.
Normalizado el pulso, ahora era el estómago el que le recordaba su humana condición.
Attel carraspeó.
—Buenas tardes —dijo.
El hombre levantó la cabeza de la diminuta maquinaria en que se hallaba absorto. Se colocó a modo de visera las gafas con lentes de aumento acopladas. Saludó con un hosco movimiento de cabeza, como si le molestase la interrupción.
—Buenas. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Vengo de parte de Peter.
Escaso de estatura, sobrado de reluciente cráneo, el relojero observó al recién llegado con ojos entornados. Tal vez era miope. O quizá desconfiaba. En cualquier caso, no puso pegas. Señaló con la barbilla hacia la cartera de piel que su visitante, siguiendo las indicaciones de Peter, traía consigo.
—¿Me permite?
Attel se la tendió. El hombre la estudió con detenimiento: comprobó que la cerradura estaba abierta y examinó el interior, tanteando las paredes y el fondo. Cuando pareció satisfecho, extendió la palma de la mano hacia el joven.
—La llave.
Attel se tentó por debajo de la camisa hasta extraer un cordón que llevaba colgado del cuello. El relojero manipuló la cerradura. Debió de dar su visto bueno, porque hizo un leve asentimiento de cabeza.
—Venga a recoger la cartera mañana, a la misma hora —se limitó a decir.